Ante la soledad de ir llegar a la Ciudad de México y las tremendas erizas que traía por fundirme con alguien, seguí el consejo de una amiga del trabajo. Me dijo claramente:

“Tinder no es para hacer amigos, es principalmente para montar a caballo, sin caballo”.

Así que desinstalé Pokémon Go y le hice espacio a la aplicación que me ha conseguido palos épicos, pleitos, decepciones, tríos y una perra infección en el sable.

Lo que más me gustó es que Tinder, como deben saber, es bastante cuidadosa con la privacidad. Sobre todo porque tengo novia y si se entera me aplica el método de la Chica Danesa. Con esa seguridad me dediqué a dos cosas: uno, a buscar en qué cola formarme y dos, a verificar si mi novia no aparecía por ahí -no quiero que ande de coqueta allá donde vive-.

Dividí mi fidelidad de esta manera: en Tinder soy soltero, en la vida real no. Punto.

Como vengo de un estado bastante católico y cerrado, pensé que este asunto iba a quitarme tiempo y lo terminaría borrando. Estaba harto de tener que salir a ver seis películas pendejas al cine, de ir a antros culeros y cenas en taquerías horribles solo para poder acceder a un faje rural.

Así que me di de alta en la aplicación y elegí mis mejores fotos. Las más machas

De repente sonó una notificación y me llegó un: “Hola!”, en menos de media hora ya estaba lamiendo todos los orificios de una muchachilla adicta a Daft Punk y el sexo anal. Dos horas durísimas de sexo salvaje, como el que le aplicó Tarzán a la europea que se colgaba de sus lianas.

Después de la cogida tremenda y de detenernos por el picor de tanto látex, la muchachilla me dijo que me lanzara al Oxxo por unas Tecates. Ahí me di cuenta que sabía coger, pero no pistear. Me contó que usa Tinder a diario, que tiene morros que le aplican orales y no se los coge. “Al final ya seleccionas bien”, me dijo. Seguimos dándole sin protección. Terminamos jadeando y me fui corriendo cuando empezó a hablar del universo y la ausencia de su padre.

Me regresé a mi depa y ya tenía unos 250 match

Empecé a darle plática a una morrita y resultó ser hija de un político. En su casa, los de seguridad eran bien chismosos así que la invité en corto a mi departamento. Cuando nos vimos todavía estaba medio nervioso por pedirle que cogiéramos luego luego. Yo seguía bien prendido pensando en la morrita de un día antes.

La invité a que fumaramos y mientras yo armaba un gallazo ella se metió al baño. Cuando salió estaba en lencería y se aventó contra mí. Me comenzó a bajar el pantalón y sin pena me dijo: “perdón, se me antojó”. Yo no le dije nada para que continuara. Ese día cogimos de la manera más cerda posible. A las cobijas les llevo cuatro lavadas para quitar el olor.

Según las estadísticas, Tinder fue una de las aplicaciones más utilizadas durante el 2016. Resulta que la fórmula redes sociales + sexo vino a caer como milagro para millones de jóvenes en todo el mundo. Sus dueños, el conglomerado Match Group (dueño de Tinder y de otras apps de ligue instantáneo como Meetic y Match) se embolsaron ganancias millonarias, haciendo que todo el mundo cogiera como conejos fumando piedra. Ya hace tiempo que la app dejó de intentar formar relaciones serias: la pata tiesa y traviesa fue lo que más motivó el uso de la aplicación, y es lo que la mantiene. Si me preguntan, el hecho de coger y no clavarse con nadie, incluso sin tener que saber su nombre, es lo mejor de Tinder.

Te puede ir muy bien o de la chingada, pero nadie más se entera. Puedes repetir gente sin problemas usando el chat y cuando te enfadas, cosa de revisar a las nuevas personas para acordar los encuentros. No soy un galán pero me defiendo muy chingón y sin falla he cogido con la mitad de los 300 match que tengo hasta el momento.

De repente me hice adicto al servicio. Era mucho más fácil hacer que una desconocida se sentara en mi cara que tener que hacer nuevos amigos en la capital. Entre lo callado que soy en público, me desato como bestia en Tinder. Ahí no hay necesidad de ir cita a cita y paso a paso. Duro contra el muro, como dice Trump. Algunas de las muchachillas luego te presentan a alguien en un bar y de ahí salen los amigos. En resumen, Tinder es maravillosa.

Lo mejor es el asunto de la localización: me he cogido a vecinas del mismo edificio que, si no fuera por la aplicación, jamás me enteraría de que vivían ahí. Y cuando quieres cambiar de aires le das para La Condesa y te coges a una judía, luego le pones más hacia la UNAM y te das a una maestra de yoga; más al norte, a una sateluca. Hay para todos los gustos, puedes terminar brincando con una señora, una punk o una vendedora de maquillaje.

“También me he cogido a chingo de morritos diferentes: de todos los sabores”, me dijo una señora como de 39 a la que le encantaba coger frente al espejo y presumir que su marido se quedó pobre después del divorcio.

Pero como todo, Tinder tiene sus fallas. Puedes arreglar una cogida en menos de diez segundos pero también te puedes condenar. Sobre todo porque ofreces al mercado tu mejor tesoro: el aparato. Y luego ese termina metido en lugares desconocidos ¿Cuánta gente se habrá pasado el VIH gracias a un match en Tinder? ¿Cuánta pinche infección no nos habremos pegado? Incluso, ¿cuántas historias de abuso no se podrán contar?

Dudé de seguir usando Tinder cuando me empezó a arder en las idas al baño. De repente el escozor se apoderó de mi sable y tuve que ir por una pomada. Cuando la crema valió madre: al doctor. ¿Qué me dijo? Infección por contacto sexual. Pude no echarle la culpa a Tinder, pero es que no había cogido de otra manera que no fuera usando la aplicación.

Así que repasé los datos: más de alguna. Y es que acostumbro hacer de todo lo imaginable así que estaba difícil saber quién fue. Me enojé y escribí en los chats, no debí haber hecho eso. Me satanizaron varias personas. Total, me curé rápido y me protegí de más.

Luego entendí que dentro de los más de 10 millones de matchs diarios que se hacen en Tinder está bien clara toda nuestra soledad. A falta de estar seriamente esforzándonos por lograr una relación con futuro, preferimos el fierro caliente y el bisté asado.

Justo cuando me sentía más atado a la aplicación me llegaron dos experiencias horribles. La primera fue con la editora de una revista de modas. Estaba muy bien y nos conectamos rápido, fuimos a beber algo a un bar oculto detrás de una lavandería y después de una tragoniza nos fuimos a morder las partes en mi departamento. Para ese entonces ya había tenido problemas con la señora del aseo, me decía que mínimo aventara los condones al bote. Pero nada, entre el jadeo siempre los dejó regados por todos lados. Así que ese día me dejó el departamento bien limpio.

“No empuerque todo, joven”, me alcanzó a decir bien triste.

Entonces me trepé encima de la editora y dimos batalla como espartanos durante unas horas. Se hizo de noche y me valieron verga las luces, seguimos duro y dale, hasta que sentí demasiado mojado todo. Cuando aventé el condón a la pared, como siempre, prendí la luz y sentí la carnicería: le había bajado y así le estuvimos dando. Las sabanas las tuve que tirar, el condonazo manchó la pared con una violencia deliciosa y nuestras pieles acabaron como agua de jamaica.

Cuando me decidí a no repetir fracasos, me llegó un Match excitante: era una de 33 años, modelo del estadio de Coahuila, me decía. Chinita, morenita, sonrisota, altota, una estatua de oro. Llegó a mi depa y en veinte minutos ya estaba pasándole la lengua por todos lados. Me presumía talentos épicos derivados de su enfoque norteño ante la vida que, según ella, la hacían una especie sexual cotizada. Así que me prendí con su discurso. Seguí duro con los orales.

Cuando me tocó a mí, salió con que ella no le entraba a eso, que le daba “cosita” meterse un sable así a la boca. ¿Qué chingada madre le pasa? Andaba tan prendido que se la perdoné y decidí armar el ensarte, se tiró a la cama y se quedó ahí muerta. No había manera de moverla. Cuando le dije de a perrito dije que nel, que esa pose era muy cansada y que no era sexy. Total cogimos horrible y me quedé dormido.

Al despertar, ni me acordaba de ella. Me paré al baño y la encontré en tanga ahí en mi sala, estaba viendo Venga la Alegría, cagada de risa. Cuando le dije que qué onda, me dijo que a dónde iríamos a desayunar. El asunto no era que estuviera de invasiva, la noche anterior andaba tan prendido que no la vi bien a los ojos. ¡Era bizca! Pero no un bizco leve como el pendejo de Reik, no, esta morra traía un ojo acá en la Rockma y el otro en Iztapalacra. Me le quedé viendo tan clavado que se puso seria. Supongo que mucha gente la había visto así en la vida. Se acercó por un beso y no me moví, estaba tan petrificado por esas córneas desobedientes que no sabía ni cómo sacarla de ahí.

Le dije que tenía trabajo y contestó que no es cierto, que la noche anterior le juré que no trabajaba al día siguiente. Para sacarla rápido fingí una urgencia en el teléfono. Mientras pendejeaba como si me estuvieran llamando, sonó otro match… y luego otro. Ella se dio cuenta porque mientras veía la tele con el ojo izquierdo, me espiaba con el derecho. La apuré a vestirse y salimos del depa.

Entre esas experiencias horribles, las manchas, los bizcos, la infección culera y todo lo malo de Tinder, me detuve a analizar qué le hasta haciendo a mi vida esa aplicación.

¿De verdad la estaba desperdiciando en sexo desechable?

¿Hasta dónde iba a llegar esto?
¿Me pegaría alguna enfermedad mortal?
¿Mi morra se enterará algún día de esto?

Cuando estaba por abandonar la aplicación y empezar a calmar mi vida sexual, vibró el celular: otro match: era una canadiense a menos de cien metros de mi depa.

¡A darle!

Ilustraciones: Jorge Calderón

YACONIC

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Dekis Saavedra

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