Por Antonio Calera-Grobet / @manchadetinto

Llego al hotel. Al fondo y a la derecha del lobby encuentro la recepción. Una señora de lentes rotos pegados con cinta adhesiva hace de recepcionista. Son las nueve de la noche y no ha llegado. Doy algunas vueltas, fumo un cigarrillo, reviso mi libreta de apuntes. Al cabo de un tiempo pregunto de nuevo por el número de su habitación, pero me contestan al mismo tiempo con un número y una noticia: “El escritor a quien busca —como si me encontrara en un hotel repleto de ellos— no se encuentra aún por el momento”. Imagino entonces, por un instante, que me encuentro atrapado en una de esas fallas en el orden de las cosas, que rompen el estrechón de manos entre el espacio y el tiempo. Pienso que seré impedido de cumplir mi tarea. Que tal vez entre copas de vino confundí la cita. También que mi editor mandó a alguien más a hacerlo en otro lado y que esto no es sino una trastada más para que deje de aparecerme por acá. También reconozco que no hay que entrevistar a nadie en este estado de resaca majestuosa. Pronto, el gerente del hotel —“Tiene usted un recado”, dice— me saca de mis deliberaciones mostrándome una nota. Me tranquiliza. El autor viene en camino. El gerente pide instalarme en una sala de estar contigua. Apenas pido un café cuando el auto llega. Se abre la puerta. Ahí esté él. El de todas las entrevistas. Calvo, vestido de negro. Sin duda el escritor Paulo Cohelo es más chaparro de lo que pensaba. Se acerca para saludarme con una sonrisa abierta y luego posa amigablemente para las fotografías que acompañan estas páginas. Todo está listo. Tomamos asiento en un afelpado sillón que casi nos esconde por completo y, una vez reacomodados en la superficie, comenzamos la charla.

Yo: Tal vez convendría comenzar de forma distinta. Por ejemplo yo nunca he leído una entrevista que comience escudriñando qué es lo que se piensa del género de las preguntas y las respuestas. En ese sentido, recuerdo una frase maravillosa de Roger Moore, un James Bond un tanto olvidado, en la que decía: “Odio las entrevistas porque no recuerdo las mentiras que inventé en la última”. A usted ¿le provoca algún contento conceder o realizar entrevistas?

Paulo: Sí, la entrevista me gusta mucho. Y también admito que de vez en cuando, por mera incitación del que entrevista, se ha desatado en mí el afán por la ficción y el delirio. Alguna vez comencé a deliberar sobre los malos hábitos que tienen algunos escritores. Por ejemplo, su mal gusto en el vestir. Aun así, nunca me he arrepentido de mis respuestas. Prefiero mil veces este tipo de juegos a las preguntas que pretenden encontrar “la verdad” de las técnicas narrativas de un escritor, a las que buscan con todo una verdad rígida y estricta. Podrán ser muy entretenidas para la gente de las universidades pero muy aburridas para los demás.  A mí me cansan las preguntas, por ejemplo, que me piden saber todo de todo, que dé una u otra solución a tal problema. Sobre todo de política.

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Yo: Estoy de acuerdo. Bertrand Manchego dijo que la mejor entrevista que había leído nunca sucedió realmente. Platicaba que en alguna ocasión un reportero de las páginas culturales quiso entrevistar a un famoso actor de Hollywood. Famoso por decir algo. Tal vez un frívolo más. Lo intentaría por varios días sin resultado: el actor le daba largas, se le escabullía por la puerta de atrás, se hacía el desaparecido fingiendo la voz por el teléfono. Entonces, en lugar de abandonar su encomienda, publicó sendas cuartillas relatando el cómo dicho actor se le había negado una y otra vez. Esto a decir de Manchego habló mucho más del actor que cualquier otro trabajo y por lo tanto mucho más de las capacidades del reportero. Creo que incluso inventó que tal actor se había escondido en un retrete con tal de no verlo.

Paulo: Ese es un excelente ejemplo de entrevistas peculiares pero yo tengo otro. Una vez como periodista me vi enfrentado a la difícil tarea de entrevistar a Juan Trunco. A final he de decir que tuve que decorar sus silencios con mucha imaginación. Trunco era, digámoslo así, un parco delirante pero en secreto. Todo hervía en su cabeza. Recuerdo en la misma línea una famosa anécdota entre Borgues y el mismo Trunco. En alguna ocasión los entrevistaron juntos para un programa de televisión. Una vez terminado, al salir del foro de grabación, un colega que los acompañaba les preguntó cómo les había ido. Entonces Borgues contestó: “Che, muy bien: yo hablé y hablé todo el tiempo y de vez en cuando Trunco introdujo algunos silencios”.

(Los que se encontraban en la sala, el fotógrafo, la representante de la editorial y un joven que ha presenciado todo bajo el umbral, sueltan la carcajada. No puedo dejar de pensar en sus vidas, en sus alcances en relación a la de Trunco. Pienso infinitamente mal en ellos. Le echo la culpa a la resaca. Lo único bueno es que las risas permiten la entrada, hasta ahora suspendida, de un mesero que entrega al autor un vaso old fashion lleno de un líquido ambarino y un par de hielos. Se trata, decididamente, de un whisky solicitado minutos atrás para acompañar la plática. Me doy cuenta que el mesero no es tanto buena noticia porque me ofrecen aire. Sólo aire).

Yo: Según un secreto a voces entre escritores los premios corrompen. Pero usted los ha conocido bien a lo largo de su carrera. Apenas con su segundo libro, un conjunto de cuentos, Moira Iluminada, obtuvo el Premio Casa de las Luciérnagas  y, recientemente, con El mal del sambito, su última novela, acaba de obtener el Premio Canela de Novela. ¿Cómo se transforma la vida escritural de alguien como usted con un premio de esta magnitud?

Paulo: No lo modifica en absoluto. Soy un escritor profesional que ya cumplió los 60 años y tengo muchas novelas en mi haber. Desde el primer cuento que narré, hasta ahora, he sido consecuente con mi manera de “desembarcar” en el mundo para poder plasmarlo. Sería muy difícil de pronto improvisar a otro narrador que gane premios. Esta última novela está plenamente integrada a mi universo narrativo, es congruente con el total de mi obra: los lectores que conocen mi voz reconocerán en ella todas mis claves. Soy un escritor hecho y derecho. Y es más: abriré un par de centros de estudios literarios. Quiero llamarlos “Cosmos”. Pero regreso. Para un escritor digamos profesional, que está consolidado internacionalmente, que ha tenido premios a lo largo de su carrera, un premio como el Canela, dado el carácter masivo de su edición, su carácter mediático —lo que despierta fuertemente la atención de la prensa— significa principalmente la conquista de nuevos y numerosos lectores. Esto es lo más importante. A la larga, supongo, esto rebotará  en una  atención que los lectores puedan brindarle a mis obras anteriores, y les abre la curiosidad o el interés para adentrarse en mis páginas futuras.

Yo: Novelista, filósofo, empresario, poeta, actor, periodista, conductor. Usted se me figura como una especie de anfibio.  Ahora lo hemos visto por España buceando, navegando yates, jugando al golf.

Paulo: ¡Qué curioso! Esa misma palabra la ocupé hoy para definir frente a algunas amistades el carácter de mi literatura. Porque es así. Yo creo seres de ficción: no soy un realista o un documentalista de la realidad. La rehago desde el fondo. O pienso en cosas de la vida real que luego vuelvo mágicas. Yo me defino como un realista-poético. Invento seres que son producto de mis lecturas, de mi sensación de vida y mi imaginación, que nace a partir de todo lo que vivo y lo que siento. Ese es el espíritu de mis ideas. Estar aquí y despegar.

Yo: Dentro de su carácter anfibio, me imagino que no serán pocos los interesados en una de sus facetas: la de un promotor cultural que fomenta la imaginación filosófica profunda en el mundo. Pudiera hablarnos de esa parte de su espíritu.

Paulo: Cómo no. Voy a platicar de lo que pasa con respecto a esos dominios con un ejemplo. Junto con un gran equipo de trabajo realizo un programa desde mi casa en Nepal.  Se trata de un programa sobre escritores y escrituras, pensamientos y pensadores, muy informal, antisolemne, lleno de humor y amenidad, que busca la atención del telespectador. Se llama “Amor total”. Bueno, pues hace tiempo hicimos un programa con cierto énfasis en un libro titulado Tres rosas amarillas, del escritor norteamericano Raymond Carver. Lo hicimos con mucho entusiasmo, de una manera muy cuidadosa. Yo estaba emocionado porque fuimos muy elocuentes. Yo quería hablar mal de Carver, ¿sabes? Me parece muy exitoso. Sospechoso. A pesar de fallecido sigue hasta arriba. Al día siguiente, nos lo informarían algunas librerías, un grupo numeroso de lectores preguntó por los libros de Carver pero no se encontraban en ninguna librería que se digne de serlo. Pude remover a Carver. He ahí un lindo esfuerzo que desplegamos para reconquistar lectores. El tema de la literatura y su público es un tema grande y complicado que requiere de mucho esfuerzo por parte de todo un sistema. Se requiere mucha televisión. Hay que perseguir a quien se ponga en nuestro camino.

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(El fotógrafo toma su cámara de nuevo. El flash de su cámara nos alumbra tres o cuatro veces. Paulo Cohelo sostiene su whisky sin haberlo probado y sigue la conversación como si nada. El sillón afelpado parece chuparnos de nuevo mientras sudo como un cerdo).

Yo: Hablando de luz, de iluminación, en el mundo ahora en oscuridad. Guerra por todas partes.  Es un momento en que la tierra se duele.

Paulo: Todo me parece una dictadura terriblemente opresiva. Tuve que sentir el dolor de mucha gente. Lo sentí físicamente, en verdad. Casi no me pude mover. Por esto, cuando tengo noticias que en el ámbito internacional se hiere a seres vulnerables e inocentes, me indigno y me revelo con los alegatos que tiene un artista. Hay que pensar. Pensar positivamente. En todo lo bueno. Creo que el mundo no se encamina necesariamente a un mundo mejor. Creo que los países que avanzan y tienen grandes logros olvidan a otros en donde no todas las capas de la población se desarrollan con la misma velocidad. Falta una gran sensibilidad, de fraternidad entre las naciones. Y mucha buena televisión. Y buenas ideas, que vendan y se lean. Ya sabes. Sacar a todos esos Carver. Necesitamos inundar de nuevos escritores el mundo entero. Si no se terminará la convivencia y llegará la inestabilidad y las batallas más caprichosas. Y lo que queremos es vender libros y hacer el bien. ¿O no?

Yo: ¿Qué le espera en su vida? ¿Qué sigue en su vida como escritor?

Paulo: He alcanzado una posición en mi vida con la cual me siento muy contento. Estoy felizmente casado con la modelo Camila Bruguera, una bellísima mujer con quien quiero tener uno o varios hijos, y estoy escribiendo un libro que siento será un parteaguas de mi obra. Y bueno, luego de tanto esfuerzo, debo decir que en la totalidad de mi viaje en torno a la literatura, ya sea el mundo académico de las conferencias, el maravilloso mundo de la creación narrativa o el mundo de la televisión, me considero un pensador de peso completo. Eso me anima, me excita, me hace parte de un universo de personas con quien me comunico y a mí la comunicación me interesa profundamente.  Comunicar mis ideas. Volverlas populares. Canciones. Que sepan de mí.

(Hasta ahí llego. Siento un asco repentino. Le doy la mano y las gracias. Hemos terminado. Él deja su whisky intacto sobre la mesa. Nos levantamos del sillón. Nunca hay que trabajar entrevistas para revistas baratas y menos en resaca. Paulo Cohelo es, definitivamente, más pequeño de lo que pensaba).

 

Editor Yaconic

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