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Por Miguel Ángel Morales / @mickeymetal

I

“Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Tarde, escuela de natación.” El registro un tanto chusco en el contraste de dos eventos (uno de consecuencias trágicas y otro nimio) quedó asentado en un pequeño cuaderno de tapa de hule. La fecha: 2 de agosto de 1914. Franz Kafka, su autor. Justo en el octavo mes de ese año catastrófico, el joven praguense redactaba las primeras páginas de El proceso. Como quien advierte que una peste se acerca y toma plácidamente una copa de vino, podemos imaginar la vida de Kafka deambular entre los deberes oficinescos y caseros, y pequeños actos de rebeldía motivados por la escritura y la misantropía. Ya sea a través de una extraña dieta vegetariana o con su alejamiento de las relaciones sociales, nuestro héroe busca trascender su pequeño cuerpo con un solo fin: volverse algo diferente a lo propiamente humano. Para ello se vale de la escritura como resistencia contra el vacío. El humor, los giros de tuerca absurdos y la imposibilidad de llegar a un lugar aparentemente sencillo, nos harán replantearnos las nociones de realidad y corporalidad. La imagen del cuerpo que choca contra la maquinaria le da sentido a ese apunte del 2 de agosto de 1914. Es a través de la lucha cotidiana, cuasi invisible, que uno puede desasirse del entramado sofocante de la estructura.

El apunte nos recuerda a un aforismo kafkiano que aterra y fascina: “Una jaula salió en busca de un pájaro.” La frase hermética invita a desenredar misterios sobre la libertad y el encierro. Se trata de una dicotomía en la que un concepto no sobrevive sin el otro. La jaula no es jaula sin algo que contener en ella, por ello acecha. Por su parte, el ave no percibe su libertad sin ser encarcelada. Persecución y escape en tensión. Lo curioso de las imágenes kafkianas es que se adelantan a su tiempo empírico. En la actualidad, el monstruoso Gregor Samsa nos causa una empatía porque sabemos que allá afuera pulula su caso por millones. Cautivos en sus casas, buscando una salida del mundo, que se ha vuelto terrorífico. Tal vez es el momento de volverse un insecto diminuto.

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II 

A Franco Félix (Hermosillo, 1981), el enigma kafkiano lo ha vuelto loco. Tanto que ha llevado a cabo una investigación de cuatro años, que ve la luz en su primer libro, Kafka en traje de baño (Nitro/Press, 2015). El tema: seguir la pista de la descendencia perdida del autor de El castillo. El escenario no es ni Praga ni Europa. El lugar parece impensable: Hermosillo. Primera pregunta: ¿Qué diablos puede uno hallar en tales tierras áridas? Segunda: ¿Esta búsqueda es “real”? Lo cierto es que el autor se avocó a un ejercicio insólito: traer al plano mexicano el apellido Kafka con base en un rumor: “Un chico en Hermosillo es familiar de Franz Kafka”. Detrás de todo esto hay una investigación periodística sólida, en la que somos testigos de la posibilidad de que nuestro amado Franz (sí, el peculiar insecto-humano que despreciaba su cuerpo) tenga descendencia en la calurosa Sonora. La premisa tiende a lo sui generis. Sin embargo, a medida que desentrañamos el misterio kafkiano, el lector puede darle a Franco el beneficio de la duda: la investigación está sustentada por documentos visibles —actas de nacimiento, fotografías, pasaportes, cartas de naturalización, conversaciones con familiares— y una búsqueda a todas luces delirante. La pista lo llevará a Nacozari, al Distrito Federal, a desempolvar viejos archivos judíos y darle forma al árbol fantasmático de los apellidos Löwy, Porias, Platowski, y a rascar en los últimos nombres de la familia Cuervo: Georg, Heinrich, Gabriele, Valerie, Ottilie, Vera, Helena. Una auténtica pesadilla. Franco lucha contra máquinas telefónicas, familiares humillados que guardan silencio, pastelerías que aguardan fraudes y oscuras urdimbres.

“Hay que sacar partido de las obsesiones. Una sospecha absurda puede instalarse en la cabeza, reproducirse y formar una colonia, una red tenaz de probabilidades que asaltan la mente, y que podría conducirnos a la locura, perturbarnos y asediarnos por siempre, pero nunca hay que temer ser capturados por alguna obcecación, porque al final, cuando todo parece perdido y confuso, siempre llegará la idea”, nos dice Franco. Esto nos hace pensar en el habitual desencanto kafkiano (“Oh, bastante esperanza, infinita esperanza, sólo que no para nosotros”) y en la trascendencia que buscaba el delgaducho y casi invisible Franz. Sobre esto, Elias Canetti supone una idea genial: “Mediante la disminución física, [Kafka] se sustraía poder a sí mismo, y de esta forma participaba menos en él: también este ascetismo estaba dirigido contra el poder”.

Puede ser que ese Kafka extraterrenal se haya insertado en los sueños de Franco para guiarlo en su búsqueda.

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III

¿Qué hace que un texto sea considerado “periodístico”? Esta pregunta es básica cuando el lector se acerca a una obra que investiga sobre determinado tema inscrito en el orden de lo empírico. En su forma más clásica, el periodismo necesita ciertos criterios de verdad por parte del texto —marcas como: “lo que vas a leer es producto de un trabajo de investigación riguroso, serio, etc.”— y del narrador. Pero, sucede que a veces los límites entre géneros se desbordan. Y nos topamos con Kafka en traje de baño, un librito que ahonda en el tema kafkiano de las búsquedas laberínticas que parecen no tener sentido. A su manera, Franco Félix, su autor, se convierte en uno de los detectives de Roberto Bolaño, de Thomas Pynchon o de Ricardo Piglia, bordeando las orillas de la escritura, como quien sabe que la verdad es acaso la más grande ficción.

Franco (o Efe) se vuelve un trasunto de K., el agrimensor oscuro que quiere acceder al impenetrable castillo. Sólo que el camino de nuestro héroe de corazón roto es real. Los puntos donde pone la lupa son peculiares: un manicomio argentino, un Walmart, Facebook. Hay determinados momentos en los que vemos que Efe, como Gregor, sueña. Se sueña detective porque lo es. El epígrafe bolañesco (“Soñé con detectives helados, detectives latinoamericanos que intentaban mantener los ojos abiertos en medio del sueño.”) toma sentido. Así, la escritura forma un nuevo tipo de realidad, una que se construye a sí misma en la lógica del texto. ¿No es acaso la búsqueda del origen —el germen de la locura, el Big Bang, el primer humano sobre la Tierra, la búsqueda del padre perdido— una ficción en sí? Volvemos a la vieja imagen del pájaro y de la jaula. El lector se encuentra justo en medio de ambos.

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