Por Eugenio Partida*

Ilustraciones Iurhi Peña / Tumblr

TIJUANA

Ha llegado un barco lleno de chinos ilegales. Vi a un grupo de chinos en la puerta de un hotel de la calle Coahuila y a otro chino tratando de hablarle a una puta en la calle ocho. Todo mundo puede ver a esos chinos con su cara de chinos, su cuerpo de chinos y su ropa de chinos. Los coyotes les cobran diez veces más a los chinos que a cualquier mexicano o sudamericano. Las cosas se han puesto lentas y difíciles en la frontera. Hay que esperar a que pasen a los chinos.

Desde el balcón veo el balcón de enfrente. Están ahí unos indios güeros de Michoacán. Se la pasan riéndose, sin camisa, hablándoles a las putas en la calle.

Tijuana es una banda norteña mezclada con música de Pink Floyd. Se pone el sol. El río, la frontera natural, corre raquítico y sucio por entre paredes de cemento llenas de grafiti. Los cerros pelados lo circundan. El curso de su tiempo es ¿inmutable?

Decenas pululan por la línea. El objetivo es saltar la barda, burlar a la policía de migración y “hacerla” del otro lado.

Todo en el hotel está pegado con cola o atado con cadenillas: ceniceros, el control de TV, las toallas amarradas a la pared, etcétera. Uno puede robarse cualquier cosa de todos modos. Las sabanas tienen lamparones de humedad y restos de venidas de quien sabe cuántas parejas. Cada hotel es como una galería de enfermedades venéreas. Tengo justo para pagar un buen coyote. En cuanto haya uno. En cuanto pasen a los chinos.

Vengo desde Laredo. El gobierno de los U.S.A. autorizó cientos de millones de dólares para reforzar la vigilancia contra el terrorismo. Los ganaderos de Texas y Arizona promueven una ley para disparar a los que crucen por sus propiedades.

Un autobús a través  del desierto: un autobús panorámico, con aire acondicionado y olor a desinfectante. Un autobús corriendo sobre la línea recta en el desierto es otra cosa. Como correr eternamente hacia el cielo, como perseguir un espectro.

El autobús se detiene cada cierto tiempo en una especie de fondas que hacen de estación. Alrededor de la construcción cuadrada y sin gracia de la fonda hay tráileres y camionetas aparcadas, y adentro hombres bigotones y morenos, regordetes, con camisas a cuadros sonríen siempre y siempre que sonríen parecen de algún modo tristes y de algún modo mexicanos. Las meseras, morenas regordetas, sonríen siempre y siempre que sonríen parecen de algún modo tristes y de algún modo mexicanas.

Todo mundo es sonriente y siniestro y todo mundo es sospechoso de traficar gente, droga, contrabando, armas.

En mitad de la nada un café. En mitad del desierto una construcción cuadrada como las casas de los indios navajo y un letrero “café”. Entramos los pasajeros del autobús y dentro una enorme, brillante, llena de luces, rockola de las que usan discos de acetato.

Un tipo va directo a la rockola y pone una moneda. La máquina zumba:

Me caí de la nube que andaba
como a 20,000 metros de altura
por poquito que pierdo la vida
esa fue mi mejor aventura

A partir de San Luis Río Colorado, la frontera. El autobús corre paralelo a la frontera. The Línea. The Border. Tortilla Flat. Hace tiempo comenzaron a levantar lo que los activistas de derechos humanos llamaron entonces “el muro de la vergüenza”. Una placa de acero acanalado de más de tres metros de alto y enterrada metro y medio, desde lo profundo del desierto hasta la playa de Tijuana. Un artista “instalador” montó los desechos del antiguo alambrado en bases metálicas y a cada kilómetro se levanta una de esas esculturas como monolitos.

Todos los sucios hoteles de la calle Coahuila son iguales. Me meto en uno cualquiera. Es lo mismo. Son el recuerdo de una enfermedad de transmisión sexual, son un chancro, una gonorrea, dar positivo en un examen de VIH.

sueño-1

En la madrugada, tirado en la cama, se escuchan corridos de antihéroes mafiosos en la calle.

Ya mataron a  la perra
pero quedan los perritos

Yo espero.

Salgo del cuarto. El gerente es un tipo sucio y peludo. Ve TV en inglés como un idiota todo el día. Parece haber nacido así. Un ser inmortal, parte del paisaje; una mano que se extiende, recibe el dinero y da una llave, sin dejar de ver la TV.

—¿Dónde puedo encontrar un coyote?

Lo veo despertar de su letargo. Se mueve un poco más rápido que de costumbre. Puede ganarse una comisión. Deja de ver TV.

—¿Le urge?

Camino entre la multitud apelotonada. Día de tianguis. Afuera de los masage parlors y los salones de strip-tease han sacado enormes bocinas con atronadora música tecno. Me agacho continuamente eludiendo las cuerdas que sostienen las mantas de los puestos callejeros. Gordas y prietas, las mujeres fríen buches e intestinos de pollo y tripas de cerdo. Hombres y más hombres perdedores y perdidos, varados en la frontera. Una joven prostituta me hace una seña.

—¿Cuánto? —le digo.

Entramos a una de esas estrechas vecindades. Putas maduras en reposo, con aires de ídolos derrumbados buscan piojos en las cabezas de niños desnudos. Entramos a un cuarto redondo, sofocado, no hay un resquicio de ventilación. Una cama revuelta, una silla vieja, una mesita y sobre la mesita maquillajes baratos y un pedazo de espejo. En la pared, entre un póster de Ricky Martin y otro de Luis Miguel, la virgen María, con su aura resplandeciente y enseguida el hombre Marlboro.

La veo desnudándose. Sus flacas piernas. Lleva un short Levi’s, una blusita azul que se quita y deja al aire sus dos tetitas con pezones como uvas secas. Tiene una cicatriz de cesárea. Todo lo hace con aire de puta dura y consumada. Enciende un cigarro, destapa una botellita de whisky.

—Deja —le digo— no te desnudes, sólo quiero platicar.

Y repito: “platicar”, porque ella me mira extrañada. “Platicar” digo otra vez, pronunciando las letras como cuando se habla a un extranjero.

Deja en el aire el gesto de fumar y se sienta en el borde de la cama, con recelo. Entonces vuelve a ser una niña.

—¿No me va a hacer algo? —dice, asustada.

Afuera, en las enormes bocinas que atraen hombres a los antros de strip-tease, Bruce Springsteen canta Sinaloa Cowboys:

Miguel vino de un pequeño
pueblo de México
El vino al norte con su hermano
Luis
a California
hace tres años
Cruzaron la corriente del río
cuando Luis tenía apenas dieciséis
y encontraron trabajo juntos
en los campos de San Joaquín
dejaron casa y familia.
Su padre les dijo: mis hijos
una cosa han de aprender
por cada cosa que el Norte les dé
exacto precio les cobrará.

sueño-2

Se pone el sol. Un hombre ha muerto acribillado en la autopista en un enfrenamiento. Es un héroe conocido del narcotráfico: “La Perra”. En los corridos se firman las sentencias de muerte. Ya se escuchaba en las calles el corrido de su muerte.

Hay un atasco en la garita de Otay. En la garita de San Ysidro una voz de mujer de ciencia-ficción, anuncia: “está usted cruzando la frontera más transitada del mundo, permítame recordarle que tratar de cruzar la frontera o ayudar a otros a cruzarla sin poseer las autorizaciones correspondientes es un grave crimen que será juzgado severamente…”

De noche, las camionetas de migración y de la armada se pasean por los caminos trazados en los cerros pelados. Gaviotas de la basura sobrevuelan la frontera. Los agentes llevan cascos infrarrojos y armas de largo alcance. Del otro lado sigilosas sombras armadas con palas y sopletes cavan y perforan la placa de acero.

—Sube —dice uno.

Es un Cadillac con doble cajuela. Son unos negros de Los Angeles. Eso es nuevo. Antes no había negros traficando con gente. Apretados en la cajuela hay cuatro. La doble cajuela es muy ingeniosa. Siento claustrofobia. No puedo hacerlo.

Regreso a la sórdida noche tijuanense. Un bar de mala muerte tras otro. Un hotel de mala muerte tras otro. Recuerdo a un joven flaco y musculoso que hacía de prostituto en la cárcel de Laredo junto a la larga cola de prostitutas baratas en los días de visita; era el más solicitado. Las mujeres lo odiaban. Todo eso va a quedar en el olvido. Todo tiempo pasado fue peor.

Todos están ocupados con los chinos, vuelve a decir el hombre de la administración. ¿Cuáles chinos? Cuando llegué había muchos chinos. Ahora no veo ninguno. Al principio sí, pero ahora no. Ya no hay chinos.

Se encoge de hombros, sin dejar de ver la TV. Si quiere ir en una Van cuesta más caro, dice.

Debí haber subido a la cajuela de los negros. Ayer hubo más tiroteos y ejecutados en la zona norte. Camino por la calle Coahuila. No tengo sueño. No quiero beber ni meterme a un tugurio porque me acabaré el poco dinero que tengo.

—¿Qué le pasa amigo? —escucho una voz a mi espalda. Es un gringo sucio y demacrado. Un yonqui. Uno de esos que ya no dejan entrar de regreso. Uno de esos que quieren venderte droga de mala calidad o discos de algún “oldie” o ropa “original”. Adelanto la cara bufando como un toro “¿Qué quieres pedazo de mierda?” Le doy duro. De más. Queda tirado, con la cara en el arroyo, sangrando. “Pedazo de mierda”,  vuelvo a decirle, y siento un gran descanso.

sueño-3

—¿Cómo dice? —pregunta el hombre. Me quedo callado. Hace frío, me levanto el cuello de la chamarra. Yo no he hablado. Es un viejo con un largo abrigo de piel. Lleva gafas oscuras aunque es noche. Tiene un fino bigote blanco. Una bufanda negra le ciñe el cuello como un galán otoñal. Hay un Cadillac blanco como el de los negros, estacionado. Comprendo que bajó del auto. Entonces veo que una mujer está ahí, en el asiento del copiloto, envuelta en pieles, imagino que lleva un perfume intenso. El viejo me apunta con una pistola. Siento un alivio enorme, un agradecimiento para con el viejo. ¿Es un sicario? El hombre ve mi cara, parece sorprendido, se levanta los lentes y dice:

—Disculpe, lo siento.

Retrocede y sube al Cadillac. Los persigo unos pasos como un enamorado y cuando veo las luces del Cadillac yéndose hago un gesto lánguido con la mano. Me hubiera gustado que me llevaran con ellos. A donde fuera. O que me mataran.

Una joyería en medio de la calle del crimen. El consultorio del doctor Carbajal en la calle del crimen.

Aboga por la anexión de México a los Estados Unidos.

—Nos convertiríamos en la nación más grande y poderosa del mundo —dice.

En la pared de la calle tiene colgada una bandera: una mezcla de la bandera mexicana fusionada con las barras y estrellas. Cada día alguien le quema la bandera o le apedrean los cristales o rayan la pared con la palabra “traidor”. El local es humilde. Un pequeño saloncito con seis sillas de plástico. Una puerta sobada y el letrero: Doctor Jesús Carbajal. Psiquiatra.

Las prostitutas, destruidas por la luz del día, sentadas en las sillitas de plástico, esperan ser psicoanalizadas gratuitamente por Carbajal.

El doctor dice:

—Lo mejor es que nos anexemos a ellos, insisto, muchachas.

El ruido de la avenida. Las camionetas con sus bocinas a todo volumen y sus narco corridos.

—¿Por qué las mafias mexicanas son tan extremadamente crueles y violentas? —pregunta un comunicador a un analista político en la televisión.

El analista inicia una reflexión hablando de los sacrificios humanos de los mayas y los aztecas. Un pueblo que no es violento, sino sanguinario, dos cosas distintas, dice, el culto a la muerte de nuestro pueblo es bien conocido.

Subo al bar del hotel por el elevador. Es un hotel Inn. Un Holiday Inn, o Western Inn. Uno de esos con restaurant Vip y aire acondicionado y pasillos solitarios. Me siento en el mostrador del bar. La musiquita ambiental suena con Gloria Stefan. ¿Para qué vengo a este sitio?, me pregunto. Porque estoy harto de la mugre, me contesto. Preferible el olor a desinfectante. Se supone que esto es la civilización. Una mujer. La boca grande y roja. En las películas siempre sucede así, un hombre solitario en el bar, una mujer hermosa sentada tres bancos más allá. Él dice una frase ingeniosa que ella contestará con una respuesta ingeniosa que dará pie a una conversación ingeniosa que dará pie a una historia de amor.

Pido un whisky.

Sigue la musiquita.

Ray Conniff.

Va y se acerca a mí. Es más vieja de lo que parecía de lejos. La miro descaradamente. Parece muy segura. Su cuerpo es hermoso. Si no, no llevaría ese vestido.

—¿Cómo te va?

—De paso —digo.

—¿A qué te dedicas?

—Profesor de primaria.

—Ja. Mientes —dice ella.

Juega con su lengua a mover los hielos de su trago, mirándome.

Truco barato, pero efectivo.

–Invítame algo, ¿no?

—Aquí vamos.

—Soy modelo —dice.

“Mentira, estás vieja para eso” pienso.

—Modelo… —repite, como si yo no entendiera— modelo de pasarela…

—Ah…

—¿Y tú? Dime, qué quisieras ser si no fueras lo que eres.

—¿Quién te enseñó esa frasecita ridícula? —le pregunto.

—Hollywood —dice ella— naturalmente.

La respuesta me sorprende, sobre todo el “naturalmente”.

“Esta alguna vez fue cara”, pienso.

—¿Quieres o no algo conmigo?

–Claro —contesté, sintiendo el hormigueo.

—¿En qué cuarto estás?

Oprimo el botón de bajada del ascensor.

—¿Adónde vamos? —pregunta, extrañada. Le digo que no estoy hospedado allí. La acaricio en el pasillo, acaricio sus senos.

—¿A dónde me llevas? –dice.

Yo estaba cegado, fuera de forma.

—¿Tienes dinero?

—Claro…

—¿En dólares?

El ascensor bajaba despacio.

Nos vimos reflejados en el metal del ascensor.

Dos siluetas borrosas. Como fantasmas.

—Yo salí en televisión una vez. —Dice, como esas mujeres que alguna vez fueron bonitas y nadie lo cree ya.

—Te creo —le digo.

Tomamos un taxi.

En el camino decido cambiar de hotel.

La mujer bien valía la pena.

Se quita el vestido soltando los tirantes. No está mal. Tiene buena caída de mostrador la tipa.

—Págame primero —dice.

Saco los billetes. Los toma. Los guarda en el bolso. Estoy alardeando y me doy cuenta. Como un novato.

Comienzo a desvestirme. Ella lo impide.

—Para eso me estas pagando, babe, y sonríe.

Me rodea con los brazos el cuello. Me da un beso largo y suave, acaricia mi lengua con la suya.

Es en lo único en lo que estoy todavía en forma. Se levanta sin cubrirse, veo su cuerpo desnudo, va y saca un ánfora metálica de su bolso. Me ofrece. Es brandy. Le digo que yo no tomo brandy. No me gusta el brandy. Sus tetas oscilan. Le doy un largo trago y al momento me arrepiento.

—¿Estabas en la cárcel de Laredo? —pregunta y me sorprende.

—¿Cómo sabes?

—El tatuaje del toro —dice, sonriendo, tuve un amante con uno igual. Los hacen en la cárcel de Laredo ¿verdad?

Oigo una voz lejana “Lo drogaron para robarle. No es nada”. Desde otro espacio de la habitación alguien dice “¿Otro? Qué imbéciles”. Varios se inclinan para mirar mi costado. “Es leve” dice otro alguien.

El brandy envenenado con droga comenzó a hacerme efecto, pero no fue capaz de tumbarme. La perseguí tambaleante por la habitación. La tomé de los cabellos, y entonces sentí el piquetito en las costillas. Me recordó los piquetes de los alacranes cuando era niño.

Eso fue todo. Luego la punzada.

Me enterró una navajita de mujer, una de esas con cacha de concha nácar.

Todo el hospital municipal apesta. Mi costado arde. Siento mareos y nauseas por la droga. Voy al cuarto de baño. Meo sentado como mujer. Voy caminando hasta la oficina de salida vistiendo sólo la bata de hospital. Nadie hace caso de mí. Otros caminan también en bata llevando sus postes de suero. El lugar está atestado. Necesito mi ropa, necesito esto, necesito aquello. Me dan mis cosas en una bolsa de supermercado Ley. Me escondo para revisar mis gastadas botas.

Ahí, en la costura interna, están todavía mis billetitos. Todo lo que tengo en la vida. Una pequeña alegría para el amigo vapuleado.

Un auto se detiene. Está amaneciendo. Es una camioneta Van. Son muy jóvenes, rubios, tatuados, basura blanca anglosajona. Se reúnen con los coyotes mexicanos que nos cruzaron la frontera caminando por los cerros. Hablan en spanglish. Los coyotes regresan hacia México, se pierden en el campo abierto. Nos meten apretujados en la Van.

A lo lejos el horizonte amarillo parece una película del oeste. Avanzamos por un camino de terracería y luego sentimos el suave fluir de una autopista. Se escucha el rumor de América: autos corriendo sobre enormes autopistas.

La puerta se abre. Es un garaje. Un garaje normal. Lleno de herramientas y cosas amontonadas. Dentro de la casa los mismos cuadros y muebles y el mismo color de cortinas y alfombras de toda América. Un hombre bajito, vestido con bata, despeinado de dormir, grita “ya llegaron”. Una mujer en bata, una ama de casa desmañanada, contesta “ya oí”. Hablan con acento. Hablan mal español. Hablan mal inglés. Son pochos. Nos conducen a una habitación en el piso de arriba. La habitación está vacía. El hombre nos dice con su acento pocho “Tirárse aquí un rato. Y nadie asomar por ventana”.

Nadie duerme. Sólo estamos ahí, tirados en la alfombra, escuchando el rumor de los free ways. De pronto, en mitad de la tranquila noche, se escuchan disparos y vidrios rotos. Salimos corriendo del cuarto. Abajo, en la sala, la mujer de la bata chilla como una mona y tiene en la mano una enorme 45. Bajo la bata abierta porta una sobaquera cruzada en el cuerpo desnudo y se ven las chichis caídas y aguadas. Hay gritos y más disparos afuera, en la calle.

Nos sacan a la parte trasera de la casa y nos hacen subir apresuradamente a otra Van, amontonados. Salimos  a gran velocidad.

Lo último que vi fue a la mujer, parada en la puerta de la cochera, con las manos en los bolsillos de la bata y su arma sobresaliendo, como un extraño soldado disfrazado de ama de casa.

Un anuncio intermitente de neón que dice: bar… bar… bar… La avenida Washington, el largo y solitario Boulevard. Sirenas a lo lejos.

LOS ÁNGELES

Esto es el Downtown, amigo. ¿Sueña usted con ser rico? ¿Es usted maricón? ¿Mexicano? ¿Aspirante a actor? Lo que sea, si sigue en la calle acabará de todos modos donde mismo: muerto, reclutado, infectado de Sida, en una celda de Terminal Island o en libertad bajo palabra. El army te ofrece una oportunidad: sé lo que quieras ser, pero en el army.

Los maricones latinos trasvestidos de la Broadway me llenan de piropos.

—A callar, maricones, les digo.

—Apuesto a que ni siquiera puedes tener una erección, lindo —dice uno.

Al Este se extienden las colinas de Beverly Hills, la playa de Malibú, Santa Mónica, Hollywood, North Hollywood. Los suburbios a donde han huido los judíos y los anglosajones.

Los parias han reconquistado Downtown para los latinos.

Hollywood. La calle de las estrellas. Entro a un bar. Pido una cerveza en la barra. En el banco de al lado está sentada una rubia. La muñeca Barbie treinta años después. Voltea con una cara intoxicada y hace un intento de sonrisa. Una muñeca devaluada y destruida por la cocaína y el alcohol, una gringa californiana todavía con cuerpo esbelto de gimnasio y aerobics y cara inflada por el botox. Seguro soñó con ser artista de la Warner. Tiene una sonrisa perversa y la misma actitud de la mujer de Tijuana, negada a aceptar que sus mejores tiempos se fueron.

sueño-4

—¿Sabes qué? Yo fui conejita Playboy —afirma.

Pienso en Hugh Hefner y la Mansión Playboy, todo impostado, ostentoso y de mal gusto, rodeado de esas muñecas de silicona con sus caras deformadas por las cirugías plásticas, todas iguales, el viejo Hefner, con su bisoñé ridículo, apenas puede disimular los bostezos rodeado de esas rubias tontas y estereotipadas. Es el administrador de un cliché que él mismo fabricó y que lo aprisionó para siempre: el cadáver ambulante de su propio mito.

—¿Fuiste unos de esas bimbos que vivieron en la mansión Playboy?

Sonríe misteriosamente, como afirmando, pero más bien parece uno de esos despojos de Las Vegas.

—¿Qué haces aquí? —pregunta, asustado. Me levanto.

—Estoy bien —le digo— ¿cómo estás hermano?

Hace años que no nos vemos. Ni siquiera sabía si seguía viviendo en el mismo lugar. Entramos a su edificio de apartamentos. Un buen edificio. Cerrado. Portero automático. Había estado timbrando sin respuesta, luego me quedé dormido en la banqueta.

—¿Qué estás haciendo aquí?

—Báñate —dice en cuanto entramos.

Quiere que me bañe antes de que llegue su mujer. Quiere que me cambie de ropa antes de que llegue su mujer. Quiere que me afeite antes de que llegue su mujer. Quiere que me disfrace con sus camisas Gap o Tommy Hilfiger antes de que llegue su mujer.

Cuando éramos niños mi abuelo llevaba las vacas al corral. Mi hermano Ramón abría los bracitos queriendo abarcar al ato de vacas y al mundo entero y decía “todos juntos layafó”.

Nunca nadie supo que quería decir “layafó”.

Llega su mujer. Rubia. También tiene tetas de silicón y nalgas operadas. Pero discretas. Ésta es una seria esposa con su propio sueño americano: hipoteca, autos, seguros médicos, ascender de clase social, criar hijos, enviarlos a la universidad.

Queremos superarnos, según me explica mi hermano, que ahora se hace llamar Raymond.

No lo quiero aquí, le dice ella a mi hermano en inglés. No lo quiero en mi casa.

Nuestros records están limpios, me dice Ramón, simulando ser paciente. Voy a ir este semestre a la universidad con un crédito del gobierno. Ella trabaja en publicidad. También va al college. Siguió hablando y luego se calló.

Yo solamente lo miraba.

Ella se fue a la recámara.

Silencio.

—¿No has ido al pueblo? le pregunto, sólo por decir algo. Sé que ya nunca va a volver.

—¿A qué? —contesta, indignado.

Había alzado la voz. No me moví. Seguí sentado.

En la pared de la cocineta una nota manuscrita dice: “Si como una manzana al día, sé que estoy obteniendo toda la vitamina E que mi cuerpo necesita”.

—¿Y Eva?

Me encojo de hombros.

—No lo sé. No he ido a la buscarla.

—Esa mujer va a acabar por destruirte.

—¿Tienes hambre? —pregunta.

—No.

—Entonces me voy a acostar. Nosotros nos levantamos a las seis.

Entra a la habitación. Escucho una discusión susurrante. Regresa llevando un cobertor que arroja sobre el sillón.

—Antes de que amanezca te vas —dice— no quiere que estés aquí para cuando ella despierte.

Me quedo solo. Veo rayas de luz en las persianas. Silencio. Aislado. Todo limpio, higiénico. Imagino el despertar de ellos. Su vida. Su cepillarse los dientes. Su prisa por llegar al trabajo, luego a la escuela. Sus pagos, sus seguros, sus sueños. “Superarse” esa palabra.

A menudo uno está embrujado por una palabra.

Un país entero puede estar embrujado por una palabra.

“Perdedor”. Ser un loser.

Adáptate a la vida aquí, me dijo mi hermano, o vete.

Me lavo la cara en el zinc de la cocina. El agua está muy fría. Vuelvo a leer: “si como una manzana al día, sé que estoy obteniendo toda la vitamina E que mi cuerpo necesita”.

Y al lado escribo: “todos juntos layafó”.

sueño-5

MAC ARTHUR PARK

El hombre a mi lado seguro fue un constructor de imperios. Tiene arrugas y canas en las sienes, es delgado y está ligeramente borracho, con la borrachera del bebedor consuetudinario. Su fino abrigo y su camisa están sucios y raídos. Seguro también estuvo en el army o en alguna guerra. Seguro durante un tiempo largo tuvo mujer, hijos, graduaciones, socios, trajes vistosos, reservaciones a cenar.

Pero algo pasó. Es otro tiempo. La suerte dejó de sonreírle. Escucha misa con la misma atención distraída que yo. Nos importa muy poco lo que diga el sacerdote irlandés. Estamos aquí por un plato de comida y un lugar donde pasar la noche.

Un negro pasa por entre las bancas con un carrito de supermercado lleno de Biblias usadas. Biblias, Biblias, dice, como si las fuera vendiendo. Todos toman una. Yo también. El constructor de imperios también. La abro. Pego tremendo bostezo. El gordo sacerdote irlandés levanta la ostia. Un latino de las bancas de en medio se tira un sonoro pedo. Muchos ríen. Otros le gritan que se calle. Rompe a reír: estoy callado, dice, estoy callado. Está intoxicado con alguna porquería. Los negros de seguridad se acercan hasta él. Le dan con las cachiporras en la cabeza. Lo sacan a empujones, sangrando.

Anglosajonas con sonrisas y dientes de caballo controlan la entrada al dormitorio. Todas las Missions están atestadas. El dormitorio apesta. Apesta a orines rancios mezclados con potentes desinfectantes.

El constructor de imperios me advierte en mal español: “No bebas agua aquí. Ponen tranquilizantes en el agua. Además si buenos zapatos alguien se los roba por las noches, hasta los que duermen con los zapatos puestos amanecen sin ellos. Hay que estar alertas”.

Tiene gestos de paranoico.

Las rockolas silenciosas destellan como luces de feria. Sucios y eternos bares de Brodway Street caídos en bancarrota. Los eternos hoyos de burlesque. Tiendas de desecho de la navy y el army. Puestos de revistas y periódicos donde hermosas rubias enseñan sus tetas falsas entre las notas sensacionalistas de la guerra y rostros de terroristas árabes capturados. La zona está plagada de posters patrióticos y banderas de barras y estrellas. El aire impregnado de los restaurantes baratos, comida grasosa y cebolla donde comen los latinos.

Abrazo un poste en la 6ta y Main. Un negro enorme y afeminado, con cara de simio, parpadea enseñando unas largas pestañas postizas. “Honey…” me dice. Las letras enormes y a punto de fundirse de la agencia de reclutamiento dicen: “No permitas el deshonor a la patria”. Y luego “Se lo que quieras ser, pero ¡en el army! ¡Guerra al terrorismo!”.

En el Mac Arthur Park los predicadores gritan: ¡Cristo viene! ¡Cristo viene! Y ponen los ojos en blanco ¡Arrepiéntete! Y caen convulsionándose al suelo.

Los oficiales de reclutamiento recorren el parque Mac Arthur armados de panfletos; sus ojos tienen el brillo de los fanáticos.

Un reclutador me llama “Ven”, hace el gesto “ven”. Se acerca y me da un panfleto. Le digo que soy ilegal. No importa, dice, en el army puedes legalizarte. Sus ojos fijos, azules y fríos, carroñeros, de fanático, me escudriñan

Pasan varios hippies ancianos de Long Beach, calvos, sucios, enarbolando su bandera de amor y paz, con sus escasas greñas largas y grises como mechas de dinamita, como almas errantes de un tiempo olvidado.

Una reclutadora vestida de kaki en busca de carne de cañón trata de convencerme.

—Nosotros te arreglamos tu status migratorio, no te preocupes.

Cuando me despido me dice:

—Trae a tus amigos —y señala la oficina de reclutamiento—. Aquí podrán ser todo lo que quieran ser.

En el parque Mac Arthur un anglosajón montado en una jardinera grita, apuntando con su índice a un grupo de mexicanos que esperan a que alguien los contrate, sentados en una banca. “Ellos, ellos, ellos están comiéndose nuestros impuestos, acabarán poblándolo todo, recuperarán los estados que legítimamente perdieron. ¿Saben cómo? ¡Teniendo hijos! ¡Poblándonos! ¡Poblándonos con sus sucios, infectos, hijos! ¡Vendiéndonos su droga! ¿Qué no se dan cuenta? ¡Esto es una invasión silenciosa que financiamos con nuestro propio dinero!”

Los mexicanos se ríen. No entienden inglés.

sueño-6

EVA

Llego hasta la fachada oriental del teatro chino. Una zona de casas de la segunda guerra. Viejos edificios de apartamentos sucios de grafiti. Me detengo frente a uno de los edificios y espero. Una mujer  baja las escaleras. Cuando abre la puerta para salir, entro. Subo las escaleras. Apestan a la humedad de la alfombra. Toco en el apartamento número once.

—¿Quién está ahí?

—Yo.

Alguien mira por el ojo de la puerta. Se abre la puerta.

—¡Tú! ¡No es cierto!

Los sofás de la sala están forrados con una tela rosa pastel. Eva se queda de pie, desnuda, junto al sillón con flequillos rosa y monos de peluche. Se seca el cabello con una toalla, todavía mojada de la ducha. Miro sus huesos pélvicos sobresalientes. Está flaca. Sólo sus falsos pechos sobresalen con el tamaño de un par de alargados melones. Se inclina y se seca las piernas.

—Pásate, cierra la puerta ¿no te importa que alguien me vea desnuda?

—¿A qué te dedicas ahora?

—Adivina. Pues sí… a eso…

Sigue secándose, sigue desnuda frente a mí.

Se inclina y se seca las piernas.

—¿Es cierto que está muy duro del otro lado?

—Así es —le digo.

—Pues sí… aquí sigo… Es como si yo también hubiera estado en la cárcel todo este tiempo. ¿Recibiste mis cartas?

—Sí.

—¿Cuándo te soltaron?

—Hace un mes.

—No entiendo. Creí que vendrías como loco a buscarme. ¿Dónde estuviste?

De pronto nos besamos y abrazamos con fuerza. Arrojo la toalla al lado. La llevo de la mano a la alcoba. Me acaricia el pene por encima del pantalón. Mira furtivamente el reloj en la mesita de noche. Me suelto el cinto. Tengo una erección. Se la meto lentamente. Levanta las piernas al aire. Comienza a dar gemidos.

La sentí venirse. Sentí lo caliente de su vagina. Se relajó. Se hace el silencio. Enciende un cigarrillo.

—¿Por qué no viniste a buscarme en cuanto saliste?

—Quiero cambiar de vida, Eva.

Se levanta y va a al baño. Sus nalgas son ahora poco pronunciadas. Tiene moretes en las piernas.

Abro el cajón de su buró. Tiene una pistola. Una manoseada .38, cargada y una pipa para drogarse. Cuando regresa tiene restos de cocaína en las aletas de la nariz.

—¿Qué querías que hiciera? El tiempo está muy duro en la calle. Hay crisis, poco empleo. Y si me vuelven a agarrar en el negocio me refunden por muchos años —dice.

—¿Estás enferma?

Se queda en silencio.

Luego dice:

—Estuve enferma.

—¿De qué?

De amor. Por ti.

—Vamos a comer algo afuera —le digo.

—No. Quiero quedarme así un rato contigo. Estoy esperando a un amigo.

Se acuesta a mi lado y me abraza tiernamente.

En la pared tiene un poster. La reproducción de una pintura clásica americana. Nighthawks de Edward Hopper.

—¿Qué te recuerda? Pregunta de pronto, y señala el cuadro.

—Ya lo sé.

—¿Te acuerdas?

—Twin City.

sueño-7

Vivía como espalda mojada, huyendo de la migra, comprando Levi’s y tenis Nike, a salto de mata tomando los trabajos que los gabachos no quieren hacer, la mitad del salario para sobrevivir y el resto del dinero para huir.

Una mujer me rentaba un cuarto en Twin City. Esa mujer se llamaba Lorna. A los cincuenta años Lorna estaba jubilada y destruida. Trabajó en Albion Food por treinta años. Los químicos que ponen en las latas como conservadores le habían comido la piel de las manos.

Se sentaba en el reclinable frente al televisor todo el día. Bebía un bote de cerveza Budweiser tras otro. Fumaba un cigarrillo Cool tras otro. Yo escuchaba su tos de fumadora. Estaba enferma de los nervios y no podía lubricar naturalmente cuando hacía el amor. Usaba cremas vaginales y se acostaba con cuanto hombre podía.

Era extraño sentir sus manos carcomidas acariciándote.

Por toda la pequeña ciudad está el hedor del cocimiento de verduras de la planta. Se escucha día y noche el ruido de los camiones entrando, cargados de verduras.

Un letrero a la entrada de ese pueblo dice: “¡Pertenecemos orgullosamente la América trabajadora!”. Y más abajo: “¡Nosotros apoyamos a nuestras tropas en el extranjero!”

Las mujeres entraban por la escalera de acero de la fábrica. Una luz amarilla en la puerta iluminaba las cabezas pintadas con tintes baratos. Cuatro horas después salían a sentarse en sus autos. Sacaban sus bolsas de papel o sus cajas con comida mientras conversaban. Otras iban hasta el viejo restaurante donde yo trabajaba. Atravesaban la carretera en grupos de tres o cuatro.

Me asomaba por la ventanita de la cocina para mirarlas. De cuando en cuando salía con un carrito y mi ridículo gorrito a recoger los platos sucios de las charolas que se acumulaban bajo el mostrador. Daba un vistazo a las mujeres: rubias y negras destruidas por la vida de trabajo. Regresaba con mi cargamento de platos sucios embarrados de mostaza y ketchup con hamburguesas a medio terminar y restos de papas fritas y antes de entrar a la cocina veía el cuadro en la pared. “Nighthawks Edward Hopper” decía la plaquita metálica en la base del marco.

Yo pensaba siempre en que hacía falta algo en el cuadro, el muchacho mexicano recogiendo los paltos, mirando con fascinación las calles, la gente, la carretera.

El gerente me dejó una nota en la pizarra del vestidor indicándome tareas extras. Arranqué la nota de mala gana. No hice caso de las indicaciones. Por esa miserable paga no estaba dispuesto a hacer nada más. La tiré al cesto de la basura.

En cuanto llegó el gerente una mesera le informó. Me despidió de inmediato. Hubo un silencio forzado. Como un funeral. Para los otros trabajadores era algo muy triste. Se rehusaban a mirarme. Como si por perder ese jodido trabajo alguien pudiera causar lástima.

Fui a sentarme en una de las mesas y pedí una gran hamburguesa. El gerente se había puesto el mandil y el gorrito de lavaplatos y realizaba mi trabajo sintiéndose un héroe del capitalismo.

Todos me miraban extrañados. En lugar de largarme, avergonzado por haber sido despedido me quedé ahí a que me sirvieran como a cualquier cliente.

Un auto descapotable se detuvo en el estacionamiento y de ese auto bajó Eva. Entró al local haciendo ostentación. Invadió el lugar con su despampanante presencia. Ordenó varias cosas. Comió sin prisa. Se levantó a poner música en la rockola. Recuerdo que me sonrió. Cuando la mesera le llevó la cuenta discutió algo negándose a pagarla. El gerente se acercó todavía vestido con el mandil y el gorrito de lavaplatos que me había quitado.

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—¡Voy a llamar a la policía! —dijo.

—Sí, ¡qué venga! —dijo Eva— ¡para que se entere de cómo me han ofendido en este mugrero!

—¿Ofendido? ¡Si conozco el numerito y a las de su clase! ¡Lo único que quiere es largarse sin pagar la cuenta!

Me levanté. Caminé hacia la caja mientras el gerente y la mesera estaban de espaldas y extraje los billetes. Levanté la caja y saqué los billetes de debajo. Salí caminando mientras seguían escuchándose los gritos. Caminé sin apresurarme. Me interné por la callecita que conducía al pueblo. Las luces de un auto me siguieron.

Pensé que iban a detenerme.

—Hola, socio —me dijo Eva— ¿Vas a compartir conmigo las ganancias o qué?

Eva cruzaba autos de México. Autos con dobles cajuelas, salpicaderas alteradas, dobles fondos, cargados con droga.

Decía que estaban modificados en Colombia con lámina de cazabombarderos rusos desmantelados, que no podían ser detectados por los radares ni por los perros.

Vivíamos en moteles de la carretera. Ganábamos dinero que despilfarrábamos en alcohol, drogas, ropa, autos, un largo y excitante viaje hacia la nada del sueño americano.

—¿Sabes que los tipos con los que me acuesto no me hacen sentir nunca nada? —dice Eva.

Se puso a hablar de un tipo que la regenteaba cuando era jovencita. La llevaba a convenciones de hoteles de Las Vegas o Palm Spring o Lake Taho. Investigaba la convención, el tema, la empresa, el producto. Le compraba ropa. La vestía adecuadamente, se paseaban por los cócteles de las convenciones, la presentaba como su esposa; una jovencita latina, despampanante. Él jugaba el juego del marido lerdito. Los hombres terminaban robados o chantajeados.

Dice que ese fue el mejor tiempo de su vida. Le digo que el tipo ese de las convenciones que la regenteaba se tomaba demasiado trabajo para ganarse la vida. Eva se queda callada. El efecto de la coca comienza a desvanecerse. Se pone pálida.

—¿Por qué no me contaste eso antes, cuando estábamos juntos? —Pregunto, celoso de que no hubiera dicho que el mejor tiempo de su vida fue conmigo en las carreteras.

—No lo sé, dice, encogiéndose de hombros, no tiene importancia.

—Yo no te delaté —dice, de pronto.

—¿Entonces quién fue?

Se queda callada.

—Tú me delataste, nos delataste a todos con tal de salvar tu pellejo.

—Eso no es cierto —dice, y se va al baño.

Me levanto, voy tras ella. “Esa mujer va a destruirte”. La abrazo por detrás, la beso en el cuello  y nos vemos en el espejo del baño.

Dos caras deformadas en el espejo manchado. Dos caras espantadas. Quemadas. Cruzamos ya la línea de sombra.

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Tomo las llaves del auto de Eva. Un viejo Ford Pinto. El auto de un perdedor americano. Salgo del apartamento. Doy vuelta a la manzana. Subo al auto y espero. Baja por la escalera de incendios con una maleta. Lleva gafas oscuras. Aún tiene algo de esa actriz italiana a la que dice parecerse. Debe quién sabe cuánto al casero. Tomo Ventura Boulevard en busca de la autopista. El free way, atestado, parece un río de luces.

Hacia el norte la carretera termina en Alaska. Hacia el sur el espectro sigue hasta la Patagonia. En el sur están las antiguas ciudades de piedra, las sanguinarias ciudades mexicanas. En el norte las ciudades de acero y cristal, las autopistas, los esclavos del imperio, el sueño americano.

*Eugenio Partida (Ahualulco, Jalisco, 1964) ha escrito cuento, novela crónica, ensayo y reportaje. Su obra novelística se caracteriza por la intensidad de sus personajes y situaciones, siempre envueltas en una psicología perturbadora que hace más sugerente y personal su realismo, con una fuerza emocional muchas veces no exenta de violencia. Entre sus libros están: La Ballesta de Dios (Planeta, 1991), La otra orilla (Joaquín Mortiz, 2005), El lobo y otros cuentos (Arlequín, 2013), El finalista (Filo de Caballos Editores, 2013). Parte de su obra está traducida al inglés, francés, esloveno y croata. En 2009 fue finalista del premio internacional de cuento Juan Rulfo, en París, Francia. Su novela, La ballesta de Dios, fue incluida en la colección Clásicos Jaliscienses en 2011. Ha sido galardonado con distintos reconocimientos nacionales e internacionales. Comparte el oficio de novelista y narrador con el de la escultura. Reproducimos esta crónica, parte de su libro Viaje (Producciones el Salario del Miedo, Almadía, 2014), con el permiso de los editores.

 

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