Por Mixar López / @nomenclatura

Ahora entiendo a los verdaderos juglares de México, Los Tigres del Norte, cuando entonan aquella canción anti-gringa y antiimperialista: “De que me sirve el dinero/ si estoy como prisionero/ dentro de esta gran nación/ cuando me acuerdo hasta lloro/ y aunque la jaula sea de oro/ no deja de ser prisión”. La tarareo bajo un cielo monótono, agringado e insípido como sus acartonados y canos habitantes. No dejo de preguntarme una y otra vez: ¿Qué hago aquí? Tantos ojos flemáticos como de gargajo me hacen mirar al suelo, tratando de encontrar una estúpida razón: “Aquí estoy establecido/ en los Estados Unidos/ muchos años tengo ya/ que me vine de mojado/ papeles no he arreglado/ sigo siendo un ilegal.”

Continúo canturreando, esta vez en la versión de Julieta Venegas; pienso en lo moreno de su piel, sus ojos como estanques oscuros en donde beben las bestias más hostiles, y esas cejas abundantes, las de mi nación, las de mi Frida hipotética. Engrandezco la mirada y siempre son los mismos ojos por aquí, verdes o azules, da lo mismo, no hay nada dentro de ellos. Siento asco y nostalgia “de mi México querido/ del que yo nunca me olvido/ y no puedo regresar”. Otra vez la misma pregunta. ¿Qué hago aquí? Vine a descubrir a The Kills.

The Kills 2

The Kills / Foto: Nicolas Bates

Después de sobrevivir a días insolubles en la monótona y marchita Iowa, me dispuse a pasar un fin de semana en la almidonada y cursi California. Y como en otras ocasiones cruciales: “Uno pone, pero las compañías de aviación disponen.” Lo único que se alineó para mi imperiosa y efímera huida, fue un patético vuelo charter —en mi terruño a ese tipo de servicios se les llama “guajolotero”, por lo sucio, deprimente y económico—, no importa, con tal de avisar a una californiana que sacará del mutismo mi aparato reproductor, tan desaprovechado en gringolandia, tan lejos de la piel tersa y cobriza de las mexicanas.

En el segundo día de mi estancia, sábado 3 de septiembre, las ansias porque llegue la noche carcomen mis intestinos. Después de revolcar mi humanidad en las arenas artificiales del sur de California, me cuelgo mis mejores trapos, y acompaño a mi hermano en una liturgia bajo las aparatosas luces de la avenida Sunset. Ingerimos los alcoholes previos a una ceremonia sonora en el legendario Edificio Pellissier y su anexo, el Teatro Wiltern, en la esquina del Wilshire Boulevard y la Western Avenue, en donde veré tocar al dúo poseído, The Kills.

El Teatro Wiltern aún conserva ese halo glorioso de los años treinta, el olor impregnado en sus paredes y cornisas, especialmente del humo de cigarrillos sin filtro y coños agrios. Tiene el poder de absorción al subconsciente. Por este recinto han pasado todas las bandas y artistas que te puedas imaginar… esos, los que tienes en tu mente ahora mismo, han tocado aquí.

Y como en otras ocasiones, esta vez tampoco llegamos a tiempo para ver a la banda telonera: “Las horas están hechas para el hombre y no el hombre para las horas.” No importa, yo tengo una cita con Alison Mosshart y sus jeans de piel ajustados; junto a un Jamie Hince colérico. Dúo que integra a The Kills, una de las pocas bandas que mantiene su esencia indie, si es que esto coexiste.

Alison Mosshart

Alison Mosshart / Foto: Nicolas Bates

Jamie Hince

Jamie Hince / Foto: Nicolas Bates

El pequeño teatro está abarrotado mayormente por veinteañeros post-punk, o millennials irredentos. Un público muy diverso, como la ciudad mugrosa y homeless de Los Ángeles. Cortes de cabello “innovadores” y ropas que exaltan más a la individualidad que a una moda per se. Una juventud “vibrante” de olores diversos muy desagradables.

La música de fondo previa al show es perfecta para hacer fila en los puntos de venta de cerveza Budweiser (un asco). Los alcoholes previos menguan, y la necesidad de mantenerlos en mi gaznate es apremiante. Nos hacemos de sendas cervezas claras gigantes, como las chicas, y tomamos posesión justo en el piso, frente al escenario, no sin antes ser combatidos para poder llegar hasta ahí. Las luces se apagan y los gritos de las más de mil personas estallan en mis orejas sucias. Se escucha el primer acorde de “Heart Of a Dog”, corte del último álbum Ash & Ice (2016), track perfecto para iniciar esa ceremonia sonora. Mis palpitaciones se incrementan, y con las pupilas dilatadas por la droga, me dispongo a admirar a esa Venus contemporánea del indie universal. Una yonkie que toca como las diosas griegas, si es que las diosas griegas existieron alguna vez.

La mujer es un ser cachondo por excelencia; pero hay algunas que poseen exaltación propia. Ése es el caso de Alison. Cada uno de sus movimientos son perfectamente sincronizados, como las eyaculaciones, con los poderosos riffs de Hince. Mi relación unilateral con Alison inició cuando la vi por primera vez con The Dead Weather, hace ya algunos años. Pero esta vez es diferente, aquí se ve más insubordinada, más luminosa, más candente, más drogada, más degenerada y demacrada que de costumbre. Su voz es casi impecable cuando pasan a la segunda canción, “U.R.A. Fever”. El olor a hierba llena por completo el lugar, el toque de mota es delicioso y la cocaína empieza a coquetear con mis más bajos instintos. El dealer del lugar es Dios, de eso estoy convencido.

The Kills 1

No puedo creer que con la mínima instrumentación pueda generarse tanto poder. “Hotel” Hince toca con una convicción inequívoca, y aunque tiene el dedo medio atrofiado, se las arregla para rasguear como un demonio drogado. Su arma principal son aquellas guitarras setenteras Höfner y los amplificadores vintage. De igual manera se hace acompañar por dos excelentes músicos de apoyo: un baterista y un bajista. Lo que le da a las canciones un lastre y potencia incomparable.

Voy por otra bebida cuando Alison toma la guitarra acústica y ejecuta los acordes de “Black Balloon”. Entonces mis planes se van a la mierda y decido embriagarme con su afable voz. El cabello le cubre el rostro y un halo de misterio la envuelve de inmediato. Siento como si el infame charter que me trajo hasta aquí se hubiera convertido en un avión de clase ejecutiva.

The Kills

Los matices en el concierto son apoteósicos. Con cada canción nos mantienen embelesados, y cuando pasan a la visceral “Doing It To Death” no puedo más que rendirme. La pachequés y los tantos litros de cerveza han cumplido su cometido. Para mí es inconcebible y a la vez cautivante que solo dos metros me separaran de la humanidad de Alison, una Venus rota por las drogas, el adulterio y el estrellato.

Cierran con “No Wow” pero en cuanto termina la canción los gritos no se hacen esperar y al unísono exigimos un encore. Después de unos largos minutos regresan al escenario y nos regalan cuatro cortes más. Llegan a la genial “Siberian Nights”. Escuchar de la boca de Alison “Estoy más cerca del confort y te puedo hacer venir en tercias… Mira ya estoy en mis rodillas…” es la cumbre de mi viaje a California; una eufonía astral, una explosión de pirotecnia extrasensorial, de orgasmos inusitados. Voy y vengo a la galaxia pulsar y me orino ahí y sobre Mosshart. Ya todo está dicho, ya nada importa, solo regresar a México. Recuerdo a los juglares del narco y del norte, de nuevo esa tonada: “Aunque la jaula sea de oro no deja de ser prisión”.

Editor Yaconic

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