Por Aarón Enríquez / @aaron_care

Se cumplen 20 años del estreno de una de las películas más emblemáticas para toda una generación. Trainspotting, dirigida por Danny Boyle y escrita por Irvine Welsh —un libro que vio la luz en 1993—, se convirtió en el relato favorito de todo joven noventero que buscaba una cultura alterna a la corriente principal; aspirante a ser un reconocido heredero del post punk, moderno del Special K, del éxtasis y el acid house. Feligrés de Douglas Coupland cuando no devoraba una magna obra ciberpunk o se enteraba de cómo los yuppies se convertían en metrosexuales gracias a cierta novela de Bret Easton Ellis. Un ser incomprendido que vivió la decadencia en un rave atascado de podredumbre, en el mejor de los casos, y en el peor de los mismos, hundido en un laberinto de jeringas, ligas y drogas duras; entre supositorios de opio, poppers, sudor compartido y éxtasis. Mucho éxtasis.

Qué retrato más poético para un joven perteneciente a una generación marcada (al menos en México) por el divorcio de sus padres, la caída del sistema, la devaluación de 1994, la entrada del neoliberalismo, el primer MTV, un invento futurista llamado internet, pero sobre todo un desencanto y una melancolía que lo urgían a ser diferente, a vestir distinto, a hablar de manera única, a buscar otra literatura,  escuchar otra música y probar todas las drogas que se estuvieran inventando al momento. Esto mientras sus padres le exigían que, por amor de Dios, encontrara pronto un trabajo digno con el cuál sobrevivir en la selva de asfalto a la que fue arrojado sin piedad.

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Una de las lecciones que hemos aprendido, tanto nuestros abuelos (papás del joven “X” sin aparente identidad, hoy convertido en nuestro padre), como nosotros mismos hoy en día, es que Edimburgo, con todo y sus hooligans y su jerga inentendible, puede no estar tan lejano a nuestras propias tierras como alguna vez se pensó. Y que el mundo puede explicarse a través de la voz de un hooligan punketo aspirante a clasemediero, que demuestre suficientes ambiciones literarias (tal como lo hizo Welsh). Todo esto siempre y cuando exista música de por medio. Trainspotting fue para la Generación X el despertar de nuestra conciencia global, en forma de novela de culto, con cara de Ewan McGregor y voz de Iggy Pop.

No hay que dejar de reconocer la expectación que genera, aun para los millennials, la segunda parte de este clásico intergeneracional, que se está terminando de cocinar ahora mismo. Un filme basado en la novela Porn, con la que Irvine retomó a los entrañables Spud, Begbie, Sick Boy y Renton, a fin de situarlos en nuevas situaciones unos cuantos años después. Nos interesa el contexto, nos inquieta darle seguimiento a las vidas de los personajes, morimos por saber qué fue de Renton, cómo le irá a Sick Boy en el negocio del porno, si tienen novias, si se casaron y si lograron dejar el hábito finalmente; pero lo que verdaderamente carcome hasta el tuétano de nuestro más recóndito rincón de intriga es: ¿qué demonios tendrán estos angelitos en el playlist más escuchado de sus celulares hoy día?

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Porque hay que reconocerlo: El señor que añora todos los días salir de la oficina para llegar a beber cerveza sentado en el sillón y escuchar los comentarios repetidos de José Ramón Fernández en ESPN, algún día fue joven, buscó su propia identidad y terminó por encontrarla con ayuda de Lou Reed o mientras bailaba alguna canción de Underworld. Tenía tan claro como nosotros que el mundo se explica a partir de lo que consumen nuestros oídos. La música como umbral del conocimiento universal y reflejo de nuestros hábitos y costumbres. Hacer un ejercicio imaginario de lo que traerían en sus playlists de Spotify los antihéroes consentidos de los noventa, quizá sirva para entender la forma en la que esta obra de arte rompe con las barreras generacionales de forma tan implacable. Al final, tal vez la brecha no sea tan amplia… o sí.

Begbie: Violento por naturaleza, un verdadero Neanderthal de joven y de adulto un ex convicto psicopático sin escrúpulos que nunca cambió. Su playlist seguiría teniendo a The Skids, Siouxsie And The Banshees, una selección de éxitos de Shakira, incluida “Hips Don’t Lie” (aunque su favorita es la que tiene con Pitbull), reguetón furioso y éxitos de los dosmiles que escuchó en prisión, muy en el mood “Du Hast” de Rammstein.

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Spud: Con el cerebro frito por las drogas, no tiene mucha idea de lo que sucede en el mundo musicalmente pero le sigue gustando el acid house; aún se pone contento cuando escucha “We Like The Party” de Vengaboys y “Barbie Girl” de Aqua. Identifica “We Are Your Friends” de Justice y fantasea con cantarla con sus amigos en alguna reunión en la que todos coincidan. Por eso la conserva en su teléfono. La joya de su playlist es “Midnight in A Perfect World” de DJ Shadow, no sabe cómo llegó a él pero le ha regalado los mejores viajes de su vida.

Sick Boy: Convertido en un verdadero playboy, todas las mañanas se levanta escuchando el “I’m Too Sexy” de Right Said Fred, que tiene como despertador. Le encanta The Streets y Sleaford Mods, estos últimos famosos por haberse ganado una nominación a la peor banda del mundo por NME; escucha clásicos de Northern Soul que lo hacen ponerse “a tono” con las chicas y sus himnos favoritos de los recientes años son “In The Heat of The Moment” de High Flying Birds y “Do I Wanna Know” de Artic Monkeys.

Renton: Dueño de un pub en Leith, lejos de las drogas y la vida de paria, aunque con varias cuentas pendientes, se pasa flotando en la mediana edad escuchando cantautores cool, cosas como Ben Watt, Tracey Thorn y Darren Hayman; repite cada que puede “GMF” de John Grant y tiene un crush imposible con “Timeless” del The Colour in Anything de James Blake, quizá el que más dignamente ha crecido de los cuatro.

Nota: Todos siguen escuchando a Iggy Pop. Spud no sabe que este año salió el Post Pop Depression, pero cada que suena una canción de él en sus descubrimientos semanales, esboza una sonrisa de satisfacción.

Editor Yaconic

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