Texto y fotos: Yair Hernández / @yairaudio

I

Es sábado por la noche y el cielo luce despejado. En una camioneta de nueve asientos van 11 personas, entre ellos varios integrantes de la banda de skacore Barbanegra rumbo a una de sus presentaciones. Son casi las once y no hay transeúntes por las calles de Atizapán, Estado de México, pero sí bastante tráfico. Para dejar atrás el ruido de cláxones, el carro se enfila sobre una avenida que introduce a la colonia Emiliano Zapata, pero los baches y desniveles hacen que el avance sea abrupto. Tras varios minutos sorteando los obstáculos del pavimento, la que al principio parecía una colonia desierta comienza a dar señales de vida. También se dejan ver varios grupos de jóvenes, algunos de ellos con envases vacíos de cerveza en la mano. El vehículo avanza un par de cuadras más y da vuelta a la derecha, para, dos cuadras después, dar otra vuelta a la derecha. Entonces se detiene. Llega hay un enclave de 90 grados donde, de una pequeña puerta, sale un joven con una playera de Los Hijos del Muerto.

¡Por fin la casa de Nucks! Aquí tiene lugar un show clandestino de ska.

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II

Hoy se celebra el tercer aniversario de la Skatrina, un ensamble originario del “hermano” municipio de Nicolás Romero. También tocarán los Rude Boys, Los Nadie Crew, Barbanegra y otras cuatro bandas de skacore y ska fusión.  Para las 11:30 de la noche el evento lleva un retraso de casi una hora, pero “no hay bronca porque aún hay cerveza”.

El lugar está lleno. Más de 400 personas ocupan la casa de Nucks, un joven que, por motivos desconocidos, hoy no se encuentra. Pero el show se hizo. El pasillo-terraza que conecta varios cuartos lo ocupan las bandas y el equipo de sonido; la cocina es donde se despacha la cerveza y frituras; el baño de mujeres se encuentra  bajo una escalera que da a la azotea; el callejón-pasillo que conecta la casa con la calle está ocupado a los costados por varias parejas y algunos desafortunados que cayeron pronto bajo los efectos del alcohol y otras sustancias; y en el jardín, que se encuentra en un nivel inferior, conectado con la terraza y el callejón de salida por un par de escaleras de cemento, es dónde tienen lugar los gritos y el slam, además del baño de hombres.

El olor a mona predomina en el lugar. También las playeras con logos de bandas. El público es variopinto: niños de aproximadamente 13 años, señoras, veinteañeros, un viejo con cadenas en los pantalones y mohawk. Y todos siguen el compás de las canciones, ya sea moviendo todo el cuerpo o sólo un pie.

III

“Ni volteen a ver a las morras con güey —recomienda Joel, bajista de Barbanegra—, aquí si te ven haciendo eso, te clavan el filo”.

Lo primero, después de saludar a los pocos conocidos, es buscar cerveza. Entonces hay que ir hacía la barra improvisada en el cuarto que de día funciona como cocina; un espacio pequeño con paredes adornadas por cazuelas, un cuadro de la Última Cena y un cartel que otrora festejó algún cumpleaños.

—¿En cuánto la cheve?

—A cincuenta el vaso.

Es la conversación que se escucha repetidamente en el cuarto. Afuera, la banda en turno anuncia su última canción. El tema no pasa de los tres minutos y la banda se despide. La gente chifla y aclama otra pero es turno del siguiente grupo. Contrario a lo que se podría imaginar de una tocada casera, aquí el equipo suena bien. Los propios integrantes de las bandas se encargan de ecualizar micrófonos y los niveles de volumen en los amplificadores. Todo es rápido, hay tiempo perdido que recuperar. El silencio de guitarras no dura más de 10 minutos.

Tras otra ronda de cerveza de 50 pesos, hay que conocer el sanitario. Para llegar al destinado para los varones hay que bajar al jardín y sortear varios slams. Al fondo está el espacio: una larga coladera rectangular rodeada de un plástico negro a medio caer. “¿Y para los que quieren cagar?”, se escucha decir a alguien en la fila. “Pues le atinas a los hoyos, no hay de otra”, le responden.

IV

Barbanegra comenzó su carrera musical dentro del género skacore en el año 2014, pero Carlos Mendoza, el guitarrista, tuvo su primer acercamiento con esta ramificación del ska durante el 2009. Fue a gracias a Israel,  también actual integrante de Barbanegra, quien lo invitó a un ensayo de la Sekta Core, la banda más longeva y representativa del género a nivel nacional. “Fue increíble el conocer a una banda de ese calibre y observar detalles cómo que cualquier persona puede entrar a verlos ensayar mientras componen. A eventos fui varias veces y me los imaginaba cómo son: personas que van a ver a sus bandas favoritas, sin negar que hay mucho alcohol y drogas, pero creo que a lo que realmente van es a sacar todo el estrés en el slam”, recuerda el también apodado Chazz.

Actualmente Bocanegra está compuesta por Chazz, Israel, León, Moisés y Joel. Comenzaron de forma accidentada su labor sobre los escenarios: en el evento debut del grupo, durante el slam, golpearon de forma “brutal” a una de las asistentes. Entonces todo se detuvo antes de que los músicos comenzaran su tercera canción. Tras el desafortunado incidente, la banda comenzó una etapa de búsqueda de shows. “En un principio era contactarlos (a los organizadores) y esperar a que nos dieran una oportunidad (…) Youtube fue la plataforma que nos llevó a que nos empezaran a invitar de forma más constante en el Estado de México, principalmente en Atizapán, Tlalnepantla e incluso Toluca y pueblos cercanos”, señala el guitarrista.

Aunque son inusuales los fines de semana en los que Bocanegra no tenga participación en algún concierto, Chazz considera que, a diferencia del Estado de México, el skacore en el Distrito Federal (de donde es originaria la banda) se encuentra en ciernes porque son pocos los espacios estructurados donde se pueden presentar grupos de este tipo de música. “La cantidad de público (adepto al skacore) en la ciudad es mucho menor que en el estado”.

Otra posible razón de la poca proyección de este género en la capital podría ser los discursos que manejan la mayoría de las bandas en sus canciones: crítica social, política y religiosa. Palabras con las que no todos están de acuerdo. Pero, a pesar de las dificultades, Carlos y el resto del grupo se muestran optimistas: cada vez más gente de distintas escenas, no sólo del ska, los invita a shows, y su mercancía (discos de maquila casera y playeras hechas de la misma forma) se vende muy bien en los eventos. “Nosotros tenemos la idea muy arraigada de tocar donde sea sin importar compartir escenario con bandas de pop, folk o punk. Haremos nuestro intento por romper esas barreras tan marcadas que a veces hay en las escenas, los géneros y los públicos”, finaliza Chazz.

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V

“¡Ya no hay cerveza, ya no hay cerveza!”, es el mensaje que alarma a los presentes. Es la una y media de la mañana y la música sigue sonando en la casa de Nucks. Aunque varios de los asistentes comienzan a irse tras el mensaje sobre la bebida, un número bastante significativo permanece en el evento. Aún faltan bandas, aún hay slam.

Pero para Barbanegra es momento de regresar a la camioneta. Afuera de la casa varias personas se les acercan para pedirles mercancía y fotos. La banda se toma su tiempo para atender las peticiones. Aquí no te puedes dar el lujo de desairar al público; gente que soporta viajes largos, inclemencias del tiempo, costos de los “covers” e incluso falta de cerveza por verte hacer sonar tus instrumentos menos de media hora.

El transporte avanza. Varias cuadras adelante del epicentro de música y olores,  “La Zapata” duerme. Parece que los vecinos no se dan cuenta o no toman importancia del ruido. Ellos siguen en cama mientras los jóvenes bailan. En unas horas será de día y habrá que hacer cosas con la familia; habrá que regresar a casa con el cuerpo magullado y las ansias de cerveza, pero también con una sonrisa y el disco de la Skatrina.

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