Por Mariana Mata / @mariaaannnaaa

El 12 de enero de 2014 True Detective nos dio la bienvenida a Lousiana. Un lugar donde aparentemente no pasaba nada, pero en el que en realidad sí ocurrían cosas… cosas tirando a malas. La producción de HBO nos mostraba en pantalla a gente desesperada. Pasiva algunas veces, activa otras; fracasada, hundida, sucia y estigmatizada. Personajes sin posibilidad de redención. Y, durante ocho domingos a las 11 de la noche, mordí mis uñas y me volé los sesos un par de veces, al ver a Louisiana retratada como un sitio del que parece imposible huir; donde la fatalidad y la desidia habitan en un agujero negro. Un viaje a “Carcosa”.

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La primera temporada comienza con el asesinato de Dora Lange, una prostituta que murió en lo que parece un ritual satánico. Este crimen es un pretexto para conocer a los magníficos personajes: los detectives Martin Hart (Woody Harrelson) y Rust Cohle (Matthew McConaughey), quienes a pesar de ser opuestos, se complementan. Y es que mientras Hart persigue el “sueño norteamericano” y busca la “vida perfecta”, Cohle ha renunciado a cualquier lazo con la realidad, aceptando que el mundo es un círculo plano en el que todo regresa.

Una historia que hemos visto antes; pero que en esta versión parece que el peor salto en la evolución humana fue la conciencia.

La creación y el guion de True Detective corren a cargo de la pluma de Nic Pizzolato, quién se basó en casos reales ocurridos en Louisiana. En 2005, en el poblado de Hosanna Church, el sacerdote de la congregación, Louis David Lamonica, se presentó en una comisaría y confesó haber abusado de niños y animales durante cinco años. También está el caso de “Las 8 de Jeff Davis”, una serie de ocho asesinatos de prostitutas cuyos cuerpos aparecieron en un canal entre 2005 y 2009, en una región cercana a la casa de Pizzolato.

La primera temporada y su “Rey Amarillo”, el múltiple asesino y visionario de una cofradía presente en la trama, llegaron a las pantallas con la dirección de Cary Fukunaga. La ambientación no hubiera sido posible sin el trabajo de fotografía de Adam Arkapaw, quién se basó en Richard Musrach y su serie fotográfica Petrochimical America. Pizzolato y esta dupla crearon una serie cuya primera temporada de ocho capítulos es narrada en una doble temporalidad: 1995 y 2012. Con este elemento narrativo los espectadores somos guiados a ese submundo sin esperanza grabado en 35 milímetros, pero con obsesión y ansiedad de resolución.

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(Habría que anotar que “Carcosa” y “El rey amarillo” son figuras que el escritor Robert W. Chambers utilizó en 1985 en su libro de relatos El Rey de Amarillo, en el que se incluía a Carcosa, elemento que retomó de Ambrose Bierce, quien dos años antes publicó su libro de cuentos Can Such Things Be?. Posteriormente estos elementos serían retomados por H. P. Lovecraft.)

Los primeros cinco capítulos de la primera temporada de True Detective se mueven en torno a la resolución del asesinato de Lange, quien abre las puertas a un caso más complejo. Una serie de asesinatos que con seguridad llevan mucho tiempo ocurriendo, y que es posible que ocurran en el futuro. El futuro es 2012, y la pausa que establece la parcial resolución del caso sólo nos prepara para el sorprendente final de temporada. Un retorno al caos.

La ambientación, la imagen, la fotografía y el tono de voz de los personajes en cada capítulo son un salto para redescubrir la condición humana. Cada diálogo es un golpe a la lógica cerebral, y al entendimiento de la “funcionalidad” tradicional de las personas. Es imposible ver un episodio y no terminar con la sensación de tener una revelación o un punto de identificación en el que la locura es un común denominador.

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Desde el capítulo final de la primera temporada esperé por el momento en el que la siguiente traería a personajes desquiciados, con diálogos llenos de verdad y desolación. Con mucha incredulidad me enfrento a una nueva temporada de lo que resultó ser la mejor serie del 2014. True Detective mantuvo a la teleaudiencia de HBO, y a un montón de medios y sitios de series, en la expectativa. Así que para mantener mi salud mental he procesado un par de reglas que me (nos podrían) permitirán avanzar hacia el futuro en relación con esta segunda temporada.

1.- Hay que olvidar todo lo que se aprendió con True Detective el año pasado. Estamos frente a una novela negra, y es diferente a lo que nuestros recuerdos querrán; dejaremos el pantano y viajaremos a la soleada California, en la ciudad de Vinci, una decadente localidad industrial.

2.- No hay que hacer comparaciones. Son ocho capítulos más. Todo nuevo: personajes, actores, historia, ambientación, locación.

3.- Se puede confiar en HBO. La productora nunca (me) ha decepcionado, ya sea con mafiosos italoamericanos; un montón de mujeres jóvenes o de mediana edad revisando sus problemas; disputas entre tronos, o un buen número de series llenas de violencia y desesperación.

Hay un par de elementos que, además del cambio de elenco (Colin Farrell como Ray Velcoro), llaman la atención. Fukunaga no regresa como director, aunque permanece como productor; en los dos primeros capítulos dirige Justin Li, encargado de varias películas de The Fast and the Furious; y Nick Pizzolato permanece como guionista y creador.

En esta segunda temporada pasamos de la pequeña comunidad olvidada del sur de Norteamérica —Louisiana y sus pantanos— a la caótica ciudad donde estaremos rodeados de fábricas y policías corruptos. No más campos. Damos la bienvenida a los tugurios de una ciudad industrial.

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Seguiremos a un veterano de guerra (Taylor Kitsch) que descubre un crimen, y la resolución corre a cargo de dos detectives (Ani Bezzerides, interpretada por Rachel McAdams y Velcoro). A su lado se encuentra el criminal y emprendedor Frank Semyon (Vince Vaughn). Estos nuevos panoramas tienen una voz propia; nos enfrentaremos a una nueva psicología, a nuevas realidades. Esperamos la ambigua moral, el enlace sensible, la visión de Pizzolato.

Y no es una repetición, es recomenzar desde cero bajo un par de premisas que podemos no olvidar de la temporada anterior: trama oscura, personajes atormentados y estructuras narrativas que prometen. El secreto radica en no replicar fórmulas, personajes e historias. Y quizá el tono y la estética cambiarán. La primera temporada fue filmada en el lugar natal de Pizzolato, y las historias que narra son basadas en hechos reales, por lo que el apego era mayor.

La segunda temporada comienza con un gran reto. Los juicios se limitan a dos: es terrible o sublime, aunque siempre hay más elementos a evaluar. La primera temporada fue un balde de agua fría a los sentidos. Y nuevamente somos invitados a adentrarnos a las profundidades del pensamiento humano, y a la condición brutal y animal en éste.

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Acudimos a una historia profunda, dramática, en la que los protagonistas son martirizados por su pasado y no parecen capaces de levantar la cabeza. Ahora viviremos en una ciudad de industrias, en el borde este de Los Ángeles, donde el aislamiento, el analfabetismo, la desesperación, la vergüenza, la culpa, la violencia y  el miedo navegan en un clima arbitrario y sin penitencia.

 

 

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