Por Eduardo H.G. y Janneth Magaña

—¿Una película mexicana (no porno) que hizo correr a gente de festivales europeos por su sexo, canibalismo, sangre, incesto y necrofilia?

—Hay que verla.

—Pinche morboso.

—¿Y qué?

—El director es un mexicano joven y está “apadrinado” por Cuarón, Reygadas e Iñárritu.

—Eso me vale madre. Hay que verla, ¿cómo se llama?

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Lucio y Fauna (Diego Gamaliel y María Evoli).

Tenemos la carne (2016) es la opera prima de Emiliano Rocha Minter (1990). Emiliano estudió artes visuales en la Escuela Nacional de Arte y Grabado “La Esmeralda” y trabaja en cine desde los 15 años. Ha sido director de casting, fotógrafo, productor y director de fotografía en una veintena de películas. Tenemos la carne, dice, no solo es su debut como director y escritor, sino su gran homenaje al poder del cine.

Ciudad de México. Fin del mundo. Mariano (Noé Hernández) sobrevive en un edifico derruido, apostado entre su propia locura, la construcción de una cueva de cartón de huevo, un extraño intercambio de comida con el exterior y un gotero que lo droga hasta el desfallecimiento. Lucio y Fauna (Diego Gamaliel y María Evoli) son dos jóvenes a la deriva que topan con la guarida de Mariano. Toc, toc, toc. ¿Hay alguien ahí?

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Mariano (Noé Hernández).

A partir del encuentro, Tenemos la carne deriva en una suerte de viaje iniciático para los tres personajes. Mariano se alza ante los dos muchachos como un gurú-homeless que no teme abrazar a los demonios que habitan en su interior. En un primer momento a la oscura soledad. Ya luego se dedicará a quitar freno a los deseos de Fauna ante su hermano, Lucio.

Locura. Incesto. Necrofilia. Lucio y Fauna se dedican a fornicar sin mesura mientras el cuerpo de Mariano yace sin vida en una de las habitaciones: murió luego de incitar el primer encuentro sexual entre los hermanos, hacerse una chaqueta y venirse. Pero esta muerte es temporal; la reencarnación del gurú-homeless trae consigo más vueltas de tuerca en esa cueva de carnalidad desbordante.

Tomar la sangre para sobrevivir al mundo. O a lo que queda de este. Cuando creemos que no queda nada, está la carne misma. La contradicción emerge: rodeados o solos. Este no es reventón cualquiera.

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Thriller delirante y visualmente provocador, Tenemos la carne es un ejercicio autoral, novel, que en primera estancia busca el impacto y la transgresión; el escándalo y el morbo. Quizá por ello el espectador promedio y cierta crítica “especializada” tiendan a descalificarla como mera provocación fortuita, hueca y pretenciosa. Pero, más allá, me parece que Rocha Minter busca reflexionar sobre su tiempo y la condición de las grandes ciudades como epicentros de podredumbre humana.

Minter exprimió algunos de sus principales referencias técnicas y teóricas. Ahí está Cantinflas, ha dicho, pero también Bataille, Pasolini, Disney, el Marqués de Sade… y mientras la veía pensé en Fando y Lis, de Jodorowski, y en la novela Al final del vacío, de J.M. Servín. Por otro lado, y aquí es donde quizá el ejercicio adquiere integridad, el motor de la historia es la Ciudad de México, en su condición per se de urbe post apocalíptica.

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Porque, aparentemente, Mariano, Fauna y Lucio habitan un mundo que se ha ido al carajo luego de una catástrofe que no vemos en pantalla pero intuimos. La secuencia final desmiente tal idea: todo sigue girando afuera; la locura desbocada al interior de la cueva no es privativa de un post apocalipsis, sino que está presente, ahí, ahora. Como un espejo. Tenemos la carne, hay que comerla. Ñam. Ñam. Ñam.

—La juventud  que cree tenerlo todo pero en realidad, en el fondo se está pudriendo.

—¿Qué dices?

—Es una línea de Mariano, en la peli, ¿recuerdas?

—Sí, pinche Mariano, es un loquillo.

Editor Yaconic

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Revista de arte y cultura

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