Por Víctor Santana

¿Qué es un intelectual? Alguien cuyas opiniones son importantes para los demás. Ya sea un defensor de causas, una visionaria, un ideólogo o una crítica del estado de las cosas, su prestigio suele estar precedido por méritos artísticos, académicos, políticos, militares, deportivos, religiosos, o reincidencia mediática.

¿Qué es un best seller? A veces un libro que vende muchos ejemplares; otras una variedad de temas y formas textuales. Historia de dos ciudades, de Charles Dickens, es un best seller, así como casi cualquier libro sobre templarios, reptoides, illuminatis, amoríos del jet set en los que el dinero no importa, intrigas vaticanas, monjes que venden sus Ferraris, sabiduría tolteca aplicada, niños índigo, aforismos reconfortantes y quesos robados.

¿Qué es tres? Un número natural; primo. La suma de los números naturales que lo preceden. El segundo número triangular. El cuarto lugar en la Sucesión de Fibonacci. El número que se evidencia en la suma de los dígitos de sus múltiplos (cualidad que hereda a su cuadrado, el nueve, y que hace pensar en la posibilidad de que el sistema decimal no sea tan fortuito, sino que nos fue dado y que su origen nada le deba a los cinco dedos en cada mano; o que, y esto es más atemorizante, tengamos cinco dedos en cada mano por alguna razón). El mínimo de puntos de apoyo para sostener el equilibro y para crear una composición o, como en este caso, un canon.

superacion personal

¿Qué es no apto para? Un lugar común de la publicidad que no debe tomarse seriamente como advertencia: decimos no apto para cardiacos pero jamás no apto para celiacos, decimos no apto para mentes impresionables pero nunca no apto para alérgicos. Una apuesta al atrevimiento y una invitación a la lectura que, como esta introducción, a veces parece necesaria para atraer la atención sobre lo que está oculto a la vista de todos. Porque cualquiera puede ponerse el monóculo y hablar mal de Mitch Albom, Jean M. Auel, Jeffrey Archer, Richard Bach, Salvador Borrego, Joan Brady, Dan Brown, Jorge Bucay, Jack Canfield, Dale Carnegie, Barbara Cartland, Deepak Chopra, Agatha Christie,
Paulo Coelho, Suzanne Collins, Michael Connelly, Stephen R. Covey, Miguel Ángel Cornejo, Alex Dey, Robert Fisher, Ken Follet, Elizabeth Gilbert, John Gray, John Green, John Grisham, Mark Victor Hansen, Louise Hay, Napoleon Hill, David Icke, E.L. James, Spencer Johnson, John Katzenbach, Stephen King, Jeff Kinney, Robert Kiyosaki, J.Z. Knight, Grace Metalious, Stephenie Meyer, James Patterson, Luis Pazos, Norman Vincent Peale, Anne Rice, J.K. Rowling, Miguel Ángel Ruiz Macías, Carlos Ruiz Zafón, Carlos Cuauhtémoc Sánchez, Robin S. Sharma, Sidney Sheldon, Benjamin Spock, Danielle Steel, R.L. Stine, Corín Tellado o William Paul Young; pero nadie (al menos nadie cuyas opiniones me importen a mí y a alguien más) menciona nada respecto a los tres best sellers que compré en mi tour por las librerías de Cancún.

***

La primera mañana que desperté en el Westin las persianas estaban corridas y el aire acondicionado a tope. Me bajé de la cama descalzo y la temperatura del piso me apuró a bañarme. El chorro de agua, mucho más potente que el de la regadera de mi depa, me dobló la nuca. Con la boca abierta y los ojos cerrados intenté concebir un plan más económico que la hamburguesa con queso azul y tocino de trescientos cincuenta pesos, el pay de manzana de doscientos y las dos cervezas de cien que había consumido la noche que llegué.

Las toallas acolchadas e impolutas en nada se parecían a las de mi depa, siempre humedecidas, aunque las cuelgue un día completo en la azotea. En mi depa tampoco hay jabones en forma de hoja de arce, botecitos de champú (no hay champú), un espejo grande, papel de baño caro (sobreviví las últimas treinta y dos horas con Servilletas Kleenex Class) o lustrador de zapatos. Y la austeridad hace consciencia de clase, aunque esté engordada con quesabritas, quesadillas callejeras y cigarros. Sin perspectiva de recuperación la próxima quincena, estaba impedido a golfear en el hotel. Mi ambición de trophy wife me va a llevar al buró de crédito, pensé cuando me puse el primer calcetín.

Salí del Westin y tomé un camión. Me bajé frente al Hooters y me asomé a un centro comercial donde estaba un Carlos’N Charlie’s. Crucé la calle y entré al Señor Frogs. Aunque la decoración parecía el resultado de un paquete bomba en el estudio de Keith Herring, me senté en la barra y pedí una cerveza. Abrí el menú y mis ojos se fueron directo sobre el taco bowl y sin pensarlo dos veces lo pedí. Busqué en Google la foto de Donald Trump con su taco bowl y memoricé la composición. Cuando el mesero volvió con el mío le pedí que me tomara una foto. Le indiqué a qué altura debía pararse y él subió las pupilas, aparentemente molesto porque no me hubiera hecho una selfie. Pero debían tomarme la foto, sino fallaba el ángulo, la perspectiva, la posición de mis manos.

La foto quedó bien, pero el taco bowl fue un desastre: bajo la capa de fajitas de pollo, crema ácida y pico de gallo había una insulsa ensalada de lechuga con aderezo mil islas. Pagué y salí a tomar el autobús. Le whatsapeé la foto a Antonio y no respondió nada, a pesar de que estaba conectado.

Hice la parada en Plaza las Américas y entré a Gandhi. Revisé a consciencia los anaqueles y las mesas de novedades porque nunca se sabe: hasta en la sección de libros de Costco se esconden hallazgos inexplicables. Siempre hay un excedente. Algo escapa a los mecanismos de distribución editorial. Podrán cooptar a las mesas de novedades; pero en los cajones apolillados y detrás de los anaqueles herrumbrosos brotan libros descatalogados.

El saldo de la búsqueda fue pobre: quise llevarme los cuentos completos de Mark Twain y La náusea. El de Twain era novedad, pero fácil de conseguir, y La náusea ya lo tengo, en Editorial Época de pasta dura y papel reciclado, con cubierta Powerpoint ilustrada con un abismo rojinegro de fondo amarillo existencial. Mi ejemplar está puteadísimo y ya perdió la cubierta. Lo quería releer, pero no me permití el gasto superfluo.

Junto a la caja vi un anaquel movible repleto de libritos de superación personal. Me acerqué y vi la portada del ojo azul grafiteado sobre una pared de ladrillos: El esclavo de Anand Dilvar. “¡Más de un millón de ejemplares vendidos!”

el esclavo

Mi impulsividad no alcanza para entender por qué lo compré. Fue la toma de consciencia de haber convivido más de una década con ese libro omnipresente y multiformato sin haberle dedicado atención. Y si se acepta la cursilería más extrema como atenuante del consumismo, también participaba mi deseo de conocer al otro. Y cuando hablo de el otro no me refiero a los coolhunters de tus redes que postean citas de los libros de Banville, Danielewski, Ferrante, Franzen, Knausgård, Krasznahorkai o Vollmann que no se han traducido al español, pues esas lecturas monumentales y desafiantes te sirven para conocerte a ti mismo (como gran lector) o ser conocido (como gran comentarista de posts o, por lo menos, ante ti mismo, como dador de likes informado). En México, para conocer al otro (al que es realmente otro) a través de la lectura de un mismo libro, me pareció entonces, tenía que ir al Starbucks del centro comercial, pedir un moka alto y sentarme a leer El esclavo.

***

El narrador de El esclavo yace en coma y consciente en una cama de hospital. Esperanza, la enfermera a su cargo, lleva en el nombre la penitencia: anhela que el narrador se recupere; le hace plática para que no pierda contacto con el mundo. Una voz en la cabeza del narrador se propone darle lecciones de vida en preparación a la muerte. Al principio la voz es severa, luego se torna sarcástica, y en la segunda mitad del libro ya sermonea desganada. Le dice al narrador que debe perdonar a sus padres porque sus errores son heredados, y el consejo resulta terrible cuando los padres del narrador lo encuentran en el hospital: ellos se culpan del destino de su hijo y el narrador quisiera abrazarlos y pedirles perdón. Su novia, embarazada, va a visitarlo y le reclama que se embriagara, tomase dos pastillas azules, subiera a un carro con su amigo y sufriese un accidente automovilístico. Como la voz ya le había quitado al narrador la soberbia con la que trataba a su novia cuando podía moverse, ahora siente vergüenza y pena.

El día que nacerá la hija del narrador un médico y una enfermera entran a su habitación y planean desconectarlo para venderle sus riñones a una desahuciada del hospital. Para no levantar sospechas, deben apagar cada hora uno de los siete interruptores que lo mantienen con vida. Seis horas después, cuando la vida del narrador pende de un interruptor, entran al cuarto sus padres con la nieta recién nacida. La impresión hace al narrador salir del coma y tener una recuperación acelerada. Días después le insinúa a la enfermera que quería quitarle los riñones que está al tanto de sus actos, y ella y el doctor cómplice huyen. Esperanza no existía: la había imaginado el narrador, lo mismo que la voz, que se despide de él asegurándole que en silencio lo acompañará el resto de su vida. El narrador se casa con su novia y aprende a disfrutar la vida austera: “encontramos ahora la felicidad en las cosas más simples”.

Me levantó el hambre. Y en mi errancia hacia una comida corrida de precio módico me repetí que yo también podía ser feliz con una vida sencilla. Me detuve frente a un Applebee’s, justo adonde iría el viejo yo, el que no había leído El esclavo y llenaba sus vacíos con costillares. Me alejé dos cuadras y encontré una librería Porrúa. Ya no la revisé con el ahínco que le metí a Gandhi, pero en el segundo piso me acerqué a una torre de ejemplares de la 57a reimpresión de Un mexicano más de Juan Sánchez Andraka. Editado por Costa-Amic, una editorial hoy casi desconocida pero que se encargó de las primeras ediciones de El señor presidente de Miguel Ángel Asturias y Picardía mexicana. Hoy se sostiene con de best sellers secretos. Pagué el libro y volví al Applebee’s. Pedí Baby Back Ribs y leí Un mexicano más.

un mexicano mas

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Publicada originalmente en 1966, cuando Sánchez Andraka tenía veinticinco años, Un mexicano más es una bildungsroman nacionalista en la línea de Las buenas consciencias (1959) de Carlos Fuentes. El estilo de Fuentes supera con creces al de Sánchez Andraka, pero el itinerario del protagonista, Antonio Mendoza, resuena más en el presente del país que los sinsabores del wertheriano Jaime Ceballos de Las buenas consciencias. La intuitiva rebelión adolescente que Antonio Mendoza emprende contra el dogma católico se convierte en un recorrido por las instituciones simbólicas, fácticas y estatales que acabarán por corromperlo. Sánchez Andraka no dubita al señalar al PRI (apenas disfrazado de “el partido”) como el operador central de la ilegalidad, la injusticia y la cultura opresiva. A  excepción de un maestro normalista, nadie se salva de las prácticas nocivas de origen sistémico. Quizá ese personaje baste para que la izquierda relea a Sánchez Andraka y reconozca la antigüedad del sujeto actual del cambio histórico.

No pedí postre y terminé de leer el libro al tercer refill de limonada mineral. Entré a Facebook y revisé las publicaciones de un chat colectivo que tengo silenciado, y después, por un error de dedo embarrado de BBQ, abrí la página donde había buscado la foto de Trump y leí el tweet que la acompañaba: “Happy #CincoDeMayo! The best taco bowls are made in Trump Tower Grill. I love Hispanics!” Pensé reenviarle a Antonio mi foto a lo Trump, ahora como meme con el mensaje “Happy #CincoDeMayo! No, mejor “I love Hispanics!” Pero no mandé nada porque la voz en la cabeza del narrador de El esclavo me recordó que solo yo era responsable de mi propia felicidad. Busqué información sobre Anand Dilvar y descubrí que en realidad se llamaba Francisco Javier Ángel Real y había sido alumno de Osho. Y ahí estaba el problema de la medianía y la conformidad, y lo que yo necesitaba era una ética protestante.

***

Busqué en Google Maps “librerías cancún” y me di cuenta de mi error:

cancun tres best sellers

Para recorrerlas todas, en lugar de caminar de Gandhi a Porrúa debí enfilar hacia el Este y detenerme en la Iztaccíhuatl, luego seguir derecho a las dos sucursales de Librerías Dante, subir a Gonvill y EDUCAL, y ya después llegar a Porrúa.

Caminé hacia la Librería Universo Siglo XXI y a media cuadra del Mercado 28 encontré una angostísima librería de viejo entre puestos de artesanías, camisetas y tu nombre en un grano de arroz. En la mesa central reposaban el inencontrable Camino a casa de Naief Yehya y una transcripción del documental Sartre par lui-même. Y en los libreros de las paredes la primera edición de Concierto barroco, Cartas de una presa en la galería de la muerte y últimos escritos de Ulrike Meinhof y Narcoterror: 100 días en la vida de Caro y Don Neto que asombraron al mundo. Los llevé al escritorio donde se abanicaba una cincuentona sudada que me cobró menos de trescientos pesos por todo.

Cuando salí di una ojeada rápida a los libros envueltos en plástico y pegados con cinta adhesiva a una rejilla metálica empotrada en la fachada. Y así como el taco bowl había atraído mi atención poderosamente en el Señor Frogs, entre Mi lucha y una novela de Colette me deslumbró El pequeño destructivo para la vida de Charles Sherwood Dane.

el pequeño destructivo para la vida

Lo leí a finales de 1998 después de comprarlo en el supermercado Gigante de Mazatlán. Desde entonces se ha convertido en mi oráculo más recurrente. Los que militan en el I Ching, el Oráculo manual y arte de la prudencia, Escolios a un texto implícito, Epigramas de Epicteto y el Manual de Carreño, me tienen sin cuidado. Ninguno de esos libros pudo salvarme de la dictadura del gusto mayoritario y las convenciones sociales como el librito de Sherwood. Pagué cincuenta pesos por él, tomé el camión de regreso y terminé de releerlo cuando llegué al Westin.

En principio se trata de una parodia de Life’s little instruction book (1991) de H. Jackson Brown Jr., un manual con 511 consejos prácticos para una vida plena. El género debería igualarlo a las demás parodias de la Superación Personal (como Quién se ha robado mis frijoles) pero El pequeño destructivo para la vida, como el Quijote, en realidad no es la parodia de un libro, sino de todo un género.

Imagino su escritura conceptualmente compleja y operativamente sencilla: si el libro de Brown Jr. era la Superación Personal llevada a su expresión esencial y mínima, los 512 anticonsejos de Sherwood no podían entenderse sino como el reverso crítico maximizado de la imposición neurótica del buen vivir. Escojo no citar ninguno porque separados pueden parecer infantiles o de una crueldad terrible, pero los que no han tenido la gracia de leerlo pueden encontrar en la red las selecciones de algunos blogeros. No aseguro que esté al nivel de Calcomanías (1925) de Oliverio Girondo o Artefactos (1972) de Nicanor Parra, pero esa es su familia literaria.

Decidí regalárselo a Antonio, pero no le envié una foto antes, para que fuera sorpresa. En el hotel pedí una hamburguesa y una limonada mineral, deambulé en YouTube y leí las primeras páginas del libro de Meinhof. Antonio no había vuelto cuando empecé a cabecear de sueño, así que puse El pequeño destructivo para la vida sobre su almohada.

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