Por Ivonne Reyes Chiquete / @Ave_Aura

Foto: Annick Donkers

A Guillermo Samperio, in memoriam

Soy terco. A cualquiera le parecería una tontería ensayar dos tardes por semana, acudir puntualmente viernes, sábados y domingos enfundado en un smoking, con la pajarita prendida al cuello y los zapatos impecables; permanecer de pie hasta la madrugada, solo para golpear una pequeña barra de metal contra un triángulo un par de veces —cuando bien me va— por danzón; pero créanme, vale la pena. Incluso hay quien me ha dicho que mi instrumento no va con este género musical, yo creo que ninguno es mejor. Veamos por qué.

Son las siete de la noche y el salón de baile La Gran Manzana ya abrió sus puertas. Ahí viene, Fer…, no; llamémosle Genaro, cargando sus… ¿qué serán?… cincuenta y cinco años. Cruza triunfal la pista, se abre paso entre parejas centellantes —aretes, pisa corbatas, pulseras, hebillas, botones, un diente de oro— y levanta suavemente sus anteojos entintados en verde para elegir compañera de entre las mujeres que esperan de pie. Su mirada recorre de arriba abajo a ¿Martha?… ¿Lucía?… ¿Socorro?…, eso es, Socorro. Ella tendrá unos cuarenta años, su  cabello es negro, espeso. Un broche de mariposa le cierra el escote. Viste blusa lila con mangas de encaje y falda rosa que deja ver un poco de sus rodillas. Sus zapatos son blancos, de piel. Genaro sube la vista y se encuentra con unos ojos incapaces de sostenerle la mirada: un reto delicioso que le hace agua la boca.

Debe de ser la primera vez que Socorro asiste a este lugar. Está nerviosa. ¿Adela?… ¿Claudia?, sí, Claudia, la mujer junto a ella, su amiga y quien la invitó, le dijo que, para divertirse y olvidar, no había mejor opción.

Hace una semana, Socorro no hubiera aceptado. Habría preferido ver televisión, platicar con la vecina o hacer un pastel. Pero hoy no. Esta noche decidió pensar solo en ella. ¿Juan? No. Bartolomé, su marido, había estado llegando tarde a casa, incluso algunas noches faltó sin justificación. No es el esposo perfecto, cierto, pero ella siempre confió en él. Ya no. Claudia lo vio besando a otra mujer. A Socorro le dolió saberlo, y más de boca de su amiga, con su tono compasivo y triunfal al mismo tiempo: Te lo dije, Soco. Todos son iguales, pero tú jamás quisiste ver.

Como ahora no quiere ver a ese hombre de lentes verdes que se acerca. Socorro se esconde tras una columna, reflexiona, sale de su escondite, pero Genaro ya no está. Lo busca por la izquierda, por la derecha… se sobresalta cuando una mano le toca el hombro. Él no le dice nada, solo le muestra el camino hacia la pista. Ella duda, casi escucho su voz:

—No… no sé bailar.

Genaro le tiende la mano como única respuesta. Ella titubea pero al fin acepta.

Llegan a la pista. Se paran frente a frente. Escuchan los primeros acordes. Él hace una reverencia sutil. Ella le entrega la mano. Genaro empieza a marcar cuadrados con los pies y ella trata de imitarlo. Él se acerca a su oído, le habla por primera vez en la noche, tal vez le dice:

—Nunca antes te había visto.

Socorro siente la respiración tibia de su compañero en el cuello. Se asusta. Podría ser que aparte de su marido, nunca ha tenido a un hombre tan cerca. Se separa un poco y niega con la cabeza.

Él nota su turbación, se ve complacido. Le pone una mano en la espalda y la jala hacia él. Quizá le susurra:

—No, nunca habías venido. No podría olvidar a una mujer tan linda.

triangulo amoroso

El pie derecho da un paso, el izquierdo lo alcanza, Socorro los sigue lo mejor que puede. Genaro, con los hombros fijos y la cabeza arrogante, luce su destreza. Sus movimientos de cadera retumban como ondas estrechas en el borde de la falda de Socorro. Los tacones chasquean a cada movimiento y de cuatro en cuatro delinean mosaicos ficticios. Las manos, las entrelazadas, se mantienen en alto, orgullosas. Las otras: la de ella en el hombro masculino, la de él firme en la cintura de la mujer.

En el primer descanso, las parejas se separan y esperan veintidós compases para continuar, pero Genaro, como al descuido, sigue abrazándola. Ella se siente acorralada, gira la cabeza para evitar los ojos penetrantes que la ven y se encuentra con la mirada envidiosa de Claudia, quien aún espera a que alguien la elija. Socorro prefiere entonces observar a los que aplauden indiferentes a su lado, pero ni así consigue mitigar la sensación de acecho. Baja la vista y encuentra los zapatos de charol blanco y negro de Genaro, que atendiendo a las indicaciones de la música, comienzan a marcar el ritmo nuevamente.

Las parejas muestran sus mejores pasos: el columpio, el paseo girado, el moño. Disfruto la escena, pero debo estar atento. En el remate del segundo tiempo, entro yo. Alzo la barra de percusión, apenas unos quince centímetros, espero, un, un, dos, tres, ahora: la golpeo contra el equilátero y el sonido luminoso surge, viaja por el salón, vuela sobre las cabezas, hace piruetas, avanza, ondula, destella, busca, de repente da un giro y, en caída libre, entra sin vacilación en el oído izquierdo de Socorro.

Ella endereza la cabeza, sonríe, y veo cómo el sonido resplandece en sus ojos que ahora miran de frente y sin miedo alguno a Genaro.

Él la nota relajada y la abraza un poco más fuerte. Ella se deja hacer y le suelta una risita coqueta. Así siguen entre jugueteos hasta que, al terminar la pieza, los observo caminar abrazados hacia la salida. Cruzan la puerta en forma de manzana y ya no puedo verlos más, pero no hace falta. Sé de sobra cómo acaba esta historia.

¿Ven por qué vale la pena venir a La Gran Manzana todos los fines de semana?

Editor Yaconic

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