Por Adrián Román / @adrianegro

Fotos: Erin Lee e Irving Cabello

Es temprano y el sol ya hierve en las alturas. Sobre Jesús Carranza comienzan a tenderse los puestos, las lonas amarillas, rosas, negras. Los diableros se abren paso por huecos breves. Las motonetas pitan a cierta velocidad exigiendo su territorio. Un madrazo de música tecno brota de las bocinas de un puestero. Más adelante levantan la voz los acordes de una rola de la Sonora Santanera: mérito ganado como soundtrack de estas calles.

Hay una cosa intraducible en el aire.

Foto: Irving Cabello.

Carritos del supermercado con una parrilla acondicionada ofrecen tacos de suadero y tripa, con nopales asados. Una mujer de unos treinta años lleva un churro de mota encendido y va saludando a la tropa y dejando su tufo en el aire. “Muévelo más, igual y me ánimo”, le grita a un hombre que está de espaldas y agachado, sacando merca de una caja de plástico. Los tiras están parados como ñonga, sin hacer ni madres.

A esta hora los extranjeros somos minoría en Tepito.

***

Desde siempre marginal. Toda la vida bisnero. Valedor de la soberbia de ser único. No hay nada nuevo que decir acerca de Tepito. Todos saben, es un territorio que se rige con sus propias reglas. La etimología del nombre es incierta. Las infértiles búsquedas husmean en palabras de origen náhuatl. Hasta en la suposición de que su origen está en la advertencia: te pito, te aviso con un silbato si algo sucede. Te Pito. Nadie puede comprobar nada.

Tepito no solo es cháchara, fayuca, piratería, comida —que algunos miran como estrambótica—, gomichelas, la cáscara, el tiro bien rifado todas las mañanas para salir a chingarle, la cábula; el riesgo implícito de pisar un barrio que tiene fama de que a la menor provocación brinca y la hace de a tos. Ni es solo ese lugar protagonista siempre de la nota roja. Porque hay una cosa intraducible en el aire tepiteño.

En cualquier punto que descanses la vista encontrarás movimiento. La lujuria que ofrece Tepito no la topas en otro lado. Lícala bien, sin compromiso.

***

Me late llegar temprano. Camino hasta avenida del Trabajo, dos, tres cuadras a la izquierda. Saludo a una ruca que vende dulces y usa un radio para avisar quién entra, quién sale, si hay tira cerca o algo sospechoso. Tira dieciocho. La ruca vuelve a guardar en su mandil el aparato, como si nadie supiera que lo lleva ahí. Como si no se notara de lejos.

Entro a una vecindad. Voy al fondo, doblo a la derecha. Un chavo de gorra, mezclilla y tenis Nike talla el azulejo que rodea el altar de la Virgen de Guadalupe o de San Judas Tadeo que hay en todas las viviendas. El chavo trae audífonos. Levanta la vista y hace un gesto para darme paso. Camino como si fuera mi madre la que está haciendo quehacer. Siento algo de vergüenza al ver el suelo. La tierra de mis huellas contrasta con la blancura de la espuma.

Adentro huele a mota. Un cuadro grande, casi del tamaño de la pared, rodeado de leds rojos, muestra a Tony Montana vestido con su inolvidable traje blanco y su metra en la mano. “The world is yours”, dice una fila de leds que ocupa el interior del póster.

Del lado derecho está una mesa donde venden marihuana. De colores, sabores y precios diferentes. En vitroleras, frascos de especies, frascos de mayonesa y mermelada. Motas moradas, greñudas, de sabor mango o blueberry, apestosas, rifadas. Y abajo grandes maletas negras, de lona, llenas de marihuana, paquetes amontonados, bolsas de plástico. Más marihuana de la que me podría fumar en diez años.

tepito, erin lee

Foto: Erin Lee.

Hay un altar a Buda de un lado. Del otro uno de El Santo, el Enmascarado de Plata. Detrás del altar de Buda hay una foto de Pilar Montenegro. En otra mesa te venden hongos conservados en miel, peyote. En una pared hay una tira de cinta adhesiva pegada a la pared con paquetes de sábanas de distintos sabores que cualquiera puede agarrar. También hay un encendedor amarrado a un cordón.

Del otro lado están los químicos. Las drogas procesadas. Las mentes más ansiosas de este cuarto se forman de ese lado. Tachas, heroína, hash, LSD, MDMA, piedra, perico y un chingo de otras cosas. Junto al man que despacha siempre hay morras bien chulas de un lado y del otro el estéreo que truena con salsa y hip hop nacional.

Compro cien baros de una mota que cuesta diez pesos el gramo. El tipo que atiende me conoce. Nunca hablamos, le doy mi lana a cambio de su mota. Un trato de compas. Y listo.  Llevo años viniendo. Ni siquiera la pesa. Le echa unas colas, unos capullos y me da mi bolsa al mismo tiempo que me recibe la lana. Es más de lo que debía darme. Que dios te bendiga, me dice, y nos despedimos con un apretón de manos.

***

Aquí llegué gracias a una chava chiquita, aguerrida y fresa, que estudiaba en el CCC. Nunca terminaré de agradecerle por este regalo. Había pasado miles de veces y nunca me había animado a seguir a ninguno de los tipos que se me acercaban para ofrecerme drogas. María me dijo: fíjate bien por dónde es. “Apréndetela-la-banda. Yo te voy a recomendar con la Doña para que siempre te dejen pasar.”

Esa tarde conocí a la Doña. Se asomó debajo de su gorra de mezclilla. Yo sentía que estaba saludando a Rosa Salvaje. En su rostro se notaban vestigios de esa hermosura que no se puede arrancar ni con el peor de los tratos. Me sonrío, me dijo: “Mucho gusto, mijo, aquí estamos, cuando gustes”, y me regaló un chicle.

Yo no sabía bien cómo era el bisne. Una vez había comprado en un lugar, me dieron la mejor mota que había tenido en las manos. Fresca, sabrosa. Algo que nunca había visto, que no sabía que existía en mi corta vida de pacheco. Y a ese mismo punto regresé siempre. Aunque nunca volví a ver ese material. Ya solo me dieron yerba seca y pinche, nunca la misma cantidad. Y varias veces me apañó la tirana.

***

El chavo  de la entrada ahora trapea el azulejo. Le pido chance con la mirada. Paso de prisa. Me despido de la ruca de los dulces. “Ándale, mijo, nomás con cuidado”. Escucho su voz, aunque ya no la veo. Salgo por calles distintas a las que me sirvieron para entrar. Ya no camino alerta. Como las primeras veces que venía. Pero tampoco me fío.

***

Tepito es celoso. Lo comprobé hace poco.

Estábamos en casa de Idalia. Ya no teníamos coca. Me lancé por más, pero me dio güeva llegar hastaTepito. Preferí probar suerte en Garibaldi. Pero no topé al bueno. Insistí en no ir hasta Texas. No quería ir solo y estaba lo suficientemente ebrio para no querer caminar mucho.

Di vueltas en mi cabeza buscando soluciones para tener contento a mi dios de la güeva y al de las drogas. Recordé una vecindad en la que nunca había comprado. La neta es que Tepito es uno de los lugares más seguros de la ciudad para comprar drogas. Cuando sabes cómo hacerlo. Y dónde.

La vecindad está en el Centro, afuera había unos güeyes jugando futbol. Uno de ellos me preguntó qué quería. Siempre he nectado más o menos igual. Le dije que perico. Cuánto, me preguntó. A cómo, le contesté. Cien, dijo él. Va, respondí.

Si no escribiera ya me habría vuelto loco. No podría soportar el nivel de candela al que nos somete esta ciudad: es una madre acosadora que, por culpa, nos complace algunos caprichos. Por unos lados fresa, por otros pútrida.

El güey este me llevó más o menos a la mitad de la vecindad. “Aquí espérate”, me dijo. Tocó una puerta, se asomó sin entrar por completo. Fue a otra, yo no escuchaba qué decía. Ni me importaba. Pensé que iba preguntando quién tenía perico. Se me hizo buen pedo que se ayudaran entre vecinos.

tepito

Foto: Erin Lee.

Yo no estaba nervioso, estaba alegre. Iba a probar una droga de otro punto. Quizá estaba chida. Nunca nadie es tan astuto para salir limpio de tantas noches caminadas en la ciudad. El güey este me pidió el baro y se lo di, pero me lo arrebató. Apenas iba a reclamarle cuando los que estaban jugando futbol entraron y se fueron sobre mí. Me basculearon en chinga y, no solo ellos, también otros güeyes que salieron de los cuartos a los que el bato fue a tocar.

Manos como aves de rapiña, manos veloces y saqueadoras cayeron sobre mí.  Entre los buitres nos comemos. Entre los buitres recuerdo a una mujer gorda, chaparra, de voz aguardentosa que me gritaba y me golpeaba en la espalda mientras yo caminaba hacia afuera. “Camina como ibas, hijo de tu pinche madre,” me dijo el güey que me había metido. Sentí vergüenza de volver a casa de Idalia. Pero no volver sería darles sospechas de que me había chingado el dinero o las drogas. Así que apuré la vergüenza y subí.

Nadie me creyó.

Luego sí. Y El Gordo sacó más lana. Cuando la chava del CCC me llevó a Tepito, me hizo jurar que no llevaría a nadie más, pero estos cabrones son de mis cómplices nocturnos favoritos. A poca gente uno se atreve a mostrarle lo podrido que están nuestras vísceras.

Idalia y yo nos lanzamos. Idalia es mi persona favorita para ir a Tepito.

“Negro, no voy a llevar calzones, no quiero que si nos roban, me los quiten en Tepito”, me dijo la primera vez que fuimos juntos. A las cuatro de la mañana. Traté de disuadirla amenazándola con lo monstruoso de algunos zombis que transitan por ahí. Pero no, a la niña se le antojaba asomarse al infierno. Hemos ido un chingo de veces juntos.

A Idalia le gusta el filito del machete, la parte más apestosa de la vida. Atravesamos todo el Barrio Bravo apreciando los puestos vacíos. No compramos donde siempre. Fuimos a un lugar en el que nos trataron como príncipes de la noche. Salimos tranquilos, admirando el esqueleto del barrio. Unos huesos con cierto grado de desmoronamiento, pero una hermosura inigualable. Hablamos de la vida. Idalia y yo.

En plena madrugada y en el momento más alto del ácido, Idalia, El Gordo y yo alucinamos un piano. Un piano suave, a veces, que luego nos rompe la cabeza con un martillo. Como si se tratara de una alcancía. Cuando llega el amanecer llega el silencio.

***

Durante un rato de mi vida me dediqué a vender cháchara y juguetes viejos. Lo traigo en los genes. Mi abuelo paterno, mi abuelo Pancho, era tepiteño, amante de la cháchara. Zapatero de oficio, padrote de nacimiento y cocinero de unas grandes migas.

Nectaba la mayor parte de mi mercancía en tianguis de las periferias. Ecatepec, San Vicente Chicoloapan, Chimalhuacán, Chalco, Neza. Fue allá donde me daba los buenos rayones. Pero en Tepito también encontré joyitas. Recuerdo un par de luchadores de plástico inflado, de cabeza de goma, uno de El Santo y otro de Mil Máscaras, solo treinta morlacos.

No tengo idea de por qué es aquí donde brota tanta cháchara ni tampoco sé desde cuándo. Pero sus orígenes pueden estar en Garibaldi, cerca de aquí. Antes esa plaza era conocida como el Baratillo, durante finales del siglo XVIII, un lugar donde había españoles dedicados a revender objetos que ellos robaban. A precio de ganga. De ahí proviene el nombre de Baratillo. Y la costumbre de la vendimia.

migas de tepito

Foto: Irving Cabello.

Los mejores días para comprar cháchara son los miércoles. Los basureros vienen a reventar muebles, juguetes, trastes, cosas que rescatan de los camiones los martes por la noche. Todos los chachareros están surtidos, ansiosos de vender.

Hay ropa usada, medicinas sin receta, todo lo necesario para una despensa,  juguetes, trastes, antigüedades, libros, pinturas, colecciones enteras de cualquier clase de objetos. La cháchara solo da vueltas y vueltas. Mercancía que cambia de dueño sin descanso. Es valorada, malvendida, nuevamente puesta en un altar y a la muerte de su dueño, alguien la malbarata y vuelve a circular.

Cháchara es todo lo que dejamos sobre esta tierra al partir.

Es alrededor de la capilla de San Francisco de Asís que se concentra la cháchara. A veces sigue siendo una ganga, a veces hay banda que sabe lo que vende y se comporta medio gandalla. Una vez me topé una buena colección de carritos Majorette. Cada uno a diez pesos.

***

Las migas son un plato sencillo. Si fueran poema estarían escritas en forma de haiku: pan, huesos y chile. Esa es la base, algunos le ponen costilla, longaniza o huevo. O todo.

Es un plato endémico. Quizá el único del Barrio Bravo. Yo lo como desde niño. Era un gran evento que hubiera migas en la casa de mi abuela o de mis tíos. Hay a quien le gustan las migas y también a quien le gusta sacarle tuétano al hueso. Están las de Avenida del Trabajo y las de La Güera.

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Comencé a venir a Tepito como a los once años. Con mi mamá. El Mercado de tenis era el único lugar donde vendían los L.A Gear que yo quería.

Con mis tíos, Severo y Gerardo, vine muchas veces. Dimos vueltas y vueltas buscando tenis, ropa o herramientas. Tepito era el primer lugar al que llegaban los modelos más recientes: Jordan, Shaq, Kemp. Jerséis de cualquier equipo. Playeras gringas con el holograma de la NBA. Benditos sean los noventa.

***

Parte de la condena de los adictos es caminar. Los adictos no caminan para reencontrarse con su espíritu. O buscando respuestas profundas al misterio de la vida. Caminan porque la ansiedad les muerde las patas, les produce comezón en el cicirisco.

Harry camina junto a mí. Bueno, no, Harry camina adelante, pero es mi compañero de viaje.

Los adictos ni siquiera caminan por conseguir vicio. Lo hacen para escapar de las voces en su cabeza.

Cuando vi que Harry estaba fumándose las cenizas de la lata sabía qué seguía. Y me alegré. No quería dormirme sin darme otra. No quería irme a soñar sin sentir otra vez ese perverso cosquilleo que solo produce esta mierda.

La energía que los adictos desperdician caminando sin rumbo podría servir para iluminar la ciudad entera. Caminan porque sienten que así se elevan las probabilidades de que algo suceda. Cualquier cosa.  Los adictos buscan que algo sacuda su vida. Algo brutal. Pero nunca lo confiesan.

Caminamos en silencio. Cada quien con su panque, con su pánico, con su Diablo. De vez en cuando decimos algo. Somos como Frodo y el otro enano. Caminamos por Álvaro Obregón hasta Cuauhtémoc, Bucareli, Juárez, Eje Central y Eje uno.

Ninguna procesión, ni la de San Judas Tadeo o la del 12 de diciembre, contiene más fe que la solitaria caminata de un adicto. Los adictos caminan buscando un milagro. No dejarán de buscarlo. No mientras puedan dar un paso más.

Le doy el dinero a Harry, que se lo da al chamaco que está fumándose el fantasma de una piedra en su tubo de cristal con tripas de cobre, detrás de un altar. El chamaco sale corriendo, sabe que le tocará otra dosis. Deben ser dos y cuarto, dos y media de la madrugada. Pasamos junto a una trulla. Saben que traemos drogas, pero nos dan chance porque tienen un acuerdo con alguien.

Quien no sea adicto de verdad no comprenderá esta larga caminata. A los adictos les gusta arriesgarse. Parte del consumo del vicio es el riesgo que se corre de ser atrapado por infringir las reglas. Un adicto no sería capaz de lavar un traste para conseguir dinero para otra dosis, pero sí de caminar kilómetros para obtenerla.

Los adictos somos una bola de contradicciones.

***

Hay un prejuicio contra estos dos platillos que, como casi todos los prejuicios, proviene del aspecto. Sangre coagulada y un hígado de res frito con cebolla. Los tacos de moronga y de hígado encebollado. Hay unos buenos y muy baratos en la esquina de Jesús Carranza y Eje Uno. Otros en pleno territorio chacharero.

***

Los martes no hay nada. No se encuentra todo el encanto, la vitalidad que comienza a emanar estas calles durante las primeras horas.

Los puestos vacíos hacen que esto parezca una sonrisa agradable, pero desdentada. Hay desnudez en el barrio. Un rostro distinto se descubre. A mí, que no soy nativo, me cuesta trabajo ubicarme. Los martes Tepito luce apocalíptico.

tepito

Foto: Irving Cabello.

Pero hay drogas. Un buen tip para saber dónde se conecta es ir los martes. Afuera de cada punto, o enfrente, hay un policía. Como si fueran marcas, señales de tránsito.  Son buitres sobre los cables de luz a la espera de un Gilberto.

Nadie viene a conectar a Tepito los martes. Nadie, menos los necios. Hay puntos que no abren. Que respetan la sagrada tradición del descanso marciano.

Entre el esqueleto de un puesto encuentro a un tipo que me ofrece merca. Metros atrás dejé a un poli que cuidaba celosamente la entrada de un edificio. Le doy la lana. El tipo entra a la vecindad y yo siento que su partida es para siempre jamás.

Luego de diez minutos, aparece.

De tentar el papel sé que me está dando menos de lo que pedí. Pero es eso o nada. En la otra esquina hay una camioneta de policía. Hacia allá voy. En la esquina una mujer me ofrece más drogas. Los tiras ya se están sabroseando el apañe. Pero antes de que dijeran algo me tiro a correr. Corro como Forrest Gump. Corro como Luis García luego de meterle el segundo gol a Irlanda en el Mundial de 1994. Corro hasta cruzar Reforma y perderme en los edificios de Tlatelolco.

Quizá los tiras ni me pelaron. Yo siento que la libré bien cabrón.

***

Hace mucho que no miro a don Ramiro dejando caer el machete sobre la tripa. Haciéndola chacualear. Si ya no vive merece estar en la Gloria. En el mejor lugar al que pueda llegar un gran taquero.

Ningún taco es más chilango que el de tripa. En su textura lleva el sabor, lo transgresor. El taco de tripa representa lo visceral y sabroso de esta urbe.

Pero la neta es que las salsas en Tacos Ramiro quedan a deber. Creo que con unas salsas distintas el lugar tendría más éxito. También en Aztecas y sobre Eje Uno hay buenas ofertas de tacos de tripa. Este puede ser un platillo endémico. Me parece que es el lugar, de toda la ciudad, donde se pueden topar los mejores tacos de tripa.

***

Este cuarto no mide siquiera tres metros cuadrados. Estamos contra la pared. Tensos, trabados.

Un güero frente a mí tiene los cachetes inflados, el rostro rojo. Sé que está sintiendo. Aguanta el humo. Está en el mejor momento. Sus ojos reventados miran al vacío. No puede más. Comienza a salir humo por su boca. Lo suelta poco a poco. Su cuerpo tiembla. Suda.

No la disfruta.

Siento lástima. La misma que cuando veo el gesto de frustración del hombre que falla un penalti definitorio al final de un partido.

Le gana la ansiedad.

tepito

Foto: Erin Lee.

Con una mano comienza a buscar dentro de su mochila, que le atraviesa el pecho. Ya quiere otra. Es el peor error que puede cometer un adicto. Amontonar el placer. No darle tiempo a que se marche. Se va a fumar otra piedra, pero no va a sentir mucho. No digo nada. A mí qué chingados me importa. Yo ya ni fumaba esta mierda.

Casi todo los que están aquí son menores de treinta años. Yo podría ser padre de algunos. También hay un ruco que podría ser su abuelo. Sostiene un tubo de vidrio con un alambre enmarañado de cobre en sus adentros. Le da vueltas a la pipa, mientras la castiga con el calor inclemente de una flama. Jala el humo despacio. Es un experto.

Tengo más dinero pero no quiero comprar otra. Un chavo de los que cuida este lugar se me acerca lo más amable posible, me toma del hombro y me pregunta, “¿qué carnal, vas a fumar más o qué tranza?”. Estoy en el marco de la vecindad y siento miedo de salir a la calle. Pero sé que tendré más problemas si me quedo y no fumo.

Siento las piernas de hule. Encima creo que alguien me sigue. Sí, seguro allá adentro alguien me puso. Todos se van a dar cuenta que me di una rocky. Los puesteros, el chófer del camión, las doñas, la tira. Me repito una y otra vez que debo mantener la calma. Respiro por la nariz. Tomo el camión que pasa por Eje Uno y me bajo hasta la Guerrero. Aquí siento tranquilidad. A pesar de los tiras que están afuera del Metro.

***

Es el peor café que he nectado en mi vida. Puta madre. Mota panteonera, seca, de un aroma pútrido, que raspa la garganta y no coloca, solo ataranta. Pinche mota culera. Pero bueno, cuando tenga lana vengo otra vez. Seguro no tarda en irme bien de nuevo.

Me meto al Metro. Tengo cita a las seis. Me da chance de pasar a un parque y darme unos jalones para llegar chido. Ya casi la voy a librar.

Una mano me apaña del hombro. Pienso, puta madre, llevo prisa. Volteo. Cuando veo el uniforme sé que ya valiómadres todo.

No la hago de tos. Me aguanto. Total, unas horas adentro no pueden estar tan mal. Ni siquiera tengo donde dormir esta noche. Así que me porto como un preso ejemplar. No es la primera vez que me apañaban comprando drogas.

Me tienen apañado dos oficiales, recargado en la entrada del Metro Lagunilla. “Te vimos por las cámaras”, me dice el poli. Asiento con la cabeza. No tengo dinero, les advierto. Ni diez pesos. Traíalos cincuenta baros de la mota y un boleto del Metro. Les muestro el boleto. Los automovilistas me miran con compasión. A mí nada me altera, ya lo he aceptado.

Cuando lo único que puedes perder es una bolsa de mota fea y la oportunidad de dormir en la calle nada te importa mucho. Obediente, me subo a la patrulla. Avanzamos unos metros. El chófer es un ruco de unos sesenta años, típico perro envejecido debajo de los uniformes de tránsito de esta ciudad. El otro es un gordo que se parece a Porky, quizá unos cinco años más grande que yo. Traigo una abundante mata estilo afro alrededor de mi cráneo.

¿Qué, pinche Paleta Payaso, qué hiciste?, me pregunta el más joven.

Compré mota, le contesto.

¿Qué, a poco te gusta?

Un chingo, le digo. Los dos se cagan de la risa.

Se bajan a comer una torta y a tomarse un chesco. En la tienda hay más tiras. El chavo regresa a la patrulla, agarra mi mota. Me pregunta cuánto compré. Cincuenta lanas, le contesto. “No mames y siempre te dan esta mamada tan culera,” me pregunta mirándola fijamente. Apañado y pendejo. Pienso que sería buen título para un poema o una canción punk. Me quedo sin responderle al señor autoridad.

Cuando vuelven son tres. Uno se sube conmigo en la parte de atrás. Perro Viejo y Correoso me presenta con el oficial. Por cierto, ya me pusieron un apodo: Paleta Payaso. Le doy la mano.

Traes dieciséis gramos, mijo. No la vas a librar. ¿Cómo le vamos a hacer?

Me encojo en hombros. Pues no tengo lana, les digo.

Ni modos. Vamos al Ministerio, dice Perro Arrugado.

***

Saludo a la Doña, pero no me hace mucho caso. Está alterada, habla por su radio: “¿Judas? No, eran pitufos. Nomás tres, pero se detuvieron aquí enfrente y sacaron varias fotos. Va, cualquier cosa te chiflo”. Todo eso lo dice ella, con un rostro de angustia que solo podríamos ver en los campos de concentración.

Adentro las dos filas dan vueltas. Las hileras de adictos serpentean. Víboras a punto de morderse la cola. Los despachadores están nerviosos. Distraídos. Las filas avanzan lento. Hace calor. Alguien reparte coca-colas en su versión pequeña de vidrio. Esto es primer mundo.  No pasa un minuto sin que alguien pida nuevas noticias a la Doña.

La aguardentosa voz suena en el radio. Los despachadores comienzan a correr a la banda a gritos. “¡Órale, putos, a chingar a su madre!”, dice uno de los que trabaja aquí. La clientela corre espantada hacia la salida.

Viene hacia acá un operativo.

Ya valió verga.

Cuando voy hacia afuera cierran la puerta en mis narices. “Ni modos, carnal, te la vas a tener que tragar con nosotros,” me dice el portero.

Esperamos un rato. La Doña no responde por el radio. Todos se miran en silencio. Por la mente y cuerpo de todos corre la incertidumbre. El jefe de este bisne se da cuenta de mi presencia y le pregunta, con un movimiento de cabeza, al güey que atiende la mesa de químicos, qué pedo conmigo. “Es cliente”, le responde. Silencio. No sé qué hacer ni qué decir. Todos se cagan de risa.

Salimos al patio, nos colocamos frente a la entrada, sentados en el suelo, esperando que abran la puerta a chingadazos. Todos respiran agitados. No quitan la mirada de la puerta.

Por más tranquilo que quiero estar la sangre martilla mis sienes. Seguro todos sienten lo mismo. Parece que la vecindad entera ha sido desalojada. No se escucha nada.

Suena la voz de la Doña en el radio.

Ya no hay pedo, dice.

Respiramos aliviados.

***

Cuando Harry y yo salimos de Tepito sabemos que la libramos. Nos sentimos más ligeros. Tomamos el mismo camino pero en sentido inverso. Lo bueno de estos grandes trayectos es que otra vez vas a sentir el prendón rico. El efecto ya se bajó gracias a la caminata.

Todos los adictos saben que lo mejor es fumar poco. Pero hay cosas que son imposibles para los adictos. Como ser sensatos.

Cuando pasamos frente al Seven que está en la esquina del Teatro Metropólitan vemos lo suertudos que somos. Dios ama a los adictos. En los grupos tienen razón. Una bolsa de merma. Galletas, donas, gelatinas, baguetes y sándwiches. A lo lejos vemos las desganadas efigies de los homeless a los que les ganamos la maleta. Harry parece un Santa Claus del fin del mundo. Uno que lo mejor que puede repartir es comida caducada. Pero no lo hace.

Estamos contentos. No todas las noches Harry tiene tanta suerte. Yo tampoco.

Cenamos en el camino para llegar a drogarnos inmediatamente. Cada uno su lata y encendedor. Estuvimos hablando a ratos hasta el amanecer. A las diez de la mañana salí rumbo al trabajo sin un solo peso en las bolsas. Pero bien desayunado.

***

Los martes nadie viene a nectar a Tepito. Nadie excepto los necios. Sí, otra vez lo hice. Supongo que algunos vendedores de los martes son espontáneos. Lo hacen para salir al paso, para librarla otro día más.

Me topo a dos tipos en la esquina. Las calles están desiertas. Perfectas para la escena final de un western. Uno me lleva a la entrada de una vecindad. Me deja en manos de otro que está en la puerta. Camina delante de mí. Lo sigo en medio del patio lleno de lazos de tendedero. Subimos las destartaladas escaleras, a los costados hay macetas que seguro estuvieron en la Segunda Guerra Mundial.

Llegamos al final, entramos a un cuarto: una imitación barata del lugar de la Doña. Hay solo unos cuantos frascos con un poco de la misma mota, toda idéntica, en una mesa improvisada a un lado de una cama individual en un cuarto bien chiquito. Con pósteres de San Judas Tadeo y de la Santa Muerte. Uno con gánsteres de todos lados. Tony Montana, Tony Soprano, los personajes de Casino, El Padrino. Todos en una gran fiesta. Lo único que cambia son los nombres de las etiquetas en cada frasco. Y los precios.

Compro la cantidad de mota que pude haber pagado a 120 pesos o a diez el gramo, por treinta. No es mal negocio.

***

“A ver, pinche Paleta, échale ganas. Búscate bien en las bolsas, igual traes un cualquier cualquier por ahí, una tuza, no sé, algo,” me dice Perro Asoleado.

No tengo nada, vuelvo a decir. Nunca en mi vida he dicho tantas veces la misma verdad. Llegamos al Ministerio Público del Centro. Está lleno. Varios policías con sus presas en las manos. Listos para entregarlos y sentirse orgullosos de cumplir con su deber de cuidar a la ciudadanía. Yo sigo sin perder la calma. Se puede decir que hasta estoy emocionado de pasar una noche en el Toro. No hay juez que nos reciba. Esperamos un rato. Luego Perro Viejo y Correoso recibe la orden de llevarme al Ministerio Público de la Zona Rosa.

Mi destino está echado.

Sobre avenida la Viga Perro Viejo y Correoso se detiene frente a una marisquería. Me mira. Asoman sus ojos debajo de sus gafas oscuras. “Tienes suerte, pinche Paleta Payaso”.

En algún momento me preguntan por mi oficio y les digo que me dedico a escribir. Miento, no he escrito ni media línea en mucho tiempo. Estoy pasando por una de mis peores depresiones. Me piden que vuelva luego y escriba acerca de las injusticias y explotaciones a las que son sometidos por parte de sus jefes.

Me dejan frente a la marisquería. Por un momento pienso que me invitarán a comer. Perro Amigo me devuelve mi mota fea. Y todos me desean buena suerte. Yo comienzo a caminar en sentido contrario. No tengo dónde pasar la noche.

Hay una cosa intraducible en el aire.

Editor Yaconic

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