Por Mixar López / @nomenclatura

Cuando Sam Shepard cumplió 30 años ya había escrito 30 obras y andado con ¡Patti Smith! Junto con ella escribió Cowboy Mouth (1971), quizá la obra más autobiográfica y velada de Shepard: “¿Qué estoy haciendo aquí?, ya no sé quién soy, mi esposa me dejó, se fue a Brooklyn con el chico y me dejó; y aquí estoy yo contigo”. Sam se describe e incita a rodear a Jesús con una bota de vaquero.

Hay quien a los 30 años no ha publicado nada. A veces la juventud usurpa en vez de procurar; en Shepard no solo era una época de la vida, sino un estado del espíritu creativo. ¿Treinta obras?, una completa locura, como si desde el día en que nació hubiera escrito un libreto.

sam shepard y patti smith

Ahora entiendo la simpatía de los escritores por Sam Shepard. Logró lo que nadie, escribió de tiempo completo sin hacer alarde de ello, porque también se dio el lujo de actuar y de hacer música. Con esto sepultó a todos los autores frustrados que buscaban otras vías para ejercer lo que no pudieron en la literatura ni en otros lugares.

En los ochenta vendría el punto más álgido de su carrera. Paris, Texas (1984) de Wim Wenders, se basó en las memorias de Sam, lo que daría paso a su libro Crónicas de motel (1985).

Paris, Texas es la reconstrucción del modelo y la figura humana del padre. El padre pródigo frente al prodigio, un errante, aquél que lo ha perdido todo, pero que tiene la esperanza de recuperarlo al final de sus días, justo cuando ya no puede poseer nada, ni a sí mismo. Este es el Shepard que más extraño y recuerdo, el que más me conmueve, el artista verdadero, el auténtico escritor, un autor y un ser humano de tiempos perfectos.

sam shepard

Representado y estudiado en Gran Bretaña, Alemania y Francia, Shepard destacó más como dramaturgo que como escritor —desafortunadamente— y aunque sus obras son magnánimas, algunos locos hubiéramos preferido libros propios de narrativa como Rolling Thunder logbook (1977), Cruising Paradise (1996) y Great Dream of Heaven (2002), relatos cortos y reminiscencias del rock en las que el también actor explora el mundillo del oeste gringo.

Sorprende que Shepard haya basado Eyes for Consuela (1999) en un relato surrealista de Octavio Paz, “El Ramo Azul”. En el que un violento asaltante le demanda al narrador sus ojos para regalárselos a su novia:

—No se mueva , señor, o se lo entierro.

Sin volver la cara pregunte:

—¿Qué quieres?

—Sus ojos, señor —contestó la voz suave, casi apenada.

—¿Mis ojos? ¿Para qué te servirán mis ojos? Mira, aquí tengo un poco de dinero. No es mucho, pero es algo. Te daré todo lo que tengo, si me dejas. No vayas a matarme.

—No tenga miedo, señor. No lo mataré. Nada más voy a sacarle los ojos.

—Pero, ¿para qué quieres mis ojos?

—Es un capricho de mi novia. Quiere un ramito de ojos azules y por aquí hay pocos que los tengan.

Si han visto esta obra en vivo y han escuchado a Henry, el personaje central de Eyes for Consuela, hablando de su matrimonio fracasado y de sus esfuerzos al azar para darle sentido a su vida, es fácil sentirse embelesado por su lenguaje circular e impresionista del vacío perfectamente ambientado en un café o en una terapia de oficina.

En el mundo de Shepard, el protagonista —a diferencia del de Paz— suda sus días como un forastero en un hostil y embrujado paisaje lleno de fantasmas, arrepentimientos y salvajes pasiones. La marca de Sam en esta existencia sin timón contrasta con el ambiente inequívocamente duro del relato en un pueblo mexicano sin ley.

No sé cómo pueden existir personas a las que no les guste Shepard o que sean completamente indiferentes a su trabajo. Yo sentía que me hablaba a mí todo el tiempo, como actor, director y guionista.

Un hombre completo, un individuo germinado del campo, de la tierra misma como los buenos frutos, un ser humano que supo llevar —como pocos o como ninguno— el fusil del artista, un ingeniero del alma humana, un perseguidor de la belleza. Alguien que vio lo que ya no existe o lo que todavía no había existido en realidad, que envió luz al corazón del hombre, eso fue Sam Shepard. Nadie puede ni podrá apagar esa luz, porque apagarla nos deslumbraría más que encenderla.

Editor Yaconic

Editor Yaconic

Revista de arte y cultura

Previous post

EL (CÓMIC) UNDERGROUND SE ESTÁ MURIENDO

Next post

PERSONAJES DELIRANTES Y LADRONES DE ESCENAS: TOM WAITS, ACTOR DE CINE