Con su característica clandestinidad, emanada de lo furtivo de los recuerdos, el que fuera el bar-foro más icónico de la música alternativa en el México de los ochenta, el Tutti Frutti, recobró vida el pasado 22 de marzo con una fiesta en su honor en El Imperial, en la colonia Roma.

Para evocar los ayeres impregnados de ritmos importados, la productora de cine y visitante asidua del Tutti, Laura Ponte, de la mano del que fuera Dj del legendario antro, Danny Yerna, mejor conocido como “Danny Wakantanka”, así como el grupo The Dragulas, convirtieron el lugar en “El Templo de lo subterráneo”. El único lugar realmente underground del país.

Emular una época ochentera ataviada de misterios sólo es posible a través de la memoria colectiva, y por supuesto de la música: new wave, garage, punk y psicodelia, para rememorar y documentar el ambiente juvenil y enérgico que proliferaba en la parte ulterior de un predio ubicado detrás del restaurante El Apache 14, en la avenida Politécnico Nacional.

La celebración y rodaje forma parte de los intentos entusiastas por revivir de manera cotidiana las fiestas tradicionales de la cultura underground mexicana: discos europeos, japoneses o estadunidenses; la búsqueda de rarezas, las batallas épicas, el consumo de sustancias de cualquier tipo, exposiciones y la presencia de tatuadores a falta de estudios especializados.

 El Tutti Frutti acogió la extrañeza de una sociedad rechazada por lo tradicional.  Fue el espacio abierto a la expresión y a las nuevas y diferentes formas de ver y comprender el mundo. Un lugar que había que buscar mediante un olfato puramente melómano y un ímpetu incansable por fiestear clandestinamente.

 La juventud sin cabida a ras de suelo, se dejó influenciar por lo proveniente de lo profundo, de lo enterrado. Fervientes seguidores de la búsqueda de lo desconocido que se dejaban llevar por un confuso mapa de letras: “Búscanos”, se leía solamente en la propaganda del Tutti Frutii.

Madriguera conocida por el relato de a boca que albergó los primeros sonidos ocultos de bandas como Caifanes (en aquel entonces Las Insólitas Imágenes de Aurora), Café Tacuba, La Maldita Vecindad y Santa Sabina. Hogar permanente de una tribu pionera en traer grupos como Ultra Five de Nueva York.

El número 293 de la avenida Álvaro Obregón se llenó de equipo para secuencias y tomas, de música y pensamientos alternativos. Todo con la finalidad de dar a conocer la vitalidad y fuerza emanada de una juventud que marcó una etapa fundamental para la cultura actual de un México subterráneamente heterogéneo, de un lugar y época totalmente emblemáticos: la memoria ochentera y el sabor a Tutti Frutti.

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Miguel Ángel Sosa Arzate

Miguel Ángel Sosa Arzate

Miguel Sosa, fotógrafo y reportero.

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