Por Miriam Canales / @miricaiba

Se trata de una urbe que no sólo ha provisto al mundo de acero y químicos, sino de buena música, en su mayoría pop-electrónica-industrial. Nos encontramos en Sheffield, Inglaterra, lo cual es una buena oportunidad para hacer un periplo por algunas de sus bandas más representativas.

Para empezar, Sheffield no se pronuncia chifild, sino shaf-fild. Algunos se dieron cuenta de este error gracias a la serie La Niñera, cuyo patrón inglés llevaba ese apellido. Sheffield es la cuarta ciudad más grande de Inglaterra. Situada al norte, en el condado de South Yorkshire, a 229 kilómetros de Londres, ha sido durante cientos de años un centro importante para la industria metalúrgica y química. Los cubiertos que muchos británicos aún se llevan a la boca llevan su marca. Por ejemplo, de empresas como Russell Bros. LTD.

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Quien escribe estas líneas tomó un tren desde la estación King’s Cross de Londres un sábado por la mañana. Después de tres horas y unas cuantas escalas en otros pueblos aledaños, la calidez del indian summer irradiaba. Se trata de una ciudad desprovista del bullicio de la capital: sin trenes suburbanos internos, tube (metro), ni enormes distancias que la separen. Sin embargo, muchos otros detalles se encuentran presentes en la provincia, como la evidente migración de árabes, africanos y eslavos ataviados en su vestimenta nativa promoviendo su cultura mediante restaurantes propios o tiendas de autoservicio en medio de sus calles de ladrillo rojo.

Cada año se celebran también algunos festivales artísticos como el Sheffield Film Festival y Sensoria. Este último dedicado a promover música, cine y libros alternativos. (Fue justo en octubre de este año que mi visita coincidió con el evento.) También cuenta con su propio equipo de futbol, menos destacado que el de sus vecinos norteños.

Sheffield posee un vasto acervo musical —al igual que Liverpool o Manchester—, no tan comercialmente notable, pero no menos relevante. En otra de sus facetas modernas, aquí se desarrolla el guión de una escabrosa película de la BBC llamada Threads (Mick Jackson, 1984), sobre un desastre radioactivo en la década de los ochenta. Recordemos que ésta solía ser la época en la que la influencia de la guerra fría, junto a la amenaza nuclear, se encontraban latentes en Gran Bretaña y otros países europeos. Algunos de sus habitantes todavía recuerdan esta cinta como una experiencia local horrorosa, aunque se trata de una historia ficticia, me relatan algunos lugareños que actuaron como extras mientras bebemos una cerveza en el pub The Brothers Arms, situado en una colina boscosa. La vista nocturna es única. En octubre, a esa altura en el exterior, el frío es intenso para quien no está acostumbrado a sentirlo. Esa misma noche, de forma irónica, habíamos bebido en otro pub que programaba un inesperado repertorio de cumbias. Esta cronista se sintió desconcertada al escucharlas.

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El documental Industrial Soundtrack for the Urban Decay, estrenado este año en Gran Bretaña, Francia y México, retrata la génesis de la música industrial con grupos como Cabaret Voltaire o Throbbing Gristle (ésta no de Sheffield, pero sí de Yorkshire), cuyos integrantes provenían de un ambiente obrero; estaban habituados a los sonidos de fábricas y al tintineo de metales que, mezclado con sintetizadores, una dosis de precariedad social, desasosiego y oscuridad literaria de J. G. Ballard y William Burroughs, daría forma a su propia música electrónica, artesanal, y posteriormente moldeada para usarse en clubes nocturnos como el Nich (hoy cerrado).

Demos un repaso a estos grupos  y su fulgor:

The Human League: A muchos sólo la canción “Don’t you want me” los remite a la banda, pero mucho antes de crear este tema desgarrador, The Human League expresó otras de sus pasiones, como la ciencia ficción, el futurismo y la crítica social, a través de discos como Travelogue (1980) (¡¿Qué esperas para buscarlo en Spotify?!) y una alineación en su mayoría masculina, hasta que dos mujeres se les unieron, Martyn Ware e Ian Marsh abandonaron el barco y su nuevo estilo se desvió en otra dirección hacia el pop bailable.

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Heaven 17: Tras la escisión de Human League, Ware y Marsh, junto al cantante Glen Gregory,  trajeron consigo su arsenal de teclados plasmándolos en este otro grupo con influencias literarias de La Naranja Mecánica. Desde su disco debut, Penthouse and Pavement  (1981), el grupo estaba decidido a no dejarse influenciar por la moda de la música disco y sí a arriesgarse para producir un estilo propio que obtuvo mucha credibilidad. Recomendable resulta el sencillo “(We don’t need This) fascist Groove thang”, en el que se critica a Margaret Thatcher, Ronald Reagan, el racismo y fascismo coyunturales. (La canción fue censurada en su momento por la BBC.) Gracias a ellos también surgió el proyecto British Electric Foundation.

Cabaret Voltaire: Otro de los corazones que latían desde esta urbe metálica fue el grupo conformado por Stephen Mallinder, Chris Watson y Richard H. Kirk, quienes supieron canalizar en sus oídos  el ruido que provenía de las fábricas en las que laboraban para transformarlo en oscuras canciones techno. De 1973 a 1994 entregaron al mundo todo un acervo. Y hoy, su historia se escribe desde otros ángulos, como el nuevo grupo de Mallinder: Wrangler, y otros proyectos solistas del resto de sus integrantes. Es ideal echar un vistazo al video de “Yashar” (1983) para adentrarse en algunas imágenes callejeras de su tierra natal.

Def Leppard: Nos guste o no, se trató de la banda Sheff más famosa y comercial del hair metal, hasta que la aparición del grunge los acaparó. Al menos en México muchos sí portaban sus playeras y pegaban posters de Joe Elliott y compañía. No puede negarse el impacto de su álbum Hysteria y de canciones como “Love bites”, que todavía son transmitidas en estaciones de radio del “recuerdo” en medio de una programación de chile, dulce y manteca ¿Cuántos otros nostálgicos siguen chillando al escuchar “Two steps behind”? Años después, en 2008, Def Leppard terminó “modernizándose” junto a la tan venerada como denostada Taylor Swift, en el programa de televisión CMT Crossroads. Juzguen ustedes en YouTube.

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Moloko: Nos queda claro que los beats son lo que predominan por estos rumbos. Aunque Róisín Murphy y Mark Brydon no nacieron aquí, sí fue la “Celestina” la que los unió musicalmente en la segunda época electrónica Sheff de los noventa, y del Reino Unido en general, que experimentó con el trip hop, el breakbeat y el trance. Ellos son otros súbditos de La Naranja Mecánica. El nombre del grupo proviene del argot de la novela. El proyecto lleva años en un impass. Ojalá resurjan pronto.

Joe Cocker: Seamos sinceros, aunque “With a little help from my friends” no sea una canción de su autoría (sí, la serie Los años maravillosos tiene la culpa), es por esta pieza que muchos ubican a éste cantante fallecido en diciembre pasado. Cocker formó parte de Woodstock y fue dueño de una potente y rasposa voz, que emitió otros grandes éxitos como “Unchain my heart” y “You can leave your hat on”. En la plaza principal de su ciudad se reconoce a algunas de las estrellas de la música, cine y televisión. Una de ellas va para Mister Cocker, aunque este apellido combinado con el nombre de Jarvis y otro género se llevan mejor con la fama y la fortuna.

Pulp: Jarvis ha emigrado a París, pero no hay Sheffield sin Jarvis ni viceversa. Y para eso deben explorar su canción “Sheffield, Sex City”. Deambulando por las calles del centro, puede apreciarse en una de las paredes del instituto United Students una cita suya que reza: “Within these walls the future may being forged. Your horizons become wider. Don’t they you teach you’re no brains at that school?” El documental The Big Melt, sobre el origen del acero autóctono, cuenta también con su voz narradora. A su vez, en un museo de historia local se venden tarjetas con su imagen a 2.50 libras esterlinas. Así que ya podrán imaginarse.

Arctic Monkeys: Si hablamos de bandas de moda en los últimos diez años, ésta definitivamente entraría en la lista. Sheffield puede congratularse de que Alex Turner y sus compadres le han otorgado una faceta más moderna. En el panorama no hay otra nativa con este mismo estatus y popularidad, pese a las críticas recibidas de considerárseles una sobrevaloración. Sólo el tiempo dirá qué lugar de la historia local ocuparán y si su éxito será de largo aliento.

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Editor Yaconic

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