Por Alejandro González Castillo / @soypopesponja

Cuando escuché el Pet sounds de los Beach Boys por vez primera caí rendido ante su embrujo. Todo el álbum, desde “Wouldn´t it be nice” hasta “Caroline, no”, me cuarteó el alma. Luego supe del estado mental que Brian Wilson heredó con tal de parir dicha obra y no tuve más que hincarme ante el de California. Gracias al disco definitivo de los Beach Boys me obsesioné con la personalidad de su líder, ese genio con el coco achicharrado por el LSD y el espíritu ablandado por un puño de ángeles intoxicados. Desde entonces, consideré que si alguna vez tenía la oportunidad de pararme frente a Brian, después de eso mi vida no tendría demasiado sentido.

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Es una frase manida hasta la náusea, y posee dicha condición debido a lo brutalmente certera que resulta: ten cuidado con lo que deseas, porque puede volverse realidad. Cierta mañana, adormilado, mientras destrababa mi mandíbula a punta de bostezos, dejé caer la tableta tras saber que el festival Levitation había reservado la noche del sábado 30 de abril para que Brian ejecutase en directo, íntegro, el bendito Pet sounds. Decidí de inmediato que yo tenía que estar ahí, de manera que reuní un bulto de billetes, compré mi boleto de entrada para el Levitation y un vuelo a San Antonio, listo para  hacer el viaje más importante de mi vida. Y sí, lo sé, entiendo que la devoción es para los miserables, que un sujeto con el pecho rajado puede asirse de lo que sea con tal de encontrar un poco de alivio. Tal como me ocurrió a mí.

Una vez en San Antonio, con el corazón anudado por la emoción de estar a pocos kilómetros del ojo de la tormenta, el primer aviso de que los relámpagos se acercaban hizo acto de presencia: los encargados de mi vuelo me comunicaron que mi tienda de campaña, ésa que con esmero me cobijó en Benicassim, Coachella, Bahidorá y demás, estaba extraviada. Pues compro otra y ya, ¿no?, ¿o qué?; eso pensé. Y ahora que recuerdo el asunto me doy cuenta que en esos instantes prácticamente nada podía borrarme la sonrisa de idiota que me atravesaba la cara. Vaya, estaba a un día de ver a Brian Wilson en directo, ¿qué madres podría ponerme triste?

Mi deber es acotar que San Antonio es un sitio aburrido de verdad. En dos horas lo has visto todo andando por el River Walk; luego, no hay más. Por fortuna, una amiga me sugirió visitar la Pearl Brewery, un espacio de pinta impecable, diseñado para gente cool con futuro promisorio. Yo estaba agotado por el viaje y un par de desvelos acumulados, así que decidí beberme allá un café  colmado de hielo. Ignoro el nombre de la bebida; pero el vaso era inmenso y sus efectos resultaron devastadores para un novato al que hasta un traguito de café legal le ataranta el pulso. Tembloroso, bajo un sol desgraciado y rodeado de nenes con sus laptops de manzana, leí la noticia que iba a amargarme el viaje: el Levitation se había cancelado. Sí, ¡el fest estaba cancelado! Todito. Los tres días que iba a durar la cosa se habían ido a la chingada. Una tormenta, decían en la red, amenazaba con hacer añicos el Carson Creek Ranch, en Austin (el sitio donde tendría lugar el festival), y lo mejor era clausurar todas las actividades del fin de semana. “Naturalmente alguien ha hackeado la cuenta del fest, todas sus redes sociales y página oficial. En un rato los organizadores darán el aviso de que les jugaron una mala broma pero todo está en orden”. Eso creía yo. Iluso. Pasaron los minutos, las horas, y ningún desmentido tuvo lugar. El Levitation estaba oficialmente cancelado.

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Fue duro tragarme la noticia. Tanto andar, tanta ilusión, todo de pronto en el suelo, escapándose por la coladera. Y fue una noche maldita ésa, dando vueltas en una cama prestada por Jon, un ex hippie, maestro universitario y fan de Muddy Waters, cuyas palabras esperanzadoras no consiguieron alivianarme. Mis preguntas entonces: ¿qué hacer, volver a México y pagar un cargo extra por adelantar mi vuelo; o seguir el camino, por terca inercia, y moverme hacia el tormentoso Austin? Porque sí, en alguna esquina de mi cerebro aún existía una veladora prendida, una llamita flaca a punto de extinguirse por la ventisca que me decía “ve a Austin, quizá lo de la cancelación sea una broma y el paraíso te esté esperando”. No sé bien qué fue lo que me hizo tomar tal decisión, pero abordé un bus para ir a Austin al otro día, bien temprano.

Una vez allá confirmé que, efectivamente, el renombre del Levitation se había ido por un barranco y que todos los que compramos boleto no teníamos más que lamentar la pérdida. No habría Levitation, no habría ni madres; pero miles de asistentes enojados ya estábamos en esa ciudad, paseándonos por la 6th Street sin mucho por hacer. Ahora sé que en realidad fui hasta allá a rumiar en manada, de bar en bar, a encontrarme con toda clase de personajes con la flecha atravesada en las costillas, rebosantes de quejas y amenazas hacia los organizadores de un festival que nos había dejado varados en la nada. “Que The Brian Jonestown Massacre va a tocar con otros grupos en tal sitio”, decían por ahí, y hacía allá íbamos, hordas de hambrientos buscando tantitos watts. La verdad es que eran puras rebabas las que había (Boris, La Luz, Chicano Batman, por ejemplo. Incluso en algún momento, en cierta esquina, perdido entre yonquis desgarbados, me dijeron que habría un DJ set de Animal Collective en un antro digno de la Zona Rosa capitalina). Fue un día largo ese, largo y triste, visitando sitios atestados por músicos echándose palomazos lamentables de puro country y tex mex de segunda mano.

Aunque, aguarden. No todo fue miseria. Reservaría un renglón para el Bull McCabe´s y el Wilkinson´s Quartet, un combo que raspó sus instrumentos mientras las Guinness bañaban mi cogote en ése, un pub de abolengo rockabilly. Terminé ahí la jornada, brindando hasta las dos en punto de la madrugada, cuando la policía montada barrió, literalmente, a todos los gringos que con la consciencia ausente yacían en el suelo; borrachos y drogados por igual, desde güeras adineradas hasta indigentes prietos sin zapatos. Esa madrugada encontré que Austin se parecía harto a Tijuana, aunque sin grasa. Tal como sucedía con los tacos que vendían en las decenas de sitios que presumían servir “auténtica comida mexicana”, la ciudad más weird de EU se presentaba ante mí como una triste garnacha sin manteca.

Al siguiente día, resacoso y desorientado, esa flamita bajo mi cráneo, tímida, apenas perceptible, me hizo pensar que si ya había viajado hasta allá, mi deber era encontrarme con Brian Wilson a toda costa, así fuese en el pueblo más abandonado de Texas. Tras dar un par de clics supe que ese pueblo tenía nombre: Grand Prairie. Sí, Wilson iba a presentarse ahí, en el Verizon Theatre el domingo por la noche. Entonces, sin meditar respecto a la deuda que me echaba encima, me hice de un boleto; qué digo un boleto: el mejor boleto. Hasta adelante, en quinta fila.

Cuatro horas de viaje después descubrí lo que imaginaba. Grand Prairie era un pueblo fantasma. No encontré un local abierto tras pasar más de un ahora buscando alojamiento. Harto, asoleado y agotado, terminé en la recepción de un hotel polvoriento cuya página de internet presumía una linda alberca y cuartos de primera a un precio de ganga. Mi plan era pasar el día flotando en el agua con la gentil atención de un camarero sonriente; pero cuando el encargado de entregar los cuartos, un cholo forrado de tatuajes con gesto cómplice (el tipo a todas luces pensaba que yo estaba ahí para agujerarme los brazos hasta desfallecer y él, obviamente, planeaba proporcionarme los analgésicos) me mostró la “alberca”: una fosa maloliente plena de moho, y mi habitación: una corpulenta familia de cucarachas departía modorra en la cabecera cuando osé  interrumpir. Escapé corriendo, huyendo del picadero ése. Y al decir que corrí es porque eso hice. Atrás quedó el cholo, escupiendo maldiciones, mientras yo me perdía entre casuchas, hasta dar con un freeway y hospedarme en un hotel caro pero seguro, justo al lado de un Six Flags.

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Uno se pasa la vida haciendo planes idiotas. Planes que aparentan contar con la solidez de un fémur y que en realidad se hacen polvo con la simpleza que se estruja un mazapán. Como dije, mi sueño desde hacía años era llegar a ese domingo, el día perfecto en que Brian Wilson estaría a unos metros de mi nariz, tocando aquélla que dice “I try hard to be strong, but sometimes I fail myself”. Basura, puras patrañas mentales. La full mental chaquet, que le dicen. Ese sitio de Dallas donde ocurriría el show estaba lejos de emular los paisajes que los Beach Boys me mostraron en su cancionero. ¿Cuál brisa tropical, cuál playa, cuáles chicas en tablas de surf y cuál flirteo cándido? Sin rumor marino, los gritos despavoridos de quienes volaban a bordo del Texas SkyScreamer, en el parque de diversiones vecino, eran todo lo que interrumpía el silencio abrazador que domaba la zona. Acaso un auto cruzaba la carretera de pronto, o algún solitario iba de compras al 7 que, heroico, se erguía en medio del paisaje. Nada más. Nadie más (hablando de desolación, ¿olvidé contar que a esas alturas ya había extraviado mi teléfono celular? Bueno, pues eso pasó. Lo perdí. Y también un fajo de billetes. Ocurrió en el bus que me llevó hasta ese lugar; un transporte barato, ocupado, vale decirlo, por la fauna nociva que Donald Trump busca exterminar).

Estando en Grand Prairie me pareció que me hallaba dentro de un cuento de Ray Bradbury, en uno de los relatos de las Crónicas marcianas. También pensaba que era cuestión de tiempo para que la voz del Rod Serling retumbara entre nubes, diciéndome que lo inimaginable estaba por venir. Quizá me sugestioné demasiado, tal vez había vivido demasiada presión en los días previos, a lo mejor yo me lo busqué; la cosa es que me sentí solo y vulnerable entonces. Ante la alarma de catástrofe, la inminente llegada de la tormenta mental, hice una llamada urgente. Uno de esos telefonazos desesperados que tienen lugar cuando todo está a punto de irse directo a la chingada; como cuando tu avión está cerca de estrellarse contra un edificio, o como cuando te atrapa la ley en el aeropuerto, con el recto hinchado de coca. Y bueno, quienes hayan leído a Bradbury sabrán quién me contestó al otro lado de la línea apenas alcé el auricular del hotel, con quién tuve una plática larga. Un encuentro revelador. Infame. Una charla lubricada con una lata de cerveza (Coors. Horrible, lo sé, pero ¿qué más podía haber ahí?) y los Spur’s  jugándose la vida en el televisor.

Enfundado en mi camisa hawaiana con botones de corcho —bien arrugada, recién sacada de la paca—, busqué mi asiento una vez en el foro. Al fin estaba en el lugar de los hechos. El Verizon Theatre. Y madres. Que sale a escena Brian. Brian Wilson. BRIAN WILSON. Hay un capítulo de la serie Ren & Stimpy en el que el gato desfallece ridículamente ante su ídolo, una mantis llamada Sammy. ¿Alguien lo ha visto?; bueno, pues seguramente yo me veía como Stimpy ese domingo. Porque Brian, el tipo del cerebro frito, el loco que confeccionó una sinfonía de bolsillo para los amantes en estado de gracia, estaba frente a su piano, y frente a mí. Estaba, estaba… Estaba medio ido, lo acepto, seguramente apaciguado con chochos. Pero yo también me encontraba así. El hombre abrió la velada con “Our player”, una oración celeste, una oda a las nubes, al cosmos y lo que siga después de la negritud estrellada que nos contiene. Y fue emotivo escuchar esa tonada. Cabrón. Lo supe, lo pensé: “ya: está sucediendo. No hay vuelta atrás”. Sentí un alivio inconmensurable que duró, qué, ¿poco más de un minuto? Qué importa. La cosa es que por primera vez en mucho tiempo mi corazón se encontró en paz. En casa, donde debía estar.

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Ese domingo descubrí que nada de lo que había planeado estaba sucediendo como esperaba. Mi presente estaba torcido y en mi pasado jamás tomé las providencias necesarias con tal de no cruzar la meta así, en ese estado: con el corazón calmado, como una apacible tarde de primavera;  pero con el cerebro desvencijado por una tormenta desalmada. Sin embargo lo había  logrado. Pasé la raya. Hombre, frente a mí sonaba “God only knows”. Si eso no era estar en el lugar justo a la hora precisa, ¿entonces qué? Viendo a Brian tocar y cantar, supe de inmediato que nunca volvería a sentir algo así. Que, efectivamente, después de eso poca cosa podría ser igual para mí. Me hallaba en la orilla del barranco. Standing on the edge. Y pensé, ¿neta, la música es tan importante para mí? ¿De verdad rijo mis parámetros de acción, mis deseos, toda mi vida, con música de por medio? ¿Será hora de cambiar, de deshacerme del embrujo? Y luego me preguntaba, ¿pero por qué todas estas dudas me pican los ojos en Dallas, por qué tan lejos vine a sufrir el quiebre, el cambio de clima más drástico del que tenga memoria? “Sí —concluía— hay que tener cuidado, mucho cuidado con los deseos”, mientras “I get around” me sacaba un sonrisa melancólica que  se perdía entre ovaciones de pie.

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Al regresar a Austin, aún desorientado por los vientos, fui a una tienda de discos (¿a dónde más, verdad?) Waterloo a buscar un poco de calma. Y ahí encontré el box set de SMiLE, el proyecto que Wilson jamás logró concretar en su ansia por superar a los Beatles. Yo siempre quise tener el contenido de ese paquete, y con el dinero que me quedaba bastaba para hacerme de él. Tuve en mis manos la que solía ser para mí la gloria en formato de disco, ese día, antes de volar a casa. Y la sopesé, la acaricié. Pero luego la dejé donde estaba para irme al Bull McCabes a escuchar “I smile for someone else´s love” desde la barra, con la voz del mismísimo Candler A. Wilkinson ante el micrófono. ¿Por qué hice eso? Porque ya había llegado más lejos que nunca con tal de escuchar un álbum; no necesitaba esa caja con nueve discos, sino un brindis por haber sobrevivido a la masacre que Brian me orilló a padecer en Texas. Lo peor, al parecer, ya había pasado (también lo mejor); sólo me restaba llegar a México, cruzar la puerta de mi casa y tomar la edición del Pet sounds en 5.1 que tantas veces escuché, mirar esa tapa donde cinco tipos alimentan a un puñado de caprinos y darme cuenta de que no iba a escuchar ese plato en mucho tiempo. ¿Por qué? Por respeto ante la muerte del tipo que yo solía ser. Sólo por eso.

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Editor Yaconic

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