Por Ricardo E. Tatto / @ricardoetatto
Fotos: Cortesía de TAGCDMX

Son las 8:00 am cuando llego al Tag CDMX, evento multidisciplinario con sede en el Auditorio Nacional y sus alrededores. Malhumorado, subo las escaleras de mala gana. Es martes 30 de junio del 2015 y en mi estómago se cuentan por desayuno un par de cigarrillos y un asqueroso café del Oxxo. Con cara de pocos amigos, nada me prepara para una bofetada de la irrealidad.

Chicas lindas contoneando las caderas con un hula hula alrededor; una chaparrita de pie en los hombros de un tipo en esteroides; spandex entallado cubriendo las sinuosas curvas de unas atléticas mujeres que hacen gimnasia y contorsiones en el suelo; grupos de personas practicando tai chi con total concentración; otro puñado revolcándose en el piso en busca del chakra perdido, mientras el instructor de yoga parece levitar; un par de malabaristas haciendo de las suyas; y, en el fondo, las letras anales de Los amigos invisibles

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¿Pero qué coño? ¿Por qué nadie me avisó que Ken Kesey y sus Alegres Bromistas estaban en la ciudad? Comienzo a pensar que el café aguado en realidad era un ponche de ácido lisérgico salpicado con mezcalina, ya que la buena vibra, tanta gente bonita, sana, sin preocupaciones y pletórica de energía a tan temprana hora no puede ser más que producto de un viaje imposible; uno en el que mis neuronas salen disparadas como átomos contra mi cráneo: tsssk, tsssk tsssk toc toc toc waam waam bing bing pfffff ¡¿kichink, kichink?!

Mi cinismo gruñón hace morisquetas en pleno conflicto conmigo mismo; el ambiente es contagioso al recorrer el lugar. Compro un agua de coco a peso la botellita (sí, coco) y poco a poco sonrío: una morena toma el escenario dejado por Los Amigos y se dispone a recomendar ejercicios cardiovasculares para comenzar el día (no, el mañanero no cuenta). Salta y salta con singular alegría y yo pienso: “¡Bien, unámonos al desmadre!”

Así transcurre el día. Wayne Coyne, Spike Jonze y Bennett Miller se pasean como cualquiera que hace fila para entrar a uno de los “encuentros geniales”, como se denominó a las charlas programadas en este el primer día de actividades del Tag.

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Amigos Invisibles

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Alrededor de las 21:00 horas en horario terráqueo, un cohete llamado The Flaming Lips despega… Entonces, y sólo entonces, te das cuenta que el martes fluye como una serpiente kundalini de luz, que pugna por salirse de tus pantalones y que, al llegar la noche, cuando la presión es mucha y ya no puedes más, estalla emitiendo luces magenta y bermellón deslumbrante que te hacen viajar en el tiempo.

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  1. Una tarde calurosa. Al finalizar Beverly Hills 90210, un puberto ve los créditos de la serie con incredulidad, ya que en lugar del tema habitual del programa, un grupo estrafalario irrumpe en la pantalla. El vocalista de cabello color zanahoria y guitarra reluciente canta agudamente letras absurdas pero pegajosas: She don’t use butter, she don’t use cheese, she don’t use jelly, or any of these, she uses vaseline, vaselineeeeeee

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  1. Clap clap clap clap y más clap. Cuando terminan los aplausos regreso de mis recuerdos nostálgicos, pues aquella tarde vi por primera vez a Wayne Coyne y a su banda de labios flameantes. Acaban de tocar “She Don´t Use Jelly”. Previamente, y después de una explosión de luces y cañones que dispararon papeles multicolor sin parar, abrieron el concierto con “The Abandoned Hospital Ship” y “Fight Test”.
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Flaming lips

Y a pesar de ser notorio que no llenaron el Auditorio —muchas butacas se encuentran vacías—, la fiesta arranca en serio cuando suena el estribillo repetitivo de “The Yeah Yeah Yeah Song”, que la feliz concurrencia (villamelones incluidos) corea sin dificultad.

—¡Fuck yeah Ciudad de México!

Gritan todos cuando Coyne sostiene un globo de helio con dicha leyenda y los primeros acordes de “Psychiatric Explorations of the Fetus With Needles” —a manos de Steven Drozd, Michael Ivins, Kliph Scurlock y Derek Brown— comienzan a reverberar en las trompas de Eustaquio de los presentes que, a pesar de no ser muchos, están de pie gritando, bailando y haciéndose valer por cuatro; anticipando las digresiones que están por venir.

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  1. 7:00 am. Un húmedo departamento de la calle de Regina. Yoshimiiiiii, they don’t believe me, but you won’t let those robots defeat me, oh Yoshimiiiiii, canta una voz femenina. Abres los ojos. Te diriges al baño y a través de tu mirada, todavía borrosa, ves a una mujer desnuda en calzones con los senos perlados de agua que corre hacia su habitación dejando una estela de huellas sobre la duela. Sigues tu camino al ídolo de porcelana; sabes que es la rutina de tu compañera antes de irse todas las mañanas al trabajo.

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Cuando terminas tus digresiones memorísticas te das cuenta que ya estás abrazando a esa vieja amiga y a tu acompañante. Los sintetizadores se apagan y dan lugar a unos segundos de silencio, previos a que la multitud baje del éter de las esferas musicales en las que se encuentra después de escuchar “Yoshimi Battles the Pink Robots, Pt. 1”. Pero los Flaming no se amilanan y luego luego suenan las distorsiones de las guitarras que anteceden a “Feeling Yourself Disintegrate”, cáustica rola que provoca que algunos se derritan por la cloaca de su psicodelia auditiva.

Wayne se sale del escenario por un par de minutos, en lo que los instrumentos y las percusiones divagan en pasajes melódicos e introspectivos. La bestia multicéfala ulula de emoción cuando “Vein of Stars” se abre paso por entre los visuales que toman formaciones caprichosas. Coyne regresa envuelto en un plástico que, al inflarse, devela la ya clásica burbuja de aire conteniendo al vocalista de esta inusual banda caminando sobre las manos del público como un feto lleno de energía mágica en su crisálida de polímero translúcido.

Le siguen los riffs característicos de su space rock y los beats electrónicos barnizados de sampleos procesados por los sintetizadores; “How Long It Takes To Die”, “The W.A.N.D.” y “A Spoonful Weighs a Ton” se suceden al degustar en la boca una pastilla refrescante sabor arcoíris que compartes con las chicas que te escoltan con una miríada de sensaciones dudosas.

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  1. Un departamento lleno de viniles en la colonia Tabacalera. Afuera, las falenas se solazan apoyadas en las paredes y se resguardan del frío fumando un cigarrillo tras otro. Adentro, tres amigos melómanos saltan y rockean al ritmo de The Clash, The Smiths y tantos otros. El alcohol corre hasta que Tonatiuh se excusa y le pide a Mario que le ponga su canción. “¡Su despedida, compadre!”, le dices secundando la moción. Cantan y bailan con las manos dispersando las volutas de humo anónimo que impregnan la estancia. Te grabas el instante en las circunvoluciones de tu cerebro; capturas ese aciago momento en el que eres verdaderamente feliz.

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El presente. Una habitación blanca llena de un brillo cegador. No sabes dónde ni en qué tiempo estás. No te encuentras rodeado de gente; tampoco estás ebrio ni en drogas. Plenamente lúcido, la sed llega y te preguntas: ¿Quién se ha llevado mi ponche ácido lisérgico? Te das cuenta de que la vida pasa rápido, que es difícil hacer que las cosas duren. Te das cuenta de que la única certeza, la única seguridad, es el íntimo conocimiento de que mediante la música tocando tus neuronas y evocando tus conexiones emocionales nada en el aquí y en el ahora importa.

Do you realize that…?

 

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