Una película altamente violenta, no únicamente por el contenido sino por su estética. Una obra donde lo rojo es predominante aunque tiende un puente visual de azul y amarillo que suaviza la intensa perturbación que reina en la mayoría de los momentos. Las imágenes se entrelazan entre pasión, caución, movimiento y sexualidad. Un pestañeo donde la mirada se torna carmesí a lo largo del filme. Crimen, sangre y venganza son moneda de cambio.

Por Alejandra García

La fotografía, a cargo de Larry Smith, es memorable. Ángulos y tomas meticulosamente cuidadas, simétricas, equilibradas y con gran fuerza. Nicolas Winding Refn la dedica al director, guionista y llamado “psicomago” Alejandro Jodorowsky, y nos presenta -como ya lo ha hecho el homenajeado- a Julian (Ryan Gosling) un hombre que se encuentra rodeado de misteriosas situaciones que lo inquietan y debe resolver.

Como en Santa Sangre (Jodorowsky, 1989) la madre tiene un simbolismo especial, no es la que protege y tranquiliza, es aquella que devora, aturde y también mutila. Vemos a una Kristing Scott, enérgica y brillante, interpretando a Crystal, la castrante mamá de Julian y Billy.

Solo Dios Perdona 1

De la misma manera que en El Topo (1970) y La Montaña Sagrada (1973), se trata de un viaje que debe realizarse. El personaje no va a ningún lado, el camino es retrospectivo y espiritual al igual que en los filmes citados.

De acuerdo con la teoría freudiana presentada en Totem y Tabu (1912) el hombre primitivo vivía en hordas, los hijos celosos de un padre que vive sin reglas y posee a todas las mujeres del clan se confabulan y lo asesinan para poder acceder al goce. En manera de identificación lo comen para llenarse de su vitalidad y fuerza.

Con el sentimiento de culpa que viene después surge la ley, Sólo Dios perdona toca las dos prohibiciones totémicas: el incesto y el asesinato del padre, Kristin Scott (Crystal) se muestra como el objeto de deseo inaccesible por siempre, fuertemente sexualizada.

Sangre, sangre y más sangre es lo que vemos innecesariamente en la trama. La violencia es presentada como un modo de redención y purificación, como Jesucristo expirando los pecados de la humanidad.

Nicolas Winding nos sorprendió en Drive (2011), donde narra una impactante y cruda historia de amor. La fotografía, la iluminación, el guión  y la excelente banda sonora le valieron varias nominaciones; tan violenta como conmovedora es una cinta que nos vuelca el corazón. Mantiene la tensión durante toda la trama aunque muchas tomas son largas y de pocas palabras. Ryan Gosling hace una actuación sobria y hechizante, la película nos regresa a los ochentas, por medio de autos, música y la oscura estética.

Si bien es un filme que hay que perderse cabe mencionar que en un intento por repetir la fórmula, el director resbala a un abismo profundo con la quasi permanente violencia a la que recurre, que en momentos la lleva al sinsentido. Hay escenas que parecen sacadas de su anterior cinta por el gran parecido de los elementos que las componen; no hay duda que los pocos diálogos y el juego de miradas en las cámaras no lograron el mismo matiz como en Drive. De las películas que da para mucho hablar tras verla, eso en sí vale pena.

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