Por Vania Castaños /@vaniacache

Fotos: Sofia Arrollo / Carmen Cerón / Cristian Ramirez / Sergio Ortiz / Mishel Ceballos

Hace poco más de un mes, el 7 de julio, manejaba sobre Avenida Reforma y en algún semáforo de esos que tardan años tomé mi celular para revisar Twitter. La noticia del momento era la revelación del cartel de la Semana de las Juventudes, y recuerdo que cuando abrí la imagen me impacté porque había buenas bandas. Pensé en verificar la fuente; pero la luz cambió a verde.

Avancé y pude orillarme algunas cuadras después. Entonces analicé las propuestas que el Instituto de la Juventud (Injuve) DF nos tenía para este año: Neon Indian, Javiera Mena, Gepe, Machinedrum, Quiero Club… “¡Se va a poner bien!”, pensé. Al pasar las semanas todos mis amigos se pusieron de acuerdo para ver qué días se iban a ver y con qué bandas; y yo, sintiéndome joven, acepté ir jueves, viernes, sábado y domingo. Una crónica total del festival.

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Foto Cristian Ramirez

Si esto fuera una imagen de esas de “expectativa versus realidad”, en la izquierda, en la de “cómo me veía”, estaría yo, con muchos amigos, pasándola bien, gritando y cantando la mar de emocionados. Mientras que en la de la derecha, en la de “cómo realmente fue”, estaría yo, con mis dos amigos/compañeros de prensa, sufriendo de dolor de pies, lluvia intermitente y más contenidos que nunca. Pero hace miles de años, Platón dijo que la música es para el alma lo que la gimnasia para el cuerpo. Así que, imaginen, qué tan ejercitada está mi alma…

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El primer día tenía todo el vigor necesario. Me lancé desde temprano a ver a Alberto Bustamante a.k.a. Mexican Jihad. Llevo meses convenciendo al resto del mundo que el reggaetón está a todo lo que da y el ejemplo es Mexican, quien también es director creativo del colectivo de NAAFI, o Los Amantes del Perreo, cómo yo los veo. Así, el jueves a las 14:30 horas ya se escuchaba el reggaetón de Jihad. Fui con un par de amigas modernas, bailé un poco y después recordé que era momento de ir por mi acreditación, pues un año antes me tomó bastante tiempo entrar al área de prensa.

Cualquiera pensaría que la organización de los eventos de gobierno debe ser impecable, pero en esto de los festivales seguimos aprendiendo. Fui a lado del escenario, pregunté por “la lista” y me dijeron que no había. Para no hacerles el cuento largo: después de ir dos veces a cada acceso me dieron mi pulsera. Ahora podía pasar a la “zona especial”, pequeño espacio de no más de tres por tres metros entre el pasillo de fotógrafos y el público. No parecía muy interesante, así que mejor me salí para ver el siguiente acto desde afuera. Está vez, la distribución de los escenarios fue extraña. Estaban uno junto al otro. El de lado izquierdo (viendo de frente a la Catedral Metropolitana), era el morado y el del lado derecho el rosa. “Hubiera estado mejor ponerlos uno frente al otro, si de todas formas las bandas no se empatan”, pensé erróneamente.

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Foto Sergio Ortiz

Fui al rosa a ver a una banda de rap que se hace llamar Forte Realta. Un par de gueyes con gorra. Y me quedé a verlos porque recién estoy experimentando con los sonidos de barrio. De pronto empezaron a cantar “No soy de Las Lomas, no soy de Polanco. Soy un bato loco que salió de Azcapotzalco (…) la triste realidad corre por mis venas”. ¿En serio? ¿Qué pensaría Babo (el de Cartel de Santa) de ellos? Seguro se burlaría como lo hace de muchos raperos que no se ven o suenan tan rudos como él.Esos coros de colonias en el DF no fueron lo mío, pero seguí entusiasta con el público, hasta que me fui a sentar bajo un fuerte sol, escuchando otra banda bien culera. Comencé a dudar acerca de mi decisión de rifarme de jueves a domingo. “Ya ni modo”, pensé.

Seguían The Guadaloops, quienes recientemente se unieron a mi lista de “los más escuchados”. Era la tercera vez que los vería y tenía buenas expectativas. Entré a la “zona especial” para toparlos de cerca. Mi primera sorpresa fue ver hacía el público y notar que había mucha banda esperándolos. Franco, Fermín y Ferdi se veían bastante contentos y la gente también. Había miles y la mayoría contorneaba sus caderas. Aquello era ya una tarde rica.

Después de The Guadaloops decidí salir a comer algo y encontrarme con un amigo que me convenció con un mensaje: “¿Dónde te encuentras? Tenemos vino, chelas y diversión”.Después  de esquivar a un par de personas los encontré pasándola bien. Ahí me quedé sonriendo y bailando cabrón con Los Máster Plus, una banda de Guadalajara que según sus propias referencias en Facebook “hace bailar a las más apretadas y cantar a las más recatadas monjitas”.

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Foto Sofía Arroyo

Como todavía me sentía muy joven y el amigo de mi amigo había ido por su segunda ronda de chelas, aproveché para ir a la “zona”, desde donde pude observar bien el intenso perreo que las bailarinas (todas con bodies estampados de marihuana) traían con uno de los integrantes. Los Máster terminaron y comenzó La Minitk del Miedo en el otro escenario. Para entonces yo ya estaba otra vez atrás con la multitud. Tuve problemas para entrar y ahora no sólo tenía que esquivar personas sino latas o frascos de cerveza; pero llegué con mis amigos, quienes, viendo el panorama, decidieron ver desde lejos. Y yo vi que ya había mucha gente, pero no pensé en los efectos de las multitudes borrachas. El público bajó a La Minitk aventándoles botellas, recordándoles a sus mamacitas y diciéndoles cosas no bonitas. Los asistentes ya estaban muy locos, así que me pareció buena idea huir a refugiarme en la “zona especial”.

Cuando entré Disco Ruido estaba sonando y había tanta gente que entonces noté lo pequeña que era la “zona”.También me di cuenta que ahí no sólo estábamos periodistas y fotógrafos, sino invitados, invitados de los invitados, talento y quién sabe qué más. Agradecí no ser fotógrafa porque no tener el espacio para hacer mi trabajo me habría puesto muy mal.Con Los Amigos Invisibles eso estaba como el Metro Hidalgo en la hora pico; aunque, bueno, sí nos veíamos con más espacio que los que estaban embarrados en las barreras detrás de nosotros.

Así terminó el primer día. Todo normal; muy “de chavos”.

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Disco Ruido, Foto Sofía Arroyo

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El viernes llegué no tan temprano. Mi consciencia me gritaba que no me pasara de lista, así que esperé hasta estar más tranquila. La tarde fue de mujeres, primero Vanessa Zamora con un pequeño vestido blanco. Recuerdo haber visto a esta tijuanense el año pasado, en el mismo festival, cuando fue invitada en el show de Technicolor Fabrics y después, con Siddhartha, también subió al escenario.Desde entonces la veía como “la invitada”, pero resulta que Vanessa sí jala y hasta hubo público coreando sus canciones. Después de la Zamora, María del Pilar tocó en el otro escenario. ¿María del Pilar? Sí, María del Pilar, la ex vocalista de Los Abandoned.

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Vanessa Zamora, Foto Carmen Cerón

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Maria del Pilar, Foto Carmen Cerón

Seguían las Marías: María Daniela y su Sonido Lasser entraron al escenario rosa.Y fue entonces cuando pensé que los años no habían pasado en vano. Ni en ella ni en mí. ¿A quién engañábamos? Ambas sabíamos que estar en la Semana de las Juventudes no nos hacía jóvenes. La “zona especial”, que por cierto, para el viernes ya era un poco más grande, no estaba llena y el público todavía no se amontonaba para ver a ninguna banda.

El día iba fluyendo genial hasta que la  sensación del momento, Mon Laferte, comenzó su show. Sí, es verdad que esta chilena tiene talento especial: canta divino y además es bastante sensual, pero lo que provocó no se lo esperaba ni el equipo de seguridad de Mancera, ni el Cisen. La “zona especial” estaba atestada. Yo me refugié en la esquina y decidí disfrutar un rato. Entonces pasó: con la euforia de los fans, las vallas de protección comenzaron a caer, y en chinga llegaron personas fuertes para sostener las estructuras y asegurarlas con cintos industriales.

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Maria Daniela, Foto Carmen Cerón

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Mon Laferte, Foto Carmen Cerón

Después del desquicie que ocasionó Monserrat, Banda de Turistas tocó en el escenario rosa. Para los que estábamos en la “zona” era muy fácil pasar de un escenario a otro por un pasillo que conectaba ambos, pero para el público era imposible ir del rosa al morado porque había vallas, la carpa de audio, el asta bandera y policías que lo impedían. Esta situación se hizo cada vez más difícil para los asistentes. Quienes estaban en la derecha y no querían ver al artista que tenían de frente, lo abucheaban o sin respeto empezaban a gritar el nombre de la banda que se iba a presentar del otro lado.

Cuando Banda de Turistas bajó del escenario caminé para ver a Javiera Mena. Mis gurús musicales criticaron positivamente su más reciente disco, Otra Era, así que iba muy contenta.Para mi buena suerte la “zona” no estaba tan llena. Llovía fuerte, pero los preparados llevábamos impermeable. Javiera traía consigo a dos bailarinas/acróbatas que hicieron un show en slow motion alucinante, pero eso no prendió al público. Yo estaba muy emocionada y veía que ella también lo estaba, y hacía señas al público para que se emocionaran junto a nosotras. No pasó. La multitud estaba quieta, casi no bailaba; la lluvia y el cansancio hacían lo suyo y eso no era culpa de Javiera.

Pasadas las 20:00 horas —y ya sin Tlaloc orinando— el guapo Alan Palomo se presentó para llevarse el día. Ésta era la primera presentación de Neon Indian después de tres años. El músico de Monterrey ha tenido varios shows como Dj set, pero, la verdad, nada que ver con la banda. Alan se contorneaba, bailaba, sonreía, cantaba y me enamoraba. Claro que cerró con “Polish Girl”, su canción más conocida.

Para terminar el segundo día de dizque juventud, Quiero Club se echó el setlist con canciones que todos conocemos. Los regios se están volviendo de culto, y no sé si sea por ello que los escuchamos, o más bien este estatus sea potenciado por nuestra escucha.

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Banda de Turistas, Foto Carmen Cerón

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Neon Indias Foto Carmen Cerón

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Javiera Mena, Foto Carmen Cerón

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El sábado llegó. Para entonces, otra vez, me arrepentía de mi decisión. Ya sabía que estar en la “zona especial” no era garantía de no recibir apretujones. También sabía que no era garantía de no mojarse, ni de recibir ningún trato especial. Aun así llegué como toda una campeona, pasando las dos de la tarde, para ver cómo les iba a los de Camilo VII, quienes han crecido cual espuma en los últimos meses. Recuerdo que en mayo de 2014 los fui a ver al Caradura y no había muchos escuchando. Esta vez su suerte era diferente. El cuarteto tenía a cientos de fans.

Terminando de ver a Camilo, entré a la “zona” para ver a Cállate Mark: rock muy de cliché, con guitarrazos y vocalistas aventándose a las multitudes, pero que sonaba bien. Después pasé a ver a La Banderville. Pude haber tomado este tiempo para ir a comer o a comprar cigarros, pero mi origen sateluco no me dejó y me quedé ahí, viendo a mis vecinos tocar.

Antes de que Little Jesus empezara su show salí con “la prole”, como diría Paulina, la hija de Enrique Peña Nieto. Caminé poquito y me sentí en Río San Joaquín a la altura de la cervecería Modelo. ¡Parecía que alguien había echado aromatizador olor a chela! No estaba equivocada, los jóvenes estaban aprovechando su sábado de descorche gratis en el Zócalo. Estaban apretados, pero eso sí, el alcohol o la hierba los tenía bien felices.

Para cuando los Liquits empezaron a tocar temí por nuestra seguridad. Aquello era como una olla exprés que reventaría con la presión de los que estábamos contenidos en la “zona”, y con la de los miles de cuerpos apretados en las vallas. Y así fue. Los Daniels demostraron que para nada son “Los Nadiels”, como muchos les dicen, y ayudaron bastante a enloquecer al público. Recuerdo, inclusive, a una chica aventándole un bra a Ismael. Pero los verdaderos culpables de la explosión fueron Los Románticos de Zacatecas.

El control para los fotógrafos, redactores, invitados, talento, más invitados, policías y voluntarios del Injuve dejó de funcionar en la “zona”, y casi al terminar la presentación de los zacatecanos, un chico, de forma bastante casual, saltó la valla, pasó junto a los oficiales, se subió por la estructura del escenario y ¡PUM!, llegó con Manzanas (vocalista). Cuando los para entonces histéricos organizadores se dieron cuenta de lo que pasaba, pidieron que se bajara al muchacho. Los Románticos abogaron para que lo dejaran y el joven cantó la última canción con ellos.

En el otro escenario Jumbo estaba por salir y varios muchachos se empezaron a saltar las vallas. Los de seguridad no sabían qué hacer, aquello ya había salido de sus manos. A los que sí teníamos pulsera nos acorralaron. Los de la “zona”, apretados, vimos a los no jóvenes Jumbo, mientras el público del otro lado corría como manada. Así terminó el sábado.

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Los Daniels, Foto Cristian Ramirez

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LittleJesus, Foto Cristian Ramirez

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Para el domingo ya me dolía todo. Los brazos, las piernas, los pies. Todo. Llegué a ver a Finde y como una escolapia de secundaria canté varias de sus canciones. Casi saqué mi pluma para pintarme estrellitas punk/rock/emo en las manos, pero lo evité. Cuando entré a la “zona” otra vez noté que la habían expandido. ¡Gracias señores organizadores! ¡¿Cómo pensaban mantener a tantas personas en un espacio tan pequeño?! ¡Lo hubieran hecho desde el principio!

Seguía la racha de no jóvenes: los Twin Tones, y después Sergio Arau y los Heavy Mex, hicieron lo suyo. Todo transcurría con normalidad, salvo porque el público ya quería escuchar a Gepe y parecía que era lo único en lo que pensaba. Pero Gepe estuvo gris a comparación de su presentación del año pasado en el Teatro de la Ciudad. El chileno se vio la mitad de fantástico. Estaba lloviendo así que probablemente fue eso, sumado al poco tiempo que le dieron, lo que opacó la esperada presentación de Daniel. Afuera todos se veían apretados.

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SERGIO ARAU & LOS HEAVY MEX, Foto Mishel Ceballos

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CUARTETO DE NOS Foto Mishel Ceballos

A las 20:00 horas Machinedrum nos voló la cabeza en el escenario rosa. Ésta es, sin duda, la banda a la que le pongo estrellita de todo el festival, aunque había poco público y en la “zona” sólo estábamos como 10 personas. Cuando el desquicie de la máquina-batería terminó, pasé del otro lado y todo estaba llenísimo.Kinky fue la banda encargada de cerrar la Semana de las Juventudes y para mi sorpresa juntaron a mucha, mucha gente.

Noté que entre los espectadores del cierre estaban varios de los Rebel Cats, del Cuarteto de Nos, dos Twin Tones y vayan ustedes a saber quien más, pero éramos muchos. Escuchando a Kinky no me importo estar apretada; olvidé los dolores de espalda y pies antes mencionados; y hasta empecé a sentir nostalgia porque el lunes ya no habría Semana de las Juventudes. La última canción que sonó en el festival fue “A dónde van los muertos”, y, como en mis años de juventud, salté, grité y bailé; paradójicamente, me sentía más viva y sana que en la mañana.

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KINKY, Foto Mishel Ceballos

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KINKY, Foto Mishel Ceballos

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GEPE, Foto Mishel Ceballos

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Feliz, cantando y caminando con paso de caperucita roja, me fui a mi coche agradecida; satisfecha de mi decisión de rifarme los cuatro días;pensando en Nietzsche, quien dijo que sin música la vida sería un error.

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