Por Alejandro González Castillo*

Apestaba a pescado muerto tras pasar la tarde abrazando delfines y besuqueando focas. Además, estaba harto de trabajar, de actuar bajo el sol malagradecido de Acapulco para la película que su padre dirigía. “Es que no tengo tiempo ni para cagar, tío”, se quejaba David ante sus compinches, Javi, Danny y Rafa, con quienes integraba el grupo que más calentaba a las adolescentes españolas y mexicanas, los Hombres G. David apenas contaba con una semana en México para terminar sus tomas, regresar a Madrid para que su padre editase el filme y este colmara las salas de cine antes de que los calendarios de 1988 se quedaran sin hojas. “Ostia, que necesito un descanso. Miradme, tengo la espalda como el culo de un mandril”. El reclamo de David era constante y castrante, tanto como su voz de corneta. Asqueado de sonreír ante las cámaras en el parque acuático de la costa, su mueca cambió cuando Rafa se acercó a su oído para decirle bajito que la chica que recién había llegado, la cantante mexicana, la menudita de pelo crespo, planeaba escaparse esa misma noche al DF. El insolado apestoso se frotó las manos al escuchar los detalles del plan: “La Tatiana dice que hay un sitio que te cagas en la ciudad, macho. Ya contrató un helicóptero para llegar prontito y, debo advertiros, me ha dicho que allá todas, todas las fiestas acaban en orgía”.

Fue por la noche cuando el par de músicos y la morena subieron a una nave con hélices, a espaldas del padre de David, para en poco tiempo aterrizar en alguna azotea de Polanco y luego abordar una limusina que les abriría las puertas en la glorieta de Insurgentes, un territorio agreste, “de moral distraída”, como la actriz lo calificó; una zona que, conforme los españoles fueron recorriendo, encontraron “tan guay como San Bernardo”. Acostumbrada a las fiestas privadas de la costa acapulqueña, la dupla descendió deslumbrada al inframundo chilango, pleno de andadores laberínticos. “Vamos a ir al bar de Henry, un francés a todo dar”, señaló la chaparrita, tomando de la mano a los recién llegados para juntos acelerar el trote por la Zona Rosa hasta llegar a la calle de Londres y pararse frente al Bar Nueve, su destino; el sitio que desde hacía años, de modo subterráneo, ablandaba los modales acalambrados de una sociedad que ni con el temblor del 85 había conseguido librarse del grillete de la moralina.

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Como siempre, El Nueve estaba atascado de personajes carentes de etiqueta y sin otra meta que jugar al equilibrista en sus respectivos quicios con la música que les taladraba oídos mientras una nata de humo de tabaco les resecaba los párpados. Dueña de la situación, Tatiana llevó a los gachupines a una esquina del lugar donde productores, actores, locutores y demás fauna televisiva brindaban entre risotadas y sudor. Todos reconocieron a David y a su acompañante, sabían que los mentados Hombres G vendían tantos discos como José José y Raphael juntos y que la Notitas Musicales los había comparado con los Beatles. Era chisme fresco que Raúl Velasco tuvo que ceder y, contra su voluntad, presentó al grupo en Siempre en Domingo, no sin antes ofrecer disculpas a la familia mexicana por el vulgar lenguaje de los invitados.

El alboroto alrededor de los Hombres G nació con una canción, “Devuélveme a mi chica”, cuya osadía consistía en narrar la historia de un fresa fantoche, además de repetir la palabra “mamón” varias veces; naturalmente, la composición padeció la censura por parte de la radio y la TV mexicanas. Para muchos, aquello no era más que una anécdota exótica; sin embargo, para otros significaba un acto rebelde, pues David declaró a cierta revista que no iba a cambiar las letras de sus canciones sólo porque a alguien no le gustaban. “Es que eso que dijiste es como, no sé, muy punk, ¿no?”, le gritaba Tatiana en la oreja a David, quien encogía los hombros mientras saboreaba su cuba; “depende de qué sea para ti el punk”, contestaba él, acariciándose la barbilla y mirando de reojo a un señor con falda que no paraba de bailar una de Kaka de Luxe al tiempo que se pintarrajeaba los labios. “Joder, ¿será esta gente la que se espanta porque canto la del ´mamón´?”, se preguntaba el cantante sonriente, con las tripas barnizadas de Bacardí blanco.

Era la madrugada de un jueves, el día que El Nueve dedicaba al rock, así que Rafa preguntó qué grupo había tocado antes de su arribo; “unos pinches mariguanos con estoperoles”, apuntó el locutor de cierto noticiario no sin escupirle las mejillas al guitarrista, quien volteó a ver a Tatiana mientras ésta se acomodaba el corpiño y la falda antes de correr hacia donde se encontraba el encargado de hacer girar los platos. Algo le gritoneó al DJ en turno la de la enagua moteada que el de las tornamesas cambió de disco bruscamente al tiempo que la morena se colocaba en el centro del antro, simulando que su agitador era un micrófono, para hacer playback con un tema que llevaba rato sonando en la radio: “Peligro en el elevador”. Fue un arrebato aquél, un impulso de briagos ante el cual los parroquianos del sitio no supieron reaccionar. ¿Había que reírse o echar trompetillas? Finalmente sonaron tres pares de aplausos, guangos y arrítmicos, cuando la de la crinolina ofrecía una reverencia y David y Rafa, desatentos del performance, charlaban con dos mexicanas; “somos súper fans de Olé Olé y de todo el rock”, presumían las de piel oscura, con las fosas taponeadas de coca.

En la francachela, de pronto el dúo dejó de tener nombre y todos los que los rodeaban, igualados y confianzudos, comenzaron a llamarlos los G. Así de llano. “Oye G, ¿qué opinas de esto o aquello?”; “G, ¿hay más hielos?”; “¿tendrás un tabaco que me roles, mi G?, no seas ogeis”. En medio de aquel desgarbo, uno de los altos mandos televisivos ordenó que trajeran de donde fuera paella “y todo lo que comen por allá”, para los mentados G. “Que estos cabrones se sientan como en su casa”, dictatorial espetaba aquél. “Estamos despertando, ¿sabes? —explicaba ceremonioso a David un sujeto con gazné y pelo relamido que se presentó como cineasta— México está cerca de dejar la barbarie, nos aproximamos a un nuevo paradigma donde el arte florecerá como factor de cambio. Estamos hartos y queremos gritarlo”; “venga, tío, que algo similar ha ocurrido en España, allá lo hemos llamado La Movida”, aseveraba el interlocutor con la lengua un tanto anestesiada. “Claro —continuaba el del cogote elegante—, allá ustedes ya tuvieron su momento, pero acá será mejor, ya viene la nueva generación empujando fuerte. No sé, ¿has escuchado a Size, o a Casino Shanghai?, ¿neta no? Pues deberías, ¿eh?, que nada le piden a Parálisis Permanente”.

Fue justo cuando “Vestir de rojo” reventaba las bocinas que cuatro tipos con los pelos verdes y entumecidos irrumpieron en el lugar. Parecía que sus pantalones y chamarras habían sido arañadas por un pantera y que sus botas pisotearon un pantano atestado de víboras, apestaban a sobaco y presumían camisetas rayoneadas con barniz para las uñas. “Anarquía”, se alcanzaba a leer desde lejos en el lomo del más rasposo del cuarteto, quien tras saludar a algunos anduvo directo hacia la esquina donde los gachupines departían con los fans que habían congregado. El de la mohicana se paró frente a David y lo barrió inquisidor, traía el gesto chueco, desencajado, como si una tamalera le hubiese masajeado los cachetes. “¿Qué transa?, saca la papa ¿no?”, dijo entre dientes. Obviamente David no comprendió el dialecto que el tipo mascaba así que, temeroso, arrojó un “¿perdón?” al que el punk reaccionó dirigiendo la mirada hacia los platones que los meseros justo iban dejando en las mesas, limpiándolas de cenizas y charcos de ron.

Quesos de Badajoz, Valencia, Cantabria y Cádiz; pan de hogaza, pistola y de paye; y, claro, harto chorizo y jamón, fueron traídos. Botellas de vino tinto y también peras, manzanas, uvas y aceitunas, entre otras delicias, cerraban la botanita para esa madrugada. Un agasajo para Rafa y David, cansados de tantas carnitas, cochinita y demás manjares en diminutivo que los tenían con las vísceras al rojo vivo. “Móchenseeee”, espetó el punk al ver la comida, abriéndose paso a codazos; “es que estuve rolando todo el día en el tianguis, la bandita, ya me urgía un taco”, remató mientras jalaba saliva y paraba la trompa. “Comed, comed con confianza”, dijeron los madrileños. “¿No hay tortillas?”, consultó el hambreado para que Rafa le acercara una tortilla de patatas; “no mames, ¿qué pedo con ese pinche pastel?”, le respondió el del pelo erizo; “me quiero hacer, acá, unos tacos placeros con aquel quesito panela y ese queso de puerco, ¿sí agarras el pedo?”.

“El chorizo está chido, pero le faltan unos nopalitos con habas. Y lo mismo pasa con ese pinche tocino, está chingón, pero yo le echaría unos huevos revueltos”. El de la greña tiesa se refería al fuet y al jamón serrano que se estaba empacando entre eructos, mientras bebía vino como si fuera agua de horchata y sustituía “las rajitas” por aceitunas rellenas de anchoa. “¿No hay queso Oaxaca?, es que esta madre ya se echó a perder, apesta a patas bien perro” —se quejaba el anarquista ante el queso de Vidiago—, “¿de cuál lonchería trajeron todo esto? No mamen”, aseveró entre eructos. Y quién sabe por qué pasó, seguramente fue la amenaza de que se acabaran su comida o de plano los charros negros que se había empujado ya hacían de las suyas, la cosa es que David alzó la voz entonces: “hey, gilipollas, basta ya de criticar. Eso que os estáis comiendo, todo lo que vuestro paladar degusta, no es más que mi amada tierra, mi querida España”. Y habría que recalcar el modo en que David dijo España, pues parecía que retenía con dificultad el llanto. “Mta, a éste ya le afloró el síndrome del jamaicón”, dijo el facineroso sin dejar de picotear con un palillo su muela ante las carcajadas de sus paisanos. “Mira wey, yo soy el Ganzo, nací en México y a mí las fronteras, cómo ustedes dicen, me la sudan”, soltó el malacara estirando la mano.

Así fue que los europeos y el mexicano se hicieron amigos bien pronto. El azteca les habló de los PND y de los Mierdas Punk y encontró sorprendido que los otros conocían a Siniestro Total; “incluso hablamos del batería en un tema nuestro; ´Indiana´, se titula”, le dijeron. “¿¡Ah cabrón, ¿ustedes tocan!? No mamen que son La Banda Trapera del Río”, reaccionó sorprendido el Ganzo; “¿Joder, ¿no lo sabíais? Somos los Hombres G”, cercó la dupla orgullosa y sonriente. Ante tal respuesta, el rostro de la oca anarquista cambió de golpe. La mueca cómplice y chabacana volvió a su vieja hosquedad. El tipo hizo a un lado el tinto que besuqueaba y apretó los puños, se levantó de su asiento y con el ceño fruncido apuntó con el índice los pechos de quienes lo miraban temerosos, encogiéndose como pasitas. “¿Así que ustedes son los Hombres G, los de la rola del mamón? No chinguen, ¡qué buena onda! Esa rolita, esa rolita… qué chido que se hayan atrevido a decir mamón… sufre, sufre mamón. ¡Sufre mamón! A huevo. ¡Anarquía!”. Vinieron entonces los choques de puños e incluso un intento de slam con un tema de Bon y Los Enemigos del Silencio como detonante. Sí, llevaba horas tambaleándose, pero hasta ese instante fue que la mesura cayó desmayada.

Salía el sol cuando el Ganzo recuperó la consciencia. Como muchas otras mañanas había hecho, zigzagueó por El Nueve hasta llegar al baño de las mujeres, donde solía vomitar más a gusto. Pensaba que nadie quedaba en el lugar excepto él cuando se arrodillaba ante el retrete, pero de pronto escuchó jadeosa pocos metros de distancia. No se preocupó por indagar quiénes arrojaban las exclamaciones de gozo, sus estertores se lo impedían, pero sí notó que se trataba de dos que, sofocados y excitados, lanzaban quejidos como focas en la costa, susurrando ansiosos “ése es el punto… G… ése es el punto”. “Pinches fiestecitas a las que vengo, siempre acaban así, con todos deschongándose”, pensó el de los picos mientras se levantaba del suelo, limpiándose las comisuras y pensando que por la noche seguiría la fiesta en el cuarto donde ensayaban los de Massacre 68. El Ganzo ignoraba que a esa misma hora, justo cuando él se empinara su primera jícara de pulque bajo la luz de la luna, sin Rafa ni Tatiana, David apenas iría regresando a Acapulco. Y lo haría nauseabundo y chamagoso. Apestando a fócido y cetáceo sin pulso, a puro pescado muerto.

Este cuento es parte del libro ‘Encore Trasatlántico. Un viaje por el rock de México y España’ (2017), antología editada por Resonancia Magazine, inspirados en la música de dos naciones culturalmente conectadas por su rock. ‘Encore Trasatlántico’ está disponible en la plataforma Kichink.

Editor Yaconic

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