Por J. M. Servín

Foto de portada: César Palma / Kajanegra.com

I

A finales de 1999 o principios del 2000 la editorial Nitro/Press organizó una presentación de mi primera novela, Cuartos para gente sola, en un complejo de cines de arte en el sur de la Ciudad de México. Era una edición marginal de mil ejemplares bien cuidada y atractiva. Sergio González Rodríguez, que siempre apoyó proyectos subterráneos o en resistencia como ese, había aceptado ser uno de los presentadores por invitación del editor y mía. Le atraía fuertemente el alboroto y la irresponsabilidad creativa; los bajos fondos como zonas de riesgos y liberación, por eso se mantenía al tanto de las expresiones contraculturales en las artes y la literatura.

Sergio habló del libro con lucidez y generosidad. Yo expresé algunas ideas intrascendentes y dispersas: no tenía, ni he adquirido con el tiempo, la soltura y agilidad para hablar en público sin que este se sienta agredido o confundido con mis palabras. Era de mis primeras apariciones públicas en un evento literario y esa noche en el sur de la ciudad, me sentía cohibido por estar en la misma mesa con un tipo tan brillante. Al final de la presentación, por razones que no recuerdo, Sergio se despidió de nosotros y se fue caminando solo por la plaza comercial hasta perderse de vista. Me quedé con una sensación de vacío y culpa por no haberme atrevido a proponerle tomar un trago en algún bar cercano.

Sergio González Rodríguez (1950-2017). Foto: César Palma.

II

Meses después regresé a Francia a vivir un año y medio más. Luego, ya en México, me topé con Braulio Peralta, en aquel tiempo editor de ficción de Mondadori. A Peralta lo conocí cuando él era editor de la Revista X, allá por 1999. Yo le había dejado algunas crónicas antes de regresarme a Francia. A él le debo mi amistad entrañable con Alberto “El Negro” Ibáñez, a quien conocí en París en mis años de “mojado”. El Negro había publicado unas fotos en la revista y Peralta me dio su teléfono para ponerme en contacto con él en París.

—Eres muy afortunado —me dijo Braulio mientras yo le entregaba un dictamen y él el teléfono del Negro—, Sergio González Rodríguez ha escrito una reseña muy elogiosa de tu novela en Reforma.

—¿Recuerdas la fecha? —pregunté con timidez. No sé por qué pero cuando alguien me dice cosas favorables sobre mi escritura me siento incómodo, vacío, receloso.

—No, pero búscala, no debe ser difícil encontrarla.

Encontré la reseña de Sergio, fechada en abril del 2000 en su columna Noche y día. Jamás pude conseguir una original, pero he llegado a pensar que debería enmarcar la fotocopia que obtuve en una hemeroteca.

III

Solo conocía a Sergio a través de sus crónicas y ensayos que yo leía con avidez en diferentes medios: La Cultura en México, Nexos, La Jornada y Luna Córnea, entre otras. A principios de los ochenta Sergio encendió una luz para mí colaborando en un libro de crónicas rockeras inconseguible hoy en día: Crines, lecturas de rock. Nunca se lo dije, pero yo había presenciado a principios de los ochenta un concierto en vivo de su banda Enigma, en un hoyo fonqui de Neza. No podía imaginar en ese momento que el bajista chaparrito, greñudo y de lentes que sostenía el ritmo pesado del grupo liderado por su hermano, era además un escritor que tendría una influencia enorme en mi proceso.

En ese mismo 1999 fui al Museo de la Ciudad de México a una conferencia de Sergio sobre violencia y nota roja. Recuerdo que yo iba crudo y en algún momento comencé a cabecear de sueño. Estoy seguro que Sergio me vio, pese a que yo estaba sentado en las filas de en medio, oculto entre el público. Al terminar la charla Sergio abandonó solo el recinto y fui a alcanzarlo para pedirle su número: me interesaba hacer contacto, platicar a fondo, aprender de él.

—¿Quién eres? —me preguntó desconfiado sobre avenida Pino Suárez, volteando a todos lados y por encima mío.

Le di mi nombre y la mano. Antes de despedirse me dio una tarjeta de presentación que no revisé al momento. Cuando Sergio cruzó la calle, de seguro en dirección a alguna cantina del Centro, puse atención en su tarjeta: decía “Sergio Rodríguez” y traía un número falso. Poco después lo contacté a través del editor de Nitro/Press. Fuimos a buscarlo a su domicilio por los rumbos de la nueva Cineteca y Sergio nos recibió rapado; lucía una cicatriz en el cráneo y daba un aire a Goyo Cárdenas. El motivo de la visita era para que firmara una recomendación para que la editorial solicitara una beca. Las paredes del departamentito estaban tapizadas de libros, no había muebles excepto una cama en una de las habitaciones; en  la otra, un escritorio, una computadora Mac y muchos libros y cuadernos con apuntes. Sergio me estudiaba con la mirada. Nos preguntó en qué andábamos refiriéndose a la escritura y nos despachó de inmediato.

sergio gonzalez rodriguez

Sergio González Rodríguez, J.M. Servín y Carlos Martínez Rentería. Foto: Cortesía de J.M. Servín.

IV

En 2004 me dieron el Premio Nacional Fernando Benítez de periodismo cultural por un reportaje sobre peleas de perros. La FIL me invitó a Guadalajara, donde se le daría un reconocimiento a la familia Taibo como otra de las modalidades del mismo premio. Viajé en avión, con los gastos pagados como toda una celebridad. Era la primera vez en mi vida que me hospedaría en un hotel de cinco estrellas y dormiría en una cama King Size. Lo primero que hice al llegar a la habitación fue abrir el frigobar y zamparme las dos botellitas de Chivas Regal y dos cervezas modelo de bote que había.

Al llegar a Guadalajara resultó que no había nadie para recibirme, pero providencialmente me encontré a Tatiana Nogueira, jefa de relaciones públicas y prensa de Planeta, y me ofreció un aventón a la Feria en un taxi alquilado para transportar a Carlos Trejo, el autor de Cañitas.

Ese mismo año yo había publicado Cuartos para gente sola en Joaquín Mortiz y parecía que la vida premiaba mi esfuerzo. Por eso conocía a Tatiana. Después de un rato de espera, Carlos Trejo apareció en el pasillo de salida disfrazado a la Hellraiser: lentes oscuros aerodinámicos, capa, botas vaqueras y caminar tumbao. Tres de sus achichincles lo habían alcanzado en el aeropuerto manejando su lujosa camioneta Lincoln blanca desde la Ciudad de México, que acostumbraban llevar durante las giras del Cazafantasmas por todo el país.

Con toda humildad, Trejo nos ofreció su transporte en lugar del taxi que Tatiana estaba a punto de contratar. Entre tanto, un integrante de su team le extendió un estuche de cuero negro de donde extrajo unas alhajas ostentosas con las que de inmediato adornó cuello y dedos.

En el trayecto a la Feria el tráfico nos atrapó y quedamos dándole vueltas a la ciudad durante casi dos horas. En todo ese tiempo tuve oportunidad de charlar con el receloso pero parlanchín personaje gracias a que le dije que yo había ganado un premio de periodismo: creyó que estaba con un entrevistador tipo Carlos Alazraki. La conversación se convirtió en una avalancha de mentiras descabelladas que disfruté como pocas veces. Ante mi fingida seriedad frente las sandeces que decía, Trejo me dijo “en exclusiva”, que National Geographic  lo había contratado para ir a una isla del pacífico (no supo decir cuál) para hacer un reportaje en video sobre los dinosaurios y otros animales prehistóricos que habían sobrevivido a la extinción. Se sentía ofendido porque el medio literario no le había hecho un homenaje:

—Imagínate —dijo desconsolado—, en la feria del mole de Actopan me acaban de dar un reconocimiento por mi trayectoria como escritor y en Bellas Artes ni por enterados.

Se dijo sorprendido e indignado porque la policía londinense no lo había dejado subir al Big Ben con su equipo de rastreo para buscar fantasmas. Terminamos comiendo en las Carnes Garibaldi acompañados de la gente de prensa de Planeta. Una vez despojado de su capa y vistiendo una playera negra sin mangas, Trejo parecía santero devorando jugo de carne.

Por la tarde de ese sábado, ya en la FIL, mientras platicaba en la sala de prensa con algunos personajes del periodismo mexicano, editores, principalmente (todos me invitaron a colaborar en su medios y solo Pascal Beltrán del Río cumplió con su ofrecimiento), me llegó la invitación a una fiesta para periodistas e invitados especiales de la FIL organizada esa noche por la revista Playboy en un lujoso teibol de la ciudad.

He de decir que nunca había entrado a un teibol. Llegué temprano acompañado de Tatiana y otra amiga. Corrieron tragos de cortesía y de pronto, apareció Sergio rodeado de un grupo de amigos y amigas y se instalaron en una mesa vecina. Al poco rato Sergio se dio cuenta de mi presencia y de inmediato nos llamó para unirnos a su grupo. Brindamos, hablamos de todo y de nada durante un buen rato al calor de las copas y sin dejar de mirar a las bellezas que circulaban entre las mesas.

De pronto Sergio le habló a un mesero y le pidió que el DJ dedicara unas rolas al “¡Gran J. M. Servín!”.

Fue mágico escuchar mi nombre en el sonido ambiental como ganador del premio Benítez y hacerle creer a los presentes que la parranda era en mi honor.

—Métele, brother—me dijo Sergio, eufórico, alzando su copa de tequila para brindar conmigo y pidiéndole a los presentes en el festejo aplausos para mí.

Al poco rato le llamó a una hermosa chihuahuense para que me hiciera un baile.

No cabía en mí esa mezcla explosiva de goce y timidez que me hacía sentir que todo eso era para alguien más. Me sentí como el sobrino al que el tío lo lleva a conocer la vida a través de los goces furtivos de la noche. Sergio se había convertido esa noche en mi mentor, y no solo literario. Mi mundo nocturno se limitaba a antros iluminados con la tristeza violenta y deprimente de los parroquianos. Había ingresado a un mundo nuevo por la puerta grande acompañado del más grande de todos. ¿Dónde más nos podíamos haber hecho amigos?

Era vida y era obra.

sergio gonzalez rodriguez

Foto: César Palma.

V

A partir de ahí comenzamos a vernos esporádicamente. A veces por mera coincidencia en reuniones con otros amigos. Yo siempre escuchaba sus reflexiones y comentarios sobre los temas que más nos interesaban a ambos, y concretamente de lo que Serge sabía que era el entramado de mi obra: la delincuencia común, las relaciones entre marginalidad y vida cotidiana. La nota roja como el alma proscrita de un país en eterna crisis.

Había leído casi todo de Sergio: Los bajos fondos. El antro, la bohemia y el café, su antología crítica de nota roja El Nacional: Crimen, terror y páginas. Su trilogía de la violencia en México. Su novela El vuelo es una mirada a lo sobrenatural, al sueño delirante convertido en epopeya de un modesto vendedor de droga. Sergio fue un panóptico de temas imprescindibles para entender al país y la cultura contemporánea. A mí me atrae encontrar la oscuridad donde todo parece radiante y normal. Por eso me fascinaba escuchar sus teorías de la conspiración que me recordaban a la Dimensión Desconocida. Serge era mi Rod Serling.

Métele, brother, era su grito de batalla.

Con él había que darlo todo, no guardarse nada. Y con tanta generosidad no podía ser de otro modo.

VI

En 2010 fuimos invitados al Festival América, en Vincennes, Francia, suburbio parisino. Iban escritores de todo el continente, incluyendo a los estadunidenses Richard Price, Bret Easton Ellis y Dan Fante, el hijo de John. Representábamos a México, aparte de Sergio y yo, Guillermo FadanelliEnrique Serna y Guillermo Arriaga. Ahí tuve oportunidad de ver al personaje en todo su esplendor: menudo, medio sordo, mordaz y en pleno ejercicio de su erudición.

Serge era dueño de su imagen pública como un gran escritor mexicano. Se había convertido en una celebridad gracias a Huesos en el desierto, El hombre sin cabeza y a sus ensayos sobre violencia y feminicidios como crímenes de Estado. Todo el tiempo estuvo rodeado de periodistas, fans y, creo, un agente literario. Rodeado de esa discreta masa de gente entusiasmada con él, Serge daba su máximo esfuerzo para caminar aprisa como un líder de camino a un mitin donde había que ponerse hasta el rabo, de preferencia. No supe en qué hotel se quedó ni qué hizo por las noches. En ese tiempo yo no traía celular ni dinero para pagar el roaming. Asistí a un coctel con ánimo de encontrarlo y de charlar con Richard Price, pero resultó que el gringo no bebía y prefirió quedarse en su hotel. Dan Fante me pareció un fantoche.

Aparte de las charlas en grupo con Fadanelli y Serna, Serge tuvo otras individuales en las que se pudo explayar con el tema que lo obsesionaba.

Proceso, a través de su enviada especial, nos hizo una entrevista polifónica a los cuatro. Dijimos cosas terribles sobre México, y al menos yo no me di cuenta que mis palabras parecían parte de la cruzada de la revista contra el gobierno. Semanas después, al rencontrarme con Fadanelli en la Ciudad de México, se mostró molesto con la entrevista: “Nos pusieron como delincuentes, nuestras mejores ideas quedaron fuera”. Tenía razón.

Durante los dos días de mi participación en el festival, me emborraché con desconocidos, entre ellos un novelista policiaco gringo salido de algún lugar de Oklahoma. Vestía como vaquero y tenía preparadas como cien novelas. Corroboré el amor enfermizo de los franceses por los gringos. La única vez que me encontré a Fadanelli, estaba tan crudo como yo en un restaurante buscando un respiro en solitario al trajín. A Serge lo encontré dos veces rodeado de gente que lo llevaba de un lado a otro. No me dejan en paz, brother, me gritó a lo lejos un tanto en broma, disfrutando de su celebridad. Yo me perdí en el suburbio y durante unos días gocé, además de la hospitalidad y el hachís de mi amigo Guillaume, que vivía en Belleville, muy cerca de donde se llevaba a cabo el festival.

La investigadora literaria Cathy Fourez aprovechó nuestra visita a Francia para invitarnos a dar unas charlas en Lille, una vez completada nuestra participación en el Festival América, que incluyó una conferencia colectiva en una librería al sur de París previo al evento donde Serna habló en frañol. Yo solo sé hablar francés de bistrò y calle.

Partimos en tren, ya sin Serna. Una vez en Lille, Cathy nos llevó a una biblioteca para perorar ante un público de ancianos, en su mayoría. Por la noche en una pequeña librería, Serge, Fadanelli y yo dimos una charla sobre literatura mexicana. Los tres llevábamos sombrero y Serge dijo, “nos vemos como los detectives salvajes”. El pequeño auditorio en el segundo piso estaba repleto y yo casi no intervine, más interesado por escuchar a mis compañeros de mesa y en ver las reacciones de los asistentes, en su mayoría latinoamericanos. Nunca faltan los resentidos, que suelen ser los primeros en alzar la mano para lanzar pedradas.

De ahí nos fuimos a cenar y beber a un bar cercano al hotel, y entre Serge y Fadanelli se hicieron cargo de pagar la onerosa cuenta del grupo de seis personas. Frente a mis ojos achispados Lille parecía una de esas miniaturas de porcelana que tanto gustan a los franceses.

Métele durísimo brother, me había dicho Serge cuando llegaron los primeros tragos.

sergio gonzalez rodriguez

Foto: Cortesía de J.M. Servín.

VII 

Conocí a Cathy Fourez gracias a la recomendación que le hizo Sergio, dos años antes, de mi novela Cuartos para gente sola. Por influencia de Sergio, Les Allusifs la publicó en francés. Todo ello me había llevado como invitado de la editorial canadiense y con el apoyo de Almadía a la Feria Internacional del libro en París en 2009 dedicada a México y un año después al Festival América. La delegación mexicana oficial estaba llena de recomendados, entre los cuales no estaba yo.

Me cuesta trabajo recordar fechas y lugares específicos. Mis mayores recuerdos tienen que ver con momentos festivos o luminosos, como con la lectura de la obra de Sergio: panóptica de lo imprescindible.

Cathy nos llevó a una universidad en un suburbio cercano. Fadanelli decidió no asistir, harto de hablar en público. Un día antes habíamos estado en otra universidad y no recuerdo si lo que dijimos tenía que ver con la literatura. “Es histórico”, decía Cathy con su entusiasmo juvenil ante la idea de tener con ella a tres escritores a los que les había dedicado nutridos y bien documentados ensayos. Ante un auditorio repleto de estudiantes de letras y estudios hispanoamericanos, Serge volvió a dar otra cátedra sobre violencia y literatura. Sabía atrapar a la audiencia con sus reflexiones y agilidad mental, pero creo que el morbo entre los escuchas también jugaba su papel, a muchos nos repelen y atraen con la misma intensidad las historias sangrientas y las teorías conspirativas. Serge era experto en cine de terror y de ciencia ficción, asesinos seriales y en general de cultura pop. Nuevamente fui un espectador más, apenas y abrí la boca. Por la noche, durante la cena con Fadanelli y Serge, me volvió a quedar claro lo que quería decir con “Métele brother, métele”.

Nos despedimos al día siguiente. Fadanelli y Serge tenían compromisos al sur de Francia. Yo me regresé con Guillaume a Belleville y  de vuelta a la CDMX. Cuatro días después recibí un correo del sensei: “¿Qué tal todo?, le metimos durísimo en el tour, ¿no?”.

En su famosa y controvertida lista “Los libros del año” del periódico Reforma, Serge mencionó favorablemente prácticamente todos mis libros en los géneros de crónica, novela y ensayo periodístico. Siempre estuvo al pendiente de lo que yo escribía y leía; animándome y, a veces, con su carácter mordaz y malgeniudo, riéndose de mi escasa ambición.

En 2015 escribió un generoso prólogo a la reedición de Almadía de mi novela Al final del vacío. Lo he releído varias veces preguntándome si en verdad soy yo de quien habla ese escritor agudo, poliédrico y solitario. El más generoso apoyo a mi escritura lo recibí de él. Al momento de escribir estas líneas he leído muchas notas obituarias sobre su trayectoria intelectual. Yo quiero recordarlo como el mentor y el amigo que fue para mí a lo largo de más de veinte años.

En todo ese tiempo, siempre le metimos durísimo.

Hoy solo me queda seguir su consejo llevando conmigo su recuerdo.

Editor Yaconic

Editor Yaconic

Revista de arte y cultura

Previous post

THE BRIAN JONESTOWN MASSACRE: LUNÁTICOS EN PÍCNIC SICODÉLICO

Next post

TENEMOS DOS PASES DOBLES PARA VER A LNG/SHT EN LA BIPO