Por Ricardo E. Tatto / @ricardoetatto

A estas alturas para nadie es un secreto que el mito vampírico —por lo que tiene de ominoso, erótico y ancestral— es un tópico tan atractivo en la cultura que se consume por millones. (Como sangre fresca, humana, para esos dentados ancestrales). Ya sea en la literatura, en la que se ha plasmado más allá de los mitos orales, o en las sucesivas adaptaciones al cine, cómic, televisión, videojuegos y, básicamente, en cualquier medio habitable para esta criatura de la noche.

Con mayores o menores resultados, la figura del vampiro como personaje de horror ha corrido con gran fortuna; ha sobrevivido —como en la misma leyenda— a través de los siglos XIX y XX, hasta llegar a nuestros días. Y a este ser cuasi-inmortal también se le ha nombrado de otras maneras: Vampyr, Wampir, Upir, Vurdalak, Draugr… y la que nos ocupa hoy: Nosferatu.

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En algún punto del tiempo se ha pensado que “nosferatu” era un término rumano que significaba “no-muerto”; pero algunos lingüistas sugieren que en realidad proviene del griego “nosophoro“, palabra que, según la etimología, se usa para designar al “portador de enfermedad”. Cabe aclarar que estas denominaciones provienen de distintas lenguas, y que tienen su origen en leyendas de diversas partes del mundo, en especial de Europa del este. En dichos mitos, parte del folclore, se ha basado el escritor irlandés Bram Stoker para la creación de Drácula, su célebre personaje.

Tan afamada fue su presencia en la novela homónima sobre el atormentado conde vampiro, que Drácula pronto se volvió sinónimo del mismo monstruo. Pero no es más que el personaje del que se valió Stoker para contar su versión sobre tantas fábulas orales destinadas a advertir y provocar terror en el que las escuchara. Publicado en 1897, el libro fue un triunfo editorial inmediato. Uno que pondría a Stoker en el trono de los autores de horror, al grado de que sus herederos, por un tiempo, cosecharon las jugosas regalías del todavía best seller.

NOSFERATU, UNA SINFONÍA DEL HORROR (1922)

Friedrich Wilhem Murnau, de origen alemán, se estrenó como director en 1919 filmando El muchacho azul. Tres años después había filmado ocho películas. Ello puso de manifiesto su singular talento para un lenguaje todavía incipiente en aquella época, en pleno albor de la cinematografía. Dado su relativo éxito, Murnau intentó conseguir los derechos de Drácula para su estudio; pero se topó con la reticente viuda de Stoker, albacea de la obra que el escritor dejara en 1912, cuando falleció. Sin suficiente presupuesto, Murnau no llegó a ningún arreglo.

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Sin embargo, el siempre inventivo director decidió no arredrarse ante el reto y retomó la palabra eslava que le daría gloria y fama en lo sucesivo. Así nació la leyenda: Nosferatu, una sinfonía del horror —titulada así debido a la partitura original realizada en 1922 por el compositor germano Hans Erdmann—, en cuyo argumento Murnau cambió los nombres de los personajes, convirtiendo al Conde Drácula en el Conde Orlok, interpretado magistralmente por el actor Max Schreck. Jugando con el propio término, el Nosferatu portador de plagas tenía una fisonomía parecida a la de una rata, incluidos los dientes incisivos frontales de los roedores, animales transmisores de enfermedades y parásitos, como la temible peste negra.

Es aquí donde el personaje Nosferatu comienza a separarse y diferenciarse de Drácula. Nosferatu se convierte en un monstruo con características antropomorfas; pero ciertamente lejanas a las descripciones de Stoker o a los retratos del príncipe Vlad Tepes alias “El empalador”, en el que también se basó el irlandés para su relato y que todavía hoy es considerado un héroe en su natal Valaquia, al sur de Rumania.

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Pues bien, a pesar de todos esos cambios, una vez que Nosferatu se liberó se hizo evidente que era una copia bastante fiel de la novela, por lo que la señora Stoker emprendió una demanda en contra de Murnau y su estudio. Al final las copias tuvieron que ser retiradas y destruidas. Y si no fuera porque algunos distribuidores conservaron una copia de la copia, actualmente sería imposible disfrutar del ya legendario filme mudo que prefiguró el movimiento que más tarde sería llamado Expresionismo alemán.

NOSFERATU, FANTASMA DE LA NOCHE (ALEMANIA, 1979)

En 1979, durante la ola del Nuevo cine alemán, uno de sus principales representantes filmó Nosferatu: Phantom der Nacht, conocida en español como Nosferatu, fantasma de la noche o Nosferatu el vampiro, dirigida por Werner Herzog. La película es sin duda un homenaje a la versión de Murnau. Al menos en la primera mitad, donde las secuencias y atmósferas son casi calcadas del original, hecho curioso si consideramos que el Manifiesto de Oberhausen que dio origen a tal movimiento cinematográfico pretendía romper con todo el viejo cine alemán (Fassbinder, Wenders y Schlöndorff también lo firmaron).

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No obstante, sabemos que estos manifiestos están hechos para romperse. Sutilmente, Herzog introdujo modificaciones en la trama, con un especial énfasis en el vampirismo como una plaga social y las ratas como elemento biológico y psicológico para representar cómo los ciudadanos son víctimas del delirio y de la degradación moral. Contrario al filme de Murnau, Herzog sí contó con bastante presupuesto, lo cual se hizo evidente en el diseño de arte y en la producción, que ganó el Oso de Plata de Berlín.

Nosferatu, fantasma de la noche contó con un elenco estelar encabezado por Klaus Kinski como Nosferatu (Kinski fue el actor fetiche de Herzog, como relata en su propio documental Mi enemigo íntimo), con la bella Isabelle Adjani y la discreta pero efectiva participación de Bruno Ganz. Indispensables estos dos si tomamos en cuenta que sobre ellos radica el giro argumental que acaba diferenciando la película de su antecesora, todavía que la actuación de Kinski se llevara los premios internacionales.

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Como dato curioso, la actuación más pintoresca es la Roland Topor, artista y escritor multidisciplinario parte del legendario Grupo Pánico, junto a Alejandro Jodorowsky y Fernando Arrabal. Topor interpreta a Renfield, el desquiciado esclavo mental e incondicional servidor de Drácula/Nosferatu. Asimismo, para lograr el ambiente irreal y onírico, el filme contó con una banda sonora original —titulada Hermanos de la sombra, hijos de la luz­­­— a cargo de Popol Vuh, agrupación alemana de los setenta que fue pionera en el uso de sintetizadores y música electrónica. El grupo trabajó con Herzog en varias de sus producciones.

NOSFERATU EN VENECIA (ITALIA, 1988)

Sería hasta una década después, en 1988 para ser exactos, cuando el mismo Klaus Kinski retomaría uno de sus personajes más famosos en una producción de Augusto Caminito dirigida por Mario Caiano, quien abandonó el plató debido a los roces y exigencias del ególatra Kinski, ya en su etapa de insoportable divo. Caminito acabó tomando la batuta de su propia película, lo cual explica los mediocres resultados. Nosferatu en Venecia es una película bastante deficiente, tanto en guión como en montaje; sin ritmo ni pies ni cabeza. (En su autobiografía, el propio Kinski asevera haber dirigido algunas escenas).

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La idea original fue retomar la historia del Nosferatu dejada por Herzog. Por ello se contrató a Klaus, quien se negó a cortarse el cabello para aparecer con el ya clásico maquillaje del monstruo orejudo. Aquí se nos muestra con una sensibilidad y aspecto más humano, lánguido y trágico; con su larga cabellera rubia ondeando sobre sus ropajes de noble (la verdad no es que Kinski requiriera mucho maquillaje para parecer una horrorosa criatura). El reparto de Nosferatu en Venecia es de estrellas de primer nivel. Y esto hace más lamentable la versión: nada menos que Christopher Plummer, Donald Pleasence y Barbara Rossi se encuentran en los créditos.

La trama inicia cuando el Profesor Catalano es convocado a Venecia, pues Helietta, una princesa de ascendencia aristocrática, descubre que su familia podría ser descendiente del mítico Nosferatu, quien fue avistado por última vez en el famoso carnaval de la ciudad de los canales en el siglo XVIII. Su teoría es que el monstruo nunca se fue, sino que descansa en las húmedas catacumbas del palazzo donde reside. El experto es llamado para acabar con la maldición que aqueja a la familia, pues se intuye que Nosferatu es un ser decadente que sólo desea morir; pero que para ello necesita fenecer en los brazos de una virgen que le otorgue su amor incondicional.

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Al mismo tiempo, una tribu de gitanos realiza danzas y conjuros en honor al vampiro, quien se cree es proveedor de poderes místicos y de la tan ansiada inmortalidad. Como líder de esta pandilla aparece la célebre Micaela Flores Amaya, alias “La Chunga”, bailadora española de flamenco que fuera musa de personalidades como Pablo Picasso, Salvador Dalí y el poeta León Felipe. Pero ni todos estos cameos pueden salvar a una producción condenada al fracaso. La película oscila entre una intencionalidad onírica, de relato de terror y de erotismo gratuito.

Actualmente, Nosferatu en Venecia figura no solo por ser un filme de culto, sino porque cuenta con interesantes escenarios y una cuidada fotografía; exquisitos desnudos y una banda sonora a cargo del compositor Vangelis. Sin empacho alguno debo confesar que para verla en su idioma original la conseguí en uno de los puestos de piratería de arte en el Comics Rock Show (en Metro Hidalgo de la Ciudad de México), y gracias a internet hay una copia accesible en Youtube, que puede verse con doblaje en español aquí.

LA SOMBRA DEL VAMPIRO (EU, 2000)

Muchos rumores rodearon la filmación del primer Nosferatu en 1922: desaparecían cosas del set y había ausencias injustificadas en la plantilla. Aunado a esto nadie conocía el actor principal, el ya citado Max Schreck. Y es que al provenir del teatro era relativamente novel en la industria del cine; poco se sabía sobre su pasado y su apellido, que significa “terror” en alemán, contribuyó a que se forjara una leyenda negra en torno a él. Su actuación fue tan convincente que varias personas involucradas pensaron que era un vampiro real.

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Sobre estas anécdotas se filmó en 2000 La sombra del vampiro, una sátira sobre el mundo del séptimo arte, a caballo entre la comedia negra y la ficción de terror, en la que un convincente Willem Dafoe encarnó al personaje Schreck/Nosferatu: monstruo de la noche que se ve seducido a actuar en la producción si a cambio le entregan el cuello de la protagonista al finalizar el rodaje.

El ensamble actoral lo completan John Malkovich como F.W. Murnau; Udo Kier, actor fetiche y padrino de la hija de Lars von Trier, y Cary Elwes, como el fotógrafo Fritz Arno Wagner. El director de esta versión es Edmund Elias Merhige, un director poco conocido, cuyo más reciente trabajo antes de esta película databa de 1990: Begotten, producción experimental de culto francamente insufrible (con todo, véala y forme su opinión).

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La sombra del vampiro recibió críticas mixtas y la mayoría de sus nominaciones se debieron al impecable trabajo de Dafoe como Nosferatu, en especial por su físico –una extraña mezcla entre Schreck y Kinski–: su rostro era prácticamente idéntico al del monstruo legendario. Resabios de esta personificación pueden encontrarse en su trabajo como Green Goblin en la primera trilogía de Spider-Man (Sam Raimi).

Vale la pena ver este trabajo, tanto por su elenco como por el desenfado con el que se aborda los inicios del cine y, en especial, del Expresionismo alemán, así como la extravagante figura de Murnau, cuyos aparentes procesos están inmersos en la metodología de Stanislavski, lo cual le llevó a buscar el máximo realismo al contratar un auténtico vampiro para su producción. Es una lástima que este filme pronto se diluyera y no alcanzara mayor resonancia.

¿EL FIN?

Algunos rumores apuntan a que en 2017 se estrenará nueva versión hollywoodense de Nosferatu. Aunque nada está confirmado, no me sorprendería que se uniera a la comercial tendencia de los remakes cinematográficos. Como ya hemos visto, a pesar de carecer de la belleza y el encanto seductor del Drácula estilo Béla Lugosi o Christopher Lee, el horrible Nosferatu o Conde Orlok no carece de interés, en especial para los actores que lo han interpretado —alcanzando el éxito en el proceso—. Quizá lo que tiene de feo y monstruoso este portador de enfermedades es algo que al mismo tiempo nos resulta humano; quizá demasiado humano…

Editor Yaconic

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