Por Carlos A. Ramírez / @estilo_perro

La relación entre literatura y rock ha estado presente casi desde que éste nació como género musical. Incontables bandas han abrevado de novelistas y poetas para componer sus obras o bautizar sus proyectos. Ejemplos clásicos son los Beatles, con John Lennon recitando fragmentos del Libro Tibetano de los Muertos en la canción “Tomorrow never knows”; Pink Floyd y su disco Animals, basado en la novela Rebelión en la Granja, de George Orwell; la pieza instrumental “Moby Dick”, de Led Zepellin o Jim Morrison llamando a su banda The Doors, nombre tomado del ensayo de Aldous Huxley, The Doors of perception, cuyo título proviene a su vez de la famosa línea del poema de William Blake contenido en su libro El Matrimonio del cielo y el infierno.

Conforme el rock fue haciéndose mayor y generando sus propias mitologías el proceso de creación comenzó a darse en sentido inverso. Un paso perfectamente natural para algunos escritores que comenzaron a hacer del género el leitmotiv de su obra. En México quizá el autor que más se asocia al rock sea José Agustín; pero también Gustavo Sáinz, Parménides García Saldaña y más adelante Juan Villoro publicaron obras de influencia netamente rocanrolera.

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Juan Carlos Hidalgo

Sin embargo, lejos de las glorias de aquellos, desde hace algunos años una camada de escritores mexicanos se ha dedicado a escribir sobre rock, ese ente al que tantas veces han matado pero que sigue vivito y coleando después de sus más de sesenta años de existencia. Estos autores han sentado las bases de algo que tal vez aún no tenga forma definida pero que seguramente dentro de poco se revelará de manera venturosa.

Satán rechazó mi alma (Nitro/Press, 2016), de Juan Carlos Hidalgo (1968), escritor hidalguense perteneciente a esa camada de la que hablo, es una buena muestra de ello.

Autor de los poemarios Suave como el peligro (Pachuco Press, 2010) y Combustión no espontánea (Pachuco Press, 2011), así como de las novelas Rutas para entrar y salir del Nirvana (Pachuco Press, Marvin y Combo, 2012) y La vida sexual de P.J. Harvey (Universidad Autónoma de Puebla, 2014), Hidalgo —quien además es editor de la colección Rock para leer, de la revista Marvin— se tira un clavado, en este su primer libro de cuentos, en las mentes y las obras de rockstars como Gustavo Cerati, Daniel Johnston, Morrissey, Amy Winehouse, Lee Ranaldo, Sufjan Stevens y Radiohead, y a partir de ciertos datos verídicos —no hay que olvidar que Juan Carlos posee una sólida trayectoria como periodista de rock— propone ficciones y delirios que asombran, divierten y terminan francamente fascinando.

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Daniel Johnston

Satán rechazó mi alma abre con una historia en la que por azares del destino y estimulados por los efluvios de un misterioso mezcal, el reconocido periodista Rogelio Garza emprende un viaje, en la doble acepción del término, con Marc Gili, vocalista de la banda española Dorian, quien en determinado momento intercambia cuerpos con un comatoso Cerati cuya proyección astral, que también se hace presente, se da tiempo para hablarle de rock and roll y puertas dimensionales.

Enseguida, en “Escenas bipolares de pecado y rock and roll”, Hidalgo literaturiza con gran tino los delirios del geniecillo freak Daniel Johnston, lo que da como resultado una historia extraña e inquietante como la visión misma del artista norteamericano diagnosticado con esquizofrenia y bipolaridad.

Otro de los músicos a los que el autor hidalguense pone a protagonizar uno de los cuentos es Sufjan Stevens, ese exquisito artista a quien aquí encontramos realizando un azaroso periplo Chicago-Nueva York en compañía de dos adorables mujeres. Tras el viaje, uno deduce, Stevens terminará componiendo el que hasta ahora se considera su mejor disco: Illinoise.

Sufjan Stevens

Sufjan Stevens

Asimismo, el lector tiene oportunidad de asistir a un reventón en el que departen los Blur con Damien Hirst; a la hermosa historia de amor entre Leah Singer y Lee Ranaldo, de Sonic Youth, y a las penurias de un tipo cuya alma ha sido rechazada por la burocracia infernal. Sí, justo como en la canción de Morrissey que da título al libro.

Uno de los aciertos de Satán rechazó mi alma es que no se tiene que ser versado en rock para disfrutar de los cuentos; éstos funcionan por sí mismos, independientemente de los nombres y la obra de sus protagonistas. Esta cualidad permite que alguien poco avezado en el tema no necesite saber previamente quiénes son para conmoverse con los poemas —que el autor deja por ahí, como quien no quiere la cosa— en honor de Amy Winehouse, Vicentico y Léonidas Lamborghini o estremecerse hasta el tuétano con los que aluden a personajes como Slavoj Zizek, André Malraux, Elías Nandino, Barry Gifford, Kiko Amat, Alessandro Baricco, Charly García, Andrés Calamaro y Charles Bukowski.

Mención aparte merece el oficio con que Juan Carlos desarrolla sus historias. Ya sea narrando en primera persona, de la que salta a la tercera y de ahí a un narrador omnisciente y cuando se le pega la gana —como habíamos mencionado— a la poesía, el autor consigue mostrarnos con pericia consumada el mundo de las estrellas de rock y lo que se mueve a su alrededor, mostrándonos otra faceta del placer que produce escuchar un disco o, en este caso, leer un libro de rock.

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Hidalgo ha logrado, como diría Joaquín Sabina, “colarse en el traje y la piel de todos los hombres que nunca seré”, dándole forma a un libro en el que convergen sus propios demonios y obsesiones, pero también sus ángeles y su noción de la belleza y la felicidad absoluta: “’me quedaría contigo y en una cama para siempre. Podría tocar sólo para ti’. Por muy poco perceptivo que fuera, no pudo evitar darse cuenta que una luz muy especial se desprendía del rostro de Leah”.

Y es que, como él dice a través de la boca de Sufjan Stevens, podría ser que al final “el arte está destinado a hacernos la vida mejor”.

Editor Yaconic

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