Por Félix Romero

Conmovido por la nostalgia es fácil que recurra a la lectura de mis viejos números de la revista Gorila. ¿Por qué acudo allí? Sin poder precisarlo del todo, ensayo la posibilidad de que, apenas separo las apergaminadas páginas de la revista, soy investido por nuevas fuerzas morales; unas que es difícil encontrar en las propuestas editoriales que genera mi cohorte.

Después de la impronta de la que fui víctima hace tantos años, ahora es difícil encontrar lecturas que puedan sacudir, aunque solo sea un poco, la visión de las cosas que he construido en mi estancia bajo la atmósfera. ¿No es eso lo que se busca en la lectura, desvanecerse aunque solo sea de una forma corta y limitada? Además, como el hombre supersticioso que soy, es fácil olisquear desde un principio a donde se dirige la cosa: un fetiche esnob, un paréntesis en la vida universitaria o un eslabón hacia un deseo autista. Son los aromas más frecuentes de las revistas que he conocido.

revista gorila

En Gorila, desde la primera página, en el Choro Editorial, podía sentirse la intromisión en un inusual y pequeño planeta. Carlos A. Ramírez escribía esta sección con unos dedos que tecleaban con una fuerza desaliñada y necesaria: alguna atrocidad contemporánea o unos cuantos párrafos dedicados, por supuesto, a sus obsesiones. Era la columna que inauguraba y dibujaba una sonrisa en los adolescentes bobalicones ávidos de recursos simbólicos que no fueran un insulto o un escupitajo introducido con mezquindad al pozo de nuestras mentes.

Justo después del Choro Editorial, la revista tenía en sus primeras páginas un apartado similar a una ficción socialista, para la participación colectiva: epístolas o simplemente torvas misivas venidas de todos los confines de México. Ahí los lectores tenían una tarea fundamental: ayudaban a espolear al conjunto editorial para que no cometiera pifias imperdonables, como el reciclaje de contenido. No pasaban por alto la intromisión de alguna banda edulcorada, famosa, masiva y los insultos, los abundantes insultos, no se hacían esperar. Fundamentos que tornaban al Buzón Mutante más que como un punto de interlocución, una auténtica palestra. Los despistados que escribían demandando alguna banda, que por su sola existencia era ya un insulto a la revista y a la horda de sus acólitos, eran recibidos con metafísicos azotes en las nalgas. Tampoco se aceptaban las líneas zalameras, que por cierto eran recibidas como un acto que, igualmente, necesitaba un castigo.

Pese a algunas propiedades más o menos originales, en aquella época era un tipo escuálido y corriente. Tanto la neurociencia moderna como los filósofos concuerdan que esta etapa es crítica para el desarrollo de los individuos, que lo que ahí suceda marcará cierta diferencia en la conducta y en la jerarquía moral que a uno contengan. En otras palabras, mi encuentro con Gorila marcó la diferencia para renunciar a pasear por el lomo de un equino, gestar cabriolas al ritmo de la banda o enorgullecerme por una camioneta, como un campesino.

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En vez de practicas estas actividades, administré esos años en rasgar acordes punk rock y en ejercitar una actitud torva que provocó desvaríos con ciertas autoridades y me ganó varios señalamientos por parte de mis congéneres. Como diría Gadamer, tendría que hacer el “rodeo histórico” para que todo sea al menos comprensible. Para esto era yo, lo repito, un adolescente. Habitante de un villorrio en el que los estribillos eran solapados por la demencial sonata del querreque.

Jorge Flores-Oliver, Alejandro Pai, Francisco Zamudio y el mismo Ramírez llenaban de letras aquellas páginas. El Dr. Rabias y Blumpi las ilustraban. Mi primera formación, si es que así puede llamársele, ocurrió en gran medida a lo por ellos elaborado. Desde la Enfermedad Social de Flores-Oliver, que tenía el talento para narrar sobre los retazos desdeñados y fragmentos de la cultura poco comunes: asesinos, músicos, rednecks, ilustradores marginados y, por supuesto, su eje central, el universo del cómic. Para tener una idea basta con leer Apuntes sobre literatura barata: cómics, novela, gráfica y literatura visual (2012), y apreciar su tino ensayístico.

cómic blumpi

Este cómic apareció en ‘Gorila’ y posteriormente fue redibujado por el autor.

No conforme con una sección para hablar de una parte del zoológico humano, tenía Zona Oscura, sin duda una de las partes más exquisitas del pasquín —esto de pasquín no debería tomarse como una ofensa, sino justamente lo contrario—.

Zona Oscura contenía la estructura de todo suplemento cultural moderno, con la diferencia de que ahí no se encontraba la misma ceremonia ante la gran cultura, virtuosas personalidades, o las plumas más nobles y selectas. Discos, libros, cine, cómics y novelas gráficas devenidos por artistas que mostraban una veta disonante a las producciones de ritmos sosos y humores industrializados. Ensayando la posibilidad de suponer un punto iniciático a algo, podría decir que así empezó mi paulatina reconciliación con la literatura. Una que se incubó hasta eclosionar, de una vez por todas, a mis veintitantos años; ya viejo, evidentemente.

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Las novelas que presentaba y su estilo de reseñar, eran un lobby confortable y seductor que ejercía un efecto magnético. Y sí, casi todos eran de Anagrama. Y también, no todos fueron libros magnánimos; elemento apreciable para alejarme de las mazmorras del idealismo y marrullería. ¡Cómo no olvidar los bostezos y cabeceos junto al condenado Sal Paradise!

El propio Ramírez aka Perro malo se ocupaba del aparatado Mole Negro, en la que reseñaba los filmes de personalidades distinguidas como Buttgereit, Takashi Miike, Chan-Wook Park y otros directores afines a las tramas enfermizas y fluidos varios. Ahí se  llegaba una vez pasadas las páginas de los Guet Drims y el Verdugo; en el primero, modelos multimillonarias, actrices hollywoodenses o pornoprincesas compartían sus suculentas figuras; en el segundo aparecían figuras públicas o bandas sintéticas, siendo torturadas en floridas formas y maneras. Inolvidable la imagen de Hugo Sánchez siendo despedazado por balas con pinchos simulando pelotas de futbol.

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Las secciones de El Anticomercial, ilustraciones de Dr. Rabias, adornaban la puerta de mi habitación, como si fuera la guarida de una secta poco cautelosa. Fue así hasta que mi padre, en una noche paroxística y cicatera, destrozó todos los posters y tomó todos mis números pensando que ese era el origen de la degeneración de su vástago. No se equivocaba. Incluso fue fácil imaginarlo formando parte de aquellas huestes que demolían bibliotecas enteras. Por suerte en aquella época no tenía libros que supusieran valía alguna.

Como tengo la fortuna de que esto no es un asunto académico, no es mi intención explotar los recovecos del susodicho pasquín; de ser este el caso sentiría lo mismo que al diseccionar un anfibio, viendo como los tejidos se separan para que la cosa deje de tener cierto misterio.

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Pasado el tiempo, en 2012, encontré el primer número de Gorila, mientras recorría las afueras de una terminal de autobuses. La portada estaba descolorida y acartonada por el sol y el precio ya se reducía a los diez pesos. La compré inmediatamente. De este número inaugural, Ramírez se burló posteriormente y razones sobraban: el contenido no era gran cosa pero para mí tenía el mismo valor que le da un fetichista a la adquisición de un raro par de zapatos.

Su desaparición fue acorde al temperamento ajeno y a sentimentalismos ordinarios. Como un elefante viejo que se pierde en los arbustos cuando sabe que el futuro es algo que no puede sostenerse. Simplemente dejó de hacer espacio en los revisteros, esfumándose para siempre con apenas unas breves exequias.

Ah, y lo olvidaba, también era una revista de Skate.

Editor Yaconic

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