Por Carlos Velázquez / @Charfornication

Ilustración: Aidan Lee Smith

Quentin ingresó en El Dandy del Sur y ocupó un asiento en la barra. Volteó para observar la foto a sus espaldas. Anthony Bourdain en una mesa del local mismo. Era primero de mayo. Día festivo, día del trabajo. A las cuatro de la tarde la cantina lucía semivacía. Unos cuantos gringos pero ninguno lo reconoció. Tecate, please.

Había conducido cuatro horas desde Los Angeles. Fucking tráfico. Conocía la leyenda de la industria. Así como Lennon tuvo su lost year y Jesús sus cuarenta días en el desierto, John Belushi había pasado su noche en Tijuana quince días antes de morir. En la juerga, Belushi había extraviado un guión que Dan Aykroyd había escrito para los dos. ¿Un western? ¿Quiénes somos, Bud Spencer y Terence Hill? Dan convenció a John de que lo revisara. Dobló el engargolado y se lo metió en el bolsillo trasero de su Levi’s como si fuera un estudiante. Regresó a Los Angeles sin el manuscrito. Quince días después murió por intoxicación de cocaína y heroína. En 1982 Dan contrató un detective privado que no consiguió rescatar el documento. Se lo tragó la noche tijuanense.

quentin tarantino

La noche anterior el ring del teléfono había despertado a John Landis de madrugada. Quentin, ya te dije que no lo sé. Oh, c’moon John, dime la verdad. ¿Ese guión existe? Por qué no llamas a Dan. Él es protagonista de la historia. Shit, Dan no responde mis llamadas. Sólo quiero saber si los rumores son verdad. ¿Es cierto que era una copia de Ghostbusters lo que John extravió en Tijuana? ¿O era el western? Ya te dije que no lo sé. Para empezar es un mito que John estuvo en Tijuana. Yo me desconecté de Los Blues Brothers. Es decir, Dan me sacó de la jugada. Se supone que yo dirigiría Ghostbusters. Qué bueno que no la hiciste tú, John. Es una mierda. Y de la que se salvó Belushi. Qué mierda de película. Escucha, Quen, tengo que colgar, mi esposa tiene cara de que va a lanzarme el cenicero. En caso de que existiera ese guión, para qué diantres lo quieres. Dan te lo arrebataría. Lo encontraré John, escupió Tarantino. Tengo que producir esa cinta. Y tú la dirigirás, convenceré a Dan para que esté dentro. Estás loco, Quen.

Quentin destapó otra cerveza y se desparramó sobre un sofá de su sala de proyecciones. Echó la cabeza hacia atrás y contempló el cuadro en la pared. Era una foto de Animal House de Belushi con el suéter con la palabra “College”. Meses antes había coincidido en un coctel con Bob Woodward, el autor de Wired: the short life and fast times of John Belushi. Quen, ese viaje a Tijuana es un invento de la farándula. John era un newyorkino acendrado. Odiaba Los Angeles. Jamás iría a Tijuana. Qué interés tendría. ¿Droga? Sabes que en Hollywood puedes encontrar toda la que desees. Al amanecer recibió una llamada. Era un detective privado. Mr. Tarantino, por fin encontré al gringo. Conrad Smith existe. Vive en Tijuana desde los sesenta. Asegura que bebió con Belushi en 1982 en El Dandy del Sur. Y que el actor le pidió a un mesero que le consiguiera chiva. Le dejó el manuscrito en prenda mientras iba a su coche por dólares. Y nunca volvió.

A las 12 del día el coche de Quentin se había incrustado en el freeway. No es necesaria su presencia, Mr. Tarantino, había indicado el detective. Voy a tratar de ubicar al mesero. Y si el guión todavía existe lo tendrá usted en su poder. No, quiero conocer el lugar. En dos horas estaré en la frontera. Ok. Nos vemos a las 2 en El Dandy del Sur. Pero Tarantino no contaba con el tráfico. What the fuck. Parece viernes. Volteó a su izquierda y vio el estadio de los Serafines de Anaheim. Todavía estaba a tiempo de arrepentirse. Pero continúo conduciendo. Por el letrero de la salida a Long Beach supo que ya estaba cerca de San Diego.

Sonó su celular. Era el detective. Mr. Tarantino dónde está. Atrapado en la carretera. No llegaré a tiempo. Vete. Exploraré el lugar. Si te necesito te llamo. Cruzó la frontera y se puso melancólico. En los últimos años su obsesión con Belushi se había intensificado. En su cabeza había armado la película de la vida de John. Quien a pesar de su gusto por el grunge y la Generación X, los noventa no habían tratado bien. El éxito se habría desvanecido hasta caer en el olvido. Y pasara a formar parte de la penosa lista de celebridades que son reactivadas en reality shows en los que tratan de sacar adelante sus problemas de adicción. Entonces, él, Quentin, lo rescataría como lo hizo con John Travolta y Kurt Rusell. Pero eso era imposible.

Tarantino pidió un segundo Tecate. Quién podría interpretar un papel diseñado para Belushi, se preguntó. ¿Bill Murray? Se entretuvo observando a un gato que recorría las vigas del techo del local. Alguien le echó una moneda a la rocola. “Corazoncito tirano”, de Cuco Sánchez. Sonó su celular. Mr. Tarantino, dijo el detective, Conrad Smith me trajo a la casa del mesero. Su nombre es Jacinto Benavides. Quiero decir, era. Ha muerto hace tres años. La viuda nos permitió registrar sus pertenencias. El guión no apareció. Continuaré con la búsqueda. Pero es mejor que nos resignemos. Ignoro qué ocurrió con el manuscrito. Si fue destruido o lo utilizó como papel de baño. Lo único seguro es que no lo vamos a encontrar.

En una esquina de la cantina una pareja comenzó a cuchichear. Antes de que se le acercaran a pedirle un autógrafo, Tarantino pagó su cuenta y salió del lugar. Se puso sus lentes de sol. Le había dado instrucciones al detective para que siguiera con la investigación. Aunque sabía que era inútil. No, no hacía falta que se vieran. Él regresaría a Los Angeles. Se encaminó hacia la avenida Revolución. En la esquina con la calle Primera acarició al burro pintado de cebra. A mitad de la calle se detuvo a contemplar una sudadera pirata de la Selección Mexicana. Su coche estaba estacionado en Constitución. No había necesitado usar el GPS, no se perdería en unas cuantas calles. Sin pretenderlo, se internó en la zona roja. Pasó por afuera del Hong Kong. Estuvo tentado a entrar. Pero se sentía desmoralizado.

Antes de encender su coche volvió a sonar su celular. Qué haces en Tijuana, era Aykroyd. Hey, Dan, hello. Resígnate, Quen, ese guión ya no existe. Lo destruyó John como destruyó su vida y su carrera. Daría lo que fuera porque no fuera así, pero fue arrastrado por el torbellino que era John mismo. Pues acá hay un mexicano que asegura tenerlo, mintió Quentin. John se lo empeñó a cambio de heroína. Quiere treinta mil dólares por el manuscrito. Lisen to me, bastard, comenzó Dan, ese guión es creación mía. Yo lo concebí. Y si lo encuentras no descansaré hasta aplastarte. No me importa si eres Tarantino o Scorsese. Me pertenece. Te veo en la corte, malnacido. Y colgó.

A Tarantino se le escapó una carcajada. Manoteó el volante y encendió la radio. Reconoció la melodía. Era “Misirlou”, de Dick Dale. No sabía si la suerte, pero la canción le hizo sentir que algo estaba de su lado. Y que el viaje, aunque en vano, no había resultado tan malo. Cuando llegó a la línea se encontró con una fila interminable. Seguro tardaría tres horas (o más) en cruzar la frontera. Se le apagó la sonrisa y gritó fuck. Por qué te moriste, John.

Editor Yaconic

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