Por Rogelio Garza / @rogeliogarzap

Ilustraciones: Iurhi Peña / Tumblr

Viajar dos veces a Las Vegas con todo pagado al estilo Gonzo es tener buena suerte. Pero emular al Doctor no es cosa fácil para un aprendiz de brujo fresa e ingenuo, por lo que la primera vez fue un desastre. Un sunshine al bajar del taxi en el aeropuerto bastaría para sintonizar a medio vuelo y aterrizar más encendido que la marquesina del Circus Circus. Pero calculé mal. Se demoró el vuelo y se me fue el avión antes del despegue. En la sala de espera ya había perdido el boleto y el pase de abordar. Por fortuna, alguien lo encontró y lo llevó a la oficina de la aerolínea. Conservo recuerdos difusos de ese trip, era un premio por nuestro trabajo e íbamos varios compas de la agencia con todo pagado en un flash de tres días y dos noches.

***

Un año después volví con el fotógrafo Jorge Ávila para hacer un reportaje sobre el juego, la fortuna y la diversión. Íbamos por parte de una revista que el Banco Más Grande del Mundo enviaba a sus clientes. En cada número hacíamos un reportaje sobre alguna ciudad y en esa ocasión tocó Las Vegas. Nos acompañaba la ejecutiva de relaciones públicas, La 69, una morena muy buena para entablar conversaciones, embellecer el mundo y abrir puertas infranqueables. Por si esto fuera poco, nuestro contacto en Las Vegas resultó ser una rubia deslumbrante que hablaba un impecable spanglish y fue a recogernos al aeropuerto en un BMW 320 blanco. ¿Se podía pedir más? Sí: por un intercambio con la editorial nos recibieron en el hotel Luxor, dos suites en una pirámide egipcia con vista panorámica. Jorge y yo ocupamos una y La 69 se acomodó en la otra con el síndrome de la muñeca fea. A la primera oportunidad criticó los implantes en las nalgas y en los senos de nuestra anfitriona, la Rubia BMW.

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El plan esa noche era ir a una celebración por los cien años de las motocicletas Harley-Davidson antes de cenar. Había un espectáculo de luz y sonido en el centro, donde rodaron en sus motos elementos de cada rincón de Norteamérica, animados por la cerveza y los grupos hueseros que tocaban covers en cada esquina. Una vez mi hermano me llevó a una concentración semejante en Monterey, California, igual de numerosa pero menos glamorosa. Jorge cargaba con una maleta de equipo fotográfico y yo le echaba la mano con el tripié de la Hasselblad. A La 69 le tocaba despejar el área, mostrar las acreditaciones y los permisos porque en cada locación la policía nos molestaba. Estábamos tomando una foto exterior del casino Horse Shoe, donde se encuentra el Salón de la Fama y el Museo de Las Vegas, cuando la Rubia BMW y La 69, pasadas de cerveza, se ligaron a dos motoristas de Ontario. Eran dos yetis malolientes, cubiertos de tatuajes, grasa y mugre. Uno de ellos atenazó con sus enormes manazas la cintura de La 69. Entonces sí, ellas nos pidieron entre risitas nerviosas que hiciéramos algo. Jorge y yo nos miramos con cara de ¿vamos a permitir que esos dos nos den baje y abusen de nuestras mujeres? Esta era la oportunidad para demostrar que podíamos darles acción con protección cuerpo a cuerpo. Jorge es un profesional, así que se dio su tiempo para tomar la foto. Después guardamos el equipo en completa calma. Fuimos hacia ellos y desenfundó la Nikon. Les propusimos tomarles unas fotos montados en sus Harleys y aceptaron gustosos. Al parecer estaban acostumbrados a ser una especie de atracción turística. Uno de ellos le gritó con su voz de oso a la Rubia BMW: “Hey, baby, come over here!”. Pero en vez de eso, las chicas corrieron hacia el coche en el estacionamiento. Se veían muy bien, parecían Ángeles de Charlie. Agradecimos las fotos con cinco dólares, anotamos sus datos y prometimos enviárselas para la página de su club.

En cuatro días y tres noches nos llevaron a conocer lo novedoso y espectacular de Las Vegas. Para mí lo mejor fue un vuelo en helicóptero a la Presa Hoover y al Gran Cañón, sitios que dejan perplejo a cualquiera por su magnificencia humana y natural. Gracias a la Rubia BMW pude entrevistar a Mark Juliano, presidente del Caesar´s Palace, elegancia y colmillo de alta escuela en Atlantic City. También me introdujo al comedor y a la zona de descanso de los empleados. Así logré conocer a personajes interesantes y armar una historia con croupiers, meseras, chefs y jefes de seguridad. La entrevista que más me gustó fue al gran Pug Pearson, un jugador profesional que nos recibió en un privado del hotel Bellagio. A sus setenta y cinco años, con su sombrero blanco, un puro gordo y su acento de Tennessee, Pearson nos saludó sonriente: “I play with any man from any land, any game that he can name for any amount I can count”. Bebimos café y conversamos acerca de cómo se obtenía el título de Professional Gambler que la televisión le otorgaba cada año. Habló sobre su infancia cosechando fresas, sus inicios en Las Vegas lustrando zapatos en los años cincuenta y su fórmula para vivir felizmente en la capital del juego siendo apostador sin más estudios que tercero de primaria: “Jugar es como robar legalmente. Ve al Tropicana, hay un museo de esta ciudad, ahí puedes saber más sobre mí que yo mismo, je je. O ve al Horse Shoe, en el Salón de la Fama tienen mi foto en la pared”. Un artista del juego que durante la plática lanzó sentencias doradas: “La vida es noventa y nueve por ciento suerte y uno por ciento habilidad. No sabes cuándo ni cómo van a suceder las cosas, sólo tienes tu habilidad para atravesarlas lo mejor que puedas”.

La Rubia BMW nos dio a elegir entradas para Celine Dion o el Circo du Soleil. La 69 escogió a Dion, entonces Jorge se fue con las dos mujeres en el BMW al centro de espectáculos del Caesar´s Palace para ver el show de la cantante. Las Vegas tiene eso, te hace sentir que eres un Midas, aunque sólo sea por un instante. Al parecer tenía la noche libre. Ya conocía dos espectáculos de la compañía circense y el show de Dion no me motivaba ni por la producción. Mejor conseguí un boleto para ZZ Top en el Mandalay Bay. Bajé al casino del Luxor con mi dólar de la suerte. Después de lanzarlo al aire, lo deslicé en una tragamonedas y jalé la palanca. Es el hit de emoción y adrenalina al que apelan los jugadores. No cayeron racimos de cerezas, uvas y limones, en vez de eso se alinearon las tres letras lisérgicas: L S D. Y miles de colores salieron disparados de la máquina que se sacudía como si Monster Magnet se escondiera en su interior.

Entré a una tienda Virgin y dejé que el tiempo volara. Revisaba discos cuando me percaté de que los Strokes sonaban como una orquesta sinfónica. Era imposible que una bandita de juguete sonara así. De repente, las personas y las cosas estaban llenas de luz, brillaban por dentro y desbordaban la energía. Era el momento de irme. El cajero me cobró feliz; un negro con greña afro que tecleaba la máquina registradora con ritmo, como si tocara un piano. Here you go! Era la única oportunidad que tenía de comprar algo, así que aproveché y pagué dos bolsas de libros y discos. Hofmann había entrado a mi cabeza y tuve la necesidad de salir.

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Al cruzar la puerta de cristal hacia el Strip casi me voy de espaldas: estaba inmerso en un océano de luz y colores que parpadeaban con ritmos centelleantes. Una experiencia luminosa en la calle principal, encendida como un corazón de neón que bombeaba ríos de energía en medio del desierto. Cada foco emitía una nota musical distinta, ordenarlas exigía concentración. Me senté en unas escaleras a contemplar la escena del atardecer en el desierto con ese concierto luminoso. Los colores del cielo sabían a otros dulces y pasaron del azul al naranja al rosa al morado y al negro. Tonos inigualables que se podían saborear como algodones de azúcar tan sólo de mirarlos.

Me dejé llevar por el viento del desierto y la corriente eléctrica a través de sus extrañas formas. Stripping. Olas de luz que me llevaron por los mundos de cinco estrellas y sus casinos fantásticos, llenos de gente y seres igualmente extraños. Crucé sus fronteras, unidas por un tren del futuro, caminé por esos palacios desechables y monumentos al mal gusto de paredes huecas, donde siempre hay alguien jugando, más por diversión, hábito o aburrición, que por ambición. Mujeres exuberantes a toda hora y en cualquier lugar; jugadores recreativos y empedernidos; gente disfrazada como en una película de todo: Cleopatra, Elvis, César, Superman, Merlín, El Llanero Solitario, Barba Negra, Centurión, Arlequín, Batman; y, por supuesto, la fauna turística, en busca de juego, sexo y diversión en cada esquina del Strip.

En ese desfile contrastan los rostros de los retirados. Matan el tiempo con el dinero de su pensión, juegan, fuman y beben mecánicamente frente a las máquinas. De pronto, las tragamonedas empiezan a escupirlas, se desparraman y ellos las recogen sin emoción en unas pequeñas cubetas. Luego siguen jugando en automático. Ganan pero no recuperan lo perdido. Conservan la expresión de tristeza aunque sonrían. Pero yo no estaba ahí para ver caras tristes. Mi ánimo resplandecía, el movimiento del mundo era un carrusel en blur, había explosiones coloridas, luces que deslumbraban, gritos de júbilo en el ambiente y música constante en el aire. Todo tipo de música: ¡pum pum pum! Parado frente a un espejo la energía se me salía por los ojos, la nariz y la boca. Como si tuviera un foco de mil watts en el estómago. Mi piel era translúcida por el brillo interno y la luz se filtraba a través de los poros. Latente bajo la tierra había un dínamo maestro. Podía sentir sus pulsaciones en los pies, estaba pisando el corazón de los Estados Unidos: The Land of the Fake.

Finalmente llegué al hotel Mandalay Bay, un lingote de oro demencial que tiene playa artificial y un acuario. La entrada principal estaba bloqueada por cientos o miles de Harleys. En el centro de espectáculos terminaba el grupo abridor, un conjunto de country cuyo nombre no recuerdo. El lugar estaba repleto de motociclistas y sus mamas talla Bigbutt. ZZ Top es una tradición gringa como el pollo frito y la cerveza; la gente los disfruta hasta la saciedad. La otra mayoría del público eran mujeres bellas y adineradas en pleno reventón. Tan pronto aparecieron los barbones todos estuvimos de pie, tocados por su música, agitando el esqueleto hasta la última canción. Un gran trío de blues, boogie y rockabilly, pasándola muy bien. Las mismas barbas, los sombreros y sus lentes oscuros de siempre. Un concierto impecable. A sus canciones les daban vueltas de improvisación, acompañados de sus chicas, las zz topettes, que se paseaban por el escenario. Hubo cambios de escenografía, vestuario e instrumentos, como las guitarras de peluche al tocar “Viva Las Vegas”. No imaginé que el guitarrista Billy Gibbons fuera un maestrazo que bajita la mano se avienta un tiro con los mejores blueseros blancos. El final fue apoteósico: cerraron con “La Grange”.

Seguí el rol en el Devil’s Saloon, un bar que me recomendaron para rockear; pero cuando llegué los grupos ya habían tocado. El lugar está en los límites de la ciudad y al salir eran más de las dos de la mañana. Ni un taxi a la vista. Caminé tanto que en algún momento me di por norteado; no sabía si me alejaba o me acercaba a la ciudad. De pronto, bajo aquel cielo estrellado donde aullaban los coyotes, las luces de un coche se acercaban sobre la carretera como un par de ojos. Traté de distinguir si era una patrulla o un taxi para hacerle una señal. Conforme se acercó noté que era un coche grande y rojo, se parecía al… Eliminator de ZZ Top. Se frenó de golpe junto a mí y abrió su puerta. En eso empezó a sonar “Gimme all your lovin’”. En el interior venían las zz topettes bebiendo. Me invitaron a subir. Abordé la unidad y me dejé llevar. La Luna fue testigo de todo.

Jorge me despertó a las siete de la mañana. Teníamos una lista de actividades pendientes y el vuelo de regreso a México. Me di un baño y antes de bajar a desayunar noté que faltaba algo:

—Oye, ¿viste por aquí dos bolsas de Virgin con libros y discos?

—No, no había nada.

Además de los libros y los discos, también perdí la sonrisa. Ni hablar, a veces se gana y otras se pierde.


Esta crónica forma parte del libro Zig-zag, lecturas para fumar (Rueda Libre), una compilación de los artículos de Rogelio Garza, aparecidos durante 18 años en La Mosca en la pared, Milenio Diario (secciones QrR y El ángel exterminador), Marvin y Replicante.

Editor Yaconic

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