NO SON SÓLO PALABRITAS

No hace falta que un enclenque como Dan Auerbach de The Black Keys venga a decirnos que encontró en los vinilos de Rigo Tovar un nicho en donde se podría vivir tranquilamente por el resto de los días, o que una de las diez canciones que le hubiera gustado producir fuera precisamente “Besando la Cruz”, de Rigo, para que uno caiga rendido en sus saladas aguas de amor, ritmos tropicales y letras astutas. Quien no creció escuchando a Rigo Tovar en la casa de algún padrino de primera comunión, entrada la media noche, viendo cómo nuestros padres agitaban los pies y las caderas, con jaibol en mano, entonces es un bot, nos está engañando a todos, y nada, NADA sabe acerca de la vida.

Rigo —el sinónimo universal del Amor—, nació en Matamoros, Tamaulipas, un 29 de marzo, año mismo en que Albert Camus publicó La Peste, y en el cine se estrenaba El Extraño de Orson Welles. Como la madre de Rigo era texana, el enamorado sireno nació entre mareas como las de Matamoros y Brownsville. Y así, como Juan García Esquivel creó la música Lounge, Rigo Tovar inventó la música grupera, sin más, ese género que por más peyorativo que resulte, no deja nunca de darnos sorprendernos, nos trae extrañezas como Selena y Los Dinos, Chico Che, La Mafia, Los Bukis, Bronco o Los Ángeles Negros, de todos ellos, Rigo Tovar fue pionero, al introducir instrumentos modernos a los acostumbrados en la cumbia tropical.

Rigo llegó, con lentes oscuros, cabello largo y rizado, traje de spandex y sendas guitarras eléctricas, sintetizadores, órganos Moog —mismo que tocaba Benny Anderson en Abba— y batería eléctrica; de esta manera, dejó atrás la música popular de cuerdas populares, tradicionales y aburridas, para forjar un nuevo género en el que se basaba el agasaje y el zapateo de un país entero, sin dejar a un lado aquellas letras caricaturescas, de una agudeza impensable.

Tras inventar la música grupera y nadar en géneros como la ranchera, la norteña, el bolero e incluso la música andina, Rigo se refugió al final de su carrera en los acordes y la estética del glamm metal, al lado de Mötley Crüe y Def Leppard —recordar el Rock Caliente o el Rigo Rock (1980)—.

A Rigo le gustaba la Tiny Dancer de Elton John, y el primer queen, además de ser un acérrimo admirador de Kiss y Black Sabbat, bandas que escuchó en Houston, cuando trabajó en diversas fábricas de Brownsville; aunque quizás lo más curioso —fuera de la inclusión de la música rock en la cumbia tropical— sean sus letras, pequeñas fábulas ingeniosas sin parábola alguna, pero sí con mucho ritmo e ingenio, estampas postales de la cultura popular mexicana, y elegías celebratorias del dadá nacional.

“El Sirenito” es un claro ejemplo de la narrativa contemporánea, es un relato de una ilogicidad o irracionalidad voluntaria, producto de la subjetividad de un mundo submarino irrisorio, presentado como caótico y onírico, que nos muestra la complejidad de un país más allá de la realidad.

El Hijo Predilecto de Sam Houston‘ o ‘Su Majestad Sireno‘ nada tiene que hacer al lado del Rey Lagarto —a quien se le ha comparado—, pues éste termina abduciéndolo por completo. La soledad e incomunicación del mexicano en los años 80, hicieron que se buscara en el interior de las notas musicales  y en las letras de Rigo Tovar las respuestas a las inquietudes del mundo real; de modo que nos agrupó a todos y nos apartó de la cotidianeidad y las consecuencias de la globalización y la pobreza, principalmente porque debido a éstas, se perdió la individualidad, y los pies dejaron de bailar algún día… no fue hasta que su ‘Majestad Sireno‘ se puso los Ray-Ban que el mundo volvió a girar. Y éstas no son sólo palabritas.

Ilustración: Correoppola

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Mixar López

Mixar López

Narrador, cronista y periodista musical. Es colaborador de varias revistas y periódicos de México, Estados Unidos y América Latina. Vive en Des Moines, Iowa. Su primer libro de crónicas, Prosopopeya: La voz del encierro, está próximo a ser publicado.

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