Por Carlos A. Ramírez / @estilo_perro

Me senté en el sillón y prendí un cigarrillo. Eran las 3:49 de la madrugada y ella estaba ahí, arrebujada frente a mí. Nos separaba una mesita de centro de diseño vanguardista como una isla de vidrio entre dos océanos de mierda. Llevaba puesto una pijama con estampado de jirafa. Estaba descalza y en la mano derecha sostenía un vaso de whisky —mi whisky— con Red Bull que de tanto en tanto dejaba sobre la mesa para tomar su cigarro y darle profundas caladas. Me miró con sus ojos desordenados y rabiosos e inclinando la cabeza hacia su derecha me dijo: “Eres un hijo de puta, Carlos”. En eso se habían convertido las dulces palabras de amor. Su pelo cayó como una cascada de brillante petróleo sobre su costado.

Llevábamos poco más de dos años viviendo juntos y las peleas eran cada vez más frecuentes. Y violentas. Dos veces me había atacado con furia demente. Una con un cuchillo de cocina y la otra con el cuello de una botella de cerveza que previamente había roto contra una esquina de mi cantina de cedro. Ambas ocasiones conseguí desarmarla e inmovilizarla contra el suelo hasta dejarla exhausta. Yo, por mi parte, una madrugada, borracho y perdido, la desperté a bofetadas y la saqué medio dormida al pasillo del edificio. Vestía la misma pijama de hoy, justamente. Ahí estuvo sentada contra la puerta del departamento unas cuatro horas, tiritando de frío, hasta que me compadecí y la dejé entrar de nuevo. No éramos lo que se dice una pareja feliz.

—Estás borracha –le dije.

—Y tú, mariguano.

—La mariguana me caga, lo sabes. Ése es tu problema, que nunca has entendido nada de nada.

—O atascado de cocaína, me da lo mismo.

—No, no es lo mismo. La mariguana y la cocaína son dos drogas totalmente distintas. Incluso podría decir que antagónicas.

—Me importan un carajo tus malditas explicaciones. No tienes derecho a decirme nada, puto hipócrita de mierda.

Apuró el contenido del vaso. Se levantó y caminó hacia la cantina con ese andar que me fascinaba. Llevaba el último botón de la camisola de jirafa desabrochado y pude ver el tatuaje de su ombligo y parte de su vientre liso y tenso. Sus pezones se marcaban descaradamente contra la delgada tela. Tenía frío, seguramente. Se sirvió otro trago (whisky-Red Bull) y regresó a su sitio en el sillón. Lancé al aire una bocanada y unos pequeños aros de humo; como diminutas nubes flotaron unos instantes sobre nosotros. Estaba escuchando un disco de uno de mis cantantes favoritos. Una canción tristísima, dolorosa. De un tiempo lo repetía obsesivamente. Yo, ahora, lo odiaba. Cuando finalmente se fuera me encargaría de que se lo llevara o lo tiraría a la basura. Ya no quería saber más de aquel español de los cojones.

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—Tengo un amante. Hoy nos acostamos por primera vez. Me llevó a su departamento y cogí con él como una perra.

Lo soltó como si me estuviera diciendo la talla de sus zapatos. Yo todavía llevaba en la boca el sabor del sexo de una mujer de cuerpo de pantera. No tenía nada que decir.

—¿No te importa?

—No… no sé… bien por ti. Supongo.

—Es mucho más joven que yo. Y que tú, por añadidura. Me pidió que me fuera a vivir con él. Es abogado.

—¿Y cuándo te vas? –atiné a decir.

—Eres un hijo de puta, Carlos. Un verdadero hijo de puta.

Se le tensó la mandíbula y las venas del cuello brotaron como racimos de odio contra su piel. Miré el cuadro que colgaba de la pared justo encima de ella: una reproducción de Los Elefantes, de Dalí. Dos paquidermos plateados con largas patas esqueléticas sobre un ardiente fondo rojo que combinaba espléndidamente con los sillones. Ya me lo había advertido hace tiempo mi hermana con su habitual tono cizañoso. “No compres muebles rojos. El rojo altera a las personas, igual que lo hace con los toros”. Pero yo nunca he escuchado consejos. Sobre todo si vienen de alguien que le abre la tapa de los sesos a los muertos con una sierra eléctrica para ganarse la vida.

Fui al refrigerador y saqué una cerveza. La destapé y me acodé en la barra de la cantina mirando ausente hacia la pared. Ella vino y se sentó frente a mí en uno de los estilizados bancos.

—¿Ya no me quieres, verdad? –me dijo mirándome a los ojos.

—No –contesté y lancé al aire un aro de humo.

—¿Estás seguro?

—¿Qué dije? Sólo quiero que te vayas –respondí agresivo, restregándoselo en la cara. Me gustaba humillarla de aquella manera.

Entonces, con un movimiento repentino, me aventó el whisky en la cara y enseguida me lanzó con toda su energía el vaso. Afortunadamente estábamos muy cerca. Evité que el proyectil me impactara de lleno en el rostro con un leve movimiento. Apenas alcanzó a rozar mi mejilla y continuó su viaje destrozando a su paso tres cervezas belgas que guardaba como recuerdo, un frasco de agua noruega y un juego de caballitos jaliscienses antes de, finalmente, hacerse añicos junto con uno de los espejos de metro y medio que estaba a mis espaldas.

No obstante, aquel pequeño desastre en vez de tranquilizarla acució su furia. Empuñó la botella de J§B y se lanzó sobre mí con ansias asesinas. Como siempre, la desarmé fácilmente. Sus cuarenta y nueve kilos no tenían nada que hacer contra mis más de ochenta. Pero cuando la sometí contra el piso me escupió en la cara y me lanzó varias tarascadas como si fuera un perro. Era absurdo. ¿Por qué no acabábamos con esto? ¿Por qué no de una buena vez nos desgarrábamos los cuellos y las barrigas hasta derramar las vísceras por todo el departamento?  Nunca como en ese momento me agobió tanto el peso de la civilización. Si continuara siendo un salvaje bastaría con sacarle los ojos y arrancarle la lengua y listo. Ella con sus ancestros y yo a la siguiente batalla. Éramos, sin embargo, dos personas modernas y teníamos que arreglar aquello de la manera más decorosa posible, así que evité los mordiscos irguiendo la cabeza y apreté sus muñecas con más fuerza.

—Hijo de puta. Eres un auténtico hijo de puta, Carlos –gritó y volvió a escupirme, esta vez sin acertar en el blanco.

Quería estrellarle mi cabeza contra la nariz pero en cambio pegué mis labios a los de ella y le metí la lengua hasta la garganta. Al principio se retorció como un felino herido, pero después, poco a poco, respondió al beso. La levanté en vilo y la lancé sobre el sillón. De un zarpazo le arranqué el pantalón de jirafa y le levanté las piernas descansándolas sobre mis hombros. Su sexo se me ofreció como una fruta del paraíso, jugosa y madura, provocándome una erección acerada. Todavía no terminaba de penetrarla cuando tuvo su primer orgasmo. Y luego otro y otro. Así estuvimos, moviéndonos como desquiciados y destrozándonos los labios a mordidas durante unos veinte minutos hasta que me vine con una abundancia insólita. Sentí que me iba a vaciar hasta quedar seco como una cáscara de tamarindo.

—Así, cabrón, así, lléname de tu leche, hijo de puta –aullaba y me clavaba las uñas en las nalgas y la espalda. Cuando finalmente, después de unos tres minutos, su cuerpo dejó de estremecerse, se la saqué y regresé a la cantina. Destapé otra cerveza y encendí un nuevo cigarrillo. Desde el sillón, desnuda de la cintura para abajo, ella me miró con sus ojos desordenados y rabiosos y me preguntó:

—¿Ya no me quieres, verdad?

Lancé al aire otro aro de humo.

Editor Yaconic

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