El escritor es a menudo una figura de transacción entre el lenguaje y la vida. Ricardo Piglia

Por Edgar Khonde / @edgarkhonde

Hay en YouTube un video que fue grabado en la librería Crack-Up de Buenos Aires, donde aparece Ricardo Piglia con Javier Trímboli, que hace las veces de anfitrión. Este último dice al inicio: “Vamos a conversar”. Después explica un poco sobre el Piglia conferencista, maestro, historiador. Trímboli repite: “Vamos a comenzar a conversar”. Y continúa como si estuviera narrando una historia. Mantiene la tensión en esta especie de introducción a la charla del autor de Plata quemada (1997). El speach trimboliano dura exactamente tres minutos con veintiún segundos. El marcador de visitas del video cuenta hasta el momento (finales de 2015) mil 238 reproducciones. El récord se conforma además de dos comentarios y cinco likes. La charla ocurrió el 25 de noviembre de 2011. El video fue subido el 5 de agosto de 2015. Cualquier video de un youtuber alcanza el mismo número de visitas en 15 minutos, o menos. Sin embargo, la matrícula de literatura en la UNAM debe rebasar el millar de alumnos. Para asistir a las clases piglianas, eso son sus conferencias, charlas, ponencias, no hace falta siquiera presenciarlas en directo, basta con abrir el navegador y escribir su nombre: Ricardo Piglia.

No ha de ser sencillo que el escritor funja también como maestro. Porque el quehacer escritural es una práctica privada y solitaria; aunque el escritor pueda convertirse en un fenómeno social y un paradigma del uso del lenguaje, en teoría. La figura del escritor es una antítesis del maestro, que por fuerza existe a través de lo público. El oficio del profesor acaece en el espacio social de la comunidad; es el único contexto en el que se comprende. Además, son pocos los escritores que en un acto de solidaridad o empatía, comparten la forma en que han comprendido se puede desplegar la escritura. Son pocos quienes manifiestan que existen estructuras para abordar la práctica, aunque en esto, y para descargo de la mayoría, podríamos suponer que no lo hacen porque no lo entienden. Piglia, en La forma inicial, comparte una teoría de la producción literaria. La comparte en esos videos de YouTube que seguramente no pidió que grabaran y subieran a la red, y que, sin embargo, estoy seguro, sospecha. Y digo que estoy seguro de que lo sospecha, porque sus gestos sugieren que habla no solo para un auditorio, sino para que un lector, o alumno, cualquiera lo descifre. (No me equivoco, le dice Trímboli al auditorio con Ricardo a su lado: “[…] fue bárbaro [..] era notable el seminario porque además de las exposiciones muy teatralizadas, de en ese momento, el profesor Ricardo Piglia ante nosotros, estaba el aula llenísima y todos escuchábamos con una tensión […]”, donde el significado de tensión se desplaza al de interés súbito.)

ricardo piglia la forma inicial sexto piso

La cuestión es cómo se forma un escritor, que es un debate muy interesante y uno puede releer desde ahí toda la historia de la literatura. En principio se forma leyendo… ¿pero qué tipo de lectura es esta? Yo creo que ese es el punto fundamental. Un modo de leer, un modo de usar los textos, una posición frente a las tradiciones.

Relaciono hechos: el de la enseñanza, el de la escritura, y por ende el de la lectura, porque La forma inicial es una suerte de curso, como el Curso de lingüística general de Ferdinand de Saussure; es decir, una forma de entender un fenómeno. Y el curso pigliano se sintetiza como una teoría de la producción literaria.

Pero no quiero ser malinterpretado: este libro no va a formar escritores. Ni pretende erigirse como un manual de sé un buen maestro, aunque tiene rasgos pedagógicos, como la literatura de Piglia; no creo que los editores lo hayan pensado de ese modo. Y tampoco se trata de un método científico. Si hay algo en él, son cátedras del sentido de acercarse a la cosa literaria desde la escritura, la lectura, su masificación, la venta del producto, la crítica. O sea que hay un fenómeno que puede abordarse desde distintas aristas, y aunque el autor no lo expone así, presenta su contexto —el del fenómeno— a través de “Conversaciones en Princeton” (subtítulo de la obra).

Lo que no se puede leer, lo que falta, acompaña a la lectura, forma parte de la experiencia misma.

Un día Javier Raya mencionaba el término “paraliteratura”, pero no en el sentido subliterario, sino tratando de nombrar el espacio que acompaña a la práctica literaria; es decir, los argumentos contextuales que hacen posible su producción: las relaciones sociales de un escritor, su posición económica, sus emociones, sus cualidades físicas, sus habilidades en otros campos. O bien, los del lector. Raya significaba la paraliteratura como el hiperuniverso de la literatura, eso entendí. Y de eso versan las charlas de Piglia en el libro. El discurso vertido aborda sus observaciones como escritor y profesor de Princeton, su experiencia sobre el mundo filtrado a través de la literatura, pero no solo eso.

En El camino de Ida (2013), Piglia inserta, supongo, señas autobiográficas, ya que el relato se desarrolla vía el profesorado en una institución universitaria gringa. Acá, en este libro, pasa el making-of. El profesor que discute su apreciación sobre la crítica literaria, y la creación y la parte de la comercialización; cómo se construye el relato y la tradición. Cómo eso cabe dentro del sistema o no cabe. O se convierte en mercancía para poder generar plusvalía. Este libro, incluso, podría ser explicado como un tratado de microeconomía. En Nombre falso (1975) Piglia recoge una cita de Roberto Arlt, que dice: “En nuestro tiempo el escritor se cree el centro del mundo […] Todos nosotros, los que escribimos y firmamos, lo hacemos para ganarnos el puchero. Nada más. Y para ganarnos el puchero no vacilamos en afirmar que lo blanco es negro y viceversa.” Por cierto, Piglia estudió Historia, así que con ese dato podemos prever que conoce cómo se desarrolla el relato de cualquier historia. Y en eso las explicaciones son económicas o no son.

Yo le dije que era anarquista. Él sonrió con su sonrisa canalla de tipo que se las sabe todas. Los diarios de Emilio Renzi.

Según Chalmers, Feyerabend enuncia una teoría anarquista del conocimiento —otro modelo económico—, en la que el conocimiento es adquirido a pesar de los métodos que se supone lo encausan. Es decir, que la curiosidad y la sed del saber ocurren sobre cualquier protocolo, y no acatándolo. Algo así sucede en relación a La forma inicial. El texto se estructura de conversaciones que versan sobre distintos ámbitos de la producción literaria, que no se delimitan a la escritura. Hay incluso un tratamiento que podríamos llamar místico o cuántico, compuesto de algunos párrafos, que dice que la literatura es una forma de interrupción de la realidad, una pausa. La realidad y la literatura convergen en una sustancia bidimensional que el lector cruza, hacia un lado y hacia el otro. Pero el texto del libro no prescribe, explica cómo acontece. No funciona como un instructivo ni lo pretende. Son los apuntes del maestro que a todos nos gustaría tener para aprobar el test de: ¿Qué para con la Literatura? Y Piglia es el maestro.

ricardo piglia

Un maestro que nos deja sumidos en la desolación del libre albedrío, y que probablemente pretende que entendamos la literatura como un antisistema, un gesto anarquista. Puedo equivocarme, es mi interpretación. Pero tengo una coartada: La interpretación de un párrafo que se localiza en su obra autobiográfica Los diarios de Emilio Renzi. Años de formación —el alter ego pigliano—, que dice:

Ese libro que hoy les enuncio tratará sobre mi propia vida, la vida de un poeta y pensador privado que reproduce en su existencia las tensiones profundas de su país. Ese libro será al mismo tiempo una autobiografía, un tratado de ciencias, un manual de estrategia y la descripción de una batalla. La historia del último anarquista y del último pensador.

(Tal vez es una trampa, relacionar los argumentos de dos libros, pero, ¿quién dice que he violado una regla? Soy un lector. El receptor de la idea “libro”. Y ésta es una reseña.)

Los personajes de Piglia —en Plata quemada, en El camino de Ida, en Blanco nocturno (2010), en “El Laucha Benítez cantaba boleros”— siempre están tratando de tensar el transcurso de la ficción ahí, para asaltar la realidad. Como tratando de imponer un desorden en el aparente orden del mundo. Ha de ser por eso que el día, la noche, que terminé de leer La forma inicial, al llegar a la terminal Barranca del Muerto, poco antes una chica me abordó y me preguntó qué estaba leyendo. Le enseñé la pasta del libro y dijo: “ah, Piglia”, cuando a leguas se notaba que no tenía ni puta idea de lo qué trataba. Su acompañante me cogió por el hombro y dijo que era “un buen libro”. Un tercero se había colocado en la puerta más cercana del vagón, que son pasajeros, exceptuándonos a los cuatro. Pero yo había leído a Ricardo, sabía de qué iba la vaina. Y entonces me quité la chaqueta, la camisa y me quedé con el torso desnudo. Esa banda de tres no supo qué hacer. Salí y subí los tres niveles de la estación. Rápido. Salí. La literatura había interrumpido la realidad. Ricardo me lo había advertido.

Las sorpresas que yo mismo me tiendo. Inventar una casualidad, un destino hecho de encuentros azarosos, coincidencias, elegir el futuro, inventar los días que han de seguir a esta tarde. Los diarios de Emilio Renzi.

Yo todavía no entiendo cómo hay tantos alumnos de literatura que, con todos los gastos que ello implica, asisten o no asisten a las aulas, y que no son capaces de ver una clase de Ricardo Piglia en YouTube. Pero, bueno, si son haters de la tecnología que asistan a este libro, a lo mejor alumnos, o no alumnos, lectores, escritores, críticos, vendedores de libros, cineastas, puedan dilucidar algo llamado Literatura.

PIGLIA, RICARDO. (2015.) LA FORMA INICIAL. MÉXICO: SEXTO PISO.

Editor Yaconic

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