Por Iván Nieblas / @ivannieblas

Era 11 de marzo de 2011. Una de esas noches calurosas de primavera. La ciudad vestida por el púrpura de las bugambilias y esa sensación de sudoroso sofoco que provoca buscar alivio en las bebidas espirituosas.

Mitigando esa sed fue que recibí la noticia de su partida. Como una de esas malas bromas de redes sociales que, al ser confirmadas, se tornan en sombría realidad. Rita Guerrero había muerto.

Despertar al día siguiente en un mundo en el que Rita ya no estaba fue algo muy extraño. Al shock y la parálisis le siguieron una oleada de recuerdos, así como Rita cantaba en “Símbolos”: todo me lleva a ti.

rita guerrero santa sabina

Rita Guerrero (1964-2011).

Acudió a mí el recuerdo de Santa Sabina, esa banda que tenía el apellido de la gran sacerdotisa de los hongos de Oaxaca. Un nombre místico que le daba un halo de misterio. Escuchar a Santa Sabina era una cubetada de agua fresca en la programación regular de Estereo Joven, a finales de los ochenta. Recuerdo esperar paciente el momento en el que sonara “Samuel”, “Rinoceronte”, “Después de Muerto” y “Nos Queremos Morir” para grabarlas en un casete, hoy desgastado por el paso del tiempo.

Acudió a mí la sensación de la magia de Santa Sabina. Esa que me capturaba con su mezcla de oscuridad punk, de funk, gótico e influencias diversas que se fueron revelando con los años: lazos con King Crimson, Baudelaire, Kafka, Murnau, Funkadelic, Diamanda, Nina Hagen… Toda la casta de parias y malditos del arte. Niña ninfa, Gorgona y valquiria, la voz de Rita Guerrero era el anzuelo con el que quedaba prendado de la banda.

rita guerrero santa sabina

Santa Sabina.

Santa Sabina fue parte de todo el abanico de opciones que estaba esperando ser descubierto en mi hasta entonces cerrado panorama metalero. Santa inauguró mi “traición a las huestes del Metal”, como lo calificó un extremista integrante de una banda que jamás en la vida me volvió a dirigir la palabra. Poco importaba. No iba a perderme de tanta música por quedar bien con un tarado de miras enanas.

Me llegaron vivos, como nunca, los recuerdos de las tocadas de Santa en “Las Islas” de Ciudad Universitaria, al lado de Maldita Vecindad y Caifanes.

La voz de Rita invadiendo cada centímetro del campus. Su presencia con abultado pelo corto, blusa negra y mallas (leggins, les dicen ahora), paseando y bailando por el escenario. Aquel toquín en protesta contra la construcción de la planta nuclear Laguna Verde, en Veracruz, en el que tocó Flema Seca: una inesperada unión de integrantes de Santa, Maldita y Caifanes. De aquel momento, al parecer, no hay documentación alguna. Solo permanece en la mente de los que estuvimos presentes.

Viviendo en la Calzada De Guadalupe en la colonia Peralvillo, llegó el día en que apareció el esperadísimo primer disco de Santa Sabina. Recuerdo ese minúsculo casete de portada azul que se reprodujo una y otra vez en la grabadora, mientras Rita cantaba “no te andes por Calzada de Misterios”, que estaba justo detrás de mi casa.

Los recuerdos de tantos conciertos se confunden. El LUCC, el Tutti Frutti, La Diabla, Rock Stock, Rockotitlán, El Antro. Todos parecían ser el mismo sitio en el que Santa tocaba un solo concierto a través de los años.

Fiel a su pasión primeriza, el teatro, en 1991 Rita apareció en Ciudad de Ciegos, de Alberto Cortés. Solo por esos instantes pagué un boleto para ver en pantalla grande a Rita y escucharla cantar, junto a Saúl Hernández y el Sax de la Maldita, una rola exclusiva para la película: “Foto Finish”.

Muy pronto vino la era del segundo álbum, Símbolos, y la vida me llevó a la colonia Narvarte. Ahí conocí a Alejandra Martínez, quien resultó que trabajaba como asistente de Santa Sabina.

Entonces fue que conocí a Rita en persona. Recuerdo perfectamente el instante: en los camerinos de La Diabla, Rita se afanaba con su vestuario mientras Alejandra y otras chicas le quitaban las espinas a varias docenas de rosas que Rita solía utilizar en su micrófono y por todo el escenario. Rita siempre tuvo ese instinto maternal que la hacía decirle a todo el mundo “mijo” o “mija” (ella era la Mija Mayor), así que su instrucción para las chicas fue: “cuidado mijita, no se piquen”.

Acudió a mí el cumpleaños de Rita, en la era de Babel y el Unplugged. Yo trabajaba como DJ en un antro llamado Fixión, ubicado en un casa de dos niveles en la colonia Roma. Cerramos toda la parte superior de la casa y ahí estaban la mayoría de los Sabinos y Adriana Díaz Enciso, la hermana elegida de Rita y escritora fantástica de muchas letras de Santa Sabina.

Como si se tratara de un aquelarre, Adriana me dio una gran colección de música celta. Eso era lo que Rita quería escuchar. Ahí estaban las dos con otras mujeres, como si fueran brujas en un bosque escandinavo, danzando a la luz de la luna. Más tarde llegó Poncho, quien me extendió una magnífica colección de funk que nos puso a bailar a todos toda la noche. “¡Ponte algo más funky padre!”, me gritaba Rita agitada y feliz.

Rita siempre estuvo presente, sin estarlo: en los años finales de Santa Sabina, en su propia reclusión para dedicarse a su hijo. Pocas veces la vi en Coyoacán, en el museo Anahuacalli, feliz, radiante, como siempre.

Recuerdo la sorpresa con la que recibí la noticia del cáncer que aquejaba a Rita. Igualmente sorpresivo fue aquel concierto de 2010 llamado “Rita en el Corazón”, que secretamente era su despedida de los escenarios. Rita tocando con todos los Sabinos y amigos de diversas bandas contemporáneas. El público se volcó al Teatro de la Ciudad y el acto se convirtió en un homenaje en vida.

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Estos recuerdos me abordaron aquel caluroso día, hace seis años. Cuando vi el cuerpo de Rita, inerte y hermoso, en el atrio del Claustro de Sor Juana, adornado con cientos de flores, velas y el coro virreinal que hoy lleva su nombre. Desfilaron miles, en una fila que llegaba hasta la calle. Allí estaban sus amigos, celebrando su vida con canciones en lugar de llanto.

El arte que nos regaló Rita Guerrero jamás podrá igualarse. Los momentos que compartimos y se quedaron grabados en nosotros con la música de Santa Sabina perdurarán para siempre: no buscaban el éxito banal, sino sacudirnos las entrañas y hablarnos al alma.

Editor Yaconic

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