Rogelio Garza / @rogeliogarzap

Fotos: Nacho Hipólito / @j.ignacio

Este es el grupo que brotó durante un choque mental y musical en la cabeza de Anton Newcombe. Es el Encuentro Cercano del Tercer Grifo entre el guitarrista Brian Jones de los Rolling Stones y el reverendo Jim Jones, fundador del Templo del Pueblo y Jonestown, donde murieron asesinadas 912 personas. Esas almas se volvieron a conjurar el día que The Brian Jonestown Massacre se presentó en la Ciudad de México.

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Cuando la cabeza, guitarra, voz, instrumentista y productor de BJM era un niño en San Francisco, Brian Jones, la estrella que lo influiría musicalmente, se apagaba en la alberca de su casa en 1969. Mientras tanto, el otro Jones hacía de las suyas. Estableció en Frisco su iglesia cristiana-socialista del Templo del Pueblo. Un lustro después partió con sus seguidores a Guyana para realizar una utopía, la locura del Proyecto Agrícola en un asentamiento de su propiedad, Jonestown, que culminó con la célebre masacre.

El 18 de noviembre de 1978, todos sus seguidores fueron engañados y envenenados con cianuro por órdenes suyas (también existe la versión del suicidio colectivo) y acto seguido se dio un tiro. El personaje dejó huella en la cuna de la contracultura sesentera y marcó religiosamente a Newcombe, quien no puede negar su cruz. Lo lleva en el nombre del grupo “antifolk” que armó en 1990 y también le escribió una bella canción, “The Ballad of Jim Jones”. Ello explica el acendrado cristianismo en sus canciones nivel “Mansion in the Sky”, Sweet Jesus could you wash my sins away/ Sweet Jesus could you take the pain away.

Algo parecido le sucedió a Norman Greenbaum aquel 1969 con “Spirit in the Sky”, la canción que fue un hit cristiano instantáneo, escrita e interpretada por un judío sicodélico. Una favorita del alucinante escritor y padre del periodismo gonzo, el inigualable Hunter S. Thompson, otro gran sanfranciscano sesentero y contracultural.

Acá, en el País Guadalupano de los Imecas Susurrantes, la masacre de Newcombe fue musical. Repito, musical. Como las mil 500 canciones que ha escrito, beatlemaniacas y estonianas, enraizadas en el blues, el country, el folk, el shoegaze, la electrónica y el ruidismo experimental. El sábado 11 de marzo de 2017 no lo seguimos a Jonestown, sino a un campo deportivo militar. Qué ironía, vaya lugar para un festival de rock. Cuánta domesticación del perro eléctrico. Ya no hay contracultura. Ni subterráneo, donde este grupo se alcanzó a formar en el último estertor noventero.

Mis compadres Los Galleta y nosotros no tomamos cianuro, mejor compartimos unas moléculas de dietilamida lisérgica, la substancia correcta para atestiguar un concierto de Brian Jonestown Massacre. Y un brownie. Y unos gallos. LSD y THC para BJM como en DIG! Los enemigos de la felicidad ajena se van a retorcer de coraje y superioridad, pero nosotros llegamos e hicimos pícnic sicodélico en el pasto, bailando bajo la Luna creciente con el trío Moon Duo. Esos tres, también de San Francisco, me dejaron desorbitado. Escucharlos en vivo y tomar altura con ellos fue muy elevador y revelador.

Al fin llegó la hora interestelar. Estábamos muy lejos cuando los Brian Jonestown Massacre aparecieron y empezaron a tocar “Geezers”. Entonces aplicamos el 1-2-3 del doctor Timothy Leary antes de lanzarnos a tripear, turn on, tune in, drop out. Pero desde ese momento, y a través de “Whatever Happened to Them?” y “Who?”, padecimos lo normal en México, estaban mal sonorizados y sonaban opacos.  Hubo cambios de micrófono y la guitarra slide en “When Jokers Attack” nunca se oyó. Para rematar, Newcombe se disculpó porque al aterrizar en la Ciudad de México se enfermó de la garganta y gripa chilanga. Lo mismo le sucedió a John Lydon de PIL y a Mark Arm de Mudhoney, fueron fumigados por el aire que respiramos y aún así dieron estupendos conciertos.

the brian jonestown, nrmal 2017

Y nosotros estábamos frente al mítico grupo de San Francisco que ha sobrevivido a todas las guerras psíquicas, a todos los arrestos y las clínicas, a las golpizas sobre el escenario, el temperamento de Newcombe y la densidad de todos sus integrantes, músicos locos, espesos, algunos de los más duraderos aquí presentes: el guitarrista Ricky Maymi, el percusionista Joel Gion, el tecladista y guitarrista Rob Campanella y el baterista Dan Allaire. Estábamos ante la madre de Black Rebel Motorcycle Club y los Warlocks, cuyos fundadores Peter Hayes y Bobby Hecksher salieron de su vientre cósmico. Ante el tercer grupo de esa trilogía del rock alucinado —integrada por los Dandy Warhols y BRMC— que nos faltaba experimentar en vivo en estas tierras rojas y verdes.

Les tomó dos canciones enderezar el curso de la nave, entre “Whatever Hippie Bitch” y la gran “That Girl Suicide” las cosas cambiaron. Un parpadeo que duró varios minutos, el viraje de un barco de vela que coge una órbita en el espacio. Con el torbellino eléctrico de las guitarras en “That Girl Suicide” y los ataques de fuzz sentí la flama interna. El calor del ácido. Remontaron la enfermedad, la contaminación y la mala sonorización para recuperar el brillo de ese sonido eléctrico-acústico.

Las guitarras Vox y los amplificadores Fender alcanzaron su punto exacto con el Big Muff. Entonces nos incendiaron con uno de sus shoegaze saturado de feedback, “Groove Is In The Heart”, antes de una muy pesada y pasada “Before You Forget”. La música se desbordaba del escenario en olas de luz y nos cubría de colores vibrantes. Se pusieron flower power a todo lo que da con una instrumental, “Government Beard”, que yo veía salir revoloteando de las bocinas como parvadas de mariposas azules. Tuve la sensación del éxtasis. Es la segunda vez en muchos años que veo la música salir de esta forma. Lo mejor es que fue antes de la canción que para mí partió el lado A y el lado B de la noche, “Anenome”.

Tenían que tocarla, pero me tomó por sorpresa. La introducción del órgano sin albur. El pandero hipnótico de Joel Gion, el tambourine man carismático y esencial. El bajeo de Collin Hegna y la batería del siempre encabronado Dan Allaire. Pero sobre todo la guitarra electroacústica de Newcombe con el fuzz y el wah wah, sonaba muy azul, dulce y oxidada. Una joya sobre el amor de pareja. La cosa es personal, porque  “Anenome” es el tipo de canción que tiene el ritmo y la velocidad de las bicicletas. Es mi favorita para pedalear la rila. Siempre, en cada rol, la escucho una o varias veces por su cadencia. Sencillamente me subí a la canción y empecé a caminar en el aire. En mis piernas permanece el eco circular del pedaleo, una bicicleta imaginaria. Lo único malo, como dicen, es que solo dura cinco minutos y medio. Podría durar una hora y sería igual de efectiva.

the brian jonestown nrmal 2017

Tocaron “Leave It Alone” y con el impulso de la maravilla anterior alcancé un plano mellow superior. Es lo bueno del aceite, que te pone muy suave, cariñoso y empático. Y después ejecutaron otra de sus cimas, “When Jokers Attack”. Lo que no podré olvidar es a Rob Campanella, tocando la guitarra slide —que atraviesa la canción de principio a fin en un enorme solo que viene y va— sin escucharse. Ese solo se tocaba en mi memoria. Pero la rola es un Big Bang melódico por la cantidad de guitarras que intervienen, a veces cinco, hasta siete u ocho, depende de la agrupación en curso porque todo el tiempo entran y salen nuevos y viejos miembros. Una política que los Warlocks han exagerado para crear auténticos muros (ahora que está de moda) de sonido, hasta nueve o diez guitarristas tocando en el escenario.

En esa tesitura donovanesca de “Hurdy Gurdy Man”, colocado o despeñado, no sabría decirlo con exactitud porque andábamos igual, Newcombe tocó y cantó “Sailor”. No vestía su tradicional atuendo hippie, estuvo arropado con una sudadera negra y chamarra de mezclilla, lentes semioscuros y sus enormes patillas.

Para el siguiente número se necesitó que Dan Allaire tocara el güiro y Joel Gion se diera vuelo con las claves y las maracas. Era el ritmazo de “Nevertheless”, con el Space Echo conectado a las guitarras acústicas. Los requintos de Newcombe sonaban tan graves que me vibraban los huevos. Delante de mí estaba Amaranta, la sujetaba suavemente por la cintura para no perder el cielo. Atrás de nosotros, Los Galleta cantaban como los ángeles. Alrededor, otros macizos y seguidores más bien hipsters también entonaban. A la hora que tocaron “Servo” todos éramos como un coro de gospel luminoso agitándonos y coreando Let your self go and have some fun, yeah right.

Les tomamos la palabra en “Pish”, la gran canción que grabaron el año pasado como piedra angular de la gira que los trajo hasta acá. I´m on a high/ Don´t bring me down/ I´m up here/ See you down there/ Where you are not free. Sonó como un astro de guitarras reverberantes que pasó lento, dejando una estela sónica iridiscente. Ese polvo de neón nos cubrió como talco mágico y nos hizo brillar cual luciérnagas humanas. Todos éramos cómplices del mismo caos luminoso-musical. Si hubieran sacado la cítara en “What You Isn´t” quizá no estaría contándolo en este momento, me hubiera quedado en ese  planeta de sonido al que nos mudamos.

Terminaron con una versión extendida y gloriosa de “Yeah Yeah”, que se colgó hasta los confines de la galaxia musical, allá donde los Rolling Stones confeccionaron “2000 Ligh Years From Home”. El gran final confirmó la regla de oro en todo viaje, lo más difícil es aterrizar. Nos esperaba un largo regreso a casa, iluminados para dos o tres días más, con el espíritu henchido de música celestial.

Editor Yaconic

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Revista de arte y cultura

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