Por Iván Farías / @ivanfariasc

UN PASADO VIOLENTO

El “Salvaje Oeste” es el mito fundacional norteamericano. La historia que justificó su expansionismo. La leyenda que forjó su carácter indómito. Ahí está todo: el uso de las armas, la sobrevivencia del más hábil, del más apto y la conquista del territorio “salvaje” para arrebatarle su tierra a cambio de “modernidad”. Es un mito similar al que guió a los conquistadores para “hacer las Américas”. La ambición y poder presumir las hazañas de hidalguía los hermanan a ambos.

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Jeremías Springfield

En Los Simpsons, el viejo Jeremías Springfield es la una burla directa de estas leyendas de hombres que desafiaban la adversidad; de los indios indómitos y de su propia ambición. Fusionando la aventura de Hugh Glass, la locura de John “Liver-Eating” Johnson y el aspecto de trampero clásico con la gorra hecha de mapache.

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Hugh Glass

Aunque para el común de las personas el wéstern represente un género olvidado y acabado, la verdad es que todavía es visitado y cada tanto sufre un refresco. Pasó con los italianos, con los mexicanos, y ahora con directores de Dinamarca y Austria, que han hecho The Salvation (Kristian Levring, 2014) y The Dark Valley (Andreas Prochaska, 2014), respectivamente. Por otro lado, los estadunidenses siguen produciendo wésterns con diversos resultados. Ya sea fusionándolos con otros géneros: Bone Tomahawk  (S. Craig Zahler, 2015) con el terror, Young Ones (Jake Paltrow, 2014) o Cowboys & Aliens (Jon Favreau, 2011) con la ciencia ficción; o reinventado las viejas reglas como El asesinato de Jesse James por el cobarde de Robert Ford (Andrew Dominik, 2007) o 3:10 a Yuma (James Mangold, 2007). Esta última adaptada de una novela de Elmore Leonard, maestro del wéstern y el policiaco, y a quien la película que se le hizo risible.

UN GÉNERO QUE NO MUERE

El wéstern es un género noble: puede ser filmado con un presupuesto reducido o invirtiendo grandes cantidades. Este año dos wésterns compiten en la taquilla norteamericana: The Hateful Eight, del veterano Quentin Tarantino, y The Revenant, de Alejandro González Iñárritu. El filme de los mexicanos (deberíamos decir) es la adaptación parcial de la novela The Revenant: A Novel of Revenge, de Michael Punke, un autor que se obsesionó con la leyenda de este trampero.

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Lo primero que llama la atención es a dónde ha llegado Iñárritu. Luego de pasearse con desenfado por el drama mezclado a ratos con lo policiaco y los saltos territoriales (buscando hacer películas ideales para la crítica: diálogos que se quieren profundos, actores de carácter en dramas existenciales y una presencia muy medida en festivales de cine), con The Revenant Iñárritu decide salir de su zona de confort; toma una historia que no le es afín, para desarrollarla e incrustarse en un territorio que podría ser criticado por los mismos que antes lo habían alabado.

EL IRROMPIBLE HOMBRE DE VIDRIO

Qué habrá pasado por la cabeza del director mexicano cuando tomó para sí un proyecto que ya había ido de aquí para allá. Nunca lo sabremos. Lo que se antojaba como una película de maquila acabó por anexionar una nueva versión al mito de Hugh Glass, el hombre que venció a piratas y que se hizo uno de ellos; que mató a un oso que casi lo mandaba a la muerte; que se hizo pawnee honorario y que acabó por vencer a la naturaleza.

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Glass fue un trampero, como muchos otros, que se lanzó a la aventura del Oeste con la ambición como punto de mira. Deseaban fama, fortuna y hacían lo que fuera necesario para sobrevivir. Muchos debían vidas y muchos otros se cambiaban el nombre: preferían evitar la persecución de la justicia. No hay gran diferencia entre los conquistadores españoles y estos hombres.

Todo lo que se escriba de Glass entrará en el terreno de la leyenda: de su puño y letra hay casi nada. A diferencia de Álvar Núñez Cabeza de Vaca, quien sí dejó un buen legajo de sus aventuras, a Glass se lo apropia Pensilvania, aunque algunos dicen que era escoses o irlandés. En The Revenant Iñárritu decide dotarlo de un hijo mestizo y una amada esposa asesinada por los blancos.

LA PELÍCULA

La trama es sencilla: una historia de venganza. Se hermana con esos wésterns de los setenta que narraban las hazañas de los hombres blancos que habían decidido recluirse a los bosques. Como lo hizo en su momento Henry Thoreau para olvidarse de la civilización. Hombres que habían aprendido de los indios  a vivir con la naturaleza, y que acaban siendo más duchos que ellos. Cintas como Un hombre llamado caballo y su secuela, además de El hombre de la montaña.

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Lo primero que salta a la vista es la belleza de las imágenes. No sólo las suministradas por la naturaleza misma, sino a las obtenidas de la crudeza de la batalla. Emmanuel Lubezki ya había refinado a fondo este juego de planos continuos. Lo dejó ver en varios momentos de Niños del hombre, de Alfonso Cuarón, en el plano secuencia interminable y falseado de Birdman, o de Gravity. Y el uso de luz natural ya lo había logrado en Nuevo Mundo, de Terrence Malick. Pero es en The Revenant donde explota todo lo hecho antes.

No sabemos en dónde se acaba la mano de Lubezki y comienza la de Iñárritu. Porque esas secuencias de guerra, esa fotografía húmeda y a ratos apabullante, se adivinan ya en los trabajos mencionados.

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The Revenant está sustentada en la violencia del ser humano y en la violencia de la naturaleza. La nieve, los bosques, los animales, son hermosos pero también pueden ser brutales y asesinos. El ser humano puede crear cosas pero también devastar lo que encuentra a su paso. Tal vez sea eso lo que espantó tanto a la crítica de The Guardian, Carole Cadwalladr, quien la llamó pain porno (porno de dolor). Cadwalladr se quejó de que las mujeres que aparecen sólo lo hacen para ser violadas. Tal vez se olvida que el salvaje oeste recibió ese nombre por la cuota de sangre que regó toda esa región.

UN VIAJE ESPIRITUAL

Es innegable que el talento reunido en este wéstern es lo que produce una cinta de culto instantáneo. La mancuerna actoral de Leonardo DiCaprio y Tom Hardy encuentra su igual en la realizada por Iñárritu y Lubezki. Es cierto que la trama es mínima, que cae en varios clichés; pero nada de eso le resta la potencia que la cinta exuda.

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Es curioso cómo dos películas mexicanas de hace unas décadas comparten ejes temáticos con The Revenant. La primera es Cabeza de Vaca, en la que un conquistador español, Álvar Núñez, naufraga en las costas de Florida y realiza un viaje iniciático: muere y revive para convertirse en una especie de santo. Hasta que regresa con sus compañeros. La segunda es Bajo California: el límite del tiempo, cinta que narra la historia de un mexicoamericano que decide pagar la culpa que carga tras de sí realizando un viaje por la península de Baja California, en donde muere y revive.

El mito del revivido nunca se agota porque nos recuerda que no somos nada comparados con la naturaleza.

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Editor Yaconic

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