Por Gabriel Rodríguez Liceaga / @El_neb

A mí todavía me tocó de niño ver las calles de la ciudad llenas de automóviles enormes como lanchas. Los evoco ocupando muchísimo espacio y estacionados en batería como borrachos acodados involuntariamente en la barra de una cantina. Armatostes torales, inmensos e hirviendo. Ah, porque estos autos se calentaban debajo del sol de manera terrible, el metal del machihembrado en los cinturones de seguridad podía provocar quemaduras leves, la piel de los asientos sudaba y la ciudad ondulada por los gases y emanaciones del motor, se transformaba en un enorme comal de carnitas. ¡Eran los poderosos autos de nuestros padres! En ellos se fajaban a las señoritas, crudeaban, atravesaban una ciudad quizá más llevadera y chocaban entre sí a manera de brindis. Sólo en uno de estos vehículos, auténticos y humildes hogares sobre ruedas, podría uno imaginarse una novela como Rambler (Colección Imaginaria, 2016) de Antonio Calera-Grobet.

Se trata en muchos sentidos de una novela nostálgica al respecto de estos vehículos remotos.

rambler antonio calera grobet detalle

Rambler, detalle de portada

Yo no sé manejar. Jamás me interesó. Donde hay un coche yo veo las ruinas de un siglo. Aparatos que comprobadamente no hacen la vida más viable. Mi lectura de Rambler reafirmó este pensamiento. El autor, además, vio en el interior de estos carros todo un escenario teatral, cinematográfico, filosófico y religioso. Un microcosmos estacionado, inservible, caduco, con su hueco para las cenizas, su Cristo mustio empotrado en el tablero y una cajuela llena de botellas de ron vacías. El mundo de nuestros padres —su clase media y la búsqueda de la felicidad— les caducó en las manos, que seguían firmes en el volante de un auto que ya no avanzará nunca.

La contraportada de esta novela asegura tratarse de un hombre que, después de haber perdido todo en el cataclismo, decide vivir dentro de su auto estacionado en algún lugar de la ciudad. No, Rambler es una novela acerca de la posibilidad de escribir una novela. El libro se gesta y plantea conforme lo leemos. La anécdota se ensancha. Sus posibilidades trastocan géneros y disciplinas. Es un instructivo de cómo escribir, filmar, leer o imaginar lo que ella misma plantea. Antonio es el autor de este libro, pero dentro de éste, el autor es otro personaje. Un dios dubitativo que encuentra la inspiración en una nota periodística. ¿Dije dubitativo? En efecto. Chequen:

Al inicio de la novela, y al respecto de un albergue donde el protagonista pasa una noche, el autor dice: “Eso es lo que quiero que el personaje piense”. Pero luego, a razón de lo que el hombre del carro siente cuando está pedo, el autor dice: “no puedo explicarlo de manera más lúcida”. Y páginas más tarde, cuando el narrador trata de explicar por qué se pelean la estudiante y su novio, uno lee: “esa es mi lectura de lo que pasó”. ¿Lo notan? el narrador es un todopoderoso y al mismo tiempo no lo es. Esta evidente contradicción me fascinó, porque es honesta. Escribir es eso, dar bandazos acá y allá. Además está perfectamente hilvanada con un fin más claro que el agua: dimensionar al hombre del carro, volverlo de carne y hueso, con palabras. Hacernos creer que está vivo. Que su sufrimiento es tuyo y mío. De todos. Es el pesar que hemos heredado de nuestros padres.

Rambler es una novela muy ambiciosa, en el sentido positivo.

Ninguna disciplina artística debe existir en función de otra. Por eso hago corajes cuando me paseo por las mesas de novedades en los aeropuertos gringos y veo que los libros se han transformado en la antesala del cine. Creo que los narradores de este siglo tenemos la responsabilidad de escribir libros que sean imposibles de traducir audiovisualmente. Pa´ pronto: nuestros personajes no deben de poder ser interpretados por Diego Luna. Defendamos nuestra arma más poderosa: la palabra escrita. Rambler, que irónicamente será una película, lo consigue con maestría.

antonio calera rambler yaconic

Antonio Calera-Grobet / Foto: Yaconic

Ahora bien, nuestro protagonista huye del cataclismo, ¿qué es el cataclismo? El autor se enoja cuando le dicen que es el afamado terremoto de los años ochenta. Yo me atrevería a decir que el cataclismo es cuando a un escritor se le ocurre escribir un libro. Antonio dijo: quiero escribir sobre un hombre que vive en su Rambler, y este personaje automáticamente se chingó. No hay vuelta atrás. Lo perdió todo en un chispazo de imaginación. En las páginas finales de la novela el personaje maldice a Dios. ¿A qué dios? Al hombre que decidió arrancarse y contar su historia. Es decir, a Antonio Calera-Grobet que consigue una peculiar y relevante novela, bellamente editada. Es la única novela en el mundo que mencionará al guardameta de Xolos, Cirilo Saucedo y a Brad Pitt en un mismo párrafo.

Leer Rambler es acomodarse en el asiento del copiloto, bajar trabajosamente el vidrio de la ventana girando la perilla y darse cuenta que quien maneja está muerto y es hora pico dentro del laberinto.

Editor Yaconic

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