Por Carlos A. Ramírez / @estilo_perro

Rebeca recibe visitas inusuales a cualquier hora del día o de la noche: albañiles mugrosos, licenciados cuarentones vestidos de traje, adolescentes granientos, sujetos torvos con pinta de traficantes o asesinos. Es una mujer flaca, sin ningún atractivo. Si acaso unos ojos negros que sin duda alguna vez brillaron bajo soles menos hostiles. Pero nada más. Debe tener unos 45 años, incluso puede que 36 muy mal llevados. Durante el día ve noticieros y telenovelas y durante la noche bebe con sus invitados, cantando bajito boleros o canciones rancheras. A veces, cuando ha tomado demasiado, maldice en voz muy alta y rompe vasos y platos. O llora por varias horas seguidas hasta que se queda sin aliento y sin lágrimas. Pero generalmente gime y se queja con un placer que da gusto nada más oírla.

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Lo sé porque vive en el departamento contiguo, en este edificio de mierda cuyas paredes parecen haber sido construidas con papel de china. Somos casi como de la familia. Así como yo, escuchando, intuyo lo que hace en su casa. Conoce bien mis costumbres: sabe que me gusta masturbarme mirando películas pornográficas y que todos los miércoles me visita una mujer a quien le gusta ser golpeada y humillada durante el sexo. Somos, pues, de confianza.

Por tal motivo no me pareció extraño que hace unas semanas Rebeca tocara a mi puerta, sollozando y mesándose los cabellos para pedirme prestados 100 pesos. Con voz entrecortada y las manos temblándole sin control, me contó que su madre, enferma de Alzheimer, estaba en alguna delegación policiaca luego de ser encontrada caminando desnuda en la calle tras cuatro días de permanecer extraviada. Se había atrevido a venir, me dijo, porque tenía que ir a recogerla pero en ese momento no tenía un solo centavo para moverse. No le creí nada. Deduje que a mi vecina la había sorprendido una resaca horrorosa en plena eriza y recurría a mí como una opción desesperada para curársela. Sabía que si le prestaba nunca volvería a ver ese dinero, pero si no hay solidaridad entre borrachos solitarios, ¿entre quién podría haberla?

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Le di 50 pesos y me olvidé del asunto. Unos diez días después, sin embargo, a eso de las doce del día, Rebeca regresó. Mi madre murió ayer, me dijo apenas le abrí la puerta y haciéndome a un lado con su esquelético brazo entró en el departamento. No pude evitarlo. ¿Cómo le impides el paso a tu casa a una persona en semejantes circunstancias? Yo… lo siento mucho, le dije con un tono idéntico al que utilizo para darle los buenos días o las buenas noches. Nah. Me respondió. Se había convertido en un dolor de cabeza. Qué bien, entonces… le dije y me paré frente a ella dando por terminada la conversación. Pero en vez de irse, Rebeca se hincó y en un parpadeo me bajó de un tirón la pijama. Vengo a pagarte, dijo, levantando la vista y mirándome a los ojos con una expresión que pretendía ser sexy pero resultaba patética. Vamos, Rebeca, eso no es necesario, olvídalo… traté de impedir su acometida pero ya era demasiado tarde. La mujer tenía mi verga en su boca y empezaba a chuparla rítmicamente. Y la verdad sea dicha no lo hacía nada mal, así que la dejé maniobrar a sus anchas.

Poco antes de terminar le avisé que estaba a punto de venirme pero ella, sin remilgos de ninguna especie, se tragó toda la leche. Toda. No dejó ni una gota. Incluso lamió con voracidad las últimas lagrimitas que derramó mi uretra. Fue una buena mamada, no lo niego, pero no había más qué hacer. Estábamos a mano. Yo le había hecho un favor y ella había pagado. Punto. Ahora tenía que irse. Y se lo hice saber.

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¿No me invitas una copa?, Carlitos, me dijo con sus marchitos ojos negros y su patética expresión sexy. No, Rebeca, tienes que irte. Sólo una, insistió. Cualquier otro día le habría dicho que estaba bastante pendeja si pensaba que por una mamada yo estaba obligado a beber con ella y permitir que depositara sus nalgas huesudas en mis sillones pero estaba de duelo y aquello me pareció una crueldad innecesaria. No puedo, lo siento, le dije con suavidad. Tal vez otro día… ok está bien, otro día, respondió esquivando la mirada y con un dejo de resentimiento en la voz. Adiós Rebeca, me despedí. Adiós, dijo, y se largó arrastrando los pies.

Cerré la puerta.

Editor Yaconic

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