Texto y fotos: Raúl Campos / @snarulax

Soy un chilango en el sentido estricto de la palabra. Durante los más de cinco años que llevo viviendo aquí, en la capital, siempre me han dado bastante curiosidad toda clase de eventos masivos que se realizan, en especial en el Zócalo. Esta condición que me ha llevado a inmiscuirme en marchas de varios tipos (desde políticas hasta absurdas, como la zombi), conciertos, ferias y demás, donde me han ocurrido cosas que pueden considerarse —o al menos yo así lo creo— hilarantes. Desde terminar en medio de una épica batalla entre maestros y granaderos, donde fui empanizado de polvo de extintor, que me corretearan porro/anarco/infiltrados a lo largo de Eje Central, que me discriminaran y no me regalaran condones del seguro social en Zona Rosa por buga, hasta que una total desconocida me la cantara mientras me encontraba viendo los alebrijes. Pero lo que me sucedió el 15 de septiembre de 2014, al igual que a muchos niños, fue algo que solamente Bansky pudo haber predicho (pero entonces recuerdo que estamos en México y no me sorprende).

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Era la primera vez que acudía al Zócalo para presenciar las celebraciones independentistas, ya que generalmente suelo alejarme de toda esa parafernalia nacionalista y permanezco en el sillón de mi casa donde, con tarro y quesadilla en mano, intento no caer inconsciente hasta ver el último fuego artificial en la tele. Así no tengo que soportar ese horrible hedor a pólvora y pelos quemados. Pero como no tenía planes —ni nada mejor que hacer— decidí asistir, ver y fotografiar a las peculiarmente patrióticas entidades que engalanarían con sus atuendos típicos y pelucas tricolores las calles del Centro Histórico.

Recuerdo haber llegado alrededor de las tres de la tarde. Aquello no fue por casualidad sino porque horas antes había visto en los medios que poco después de esa hora se iba a estar presentando en el magnánimo escenario del Zócalo esa amalgama algo añeja de músculos, bótox y silicón: doña Maribel Guardia. Y como tampoco había visto un show suyo —hasta ese día— pensé que sería divertido presenciar la forma en que con sus sensuales meneos acompañados de algún diminuto atuendo, obviamente con los colores de la bandera, excitaría a las hambrientas masas, a la vez que lucharía por lograr alguna de aquellas sonrisas con las que antaño había enamorado a todo el público masculino que se deleitaba al verla en La Alacrana, A Garrote Limpio o alguna otra película de ficheras, y que ahora los jeringazos y el bisturí le impedían conseguir.

Decidí que lo idóneo era caminar de Madero al Zócalo, ya que en ese trayecto —que estaba hasta la madre, como de costumbre— se comenzarían a concentrar los patriotas once a year y tendría harto pa’ escoger. Paso tras paso, el paisaje se inundaba de verdes,  blancos y rojos distribuidos equitativamente entre antifaces, pelucas (lacias y mohawks), sombreros, trompetas plásticas y rayones en los rostros alegres —y algunas lonjas al aire— de los transeúntes. También había una considerable cantidad de personajes típicos nacionales: charros, chinas poblanas y Zapatas, más los que por ley están ahí pero con bigote: espaiderman, las de Frozen con trenzas y rifle, y un Optimo Primo o Bombulbi —quién sabe cuál era—, enfundado en un chal y municiones.

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Una cuadra antes del Zócalo tuve que hacer fila por aproximadamente quince minutos para pasar por el punto de control “Madero”: el único obstáculo entre los cuadros abdominales de la seño Maribel y yo. Llegué con el primer policía y me pidió abrir mi mochila. Enseguida sacó un reflector que llevaba y me preguntó que qué era. Tras explicarle por cinco minutos que simplemente servía para reflejar luz —cual su nombre lo indica—, me preguntó si traía gafete (de prensa, supuse), a lo que contesté que lo había olvidado. Se me quedó viendo con esa cara estándar que se cargan los granaderos, pero me dejó pasar sin más.

Tras otras dos revisiones —en las que casi me quitan el cinturón por ser considerado un arma blanca de destrucción masiva— y un detector de metales, estaba a un paso de unirme a la extasiada y sudorosa congregación; pero otro grupo de policías, esta vez de la nueva gendarmería de la que tanto se hablaba, me detuvieron para un último cateo. Y en esta ocasión en lugar de un guarro fue una mujer.

La gendarme en cuestión, a la que llamaré Valentina (como la salsa), medía no más de 1.60 metros, era delgada —aunque con el uniforme y el chaleco antibalas podría parecer lo contrario—, tenía una tez morena como la azúcar moscabada, cabello quebrado castaño y estaba cubierta por una leve capa de maquillaje. (Lo cual era curioso, ya que sus compañeras aparentaban traer pintura de guerra, si ésta fuera rosa y azul.) Como dirían por ahí: para ser una macuarra uniformada no estaba tan gárgola.

Se acercó. Se colocó detrás de mí y comenzó a maniobrar como los otros policías que me habían revisado: palpando los hombros, bajando por los brazos para continuar con el tórax, sólo que en vez de seguir hacia abajo como los otros, volvió a subir sus manos totalmente abiertas y las colocó sobre mi pecho. “Equis”, pensé. De pronto sentí cómo presionó fuertemente mientras deslizaba sus palmas hacia arriba, para bajarlas casi inmediatamente de la misma forma sobre el abdomen.

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“Las otras revisiones no fueron así… ¿o sí?”, medité, sin tomarle más importancia. En seguida, Valentina me inspeccionó las piernas de arriba hacia abajo, pero al subir aquellas traviesas manos —sin guantes— a la altura de cadera, percibí como se desviaban “accidentalmente” hacia los glúteos. En ese momento sentí unas ligeras caricias circulares que pronto se convirtieron en apretones. Tan pronto como reaccioné e intenté voltear, sus manos ya no estaban en mis nalgas. Velozmente habían pasado a la parte baja de mi abdomen. Y sucedió lo que temía. Lentamente, Valentina deslizó sus dedos hacia el interior del pantalón con dirección a la entrepierna. Al llegar al fondo dio un leve tirón con su mano derecha, mientras que con la punta de la izquierda solamente se limitó a rosar.

Cuando por fin sacó sus garras fingió demencia y volvió a palparme las piernas, solo que esta vez por la parte interior. Terminó. Se paró frente a mí. No dijo nada, simplemente me sonrió y se hizo a un lado. Cuando ese infame gesto comenzaba a dibujarse en su cara, yo apenas acababa de procesar lo ocurrido.

¡La hija de la chingada me manoseó valiéndole verga la vida y ni siquiera me invitó un café o me dio para mi taxi! Me le quedé viendo con cara de “¡Ojalá y alguien te pegue sífilis!”.

Y me fui.

Mientras caminaba hacia el centro del Zócalo no dejaba de pensar en lo ocurrido. Estaba colérico y necesitaba un cigarro para calmarme —y para quitarme su peste, de la cual estoy seguro me impregnó—. “¡Al menos no fue un cabrón!”, pensaba.

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El bullicio y el sonido de las cumbias ensordecedoras hicieron que dejara de retener aquel recuerdo de Valentina sabroseándome sin siquiera haberme dado un abrazo o dicho, al menos, que estaba rifado. El escándalo me obligó a dirigir la vista hacia donde se encontraba el escenario. Tras voltear vi que ahí se encontraba lo que había ido a buscar y mi razón de ser: doña Maribel Guardia, en un trajecito rojo metálico súper escotado que además dejaba ver toda su musculatura abdominal. Se meneaba con tal rapidez que sus bailarinas apenas podían seguirle el paso. “Malditas tachas”, pensé. Y me dije: “¡A la verga con la gendarmería!”. Alcé la cámara y me adentré en las profundidades de ese mar de patriotas que rodeaban eufóricamente al escenario y las carnes tambaleantes sobre él, únicamente para poder ser encontrado por los más observadores, aquellos que fueran capaces de encontrar una cámara perdida en aquel oloroso océano de celulares, latas y sombreros.

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