Por Alejandro González Castillo / @soypopesponja

Fotos: Daniel Geyne

Asolean sus barbas enfundados en traje de baño mientras sus acompañantes, chicas con bikinis diminutos, muslos recios, pechos firmes y cabelleras coronadas con flores, les untan, complacientes, bronceador. Hace calor y todos brindan, fuman y charlan entre carcajadas sobre una lancha inflable de dimensiones colosales. La están pasando bien. La están pasando a toda madre; flotando en un río transparente como el mezcal, un torrente acuoso escoltado por una vegetación tupida, tropical como el estampado de sus bañadores de licra. Frente al yate de plástico que aloja a los dichosos, un DJ pincha una cumbia de temática ajena. “Tú vives tan rodeada de pobreza, no tengas pena, no tengas vergüenza.”

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Sí. El de las tornamesas ha elegido la “Cumbia de los pobres” para sonorizar la estampa de este domingo al mediodía. Tal vez porque él también comprende que “es muy triste y muy dura esta vida”. Y es que en realidad parece fácil, pero la labor del tipo de los audífonos no es sencilla: tiene que amansar la resaca que hoy miles cargan penosamente. Nauseabundos, con la cabeza agrietada y la boca reseca, los asistentes al Bahidorá sobreviven sonrientes a la intoxicación de la noche previa y esa canción, acompañada de los insípidos chilaquiles que devoran hambrientos, les aminoran la pena. Por mi parte, yo pago mi manda: llevo alrededor de cincuenta minutos bajo el sol, haciendo fila para entrar al baño y, debo reconocer, las rimas de La Tropa Vallenata no relajan mi dolor intestinal. “También soy pobre, soy pobre como tú. Tengo a mi madre, a mi esposa y a mis hijos que me piden algo y no les puedo dar.”

En la única tienda que existe dentro del balneario que nos aloja no queda un solo suero, bebida energizante ni agua embotellada a la venta. El negocio ha sido saqueado por hordas de desvelados sedientos y apenas sobrevive un puñado de gansitos y unos cuantos chocorroles. Pero, ¿cómo no iba a ser así? —medito mientras me aprieto el estómago—, después de todo, la jornada previa fue agotadora y somos miles de personas. Cuando arribé al parque Las Estacas, alrededor de las dos de la tarde del día anterior, me fue complicado hacerme de un par de metros en el pasto con tal de instalar mi tienda de campaña; a esa hora la zona de camping estaba cerca de desbordarse. Sudando, anduve hasta dar con el escenario principal para ahí encontrarme con BadBadNotGood. Claro, a lo largo de la caminata sentí que me había encimado un pesado cobertor y que mis pasos andaban sobre dunas desérticas. Lo que me urgía era un trago de cerveza, echarme bajo alguna palmera y gozar de la presentación de los canadienses.

Cuando finalmente alcancé mis objetivos, hice lo que cualquiera en su sano juicio: admirar la pasarela de mujeres que ante mí se tendía. Descubrí entonces cuáles tatuajes gozan de mayor popularidad entre las féminas y cuántos sujetos portaban coleta de luchador de sumo, así como el porcentaje de asistentes a los que le valía absolutamente madre quién estuviera sobre el escenario. En ese rol, he de decir que un aplastante setenta por ciento del público tenía cosas más importantes qué atender en lugar de prestarle atención al trío que bajo los reflectores hacia lo suyo. ¿Sería que el tufo a jazz que los músicos despedían espantaba a quienes ansiaban arrancar con la fiesta a la de ya, en cuatro cuartos, lejos de vericuetos sincopados?; de ser así, ¿por qué una vez que Destroyer tomó su turno —mucho más complaciente a nivel rítmico— las circunstancias no cambiaron?

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Tal vez los salvajes modales del sol hacían que muchos huyeran a los chapoteaderos a jugar voleibol. O quizá el calor no era importante; simplemente la mayoría prefería leerse las cartas, pintarse la cara como apache, jugar al equilibrista, balancearse en una hamaca, construir un globo de cantoya, enredarse un hula hula en las caderas o improvisar clavados ante la harta mirada de los salvavidas. Decidí alejarme del escenario para encontrar respuestas y supe así que de las múltiples fiestas que tienen lugar en el Bahidorá, al menos hasta ese momento de la tarde del sábado, la menos atractiva sucedía con la música como protagonista. Por ejemplo, entre el ramaje que circunda al río del balneario me encontré con chicas embarradas de lodo y pintura, gimiendo, gritando, mimetizándose con el ecosistema en un trance aparentemente trascendental, y a tipos de variada laya maravillados ante el despliegue lumínico del atardecer, claro, con un ajo como propulsor (detalle de congruencia cósmica: algún dios tropical señaló que fuesen los de Sonido Gallo Negro quienes, a la distancia, le adhirieran compases a dichos actos).

“El dedo gordo es Saturno y el medio Mercurio”, decía un orador extraviado entre arbustos ante una audiencia que se debatía entre poner atención a la relación que sostenían sus entrañas con los planetas o comprarse una hamburguesa de ciento diez pesos. Mientras tanto, yo dejaba atrás el bullicio para explorar el río, allá, lejos, en la parte menos concurrida del parque, en un sitio llamado Rincón Brujo donde el aroma floral del insecticida se confundía con el dulce olor de la mota que mis vecinos de picnic, recostados en la tierra, quemaban plácidamente. “´Orita vas a ver el peluche de la tierra”, me anunció uno de ellos mientras me alistaba para zambullirme. Estadazo el de éstos, pensé, sin darle demasiada importancia a sus palabras porque lo verdaderamente trascendente era que aquél que se refería al peluche terrestre tenía poco qué ver con sus compañeros —y con la aplastante mayoría de los asistentes al carnaval—. Es decir, de esos tres, un par cumplía con las normas de vestimenta establecidas implícitamente (¿dress code, le dicen los avezados?) cuando el último, de plano, había erguido su dedo mercuriano ante las modas para presentarse tal y como su jodida madre le dijo que hiciera.

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El sujeto ése era un reaccionario. Sin más. Retaba con descaro las leyes de la lógica bahidorana. En lugar de barba cerrada, de sus cachetes emergían unos cuantos pelos que orgullosos apuntaban hacia los cuatro puntos cardinales; su playera lucía libre de estampados relacionados con piñas, ukeleles, aves, flores o tornamesas y su calzado recibiría una sonora mentada por parte de los amantes del logo de Vans. Sin gafas de pasta, con las patas de gallo rayando sin pena su rostro, dueño de un greñero semejante a un nido de búhos y ni un solo tatuaje asomándose en sus escuálidos brazos, Lucio (así me dijo llamarse) se advertía como un ñero, solitario y desafiante, en la tierra prometida de los hip(pies)sters (¿se me permite el terminajo a estas alturas de la exhumación del corredor Roma- Condesa?).

Para entonces, Antibalas homenajeaba a Héctor Lavoe en el escenario principal. El desempeño de los neoyorquinos parecía insuperable hasta que Escort hizo acto de presencia. De pronto, Adeline Michele consiguió en una hora de show que los colocados atestiguaran cómo la luna se deshacía de su superficie polvosa para forrarse de espejos. Aquél pudo ser el momento mejor recordado de la noche, sin embargo, una vez que Michele y los suyos escaparon, alguien tuvo el tino de poner “Ginza” a todo volumen y entonces aquello se puso de órdago. “Sigue bailando mami, no pare, acércate a mi pantalón, dale. Vamos a pegarnos como animales.” Las órdenes de J Balvin fueron puntuales: “Si necesita reggaetón, dale.” Y dándole y dándole, el perreo se puso intenso sin la necesidad de adherirle el apellido de chacalonero —al menos no en los lugares más iluminados del lugar—. Antes de que el himno del colombiano pusiera a todos a bailar, las rimas de “Five years” fueron celebradas por muy pocos, entre ellos Lucio (sí, el rebelde del Rincón Brujo), quien pasó a mi lado corriendo y gritando, “¡David Bowie; a huevo, David Bowie!”. Por cierto, ésa fue la última vez que lo vi; luego me recluí en mi tienda de campaña, alrededor de las seis de la mañana, tras agotarme escuchando a un montón de DJ´s entretener las pantorrillas de los de carrera larga en una esquina patrocinada por una marca de tortillas con chile.

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Al despertar, decidí dirigirme al mismo lugar donde conocí a Lucio, ahí, donde me habló del peluche del planeta que, finalmente, localicé bajo el agua, abriéndome campo con las falanges, como si desplegara cortinas. Así, encontré el fondo del friísimo río tapizado de musgo, una alfombra verdosa dueña de una cabellera larga que ondeaba a un ritmo inasible, esquivada por peces de diversos colores y tamaños. Fue una imagen maravillosa, cierto; pero no trascendental. Bucear sin fumar; ahí mi pecado. De hecho, acepto que viví la experiencia Bahidorá, toda, sin drogas recias de por medio. Nunca nadie me ofreció un toque, tampoco un ácido (¿debí pedirlos?). Aunque he de aceptar que minutos antes de subir el cierre de mi bolsa de dormir un alma caritativa me acercó una pasta. La cosa tuvo lugar en el servicio médico, y de no haber sido por esa buscapina, ahora mismo no soportaría los cólicos que hacen que mi espinazo se arqueé mientras sudo sangre bajo el sol, formado en la fila más larga para entrar a un sanitario que jamás haya conocido en mi vida. Así que aquí me tienen, tomando aire, apretando labios y los puños, avanzando un poco, dando otro pasito que me acerca más al inodoro. Oigo y sufro una cumbia para pobres mientras maldigo la infección estomacal que me heredaron cuatro tacos de canasta. “Pero sé luchar y triunfaré. Sé que sólo así, luchando, triunfaré.”

#AEOBahidorá

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Editor Yaconic

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