Johnny Ramone lo describió en una anécdota: una noche de 1974, después de tocar en el CBGB, un tipo se les acercó y les dijo que los Ramones era el grupo que estaba esperando. El tipo distinguía los sonidos del futuro, por algo fue un precursor de diversas corrientes de la música electrónica y un renovador del rock.

Por Rogelio Garza / @rogeliogarzap

Alan Vega (1938-2016) era un artista experimental oriundo de Nueva York, a quien le tocó vivir los sesenta y setenta en aquella ciudad con todas sus movidas y torceduras. Alan era un estudiante de arte clavado en la escultura cuando conoció, en 1969, a Martin Reverby, el músico con el que formó un dúo dinámico e innovador. Inicialmente eran trío con el guitarrista Paul Liebgott, pero éste abandonó la misión y quedaron como un performance musical entre el cantante y el tecladista. “Lo que se puede hacer con lo que tienes”, dijo Rev con un teclado Casio y el nombre que les cerró las puertas de la radio y la televisión durante muchos años: Suicide.

El grupo cambió el teclado por un órgano Wurlitzer y después, en 1971, consiguieron un Farfisa y una caja de ritmos. Lo que conservaron fue su nombre incómodo y lo enarbolaron en las galerías de arte de aquel underground desaparecido, donde se anunciaban como Punk Music Mass. Muy gloomy el asunto, nocturno, caluroso y pegajoso, como el Nueva York de esa época. Rev programaba los ritmos y tecleaba un rock agresivo e hipnótico en el órgano, mientras Vega protagonizaba cada canción al borde del delirio con toda clase de recursos vocales: cantos, aullidos, gritos, susurros, murmuros, onomatopeyas y efectos que improvisaba sobre la marcha.

Suicide

Suicide introdujo la música electrónica a la escena del punk contra toda norma: era un dúo cuando la usanza eran los tríos y los cuartetos. No usaban guitarras eléctricas, bajos ni baterías; tocaban un órgano, una caja de ritmos y vocalizaban. Su música podía ser todo menos complaciente e inasible, las canciones podían ser breves o extenderse con toda exasperación. Vega y Reverby se rehusaban a ser entretenedores: si las personas iban a sus presentaciones para divertirse y olvidar sus problemas ellos estaban ahí para provocarlos, para “estrellarles la calle en la cara”, para meterse con ellos incluso físicamente. Su primer disco, Suicide, apareció en 1977 y en éste anunciaron la música electrónica para bailar: techno, dance, industrial, electro, synthpop. Con todo lo anterior, Suicide fue quizá el disco más punk de ese año.

Suicide trascendió allende las fronteras del punk. Cuando la flama perdió incandescencia llegó la New Wave, entonces Vega la confrontó con su No Wave y montado en ella creó esta vertiente del postpunk cuya única regla era que no había reglas. El segundo disco, Suicide: Alan Vega and Martin Rev, apareció en 1980 y el productor fue Rick Ocasek, quien además los proveyó de equipo nuevo. Ahí comenzó una larga relación con Ocasek, quien les produjo los estupendos A Way of Life (1988) y Why Be Blue (1992). El motor y guitarrista de Los Cars también fue el productor y colaborador más resistente a lo largo de los 18 discos solistas de Vega, que diversificó su estilo con dúos, tríos y grupos hasta de ocho integrantes para renovar el rockabilly, el psychobilly —que inventaron sus vecinos de Nueva York, Los Cramps—, y salir con algo nuevo entre las manos: el technobilly. Son discazos Alan Vega Jukebox Babe (1980), Collision Drive (1981) y Saturn Strip (1983) con Al Jourgensen. En 2002 apareció el último disco de Suicide, American Supreme, una autoproducción experimental que, en lo personal, parece la antítesis de American Beauty de Grateful Dead. Ambos discos condensan, a su manera, la música americana de una época.

Pero el Nueva York del que tanto cantó Vega y en el que vivió hasta sus últimos días ya no existe. La ciudad se ha transformado en una sucursal de Hipsterland sin filo salvaje; la fauna creativa ha emigrado en busca de otras tierras menos hostiles. Vega sufrió un ataque al corazón en 2012; desde entonces su salud declinó y con ella, poco a poco, su vida. Nunca dejó de hacer escultura y de exponer su obra: es posible que la música haya sido una forma de esculpir canciones porque montó una exposición escultórica de su disco Collision Drive.

En 1988, Henry Rollins hizo un cover hardcore de “Ghost Rider” en su disco solista Hot Animal Machine, y en 1994 repitió la dosis con plomo en el soundtrack de la célebre película de Alex Proyas, The Crow. Esta interacción colocó a Vega en el spot, así sucedió también con el rockero ácido de 13th Floor Elevators, Roky Erickson, y con el novelista Hubert Selby Jr., autor de Requiem for a Dream (1978). Debido a esa amistad, la familia de Vega dio la noticia a través de la página de Rollins, quien informó del deceso el 16 de julio, casi un mes después de cumplir 78 años. En el comunicado se menciona que Alan Vega (Boruch Alan Bermowitz) murió tranquilamente mientras dormía en su cama, como en la canción a la que Bruce Springsteen le hizo una dulce versión, “Dream Baby Dream”. :x 

Alan Vega

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