Una de nuestras revistas favoritas de México, Pez Banana, de Hermosillo, Sonora, dedica su más reciente edición —número 13— al escritor Roberto Bolaño. Y con uno de sus textos queremos iniciar este intercambio editorial: Roberto Bolaño, detective (y artista), de Sergio González Rodríguez. Disfrútenlo tanto como nosotros.

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Por Sergio González Rodríguez
Imágenes Hereus de Roberto Bolaño, exposición  “Arxiu Bolaño 1977-2003”

Los métodos del detective salvaje que Roberto Bolaño encarnó, pueden escrutarse en los episodios que en adelante se describen en sus dos fases.

Primera fase. Por sugerencia de nuestros amigos Juan Villoro y Jorge Herralde, quienes sabían que yo estaba escribiendo un libro sobre los asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez, tema que comencé a indagar desde 1996, Roberto Bolaño entró en contacto conmigo por correo electrónico, hacia 1999 o el año 2000, no recuerdo bien, y comenzamos un intercambio de mensajes sobre dicho tema: me explicó que él quería abordar éste en una novela que preparaba. Me reveló que ya había leído mis libros, en particular El Centauro en la paisaje (1992), y sabía que yo había tocado el bajo eléctrico en un grupo de rock (Enigma).

Durante un par de años, Roberto y yo intercambiamos mensajes intermitentes donde él revelaba un conocimiento  agudo y una curiosidad  creciente sobre las circunstancias de aquellos crímenes. Nuestro diálogo careció de la fluidez deseada: sus mensajes no me llegaban, como él se quejaba después; a veces recibía los míos en un código indescifrable o como texto ilegible: era obvia la interceptación que desde entonces he tenido en mis comunicaciones electrónicas y postales.

Villoro me ha contado que Bolaño se exasperaba por esto, pero insistía en enviarme sus mensajes, que contenían preguntas, consultas y opiniones sobre las víctimas, la actuación de la policía o los posibles agresores de mujeres. En una ocasión me pidió, por ejemplo, que le describiera el tipo de armas, vehículos, conducta y aspecto específicos de los asesinos. Debí acudir a los documentos policiales y ministeriales que guardaba en mi archivo para poder responder preguntas tan precisas. Me dio la impresión de que Roberto quería construir su programa novelístico con los dos pies y la cabeza entera dentro en los hechos.

Otra vez, fue más detallista: quería que le transcribiera un informe forense que consignara las heridas infligidas en alguna víctima. Parecía satisfecho de contar con tal jerga criminalística en sus manos. También me pedía mi opinión en alguno otro mensaje acerca de un diagnóstico legal que circulaba en Internet sobre los asesinatos de mujeres en aquella frontera.

Quería afinar su criterio sobre los crímenes, y tendía a creer que la presencia de un criminólogo de prestigio como Robert K. Ressler, quien fundó la oficina de Ciencias de la Conducta del FBI y acuñó los términos de “asesinos en serie” y “asesinatos en serie”, serviría para resolver los casos de una vez por todas. En esos años, estaba aún fresca la memoria de la película de Jonathan Demme titulada El silencio de los corderos (1993), en la que una detective sagaz (personificada por Jodie Foster), quien tiene un maestro que dirige sus pasos (en la cinta el trasunto de la figura de Ressler), aprehende a un asesino en serie muy depredador con ayuda de otro, esteta y de mente brillante (actuado por Anthony Hopkins).

Bolaño se mostró un tanto desconcertado cuando le conté que la presencia de Ressler en Ciudad Juárez se había visto mediatizada por la corrupción de las autoridades de Chihuahua, quienes no han deseado nunca abrir una pesquisa en serio sobre aquellos asesinatos de mujeres. Y si bien Bolaño sostenía la idea de un asesino en serie (que parece extender a 2666), reconoció que la hipótesis de Ressler podía ser cierta: la existencia no de un asesino, sino de varios que, en plan de juerga y con distintos grupos de respaldo incluso policías, realizaban el secuestro, violación, tortura y asesinato sexual de las víctimas. Lo demás, era tarea del fenómeno de copycat o asesinos imitadores.

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Puede ser que Roberto tuviera ya resuelto su plan narrativo en favor de un asesino, quizás itinerante y encarnación del mal primigenio expresado en connivencia con una ecología perversa en la frontera, que incluía el declive de las instituciones y al poder económico y político.

Hasta aquí, el detective salvaje llamado Roberto Bolaño recuperaba la tradición indagatoria de un Sherlock Holmes (mente alerta, observación, desarrollo imaginativo, aptitud deductiva, agudeza conjetural, etcétera). Más adelante, al conocer en persona a Bolaño, pude entrever más de su dispositivo creador.

Segunda fase. En 2002, al saber que yo acudiría a España a presentar mi libro Huesos en el desierto, Roberto Bolaño me invitó a visitarlo en Blanes, localidad cercana a Barcelona donde residía. Durante una tarde-noche disfruté de hospitalidad en su casa, y me hizo conocer dos puntos: a) estaba por terminar su novela 2666 que, afirmó, “trataba de muchas cosas”, entre ellas, una parte con los asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez, y b) había decidido incluirme en esas páginas: “estás en mi libro como personaje con tu nombre: eres el periodista que investiga los crímenes”. Mi asombro le encantó: “quise imitar a Javier Marías que en su novela Negra Espalda del tiempo de 1997 te incluyó con tu nombre en la investigación de la muerte de Wilfred Ewart en la Ciudad de México”. Reía y encendió otro cigarrillo: el humo rodeaba su júbilo contagioso.

Con el paso del tiempo, he comprendido que más que una anécdota, un juego literario o un giro de inter-textualidad, Bolaño construía una pieza de su prodigiosa máquina de escritura bajo un plan expansivo, que a la postre le ha sobrevivido y le sobrevivirá (e incluye, también, este texto y muchos otros). El detective salvaje que fue Roberto Bolaño investigaba, procuraba la justicia y la ampliaba al ámbito de la imaginación a través de dispositivos de arte conceptual, a los que adscribo los libros y manuscritos que dejó inéditos y las consecuencias que han rodeado su publicación y lectura.

Con Huesos en el desierto, Roberto Bolaño pudo reinventar un palimpsesto temático-narrativo y lo convirtió en su magistral novela 2666. Así, su máquina de escritura persiste en desafiar el transcurso del tiempo.

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