Para Jorge Bolado

y los hijos del séptimo arte.

Por Juan Carlos Hidalgo* / @eternautafugado

Y sí, la culpa fue de J. de Los Planetas al componer “Un buen día” y la otra mitad de Gaizka Mendieta por meter aquel gol prácticamente increíble. Uno se podía dejar llevar por igual con aquella melodía juguetona que servía de base para un día entero de birras y rayas, pero también alucinar con el poema de anotación que el del Valencia marcó en la final de la Copa del Rey al Atlético, en el 99. Todo ocurrió en el área grande. Comprensión del espacio, sentido de la tridimensionalidad, técnica sublime y ejecución letal. Jalar el balón de espalda a la portería. Tocarlo de aire y girar, para luego liquidar con un disparo inapelable.

Un momento insólito de plasticidad que va más allá del futbol: una puesta en escena de un cuerpo desplazándose a gran velocidad sometiendo un balón a sus designios. Una forma de arte destinada a seducir masas. Pop art hecho en zapatos con tachones y pantalones cortos.

Desde entonces no he podido distinguir diferencia entre música y futbol. Es un binomio indivisible para mí. Una dupla indisoluble. Cada maniobra tiene su banda sonora, cada estrategia ocurre con un ritmo específico. Y lo más importante, la manera en que cada uno de los jugadores se desenvuelve está relacionada íntimamente con una música en específico, incluso con un artista particular.

Es lo mismo cuando juego en el llano que cuando miro la televisión. No importa ser amateur si asumes cada partido con total entrega y convicción. Es por eso que casi no hablo mientras transcurre el cotejo, algo que no dejan de reclamarme mis compañeros. Me concentro más bien en el desarrollo del encuentro y en ir montando una playlist infinita según los acontecimientos.

Hay partidos tozudos, ríspidos, que son puro punk. Alguna vez si se desata la bronca hay mucho heavy metal de por medio. Recuerdo un final con una barrida por detrás y luego, entre el tumulto, un codazo artero. Parado en la línea de banda escuchaba claramente un par de éxitos de Motorhead en mi cabeza.

Es como estar en una realidad alterna, en una dimensión desconocida de esfuerzo físico, dominio del balón, acordes y notas cambiantes. Es un asunto muy difícil de comunicar. Una vez, viendo en acción al Manchester City —los Citizens—, tenía la premonición de que aquello me llevaría a The Stones Roses —más sofisticados, intrincados y deliciosos—; esperaba que en ningún momento apareciera el vínculo con los barriobajeros de Oasis, taberneros sin mayor trascendencia que alguna buena melodía.

El asunto es que Yaya Touré dio un partidazo. Controlaba el medio campo con los movimientos de una pantera. Posee mucha fuerza y ubicación, pero no se movía según ritmos que tuviera bien identificados. Al terminar el partido tuve que buscar algo de música africana. Me di cuenta de que el afrobeat le sentaba perfecto. Tiene mucha plasticidad y no le falta energía. Touré bien puede ser un equivalente futbolístico a lo que hacía Fela Kuti. Creo que además de sus condiciones atléticas, al desplazarse según otro patrón rítmico obtiene una ventaja sobre sus competidores.

tratame suavemente juan carlos hidalgo

Unas horas más tarde caí en la cuenta de que la selección alemana siempre avanza como un tanque Panzer; seguro que la guerra relámpago sobre el césped va con ese toque marcial de Rammstein. Una combinación entre brutalidad y precisión militar. Embestir como si fueran máquinas perfectas e indestructibles diseñadas para triturar cada hueso de los rivales. Aparte de Karl-Heinz Rummenigge o Pier Michael Littbarsky, que eran unos artistas, a todos los demás cuesta diferenciarlos. Máquinas destinadas a matar —como un portero que era una bestia— tan sólo repitiendo: “Du hast, Du hast” y cuando te das cuenta ya tienes cuatro goles en contra.

No es difícil entonces relacionar a un equipo y sus jugadores con algún famoso que sea hincha. Uno puede mirar los partidos en Stamford Bridge, en los que casi siempre gana el Chelsea, y encontrar un vínculo entre lo que hacen John Terry y Frankie Lampard y las canciones de Blur. Una terna tan británica, tan sustentada en el esfuerzo, pero que no carece de solvencia técnica y hasta de inspiración. Ellos representan algo de la Cool Britannia; no son hooligans barriobajeros, tienen clase y brillantez.

Todo lo contrario a la arrogancia de Nicolas Anelka, un jugador que se siente superior a los contrarios —como el sueco Zlatan Ibrahimovch— y aunque tal vez lo sea no demuestra que corra sangre por sus venas. En exceso calculador y cerebral, como si estuviera dando un concierto de minimalismo. Notas sueltas de John Cage o Brian Eno flotan a su lado mientras se desplaza por la banda. En la mayoría de las veces consigue su objetivo, pero aun así la tribuna no se le entrega con ahínco. Cumplir con solvencia profesional no quiere decir que se acerque a una forma de arte.

Lo más contrastante en un mismo equipo es que distintos jugadores vayan a su aire y con temperamentos disímiles. Didier Drogba —el marfileño— desplegaba un instinto salvaje, una sensación primigenia y tribal al momento de posesionarse del área rival y anotar muchísimos goles para el Chelsea. No es sencillo ponerle música a sus desplazamientos. Algo hay de James Brown y su funk desbordado. A veces se acerca a lo mejor de Miles Davis. Sin faltar que pareciera montar en Londres cantos ancestrales extraídos de rituales inmemoriales.

A fin de cuentas se trata de la misma liga en que años después Gareth Bale —el expreso de Cardiff— maravillara con sus largos recorridos por las bandas a máxima velocidad, como si fuera montado en un filoso riff de guitarra de los Manics Street Preachers. Eso cuando enfilaba sin detenerse, pero su fama también se debe a su enganche hacia dentro. Un recorte cercano a la maraña eléctrica de Gruff Rhys y los Super Furry Animals. Es una lástima que no haya coincidido con los mejores años de Ryan Giggs, del Manchester United. Hubieran dado pelea para que Gales pudiera trascender.

Pero el futbol es poco complaciente. Casi nunca cede a los caprichos de los espectadores. Por eso nadie puede olvidar a la selección brasileña del Mundial de 1970. Un once talentoso a raudales, hasta en el más limitado. Tostao, Gerson, Rivelino, Carlos Alberto y, por supuesto, O’ Rey. Un Pelé tan fantástico al que cuesta imaginar con música, aunque todo en él y sus compañeros es carnaval, samba exquisita y el cambio de ritmo de la bossa nova. Instantes de remanso cadencioso para luego romper con una jugada virtuosa llena de fintas, quiebres y un terminado igual de fino, con un tiro con muchísimo efecto o tan sólo empujar el balón después de un sombrerito.

Claro que esas hazañas uno las ha aprendido en la televisión, ver una y otra vez a esos maestros del balón y su seducción verdeamarela. Algo muy distinto a lo que ocurrió con Maradona y toda su carrera, hasta alcanzar la gloria máxima en México 1986. Con el tiempo he llegado a una conclusión inapelable: Maradona es el nombre de un tango.

La tragedia encarnada y la expresión más alta de su disciplina. Como Carlos Gardel, como Camarón de la Isla. Otro Acorazado de Bolsillo, como le llamaron al portugués Ruy Barros. ¿Cómo habrá sido jugar con Maradona? ¿Te pondría nervioso recibir sus pases milimétricos? ¿Soportar sus regaños? Nadie desconoce su lado de rock chabón, barrial. Maradona también es una canción de Patricio Rey y sus Recónditos de Ricota, de Almafuerte. Una expresión llegada de las zonas periféricas destinada a seducir a las masas. Tal como el tema de Los Piojos que lleva por nombre su apellido: “Dicen que escapó de un sueño en casi su mejor gambeta”.

Debo confesar el respeto que le tengo a Valdano; nadie debía de escatimar su sabiduría, no sólo por enseñarnos a contar y pensar el futbol, sino por su elegancia para moverse en el terreno de juego, como una gacela, como un antílope, y pensar antes que cualquier rival. Si le pongo canciones actuales a sus movimientos acompasados, nada mal le viene lo que hace Rufus Wainwright o un grupo como Django Django, aunque siempre termino por asociarlo con “El pequeño vals vienés”, en el que Leonard Cohen encuentra la poesía de Federico García Lorca y con El concierto de Aranjuez, que nada tiene que ver con el rock o la música pop, pero que desparrama prestancia y altivez.

Con el tiempo hay que decir que primero se pareció a Valdano, otro compatriota. Fernando Redondo se plantaba como un mariscal de la media de contención, a diferencia de Claude Makelele, que era un depredador. Redondo enviaba versos en lugar de pases, a veces demasiado barrocos y menos contundentes como los que han llevado a Iniesta y Xavi a la gloria máxima. Ellos juegan con la diversidad y el genio de The Beatles. Pura trigonometría aplicada.

Pero antes de clavarme en los rojos del Liverpool o en las hazañas del Barcelona de los últimos tiempos, me viene a la mente uno de los jugadores más atípicos de los últimos años: Eric Cantona. Un francés demasiado parecido a Serge Gainsbourg por lo mucho que le gustaban la vida nocturna y los excesos. Cada vez que salía a la cancha ataviado con la del Manchester aplastaba a los rivales, era una aplanadora con tremenda potencia, pero también con mucha visión de campo. Forcejeo y pases bien puestos. Jugaba como si tuviera a los Buzzcoks por dentro. Puro “Teenage kick”, de The Undertones para los rivales, y tanta malicia como la que Mark E. Smith pone en las canciones de The Fall. Pero ahora que retomo las glorias de los de Old Trafford, cómo olvidar los buenos momentos de David Beckham, siempre recriminado acerca de si era demasiado guapo para jugar o si era más modelo que futbolista —Cantona le hubiera puesto una chinga aun en el mismo equipo.

El caso es que el rubio apolíneo trazaba unos pases larguísimos como si se tratara de una obra de arquitectura de vanguardia. Cada cambio de juego parecía un puente de Santiago Calatrava. Lanzaba balones con la elegancia que sólo se parece a los temas de Suede. Una prueba irrefutable de que también hay algo de sex appeal en el futbol.

Aunque no todas las leyendas provienen de una estética sofisticada. Algunos tipos con pintas menos llamativas llevaron este deporte a otro nivel. Fue en el Mundial del 78 —la quinta vez que vimos el Mundial, diría Calamaro— que nos maravillamos con la Naranja Mecánica. Johann Cruyff movía a su oncena en lo que parecía total anarquía —todos defendían, todos atacaban—. Un ejercicio de máxima organización que en aquel momento parecía tener una sinfonía de las películas de Kubrick de fondo, pero estábamos equivocados; con los años comprobé que aquel equipo funcionaba como las piezas de Kraftwerk: total precisión, ritmos motóricos. Ciencia que también es arte, que también musicaliza a uno de los países más civilizados del mundo. Unos alemanes marcando el pulso de la selección de Holanda. Vaya contradicciones que suelen ocurrir.

¡Qué diferencia cuando jugaba Michel Platini! Desgarbado, con la medias caídas, sin espinilleras. La camisa de fuera y sin una pinta atlética; más bien un bohemio de ciudad haciendo suya la media cancha. ¡Y es que era un genio! A veces tan lento como cuando cantaba el belga Jacques Brel; otras veces sinuoso y abigarrado como Gainsbourg, y al final una saeta driblando rivales. Dominique A. le debió aprender mucho de los cambios de ritmo. ¡He allí el secreto! Primero trasponer la mitad de la cancha casi caminando, como siguiendo un vals, para terminar casi frenético —como lo que hacía Indochine; un poco punk, un poco new waver.

Le faltó terminar sus hazañas siendo campeón del mundo. Como sí lo hizo Zidane, pero en aquel equipo estaba también Youri Djorkaeff. Una Francia llena de migrantes que a veces jugaba tan sofisticada como Björk —que no es francesa— o como un híbrido de tradición y modernidad a lo Balkan Beat Box o Caravan Palace. El más excelso mestizaje.

Zidane y compañía eran la versión moderna del jazz manouche de Django Reinhardt. Zarpazos electrónicos al servicio de un pasado balcánico o árabe. Un placer exótico que combinaba perfecto con la apostura de Laurent Blanc o Didier Duchamp.

Platini siempre fue un ideal para mí, pero quiso el destino que no me tocara armar, sino que la mayoría de los entrenadores me pusieran a defender. Durante mis horas en la cancha tengo que enaltecer a la media de contención. Y para eso existe un puñado de grandes héroes, de referencias obligadas.

A nivel local, uno quisiera haber tenido los siete pulmones de Pedro Nájera, la perseverancia de Toño De la Torre y lo incansable de Cristóbal Ortega cuando dejó de ser extremo y lo bajaron a perseguir rivales. Años de gloria para el americanismo.

Pero no es en las figuras del futbol de acá en las que uno deposita las ilusiones —además de que es difícil ponerles música—, la mente y las canciones vagan más por las canchas europeas. Allá donde el Cholo Simeone libró sus grandes batallas —a la altura de un Cid Campeador pambolero.

Ese hombre era otra cosa. Nadie mejor que él para transmitir la cultura del esfuerzo. Puedes no ser el más dotado, carecer de una técnica suprema y aun así imponerte a todo tipo de obstáculos. Ya desde cuando era jugador lo relacionaba con lo que hace Primus, pero al final, en especial hoy que es entrenador —todo vestido de negro a lo Johnny Cash—, se parece más a Tom Waits. Las canciones del de California están habitadas por outsiders, por seres que se salen de la norma. Y así era Simeone, empujaba con fuerza, se anticipaba al contrario. No dejaba de incomodar un solo momento y casi a mordidas disputaba cada balón dividido.

Los exquisitos podrán decir que le faltaba arte —tal vez sea un poco cierto—, pero el Cholo representa esos combates de barrio, esas pequeñas batallas de épica en miniatura que sumadas ayudan a ganar la guerra. ¿Cuál era su mejor enseñanza? Que aplicaba bien aquello de 99% transpiración, 1% inspiración.

Apenas unos pocos años lo separan de otro contención que dictó una cátedra similar. Hubo un tiempo en que Brasil necesitó aprender a meter la pierna —como alguna vez lo hiciera Clodoaldo y luego se olvidó— y no atenerse a la magia grande al estilo Edson Arantes, Zico o Ronaldinho. Dunga era un perro de presa suelto en los alrededores del círculo central.

Mucho músculo, reciedumbre —como el Cholo— y la sapiencia absoluta para entender la hora de retener el esférico. El medio de contención, más que nadie, tiene que comprender los tiempos de un partido. Dunga era un gran mariscal, pero con esencia callejera, nada de la solemnidad germana al estilo Franz Beckenbauer —cuando lo adelantaban—; al final muy efectivo pero tremendamente frío, glacial.

Nada que ver con otro carioca que sabía defender a la vez que construía el juego con total sabiduría, algo que llevaba hasta en el nombre: Sócrates. Sus padres quizá homenajeaban al filósofo sin pensar que aplicaría sus preceptos desplazándose sobre un empastado y jugando futbol. El Doctor, a diferencia de los pendencieros del medio terreno, tenía un gran porte —elegancia que luego retomaría Fernando Redondo.

Lo suyo era anticipar la posición ideal para colocarse y el sitio adonde arribaría el balón. Viéndolo jugar uno podía creer que tenía el don de la predicción. No tenía que desgastarse ni entrar en una pelea de estibadores.

Porque eso es lo que hace Steven Gerrard cuando se pone la casaca roja del Liverpool, y menos en su casa. En Anfield nadie puede toserle siquiera. Él es el que manda y pareciera que trae un cuchillo entre los dientes. Procede de una estirpe de marineros, de gente de puerto acostumbrada a los grandes esfuerzos. No parece demasiado corpulento ni tiene un aspecto atemorizante. Es un inglés rubio que no tiene miedo. Sabe que tiene que hacer un trabajo y se limita a llevarlo a cabo. No es el más alto, no es el más rápido, pero es el más decidido.

Nos hizo saber que el aspecto no lo es todo. Tampoco es que tengas que parecer delincuente para que la gente sepa quién manda —al interior del campo y en la tribuna—. Otros sí que imponían tan sólo de verles la cara y esa mirada de asesino serial.

Tiene un lugar aparte Genaro Gatusso. Los italianos defienden como nadie. Se pertrechan y tienden un cerco inexpugnable. Nadie pasa. Entre tantas piezas destinadas a perseguir, robar balones y dejar el físico hasta el último aliento el mediocentro de contención tiene que ser un tipo excepcional. Un ejecutor, alguien implacable que seque definitivamente al cerebro del equipo contrario; que no lo deje hacer, no lo deje pensar; que no le permita estar a gusto en el mismo partido. Un incordio consumado.

Tener a Gatusso era como agregar a un gatillero de la mafia a la alineación. Infundía miedo al instante en que lo veían resoplar antes de que se pusiera la pelota en juego. Se atusaba su densa barba negra sin mostrar la menor señal de preocupación. Incluso no parecía que fuera alguien violento, pero todo cambiaba en cuanto el silbato marcaba el toque inicial. Un pura sangre azabache cabalgaba por la pradera para presumir su estirpe, porque eso es lo que tiene la contención; se tiene que pertenecer a un cofradía, a un clan selecto, a una orden de gente discreta que no cosecha los aplausos y se conforma con hacer el trabajo sucio.

Pocos han sido los que además de destruir poseen un sentido especial para provocar el jogo bonito. Uno de ellos era de un talento poco común: la Bruja Verón. Combinaba la tenacidad de los marcadores más aguerridos con el talento de un creativo. Digamos que pensaba y jugaba por dos. Quitaba balones por doquier e inmediatamente sabía qué hacer con el balón. Conseguía filtrarlo con exactitud por lugares inesperados. Al delantero no le restaba sino dar el pase a la red.

Con su look de pirata daba la impresión que se dedicaría al abordaje de naves contrarias únicamente, pero al verlo trazar en largo o bien poniendo tantísimos pases previos al toque de gol supimos que ese hombre tenía la mente de un Charles Xavier con barba de candado; hacía que los demás fueran sus Hombres X y desplegaran superpoderes que sólo eran imaginables en su compañía.

Las medias bajas, el cráneo rapado y, fuera de la grama, un arete de gran tamaño. Demostró siempre muchísimo juicio e inteligencia. Un futbolista más allá de lo normal. Comprometido con el pasado, orgulloso de su estirpe. Semana a semana no se cansaba de brindar encuentros memorables. Regatear a dos o tres, después de arrancar el esférico sin que el contrario se diera cuenta y antes de ponerlo en el sitio definitivo para que alguien más llegara a anotar.

Verón nos hizo ver que aun al momento de contener y presionar importan las formas. Era un esteta con alma de corsario. Fiero pero elegante, en eso se parece a el Profesor.

A Xabi Alonso le deberíamos hacer un monumento, uno grande. Pocos como él han contribuido tanto para enaltecer el juego —casi como un ajedrez que se juega con los pies—. Lo mismo con el Liverpool que con el Real Madrid, en ambos tenía el don de la ubicuidad; aparecía en todos lados como un fino carterista que despoja al incauto sin que éste lo note.

Su visión periférica casi no tiene parangón. Sabe qué hacer en cualquier situación por muy apremiante que sea. Controla, ordena, distribuye y, si hace falta, tira de larga distancia o a balón parado. Imparte cátedra un día sí y otro también, y lo mejor es que siempre ha dejado claro que lo suyo es el indie. Aparece en festivales, se da tiempo de ir a conciertos.

Tu música expresa la manera en la que vez la vida. Alonso no es alguien del montón. Cuando uno está en el llano intenta imaginar que juega en Bernabéu y que lleva su camiseta puesta. Así las batallas entre polvo y ventarrones se convierten en épicas si piensas que suena Arcade Fire de fondo. Lo pequeño puede convertirse en grande.

El anhelo es que el partido sea un placer tan intenso como cuando escuchas un álbum de principio a fin; cuando dejas correr las canciones sin interrumpirlas y se produce un influjo que coloca al cuerpo en otra sintonía.

Silba el árbitro y tú aflojas el cuerpo. Bajas las medias, te limpias el sudor y, si es que hubo suerte, felicitas y abrazas a algunos de tus compañeros. El concierto ha terminado y todavía suena la melodía en tu mente. Dentro de un rato continuará otro sábado de cervezas y estimulantes. Sonarán muchos temas y en algún momento regresarás a “Un gran día”. Ni duda cabe, toda la culpa es de Gaizka Mendieta.


*”La culpa es de Gaizka Mendieta” forma parte de ‘Trátame Suavemente’, el más reciente libro de cuentos del periodista, escritor y crítico Juan Carlos Hidalgo (1948), un verdadero polímota pop.

‘Trátame Suavemente’ fue editado en la colección ‘Tinta Sonora‘ de la revista Marvin. Se trata de una saga de “Jóvenes escritores que corren riesgos narrativos y apuestan por enfrentar la escritura con nervio y entera libertad.” Junto a ‘Fuck me Nancy’, de Arturo J. Flores, y ‘La balada del testaferro’, de Paul Medrano, ‘Trátame Suavemente’ se presentará el jueves 8 de marzo en Valinat Pub, en Ciudad de México. AQUÍ los detalles.

Editor Yaconic

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