CALZADO ALTERNATIVO CON SENTIDO SOCIAL

Texto y fotos: Katya Albiter / @Kdegato

La siguiente crónica fue publicada originalmente en el sitio Crónicas de asfalto, proyecto que nació hace poco más de tres años como un programa de radio. Hoy, el sitio es uno de las publicaciones en línea del país especializadas en la crónica y el relato urbano. Reproducimos esta entrega con el permiso de la autora y los editores. Dense.

Tereska era gerente de capacitación en un banco: un trabajo estable, con prestaciones y remuneración fija. Ella no estaba satisfecha, había algo en su interior que le advertía que ése no era su lugar. Tras cuatro años de desempeño laboral sobresaliente, recibió un comunicado de la UAM en el que le advertían que tenía pocos meses para titularse de la maestría en comunicación y política. Fue el empujón que necesitaba. Decidió renunciar y regresar a la vida académica. Se preparó para presentar el examen de ingreso al doctorado pero no entró.

De pronto se vio sin trabajo y sin dinero, y entró en crisis. Luchó contra la inminente depresión tomando un camino distinto. Le encargó diez pares de zapatos a un amigo que se dedicaba a la venta de calzado alternativo. Completamente sola, tomó su maleta con zapatos y recorrió muchos tianguis, tratando de vender su mercancía. Pero ese tipo de producto tiene un público muy específico que no frecuenta esos lugares y nada vendió.

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Se reencontró con Bios, vocalista de Nacidos del Odio —una de las bandas más representativas de la escena skinhead en el país—, a quien había conocido años atrás porque su tesis de maestría era justo sobre el ambiente skinhead en México. La atracción entre ellos fue inmediata y empezó una relación amorosa intermitente. Tras el reencuentro, comenzaron a caminar juntos tanto en lo sentimental como en lo comercial. Después de todo, estar con Bios era insertarse en la comunidad consumidora de ese calzado.

Un amigo, también skinhead, les consiguió un espacio en el Tianguis Cultural del Chopo. El espacio en realidad era poco, se trataba de una cadena en la que colgaban los pares de zapatos. Eso era todo. Tenían que pagar 50 pesos por la renta de la cadena.

El primer día vendieron tres pares. ¡Estaban felices! Tres pares equivalían a mil 500 pesos a la semana y con eso Tereska podía empezar a pagar las deudas contraídas hasta ese momento. La segunda semana vendieron seis pares y la mercancía se terminó, entonces Tereska investigó quién era el fabricante de ese calzado. Lo encontró y así empezó una relación comercial que estuvo bien por tres años. Al cuarto, las cosas se complicaron. El proveedor fallaba con tiempos de entrega y se negaba a fabricar las cosas que Tereska y Bios le pedían.

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Un fin de semana Tereska estalló. La informalidad del proveedor era demasiada y por eso tenían más de 200 pedidos atrasados. En un auténtico arranque de enojo, la aguerrida mujer decidió que era el momento de empezar a fabricar su calzado.

El mecánico-vocalista y la ex trabajadora de banco nada sabían del oficio zapatero. Lo único que sabían de zapatos, además de venderlos, era ponérselos y amarrarse las agujetas, y ni siquiera tan bien. Aun así, decidieron intentarlo.

RESISTENCIA Y VALOR

Tras cuatro años de vender calzado alternativo, Tereska y Bios ya tenían medio puesto en El Chopo, un local en Plaza Revolución y otro en Bazar Pericoapa. A veces también se ponían los domingos en la Lagunilla. Vivían en un cuarto piso, allá, por los rumbos de Garibaldi. Cada día tenían que bajar la mercancía y montarla a un diablito. Luego Bios la empujaba hasta donde tocara vender ese día. Transitar por las calles citadinas con un diablo resultaba tan pesado que a él se le figuraba que las ruedas eran cuadradas. Eso no fue nada comparado con lo que les esperaba tras tomar la decisión de fabricar sus productos.

Aferrado, el rebelde par fue a la zona zapatera del Distrito Federal, en la Lagunilla, y empezó a preguntarles a los viejos zapateros los detalles del oficio. Sin embargo, como todo gremio, son celosos de su conocimiento y tuvieron que enfrentarse al mutismo, al desdén y a la indiferencia de muchos. Eso no los desanimó porque también encontraron a algunos que les echaron la mano. Bios, gracias a su natural habilidad con las manos y capacidad de aprendizaje, veía cómo se hacían las cosas y las repetía en casa. Claro, no siempre le salían bien, como aquella vez que intentó cortar las piezas y no pudo hacerlo, así que terminó usando unas tijeras. Con semejante instrumento, lo más que llegaba a cortar eran cinco pares al día. Pero cinco son mejor que nada.

En el trato con el gremio, la que peor la pasaba era Tereska. Cada vez que iban a verlos, sólo se dirigían a Bios. No importaba que él dijera que ella era la jefa o que sólo iba de acompañante, igual la dama era constantemente ignorada. La situación se agravaba si ella iba a reclamar por algún defecto en los encargos. Eso tampoco los detuvo.

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Corrieron con la suerte de encontrar pronto a su montador estrella, Gatish —montador es la persona que le da forma y talla al zapato—. La competencia acababa de correr al joven así que respondió de inmediato al anuncio que la pareja había publicado unos días antes. Bios no entendió lo que dijo Gatish durante la entrevista porque habló en “perfecto idioma zapatero”, así que lo contrató. Bios se convirtió simultáneamente en jefe y aprendiz del montador.

A esas alturas, la pareja ya vivía en Aragón, ahí está la casa que vio nacer el taller. Con el dinero que tenían de los apartados pendientes, compraron las primeras máquinas que pusieron junto a la cocina. Taparon el sillón con una manta y la sala se convirtió en su lugar de trabajo. Pronto, los muebles estorbaban más de lo que ayudaban, así que metieron todo a una habitación e hicieron de ese espacio su taller. La cocina no la pudieron desmontar, pero la barra hacía las veces de mesa de corte.

Mientras Gatish y Bios hacían zapatos, Tereska administraba, llevaba redes sociales y, lo más importante, investigaba el mercado alternativo. Durante su pesquisa encontró sectores importantes y poco atendidos: la escena rockabilly, la de terror y aquellos que gustan de My Little Pony, gatos y temas en esa línea. Descubrimiento que la llevó a crear diseños dirigidos a esos públicos.

Fueron tiempos difíciles de poco dormir y, a veces, nada de comer. Desesperados, escarbaron hasta en el último rincón de su casa y sacaron todo el papel y el fierro viejo que se pudiera vender. Si les caían 50 pesos tenían que decidir si compraban algo para aplacar el hambre o para hacer zapatos. Ya no sólo estaba en juego el dinero de los pedidos atrasados, también los préstamos familiares que llegaron tras la decisión suicida. La pareja no dio ni un paso atrás. Fracasar no era opción.

Por fin salió la primera corrida y pudieron cumplir con los compromisos atrasados. A pesar de que las botas estaban “chuecas y holanudas”, la banda las recibió con gusto. Pero eso era sólo el principio.

CONSOLIDACIÓN

Después de que sacaron los clásicos negros, marino y vino, empezaron a experimentar con las preferencias que ya había ubicado Tereska, esas que incluyen colores extravagantes, flores, ponis, gatos o mocos, sangre y sesos.

Se pudo sacar la producción debido a que en poco tiempo lograron armar un equipo que respondía a sus necesidades. Todo empezaba en la casa de la pareja, con el cortador que era amigo de Gatish. Luego, el material pasaba a manos de don Braulis, el maquinista. Él, hasta la fecha, va en bicicleta desde su domicilio —en Ecatepec— hasta el taller para recoger y entregar los pedidos. El papel de don Braulis es fundamental. En el gremio zapatero, el maquinista, es decir, el que cose las piezas, es el rockstar. Es el que pone los precios; el que decide cuál trabajo hace y cuál no; él define dónde trabaja, a qué hora y qué cantidad puede admitir. Por fortuna, don Braulis es un viejito entrañable que nada tiene de cotizado. Cuando él regresaba el material ensamblado, Gatish se dedicaba a montar la pieza en la horma. Al final se ponía la suela y pasaba a manos de Tereska —primero— o su hija Fernanda —después—, quienes hacen las veces de adornadoras, esas personas que limpian el producto final, le ponen agujetas y platillas, pintan y embolsan, todo ello con sumo cuidado y atención al detalle.

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La producción pasó de 16 pares a la semana a 70. Al cabo de un tiempo pudieron, al fin, tener dos días al mes para descansar —que dividían en periodos de quince—. Fernando, un tío de Bios, les ofreció un espacio en la colonia Magdalena Mixhuca para que pusieran el taller y lo deslindaran de la casa. Ellos aceptaron y por primera vez en mucho tiempo pudieron separar su vida personal del negocio. Eso les permitió tener un respiro pues, mientras producían en su casa, el tiempo se iba entre “nada más hago esto” o “termino aquello” y la jornada podía extenderse hasta la madrugada.

Se esmeraron particularmente en los detalles. Tereska se convirtió en la gerente de calidad porque tiene unos pies tan sensibles y delicados que es capaz de detectar un grano de arroz debajo de unas plantillas. Se convirtieron en los principales promotores y usuarios de sus productos. En cuanto Tereska detectaba algún borde que le lastimaba, le notificaba a Bios que se encargaba de corregir el defecto.

Les llegaban pedidos de todo tipo, desde aquella banda que quiere uniformar el calzado de sus integrantes, hasta la mujer que preside el club de fans de Maná y que pide un diseño exclusivo de su grupo favorito. Incluso dedicaron cuatro horas a ver Hora de Aventura para identificar a los personajes principales y así diseñar unos pares de botas inspirados en ellos, porque lo pidió un cliente.

Todo iba bien, tan bien que la competencia se dio cuenta. Entendieron que fue un error correr a Gatish así que lo buscaron y lo tentaron con un buen sueldo, tan bueno que, a pesar de que le encantaba trabajar con Tereska y Bios, los dejó y regresó con aquellos que unos meses atrás lo habían desechado sin miramientos.

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Si eso hubiera pasado al principio, el golpe quizá hubiese sido mortal. Ahora, nueve meses después, hasta Tereska —que suele preocuparse demasiado— lo veía con tranquilidad. Aprovecharon la semana de cambios para descansar, lo cual no habían hecho desde hace mucho, y rearmaron el equipo. Abel, otro tío de Bios, empezó a cortar, don Braulis seguía armando y el señor Julio les echó una paloma —en el gremio, así se dice cuando alguien va a ayudar a un productor sin compromiso de contratación fija, sino que se le paga por lo que hace en ese momento— para montar. Los sustitutos se contratarían pronto.

PRINCIPIOS Y CENSURA

Años atrás, cuando recién empezaban a vender calzado alternativo, Tereska y Bios estaban escuchando “Balada inculta” de La Polla Records —grupo de música punk, procedente del País Vasco—. La frase “es un puto insulto al buen gusto” retumbó en la cabeza de Tere. De alguna forma, ahí se resumía lo que ella quería representar: una ofensa a todo lo clásico, lo canónico, lo establecido como socialmente correcto. Así bautizaron al incipiente negocio: Un Puto Insulto al Buen Gusto. Pero el nombre no suele ser bien recibido en ciertos sectores. Por ejemplo, cuando participaron en el “desfile de moda urbana más grande del mundo”, con el cual el Gobierno del Distrito Federal logró el Récord Guinness en 2014, les cambiaron el nombre por “Calzado Tereska”. En Expo Tatuajes, les pusieron “Calzado Teresita”. Incluso cuando escribieron sobre ellos en una revista de la comunidad LGTB, les respetaron el nombre, pero hicieron una nota al pie aclarando que no era una ofensa contra las personas con distintas preferencias sexuales.

El tema de la censura también afecta la mercadotecnia en Facebook porque viola sus políticas. Justo ahora que se encuentran en un periodo de transición, están repensando si la marca del calzado que ellos fabrican mantiene el nombre de la tienda o se queda como slogan y eligen otro.

Más allá de lo que decidan al respecto, en algo son inmutables: sus principios. No sólo mantienen la clara postura de atentar contra el orden establecido, incluso del mismo gremio zapatero —ellos han hecho cosas que los demás decían que no se podían hacer—; también asumieron la postura antirracista de Bios como skinhead y por ningún motivo dan informes de costos o venden a personas que porten esvásticas del tipo nazi o de las SS —las Schutzstaffel, Escuadras de Defensa, Compañía de Defensa o Escuadras de protección, conocidas como SS, organización militar, policial, política y de seguridad de la Alemania nazi—. Por eso, incluso sus vendedores deben coincidir con sus tendencias:

—Eso es muy importante —dice Tere muy seria y frunciendo el ceño—. Gente que vemos con cruces gamadas o doble S no les vendemos, no les damos información. “¿Pero por qué?”, dicen. “No, aquí no puedes estar, güey” —responde categórica—. O si necesitamos un vendedor, buscamos gente que batea del mismo lado. No aceptamos a esa banda que dice “no hay que politizarlo”. ¡Cómo no! Toda tu vida es una postura política, desde cómo miras el arte, cómo tratas a tu vieja, cómo te conduces en el trabajo. Nos decían “son unos fascistas”. Sí, ¡a huevo!, con los fascistas hay que ser fascistas.

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Por el contrario, al coincidir con ideales anarquistas y comunistas, apoyan a esa banda, ya sea colaborando en toquines o haciendo donaciones en dinero o en especie. De hecho, acaban de patrocinar calzado al grupo Real de Catorce.

Además de enfrentarse a la censura y de tener que defender sus principios, de manera cotidiana tienen que lidiar con las personas a las que se les hace fácil exigir trato diferencial por tratarse de un negocio familiar incipiente. Nunca falta el que pide un descuento, el que quiere que se le entregue el calzado a las once de la noche en una estación del metro, el que pide respuesta a las dos de la mañana, el que hace un encargo y tarda mucho en recogerlo, el que se queja porque “tiene un hilito o una manchita o el ojillo está más aplastado”…

A pesar de eso, Tereska jamás ha lamentado la decisión de dejar el banco. Ni cuando estaba cargando maletas bajo el sol, ni cuando vendieron periódico y fierro viejo porque no tenían para comer, ni cuando pasaban semanas sin días de descanso. Jamás.

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