Por Alfredo Padilla / @_PadillaAlfredo

Es la misma hora de siempre en la que el sol apunta sus rayos sobre la cama. Los rumores del exterior son una prueba más de que la pobreza viaja en ondas sonoras.

Niños que lloran a toda víscera como si una sierra eléctrica les amputara el brazo; bramidos de madres frenéticas; altisonantes expresados sin ninguna gracia, solo la de agredir verbalmente a cualquiera desde la más grande de las ignorancias; lerdos comentaristas de televisión, música norteña y sus posibles variantes, eufonía mal ecualizada emitida por los aparatos más cutres y atroces; ropa mil veces fregada en lavaderos de granito, ruidos bestiales que se suman a los eslóganes de los camiones del gas o de la basura, de recolectores y recicladores de varilla, altoparlantes inoportunos que se aferran a la memoria como un parásito cerebral: “Le compramos toda clase de chatarra, acumuladores, radiadores, estufas, licuadoras, colchones, refrigeradores, lavadoras, microondas, fierro viejo y todo lo que no le sirva”.

El aire de la tarde reluce los hedores en la habitación, una peste añeja, mezcla de ron, Paris Hilton pirata y esperma. Ella realiza el primer movimiento del día, escarbar entre las sábanas con ese movimiento sutil del Dragón de Komodo, hasta encontrar el IPhone hurtado tres noches atrás; toma el teléfono y se deja hundir de nueva cuenta sobre las cubiertas, al momento en que de su cuerpo comienza a emanar la resaca diaria; la rutina apesta y ha llegado para quedarse.

Abre Instagram solo para ver las nuevas publicaciones de la actriz, sus fotografías, como lo hace todos los días a la hora de despertarse, a manera de religión. Su sonrisa le da bríos para salir de la cama y enfrentarse a un mundo que la segrega.

Las caderas de Ariadne Díaz, en la pantalla del smartphone, son sobrehumanas curvas dotadas de una perfección geométrica que podrían ser la causa de muerte del mismísimo Stendhal, por aquello de la sobredosis de estética. Unos senos antagónicos conferidos por el bisturí, abdomen de tableta, músculos abductores que culminan en una zona pélvica beatíficamente y rasurada, como lo muestra una imagen en aquella red social, en donde la actriz, de 30 años, enseña el vientre con la blusa a la altura de los pechos y unos pantalones descendidos a media cadera.

Un cuerpo perverso que no puede estar más trabajado por el gimnasio y los productos de belleza. Esa cara inocente sobrexpuesta en las telenovelas en horario estelar, ese rostro deslavado y espiritual con todas esas máculas retozando en las mejillas, perfil blanco y melena negra abundante a lo Blanca Nieves, cejas pobladas y aquella dentadura de a millón de pesos.

Ariadne Díaz es la fiel representación de la más impía putería de Televisa. Los comentarios al pie de sus fotografías están henchidos de trucos publicitarios que el usuario ignora: “Las barras y cereales Stila renuevan la imagen y yo hace varios meses empecé un nuevo estilo de vida… Hace unas semanas empecé a usar mi filtro Alkahome para tener agua purificada y alcalina en mi propia casa… Acabo de encontrar en el súper los nuevos sabores de cereal Stila, mora y mocha, y como no supe cuál llevarme, me traje los dos”. Estampas hilvanadas en las que el escote y la mercadotecnia son los protagonistas de una telenovela llamada Ariadne Díaz.

Abandona el teléfono, repta como un lagarto de la cama y recorre con sus extremidades el pastoso piso del apartamento, sorteando colillas de Marlboro, botellas fragmentadas de Capitán Morgan y cadáveres de condones. Levanta una frondosa cabellera negra, que la noche anterior voló de su cabeza en un salvaje galopeo sexual, es una peluca natural, similar al cabello de la estrella de Televisa, artículo que consiguió en Mercado Libre por quinientos pesos, al igual que las zapatillas de segunda mano y un par de minifaldas que imitan la vestimenta de la actriz en Instagram.

Ella era la Ariadne contemporánea, la auténtica, más genuina que incauta, más puta que ajada y mucho más ambicionada que Malquerida, como el título de uno de sus melodramas.

La rutina de vestirse se convirtió en un acto litúrgico. Sabe que un vestido carece totalmente de sentido, salvo el de inspirar a los hombres el deseo de quitárselo; piensa en ello mientras disimula su pene en la entrepierna, oculta sus testículos en el canal inguinal, envuelve el escroto recientemente vacío alrededor de su falo y con cinta adhesiva, lo rodea consabidamente. Lo lleva hacia atrás, ya envuelto lo enlaza en sus nalgas. Se maquilla a lo pin up con cosméticos de Avon: emulando siempre a la chica del canal de las estrellas, inclusive se delinea las mismas pecas en las mejillas: “maquíllate más, los clientes no pagan por ver lo que tienen en sus casas”.

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Realizaba todo ese protocolo con la música de fondo de aquel casete que extrajera de la bolsa trasera del chico del IPhone, un periodista incipiente. Le comentó que aquella noche, antes de encontrarse con ella en un callejón de la Avenida Universidad, había asistido a un concierto de punk y, que al final, los teloneros le habían obsequiado un demo con su trabajo; ese casete que ella poseía gracias al dos de bastos.

Se trataba de una cinta con portada en fotocopia que contenía una de las músicas más furiosas que había escuchado. Auscultó sin pensar los primeros acordes y la resaca brotó su cabeza como un martillo eléctrico que le taladró los sesos; lo dejó continuar, era la modulación perfecta para equiparse de valor antes de salir a la calle y plantarse en aquella esquina antigregaria con olor a mierda y orines. Repasó las posibles letras y gritos de la vocalista, hasta donde su inglés, de secundaria técnica, se lo permitió: Fits of laughter/ and the gnashing of teeth/ can’t make me weep/ wax fills me.

Al colocarse la peluca de puta del mass media, comenzó a bailotear aquella zambra de música punk, recordando el rostro del joven drogado que la interceptó en la oscuridad. Lo tenía prohibido, era como un código: enamorarse de los clientes es invocar a los fantasmas de la desdicha y el olvido; eran entes a los que les robaba carteras repletas de billetes de menor valor o fotografías de familiares que tira a la basura, pasaportes, identificaciones, tarjetas de crédito y teléfonos celulares de todo tipo, como aquel IPhone que había conservado para ella, aún con las fotografías de un bebé regordete que le transmitían ternura.

Los ojos del chico eran foscos como el pozo de una siderúrgica; vestía un cardigan azul marino con lunares blancos, pantalón skinny de mezclilla, tenis deshilachados, lentes de pasta y una snapback con el símbolo del Demonio, al estilo swag.

Eran los recuerdos que tenía del flaco, pues siempre se fijaba en la ropa antes de la emboscada, una estratagema que perpetraba como un saurópsido en la Indonesia central. Salió con esas reminiscencias de casa, no sin antes mirar el afiche del mar de Puerto Vallarta que tenía adherido a uno de sus muros. Apagó el estéreo —uno de esos componentes burdos con aspecto de Transfromer que la gente de clase media adquiere— y se destinó a la avenida con un makeup que haría que se le parara al mismísimo Marcus Ornellas. El saurio había puesto sus pezuñas en la calle.

La Confianza, el lugar en donde ella trabajaba, era una franja visitada por mariachis, grupos norteños, dealers e indigentes; un histórico estanquillo de licores y medicina genérica. El brillo de aquella noche la deprimía, las luces ocres de los faroles son fatales para las prostitutas, revelan los rasgos y derriten el maquillaje de consorte de Disney, denotando esas facciones de reptil tosco.

El Varano de Komodo ataca y rastrea después a la víctima, pero cuando la encuentra, esta ya murió por el efecto del veneno a causa de la infección bacteriana en su hocico. No obstante, el recuerdo del aquel chico swag le impedía embestir a otras presas. Odiaba ponerse melancólica en el trabajo, pues rendía menos en la cama. Seguía recordando su perfume dulzón, un aroma a chocolate y marihuana. Se recordó haciéndolo en el borde de la esquina, bajo la luz de la lámpara, cuando el chico del cardigan le hundió la lengua en el cuello con dirección a sus pequeños senos de ficción y acariciando ese cuerpo trabajado con magia e ilusionismo.

El chico tomaba sus nalgas con cariño, las levantaba sobre sus perniles y hundía su verga en el ojal. “Oficialmente eres el mejor hombre del mundo. Gracias por ayudarme en todas mis loqueras y compartir conmigo lo que me haces feliz y obvio… ser el más guapo de todos los guapos”, escribía la actriz de Televisa en su cuenta oficial. El joven entraba y salía por ese conducto con una lujuria etílica, hasta que el arpón de cinta adhesiva detonó en medio de sus piernas, y la saliva viscosa del Monstruo de Komodo comenzó a amargar el paladar del swag de los Vans rotos. El lagarto había sido descubierto, pero no cesó el ataque, la carroña es el pernil más fácil y sufre la suerte de ser envestida por otros animales carroñeros deseosos de carne fresca. Siguieron cogiendo.

La presa huyó contrariada cuando la droga evaporó de su sistema, con los jeans a media rodilla, desapareció en la negrura de Avenida Universidad, iluminado solo por una bombilla que dejaba ver un grafiti en la pared, el cual expresaba en amplias letras: “Nadie te coge mejor que Brad Pitt cuando es Aquiles”.

El resto de la jornada lo pasó taciturna, sentía aún el miembro del chico creciendo en su culo, perfumándole la entrepierna. Pocos clientes. Los miércoles son ordinarios y desolados, pudo quedarse en casa a ver una telenovela pero tenía la impresión de que la noche le proferiría algo grande.

Ese día se acostó con tres hombres. 250 pesos la hora en el hotel Manhattan, un recinto que parecía hundirse en el pavimento como un navío descuartizado. Los tres eran patéticos, el primero fue un adolescente cinéfilo amante de las películas de Robert Zemeckis; el otro era un invidente jorobado que tenía una malformación en el brazo derecho; el tercero, un mariachi de dudosa sexualidad que vestía un traje de charro color naranja. Los Varanus komodoensis son depredadores dominantes que comen cualquier cosa.

Estuvo a punto de retirarse, pero un automóvil la detuvo; dentro de él se observaban las sombras de dos hombres escuálidos. No los distinguió del todo hasta que el conductor descendió del auto a lo Robocop, colocando primero el pie derecho en el pavimento, de manera pausada. El tipo era una especie de skinhead, portaba una chaquetilla repleta de estoperoles y las palabras Minor Threat zurcidas en la espalda, pantalones ajustados y botas negras, un aspecto de hooligan escocés en un partido del Manchester.

El Bubsy Babe se acercó meneando la pelvis a lo Tony Manero, la tomó bruscamente de la cintura y le preguntó su nombre: “Me llamo Ariadne Díaz, dijo, con el desgano de una prostituta profesional. El punki volteó a ver a la persona que aún se encontraba en el carro, quien encendió la música en el estéreo a todo volumen, Ariadne escuchó los primeros acordes y letras de la canción: Watertight with a grin/ left stiff in untrusting skin/ fits of laughter/ and the gnashing of teeth/ can’t make me weep/ wax fills me.

—¿Así que eres Ariadne Díaz? Pero mira a quién tenemos aquí —se refirió al individuo dentro del auto— la Blanca Nieves que te cogiste hace un par de días. Yo te voy a hacer sentir bien, Acacia, Malquerida de polleritas cortas, tengo un amigo que te sabrá complacer bien, y no es precisamente el blandengue de Christian Meier. Mi amigo es un poco más fino, digamos, más incisivo.

Sacó de su cinturón una Victorinox que paseó por la yugular del travesti, recorrió sus pechos hasta llegar a su vientre, sin provocarle un solo roce.

—¿Se lo hacemos como te gusta, friki?, ¿cómo en esos cuentos retorcidos que escribes?, yo te voy a enseñar cómo es en la realidad. ¿Sabes?, —se dirigió ahora a la chica— dicen que cuando te cortan la verga no se siente nada, es como destapar una botella de sidra con un escalpelo.

El travesti trató de gruñir al mundo pero el skinhead lo tenía amordazado. Lo introdujo con facilidad al automóvil, frente a los ojos medrosos del hombre con la snapback del Diablo. Cortó la cinta adhesiva de entre las piernas de Ariadne y la navaja se encargó de pelar el hemipene, cortó los tejidos eréctiles y los desechó. Raspó el prepucio utilizando la cuchilla. Colocó el miembro bífido sobre el tablero del auto, e insertó la herramienta en la uretra con dos puntas, en la parte superior de la espina. Cortó en línea recta desde la cavidad uretral, todo el camino hacia los testículos amarillentos y los ductos intestinales.

—Listo, flaco, como en los relatos, ¿no te parece?, es como en uno de tus cuentos, un cuento sucio y violento.

El teléfono del travesti vibró con una notificación de Instagram: desde las paradisíacas playas de Puerto Vallarta, Ariadne Díaz había publicado una fotografía cuyo pie de foto rezaba entre emojis: “Celebremos juntos la vida”.

Editor Yaconic

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