Por Alejandro González Castillo / @soypopesponja

Fotos: Fernando Aceves/OCESA

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PREPAREN

El anillo de calavera de Keith Richards saca chispas cada vez que choca contra el acero de las cuerdas de su guitarra. Es así como la llamarada nace, crece y nos chamusca las pestañas conforme los acordes se amontonan. Tararán. Tararán. El rasgueo de “Jumping Jack Flash” nos calienta el pellejo. Simple y salvaje. Tararán. Tararán. Y nuestras miradas se cruzan porque sabemos lo que está ocurriendo. Entendemos que somos cómplices y llevamos décadas guardando un secreto que, ahora descubrimos, decenas de miles más también traían trabado en el paladar. “Juan se puso saltarín cuando el amor sintió”, decían Los Yaki en una versión llana del tema que los Glimmer Twins firmaron hace tiempo, en una época improbable. Tal vez imposible. ¿Será esto el amor?, ¿lo que ahora mismo nos atraviesa?; ¿eh?, ¿qué dices?, ¿que no es más que el suspiro del primer disparo, la señal de alistamiento para la ráfaga que se avecina?

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APUNTEN

Estamos frente a las balas perdidas, desgarrando nuestras solapas, sacando el pecho para recibir los impactos ahí mero. Somos el blanco, la presa. Y nunca pensamos vivir algo así. Esa es la verdad. Nos trenzaron en curva. No la vimos venir. Nos creíamos valientes, pero hoy nos doblamos al escuchar la orden; cuando Charlie Watts marca uno, dos, tres, cuatro con las baquetas, con ese gesto ausente, en realidad está gritando ¡apunten! Y viene entonces “Let´s spend the night together”. Pinche clásico. ¿Cómo lo tumbas? ¿Qué podría superar tener enfrente a Ron Wood, con esa mirada de pájaro carroñero, punteando y apuntando, punteando y apuntándote? Sólo los pum, pum, pum, pum de los toms de “Paint it black”. Y mira, ¿ya viste cómo se mueve Keith? Despacio, suavecito. Cada movimiento de las rodillas, de los codos y el cuello, de las muñecas y la cadera, tiene lugar con calma, con la relajación que poseen aquéllos que se han pasado la vida hinchándose las entrañas con tabaco, alcohol y…  A ver, a ver, ¿no es ése el ocioso que inhaló las cenizas de su padre? Sí, ¿verdad? Claro, con razón soba las pastillas de su guitarra como si éstas fuesen la urna que aloja los polvos de Muddy Waters. Ese anciano que se delinea los ojos trae en los pulmones los terregales de tristeza que el blues levanta. Keith es el “Midnight rambler”. Poca cosa, ¿no?

La hora se acerca. Estamos a punto de recibir la gracia de los tiros. A estas alturas, dios nos tiene sin cuidado. Nos tiene descuidados. Recurrimos a Satán entonces. Mira, ahí viene Mick Jagger, bailando con el cuero que le arrancó al diablo encimado en los hombros. Así, justamente así escapó del asilo de Honky Tonk; glamoroso, emplumado, con la bocaza pintarrajeada y un puñado de blasfemias escapando de ahí, de ese túnel sin luz al fondo, de la caverna hedionda donde dormita la lengua del rock and roll. ¿Sabes qué tipo de grasa se unta ese sujeto en las articulaciones?, ¿cuál clase de lubricante baña las paredes de su garganta? “Qué chingón estar de vuelta”, nos dice el flaco, el correoso, el gamberro callejero. Y volteamos a vernos cuando éste corretea a la muerte mientras canta y baila. Nos da risa. Nos da gusto. Tenemos enfrente al demonio y, lejos de intimidarnos, nos miramos a los ojos, calibrando así que esto es real, que esto está sucediendo, que hemos sido muy valientes todo este tiempo por seguir vivos, ¿entiendes?  Seguimos vivos, por un rato más.

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FUEGO

Y es que ha sido duro llegar hasta aquí. Por eso dejamos que alguna lágrima le juegue al fugitivo; porque, después de todo, cada uno ha vivido sus historias, por su parte, a escondidas, y las rimas de “You can´t always get what you want” son el mejor lugar que encontramos para abrazarnos, para tomarnos una cerveza, platicar y hasta para que tú te des el lujo de fumarte un Delicado. Es una cursilería, ya sé; pero a veces creo que más allá del afecto primitivo que nos profesamos por el hecho de compartir sangre, lo que nos mantiene juntos es el rock and roll. Nuestro rock and roll. ¿No crees, papá? Hombre, míranos, tan viejos los dos, aquí, en un lugar tan improbable como todos los sitios de la ciudad donde hemos coincidido; la Portales, la Morelos, La San Felipe. Los dos viendo a los Rolling Stones. Tan campantes. Y, ¿sabes  qué?  Para mí, éste será  un recuerdo de los fosforescentes, de esos que uno guarda en alguna esquina del cráneo, de los que nunca se olvidan, de los vuelven cuando todo se nubla para alumbrar un sentimiento, justo el que hace sentir que vale la pena rajarse el hocico varias veces más. Así que ya, pues, que esa punta de arrugados jale el gatillo cuando suene el riff de “Satisfaction”. Al fin que tú y yo ya estaremos listos para entonces. Ya podremos decir: qué más da, total, ya vimos a los Rolling.

Van, Mick, Keith, Ron y Charlie. Disparen.

Abran fuego.

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Editor Yaconic

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