ENTREVISTA A JULIÁN HERBERT A PROPÓSITO DE LA CASA DEL DOLOR AJENO

Por Daniel Herrera / @puratolvanera 

Tres días duró la primera toma de Torreón, Coahuila, en mayo de 1911, durante la Revolución Mexicana. Por ignorancia atribuida a Francisco Villa, sucedió del 13 al 15 de mayo, y además de una batalla violenta que terminó con el triunfo de los maderistas, también fue el escenario de una acción vergonzosa para la historia de la ciudad: la matanza de 303 chinos.

Cuando Julián Herbert (Acapulco, 1971) decidió escribir sobre lo que él llama con acierto “pequeño genocidio”, vino a Torreón pensando en que el tema daba para un artículo y no más. Casi dos años después publicó La casa del dolor ajeno (Literatura Random House, 2015), un libro que recoge la terrible historia de la comunidad china durante esos tres días.

A propósito de la publicación de su libro, entrevisté a Herbert vía digital y en persona. Éste es el resultado.

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Me llama la atención que un saltillense le interese tanto una historia que sucedió en Torreón, considerando el ya tan conocido recelo que hay entre las dos ciudades. Pensando esto: ¿crees que lograste atrapar la idiosincrasia de La Laguna?

Vivo en Saltillo desde hace 27 años, pero pasé una significativa etapa de mi vida (de los 9 a los 17 años) en Ciudad Frontera, un pueblo del desierto que tenía en aquella época unos 40 mil habitantes, y cuya principal marca sociocultural era el ferrocarril. En ese sentido, desde hace años mi interés por la historia de la fundación de Torreón ha sido constante y obsesivo. Y tiene que ver no tanto con el Torreón contemporáneo, sino con las imágenes de mi infancia. Ahora, sí creo haber captado en mi libro algunos aspectos de la idiosincrasia lagunera: jamás podría comprender la Comarca con las profundidad de alguien de allí (y no es, nunca fue, mi intención); pero sí puedo, siendo norteño y conociendo bien Torreón desde hace décadas, ver algunos aspectos que a veces los propios laguneros no ven. Primero, porque soy un migrante: nací en el sur pero me crié en el norte. Y segundo porque, aunque la Comarca es una región a la que quiero mucho, puedo verla con distancia crítica.

¿Hasta dónde percibes que el lagunero contemporáneo pueda actuar de la misma manera en que lo hicieron los laguneros de 1911?

Lo dudo mucho: creo que las cosas han cambiado no solo en Torreón; en el país. Sin embargo, eso no significa que no queden resabios de la antigua xenofobia regional. Creo que los discursos separatistas, por ejemplo, son en muchos casos (no en todos) un resabio de ese sentimiento. Hay huellas muy claras del antiguo racismo. Voy a darte un ejemplo: cuando se habla del carácter migrante de quienes fundaron La Laguna —ya sea por escrito o en conversaciones—constantemente se menciona a los alemanes, libaneses, palestinos y españoles que llegaron a la Comarca. Pero, según Sergio Corona Páez, en 1911 los extranjeros de Torreón no sumaban ni el cinco por ciento de la población local. A Torreón la fundaron mexicanos pobres del centro y del sur del país. A principios del siglo XX, la comunidad migrante más poblada era la estadunidenses y la segunda la de los chinos. Entre 1921 y 1966, la mayor migración era de españoles y el segundo lugar seguían ocupándolo los chinos: casi duplicaban el número de libaneses o alemanes y triplicaban el de palestinos. Sin embargo, si tú vas a una cena y se habla de Torreón como sociedad migrante, se menciona a europeos, libaneses, palestinos… “Y chinos” —agregué yo una vez. La respuesta fue: “Bueno, sí, chinos también”. (Éste no es un diálogo ficticio: es un diálogo concreto que sostuve con una historiadora coahuilense en una cena.)

¿Crees que realmente sólo la burguesía local está preocupada por lavarse y lavarles las manos a los laguneros que perpetraron la masacre?

No. Creo que la burguesía local es la principal interesada en sostener “la historia de bronce” de Torreón. Eso no es patrimonio exclusivo de Torreón: las burguesías de todas las ciudades modernas pretenden que su historia sea impoluta, y eso lo satiriza muy bien Leonardo Sciascia en su novela El archivo de Egipto (1977). Pero sucede que yo estaba escribiendo una historia que sucede en Torreón, y pude ver más o menos de cerca cómo el trabajo de académicos e investigadores rebota aquí con fuerzas muy concretas relacionadas con el poder económico. Un historiador local me dio un par de datos relacionados con la burguesía pero me pidió que no citara su nombre en relación a esas anécdotas porque eso podría afectarlo en su trabajo, por ejemplo. La cultura popular se ha lavado las manos de otra manera, y eso también lo cuento en el libro: concretamente, culpando a Francisco Villa, quien como sabes no tuvo ninguna vela en ese entierro.

¿Cuántos muertos no chinos encontraste en tu investigación? Me refiero específicamente a lo sucedido el día de la matanza, no los días previos.

Primero tengo que aclarar que no hay tal cosa como “el día de la matanza”. Según todos los testimonios, la masacre duró tres días: de la noche del sábado 13 a las 10 de la mañana (más o menos) del 15 de mayo de 1911. La abrumadora mayoría de los muertos no asiáticos eran combatientes de uno y otro bando, y esto lo establecieron al menos tres investigaciones. La más detallada fue la que realizó el fiscal Ramos Pedrueza. Algunas personas (el doctor Lim y el doctor Jamieson hablan de ocho, Carothers menciona a un gringo) fueron alcanzadas por balas perdidas. Al menos cinco mexicanos murieron por intentar defender a los chinos. Es difícil establecer la causa por la que murieron civiles durante la toma de la ciudad y el saqueo. Lo que puede establecerse sin lugar a dudas es que ninguna otra comunidad migrante fue atacada con propósitos de exterminio.

¿Cuántos negocios que no pertenecían a chinos fueron atacados? ¿Alguno con dueños españoles?


Los primeros locales en ser atacados fueron, al parecer, La Prueba, de Tomás Zertuche Treviño, y La Suiza, de Guillermo Peters. Luego empezaron a menudear los asaltos a negocios de la comunidad china, que obviamente se llevó la peor parte: no fueron asaltados “algunos de sus negocios”, sino todos. Y no solamente sufrieron pérdidas materiales: la turba y los maderistas asesinaron a sangre fría a todos y cada uno de los cantoneses que encontraron. Entiendo el sentido de tu pregunta: sí, la toma de Torreón fue violenta y afectó a muchos ciudadanos, no solamente a los chinos. Pero la masacre de chinos de Torreón es la más cuantiosa y cruel en la historia de todo el continente americano. Fue, en el sentido cabal de la palabra, un genocidio. Visto desde esa perspectiva, los españoles —pongo por caso— no fueron víctimas jamás de un genocidio en México.

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Julián Herbert / Foto Juan Rodrigo Llaguno

¿Crees que la ideología xenófoba que existía en ese momento fue creada por la clase dominante (por lo menos así lo dejas ver en el libro) pero incubada por los pobres? Si es así, ¿los estos últimos no podrían tener sus propias razones?

Es una pregunta compleja y trataré de responderla brevemente. Yo no he dicho que las clases subalternas no tuvieran “sus propias razones”: por supuesto que las tenían, algunas de ellas de índole ideológica (las relacionadas con el pensamiento magonista, por ejemplo) y otras más complejas de índole antropológica. Lo que digo es que la ideología xenófoba de la clase dominante también es responsable de que haya ocurrido la masacre, y que, al menos en términos históricos, puede documentarse su existencia en una fecha tan lejana como 1882 gracias al hallazgo por parte del doctor Sergio Corona Páez de un documento xenófobo publicado en el  Diario Oficial de Coahuila. La praxis xenófoba del gobierno de Porfirio Díaz está documentada en 1903 a través del establecimiento de la Comisión Romero. El primer documento xenófobo de extracción popular, en cambio, data de 1906. Y existe un texto de 1911 —la carta del señor Díaz Zulueta al periódico El tiempo— que documenta el antichinismo de los grandes productores de algodón de La Laguna. Tanto Ramos Pedrueza como Juan Puig (y tras este último la mayoría de los historiadores mexicanos) han argumentado que la masacre de chinos fue consecuencia de un arrebato espontáneo de violencia perpetrado por el pueblo menesteroso y que no tuvo nada que ver ni con la clase media ni con la burguesía. Mi tesis es contraria: el pueblo mató a los cantoneses, sí, pero no en forma espontánea sino tras la construcción de un imaginario xenófobo que llevaba décadas de existir y cuya primera articulación documentada proviene del gobierno de Porfirio Díaz y de los prejuicios raciales de la burguesía mexicana en general y particularmente de la lagunera. Me resulta característico que, una década después, cuando empresarios y obreros torreonenses fundaron el club pro-raza y la Asociación Antichina con evidente beneplácito del periódico El Siglo de Torreón (cosa que también ha documentado Corona Páez), una de las quejas que elevaron ante la autoridad fue que los campesinos no querían apoyarlos en su movimiento racista, según observa Carlos Castañón Cuadros. ¿No debilita este dato la tesis de Puig?… Yo no he dicho que los pobres no tuvieran “sus razones”; digo que no eran los únicos, y que pensar que es posible compartimentar una ideología popular de la ideología dominante, tratarlas como si fuesen dos entidades sin posibilidad alguna de mutua contaminación  es, por decir lo menos, una ilusión. Y, por decir lo más, una manipulación de la historia.

¿Terminaste sintiendo fascinación por alguno de los personajes que participaron en este evento histórico?

Por supuesto, me fascinan muchos de ellos: Kan You Wey, Tulitas Jamieson, Jesús Agustín Castro, el vicecónsul Cummins, el propio Benjamín Argumedo… Pero tal vez mi favorito sea el doctor J. Wong Lim; me parece un personaje trágico y un héroe injustamente olvidado. Pero, en fin, todos ellos me parecen extraordinarios personajes. Tal vez sea esa la razón por la que elegía hacer una crónica y no una novela: difícilmente me podría inventar mejores personajes que estos.
Déjamelo más claro, ¿cómo es que encuentras una conexión entre los chinos muertos del 1911 y los estudiantes de Ayotzinapa?

No solo con los 43 estudiantes de Ayotzinapa: en general, con los muertos de San Fernando, con un pueblo entero arrasado en Allende, Coahuila, con la masacre del 6 de enero de Apatzingán. Los vínculos, a grandes rasgos, son estos: la historia de Torreón es la de una violencia extrema ejercida por poderes fácticos contra un grupo de migrantes. También es la historia una fosa común con 303 cuerpos y la historia de manipulación de informes forenses por parte de las autoridades para exculpar al Estado, a los maderistas y a sectores de la burguesía en cualquier implicación, cualquier clase de responsabilidad en torno a los hechos. Las similitudes con el presente me parecen obvias.

¿Hasta dónde este libro fue una confesión, un diario, una terapia? ¿Está relacionado emocionalmente con tu libro anterior [Canción de tumba, 2011] tan fuerte?

Está relacionado, creo, aunque esa no fue mi intención original: simplemente sentí la pulsión de contar esta historia. Pero sí: la masacre de los chinos no solo me parece una historia lagunera, es también una historia coahuilense, una historia del noreste de México. Y yo soy coahuilense y norteño y migrante; en esa medida, me siento heredero de esta historia. Sí: creo que hay una relación entre la memoria privada y la memoria social, un deseo de sacar los propios trapitos al sol. Pero, te digo, no es un método: es una pulsión. Últimamente, por ejemplo, he empezado a pensar cómo sería contar la historia de las minas de carbón de Coahuila con un método semejante al de La casa del dolor ajeno, mezclando técnicas de la crónica y de la novela. No digo que vaya a hacerlo, nomás de repente se me ocurrió que ahí también debe haber una gran historia en espera de un autor, ¿no?

¿Cuántos comentarios recibiste de parte de historiadores respecto a este libro? ¿Están molestos porque te metiste en sus territorios?

Mira, cuando salió el avance en Letras Libres sí recibí un par de comentarios indirectos (digamos que “por interpósita persona”) un poco molestos. Pero, desde que el libro apareció, ha habido más silencio que otra cosa por parte de los historiadores, salvo tres excepciones (tres de las que más me importan): Sergio Corona Páez, Carlos Castañón Cuadros y Carlos Manuel Valdés. El doctor Corona fue muy discreto y muy cortés al referirse al libro. Castañón Cuadros y Carlos Valdés lo reseñaron con mucho entusiasmo, con mucha generosidad. Así que, a grandes rasgos, yo diría que le ha ido muy bien entre los historiadores. Yo no soy especialista y por supuesto que admito cualquier punto de vista adverso hacia mi libro, pero de una cosa sí me enorgullezco: nadie podrá acusarme de falta de seriedad en la investigación.

 

 

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