Nadie puede darte un buen consejo sobre qué visitar en tu paso por Roswell, Nuevo México, al menos nadie que no haya visto un alien. La demanda por experiencias paranormales tiene a los gringos vueltos locos desde el siglo pasado. Un viejo dientes cafés y barba de cabrito, apodado el “Uncle Fi“, puede darte más datos que nadie en el terreno ovni. “Olvidate los museos, solo quieren billete. Vete derecho por esta vía y verás en donde cayó la nave cuando yo era un bebé”. Estoy en Roswell, el sitio que los seres de otra galaxia eligieron para estrellar una de sus más lamentables naves.

La zona del choque de la nave atrae los gringos con piel de tomate suficientes para seguir siendo rentable. El calor me obliga a recorrer las zonas con sombra de la ciudad. Y en cada sombra hay un gordo maniaco vigilando el cielo, generalmente vienen con sus esposas a darse cuenta que en el cielo no hay más que nubes. Sin embargo, cada ave que pasa es fotografiada y confundida con una nave alienígena. “¡Oh my god, it’s true!”, dicen al ver pasar una clara y definida avioneta, “its an alien, Susan, ¡take a photo right now!”.

Hace tiempo, en los cuarentas, Roswell era quizá una de las zonas más aburridas del continente americano. En estos terrenos llenos de polvo y economía desastrosa cayó una nave alienígena que cambiaría el destino de Roswell y norteamérica para siempre. “El gobierno intentó ocultarlo todo, pero la prensa ya había fotografiado bastante”, dice el “Uncle Fi”, mientras me lleva por la Wildy Street en su Ford Sinaloa del 93.

Apunta hacia todas partes en la calle. Conoce cada rincón de esta tierra prometida de la ufología. Para en seco la camioneta y señala un callejón, por allí murió un hombre después de que le reventaron el cráneo a patadas después de un robo. Por allá conoció a una mujer llamada Caroline, huesuda y de pechos anchos, “ustedes los mexicanos tienen una fruta que se llama papaya, bueno, Caroline tenía unas hermosas papayas, hijo”. Me da los datos más inútiles posibles, ninguno de ellos relacionado con el fenómeno ovni. Si no lo detengo, puede seguir hablando hasta la muerte.

Se detiene tanto a mostrarme callejones que estuvo a segundos de atropellar a una niña que iba cruzando la avenida. Cuando le dejo claro que no está dándome el tour que prometió y que por sus torpezas pudo morir una pequeña, niega con la cabeza y se lamenta. “¿Qué te cuento? No ha habido nada interesante en Roswell desde hace décadas, hijo”. Nos detenemos en un Little Caesar a comer un combo de cinco dólares. Pepsi y grasa con queso, básicamente.

Dice que la diversión no es una característica de los ufólogos. “Uncle Fi” jura que en su juventud era un renombrado hombre con pruebas contundentes para desestabilizar las versiones del gobierno. Que recorrió el país entero dando conferencias y haciéndose amigos de hombres poderosos que le ofrecían dinero para conocer un alien. Ahora, viejo y olvidado, es reconocido solo por las personas más ancianas de Roswell. “Los jóvenes destruyeron este sitio. El internet y su rap de negros los ha alejado de lo realmente importante: la vida más allá de las estrellas”, dice, escupiendo soda por encima de la pizza.

Me jura que más tarde me llevará con expertos. Así que me despido y me voy directo a Pecos Valley. La marihuana medicinal es legal en Nuevo México y como nunca he conocido un dispensario de cannabis, entro con la intención de empaparme de cultura verde. No puedo consumir: soy mexicano y no estoy enfermo de nada importante. Pero, no diré nombres… me da una dirección cercana y al tocar la puerta de aluminio con calcomanías de los Cowboys de Dallas, me abre una muchacha con ojos verdes desgastados y un olor intenso a apio. Tiene un acento tan texano que apenas logró entender el inicio de cada frase. En un inglés lamentable, logro comunicarle que quiero hierba y un tour decente por la ciudad de los ovnis y la paranoia.

Se llama Shelly, dice que se llama Shelly, porque realmente tiene cara de Brenda o Susan, o Amber, todos esos nombres horribles que tienen las texanas de clase media y que insisten en seguir poniéndoselos a sus hijas. Nació en el 95 y no tiene las más mínimas intenciones de seguir viviendo en ese desierto lleno de souvenirs verdes y naves de plástico.

Me pregunta sobre México. Le digo que se come bien y que se coge bien, también. Pero que la inseguridad ha destruído nuestras fiestas y nos ha orillado a ver Netflix y comer carne encerrados en casa. En este punto está tan drogada que todo lo que le diga es fascinante. Le cuento qué es un jaripeo, a qué saben las mandarinas y cuánto picante soporto. En menos de media hora, estamos lamiéndonos cada orificio del cuerpo. Pone música de los Temple Pilots y saca un condón verde de un empaque con un alien sonriente. Dice los regalan en el centro de salud, mientras escupe la esquinita de la envoltura.

Después del quinto round, decisivo para ir al baño, nos bañamos con agua helada y salimos a conocer un McDonals que ella encuentra repulsivo y yo fascinante. Está en la Main Street, justo enfrente de Covey´s, una tienda de rifles que tiene música country a volúmenes asombrosos. El lugar de hamburguesas es básicamente una nave alien metálica junto a un cubo de cemento. Está lleno de niños gordos con catsup en las manos y los empleados, raramente, no muestran ni una señal de acné adolescente. Son mujeres negras y algunos ancianos que trapean el suelo sin espíritu ni gloria.

Aún me faltan dos días en Roswell y ya quiero irme. Realmente no hay nada en este lugar. Me llevo a Amber, porque estoy seguro que se llama Amber, a mi habitación en el Mayo, un hotel barato y deprimente, decorado, según las paredes, por una mujer que representa lo peor del diseño industrial del siglo pasado. Ella parece encantada con el lugar por el aire acondicionado. Se desnuda y prende la televisión, sube el volumen y se queda dormida. Si tomara una foto de ese instante, retrataría la esencia del sur de Estados Unidos.

Al día siguiente vagamos en el museo dedicado al tema alien en este pedazo árido de Nuevo México. El International UFO Museum and Research Center es quizá el conjunto de recortes de periódicos más grande del mundo. A cinco dólares por persona, recorre por la mente la idea de haber gastado ese dinero en cerveza. La temperatura era de 40 grados y el aburrimiento se sentía en cada paso dentro del lugar.

Amber salió a venderle hierba a una señora que llegó con dos niños de la mano. No hizo ni el intento por esconder la droga de los ojos de sus hijos y pagó con billete de a veinte. No pidió cambio y se subió a su Jeep Patriot negra. Ambert me dijo que con gusto iría conmigo a México, que iría a casa de sus padres para recoger unas cosas y que compraríamos el boleto de avión juntos esa misma noche.

Nunca le ofrecí ir a México conmigo, tampoco viajar juntos, ni siquiera le comenté que aún me quedaba un día en este hoyo. Le dije que sí, que estaba bien y que iría al hotel para empacar. Cada quien tomamos un Uber y me fui ese mismo día sudando y sumido en la miseria de haber pasado dos días en el desierto más insípido del planeta. Tomé un autobús a las 7:30 de la noche con rumbo a Albuquerque, la capital de la artesanía nativa americana. La aventura no era parte del viaje.

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Dekis Saavedra

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