Somos Testigos de Sleep, el trío californiano que dio un concierto de riguroso smoking para los oyentes del sonido macizo. El stoner es uno de los resquicios del rock puro y duro que nos quedan no solo a los fumadores de yerba con oídos de artillero, sino al público rockero en general. Es la conjunción de la psicodelia, el space y el metal que en el árbol genealógico baja de Black Sabbath, Blue Cheer, MC5, Hawkwind y el Blue Öyster Cult de “Godzilla”. Muros de sonido se han levantado en la historia del pop –Phil Spector, Pink Floyd, Grateful Dead, The Who–, pero pocos tan monolíticos como el del trío Sueño, unos hijos del doom y pioneros del desert rock que estremecieron la noche de luna llena en el festival Nrmal.

Por nuestro país está fluyendo el ruido místico de los potheads que se arma con guitarras y bajos gigantescos, gordos y distorsionados, de tonos tan bajos que el sonido repta por el suelo como reptil y de baterías como mamuts. Hace un mes tocaron en el foro Indie Rocks! los 1000mods, el estupendo cuarteto griego de rock porrero que desciende directamente de Sleep. Ahora le tocó a los meros brujos. El rock macizo rifó entre los ochenta y los noventa en el gabacho, donde se ganó la fama de ruidoso y fue excluido de las urbes. Por eso los conciertos tenían que hacerse en el desierto.

Son fundamentales Kyuss (hoy convertido en Queens Of The Stone Age), Fu Manchu, Monster Magnet, Nebula y la gloria sónica que nos voló aquella noche ácida en el remoto y cervecero Deportivo Lomas Altas. Hay quienes consideran a Sleep el padre del stoner, vaya uno a saber, ni de broma lo discutiría con los rudos y pachecos que suelen seguirlos. Lo cierto es que el trío oriundo de San José es un grupo de pocos discos y mucha huella que ha dejado una marca profunda con solo cuatro discos: Volume One (1991), Volume Two (91), Sleep´s Holy Mountain (92) y Dopesmoker (95), la grabación que vio la luz hasta 2003 porque se trata de una canción que dura más de una hora.

Los intentos por sacarlo, el desgaste y la frustración llevaron al grupo a desbandarse y a trabajar en proyectos solitarios. Afortunadamente, el bajista y gruñista Al Cisneros, el guitarrista Matt Pike y el baterista Jason Roeder regresaron en 2009 para dar un par de conciertos y su colosal rueda de piedra sigue rodando. Solo por eso era preciso, conciso y macizo atestiguar semejante espectáculo en tímpanos propios y dos cuartos de Hofmann. El festival estaba lleno, fue sold out según informaron, lo cual da gusto. Apenas llegué a Of Montreal y se traían un ondón deslumbrante, sobre todo su cierre con “The Past is a Grotesque Animal”.

Es posible que buena parte del cartel mantuviera esta talla y equilibrio, ya no acostumbro chutarme a todos porque no alcanzo a asimilar a cada grupo, cosa que sucede horas o días después, así que pongo la mira en uno o dos. Pero programar a Mac DeMarco antes de Sleep pareció un mal chiste. Música ligera, “fresca”, de cháchara interminable y desplantes idiotas. Mejor me acomodé frente al otro escenario a observar cómo armaban el muro de amplificadores Marshall, Orange y Laney. En medio montaron la batería. Solo faltaba que DeMarco terminara de una buena vez, de pena ajena su final a cargo de algún amigo borracho vociferando a los Red Hot Chili Peppers.

Pero los rudos y pachecos que ya se acomodaban en la zona PPR (Puro Pinche Ruido) como un ejército nocturno, supieron esperar su momento. Con cerveza tibia y yerba fresca, la dieta básica del stoner, la espera se esfumó. Y en menos de lo que canta el primer gallo, Sleep ya estaba encima. Abrieron con “Holy Mountain”, el rugido cósmico emergió de los amplificadores y nos temblaron los “huevitos“. El sonido era imponente, un eco iluminador que pateaba el estómago, y apenas arrancaban los motores del planeta. Sin pantallas, sin show, solo música ultra maciza y tres tipos enigmáticos que parecían gigantes de piedra.

Los primeros golpes de sonido liberaron una neblina verde que invadió el área como en las mejores películas de serie B, el ritual del smoking duró todo el concierto, una chimenea de miles y miles de gargantas pasando la mítica “Sweet Leaf” de Sabbath, cuenta la leyenda que con ella nació este dope del stoner. En seguida tocaron la favorita de su repertorio en concierto, “Dragonaut”, posiblemente la canción que los define en longitud, densidad y contundencia. Los riffs de Matt Pike eran una fuente de energía inagotable, podrían extenderse hasta el infinito en un oleaje eléctrico de distorsión y delay, justo como ocurría en “The Clarity”, la canción de diez minutos que sacaron en 2014. Atestiguamos un monumento al rock de tres notas, de dos notas, de una nota.

Al Cisneros es un bajista extraordinario. Hizo sonar su bajo como un órgano de viento en catedral. Se podía sentir el aire que soplaba por las bocinas. En algún momento entre “The Clarity” y “Sonic Titan”, otra pieza cortita de diez minutitos nada más, ejecutó un solo hipnotizador. De pronto se quedó tocando la misma nota hasta crear una vibración larga y profunda que se extendió, un Om que nos suspendió durante un instante de aturdimiento sonoro. Sentí que Dios me soplaba por el culo, o sea, estuve a punto de cagarme en los calzones. Con una nota nos hizo levitar. Hubo personas frente a mí que se tambalearon por este efecto de confusión ensordecedora. “Muy densos, muy densos”, repetía una chava mareada que se sostenía de sus amigos. Una maravilla. Jamás había experimentado algo semejante en un concierto.

Los tres gigantes de piedra cerraron con “From Beyond”, dieciocho minutos de sludge e improvisación en los que Pike enfrentaba a sus amplificadores de espalda al respetable y requinteaba por la libre, Cisneros gruñía como un Tío Cosa envuelto en greña y barba mientras le daba aire a su Rickenbaker, y el baterista Roeder hacía magia como Ginger Baker, claramente estaba enfrascado en un conflicto artístico con sus tambores y platillos. Estábamos ante una colisión de dos mundos en el universo de los tríos de poder, un palomazo entre Cream y Motorhead a velocidad inversa, la unión de la psicodelia y el metal.

La quemazón seguía y seguía, daba la impresión de que nunca iban a terminar la canción, pero lo hicieron como iniciaron, lenta y pesadamente. De repente dejaron de tocar y se despidieron sin decir más. Un bellísimo espectáculo sonoro, quizá el concierto más poderoso y portentoso al que he asistido. Keep on smoking, chavo, keep on smoking.

Rogelio Garza

Rogelio Garza

Escritor, publicista y ciclista. Durante más de 10 años escribió la columna Zig-zag en revista La Mosca. En 2008 editó y publicó Las Bicicletas y sus Dueños y en 2014 apareció Zig-Zag, Lecturas para Fumar, una compilación de sus mejores debrayes en la revista del insecto y otros medios.

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