Por Isaac Torres / @isaac_chato

Soy como las señoras que cuando van al gabacho siempre aprovechan para comprar calzones y calcetines en paquete. Pero a mi me pasa con los conciertos. Siempre que viajo trato de coincidir o buscar la conexión con epicentros melómanos fuera de nuestras fronteras. Donde a veces toca gente que regularmente no veríamos con facilidad en México.

Como buenos vasallos del monopolio de los conciertos, en México estamos acostumbrados (y condicionados) a pagar precios irracionales para ver a nuestras bandas favoritas. Así que qué más da despilfarrar 50 euros o 50 libras para recetarte un buen toquín del otro lado del mundo. Con esta filosofía me aventé el regreso de Blur en un tremendo golpe de suerte y coincidencia en 2009 en Hyde Park, a New Order en el Tempodrom de Berlín en 2012 por solo 30 euros, y a Justice en primera fila en Terminal 5 en Nueva York por 40 dólares.

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Un concierto fuera de México tiene sus ventajas. Hay menos gente. El precio es casi el mismo. Los venues son más pequeños. El sonido casi siempre es mejor. Los fans no se avientan ni se apachurran unos contra otros. Quizá eso le resta puntos a lo divertido, pero uno gana en calidad. Y no es que los conciertos fuera de México sean mejores, simplemente son distintos.

Está vez mi cacería fue furtiva, pero un tanto desatinada. Antes de venir cometí la estupidez de confundir el Primavera Sound con el San Miguel y me perdí la chance de ver a Radiohead en Barcelona; pero eso no me quitó las ganas de ver a Air y a PJ Harvey en Londres. Cuando aterricé en Berlín me revisé las carteleras y me entristecí al ver que Wilco tocaría en septiembre, cuando yo ya no estaría aquí.

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Una noche caminando por ahí vi un cartel: “Beck in concert at Zitadelle”. No lo podía creer. Mi ídolo de 50 kilos de peso tocaría en Berlín justo en mi última noche antes de volver a México. Era la oportunidad perfecta para verlo de nuevo y cerrar mi viaje con broche de oro, aunque ya estaba lo suficientemente gastado y la tarjeta ya se atoraba cuando la deslizaban por las bandas y la rayaban con euros. Pero no podía perderme este evento.

Es tal mi devoción por el Güero que a veces hasta creo que sus rolas llevan encriptados mensajes cienciologistas que me hacen ser su fan. Le platiqué de esto a mi carnitas y best-partner de conciertos, el Tío Charly. Le dije que me debatía entre comer kebabs todos los días o ir a ver a Beck y no comer. Charly, consciente de la devoción que le tengo al Güero desde tiempos del Mellow Gold, por ahí del 94, y con la empatía que cualquier divorciado puede tener con los discos melancólicos del Sr. Hansen, me refutó que yo no podía perderme ese concierto por nada, y que si en sus manos estaba que yo estuviera en primera fila, lo conseguiría: “Hazlo por mi Ike —me dijo—, te voy a depositar mil varos y ahora mismo vas y compras ese boleto”.

Y así fue. Hombre de pocas palabras y muchas verdades. Compré el boleto. Luego se anexaron al plan Albertina y su futuro marido, un alemán medio imprudente pero de noble corazón a quien llamamos Don Simpatías (por su peculiar capacidad de hacer plática a todos y de todo) y dejamos pasar los días hasta llegar al cierre de este trip al ritmo de “The New Pollution”.

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Yo ya había visto al Güero en el ChelitaFest en México. Quedé sorprendido con el señor show que nos dio. Aquella vez yo esperaba un Beck introspectivo y una velada melancólica a ritmo del Morning Phase; pero nos aventó un verdadero catálogo de éxito tras éxito, desde “Loser” hasta el One foot in the grave. Y esta vez esperaba algo parecido.

Por fin llegó el esperado día. Terminé de empacar mis maletas y me dirigí al punto de encuentro con Albertina. Había dejado de beber el fin de semana anterior porque mi sistema me había dado una prima vacacional. Estos pinches alemanes toman porque sale el sol y también porque no sale. Después de cuatro semanas mi cuerpo estaba más deshidratado que una planta en Mexicali. Ellos se recetaron una de vino en el metro pero yo me fui a pura agua.

La sede del concierto era el Zitadelle Spandau, un antiguo recinto elegantísimo e imponente a las afueras de la ciudad. Nunca había ido. Hicimos casi una hora de camino, algo así como un Indios Verdes-Universidad + 1 pesero. Cuando llegamos al lugar descubrimos que la estación de metro estaba cerrada por obras y el tren se siguió de filo. Nos bajamos más adelante y tuvimos que caminar un rato.

Cuando llegamos había unos letreritos pegados en los postes que decían “Achtung blablablá”, que en español quiere decir “Cambio de sede”. Don Simpatías nos dijo que de seguro era una broma y nos hizo caminar hasta dentro de la Zitadelle. Don Simpatías es una broma en sí, así que no le hice caso y me puse necio en que había que checar en internet. Y en efecto: los pinches organizadores cambiaron el venue a otro que estaba algo así como a una hora de camino de allí. La cita era a las siete y estábamos a una hora de distancia.

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Corrimos al U-Bahn mentando madres y bajamos hacia Mehringdamm para transbordar hacia el Tempelhof, donde iba a ser el toquín. Columbia Halle para ser más exactos. Cuando llegamos descubrimos que el lugar era mucho más pequeño. Quizá Beck no vendió tanto y por eso lo cambiaron. Pero era poca madre no avisarnos. Pobre Güero, pensé, pinches alemanes no saben nada.

En el lugar había una fila larga y una aglomeración a la mera entrada. Eran tres puertas y avanzaban a una lentitud increíble. A Mein Freundileche Lieben le dio tiempo de lanzarse por unas birras al Spätkauf y regresar. Como buenos mexas nos aperramos a una de las puertas y nos colamos. La lentitud se debía a los dos puntos de revisión instalados a la entrada de la sala. Parecía un Aeropuerto. Frente a nosotros había un güey como calcado a imagen y semejanza del Tipo Gordo de Los Simpsons. Nos escoltamos atrás de él y entramos más rápido.

Ya adentro se oían guitarrazos. Era la Band of Horses que ni me da ni me quita. Ni muy indie ni muy folk. Lo único que queríamos era que terminaran para ver a Beck. Una vez más el timing perfecto. Pero los berlineses sí venían a verlos. Cuando terminaron se despejó un poco la pista y nos acomodamos en el mejor lugar.

Desconozco la verdadera razón por la que nos cambiaron la sede de última hora; pero el Columbia Halle finalmente estaba lleno. Un pésimo sistema de ventilación nos puso a sudar a todos antes de que empezara lo bueno. Pero ahí estábamos a unos minutos de que el pastor más chévere de la Cienciología saliera a poner a bailar a los germanos. Entonces el escenario se iluminó en rojo y arrancó “Devil’s haircut”. Luego vino “Black tambourine”, “Think I’m in love” y “Loser”. No llevaba ni cuatro rolas y la gente ya estaba loca. Chingo de sudor, chingo de baile. Pura gozadera. Con “Loser” todos gritaron, cantaron y brincaron. Y así se siguió, con harta energía, rola tras rola, bailando. 50 minutos de intensidad.

Luego vino el episodio mellow de la noche. Curiosamente lo que muchos esperábamos. Beck tiene varios discos muy llorones, pero muy buenos. Comenzó con “Paper tiger” y siguió con el episodio sublime: “Lost cause”, seguido de “Hearth is a drum” y “Say goodbye”. Un momento Morning Phase, dijo, un pequeño respiro para tanto baile. Fue como ver el Unplugged que nunca le hizo MTV en los noventa.

Después del relax vino de nuevo la locura. Para crear el tercer momento de la noche con “Dreams”, “Girl”, “Sex laws” y “E-Pro”. Luego el encore y el momento jazzero. En el que aprovechó para presentar a los músicos. Estos se aventaron un popurrí para lucir su virtuosismo y en algo así como 15 minutos Beck pidió tregua, se sentó, agarró el robot que hace ruiditos y sacó una banana-maraca. “Give me a second please, I need to shake my banana”, dijo. Y se sentó junto a la batería mientras los músicos se echaron unos solitos de “Angie”, “China girl” y una de Depeche Mode que no recuerdo, entremezcladas con “Where is at”.

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Beck valió por mucho los 30 días que estuve fuera de México. 21 canciones al hilo. Nos aventó la toalla, aguantó el aterrador calor sin perder el estilo y nos demostró una vez más la versatilidad que caracteriza a uno de los músicos que sí logró superar al mal llamado rock alternativo con elegancia y estilo. No sé cual de los dos Becks es mi favorito, si el alegre o el melancólico; pero descubrí que “Heart is a drum” es mi nueva canción favorita del Güero.

***

Salimos de ahí muertos. Entre mi síndrome de abstinencia y mi agotamiento no me quedó más que caer directo a cama, no sin antes postear el merecido video desde mis redes. “Los mejores momentos no están en fotografías que nunca verás, deja de grabar”, me decía Don Simpatías y junto a mi estaba el gordito de dos metros que nos encontramos en la entrada. El gordo grabó todas y cada una de las canciones, nunca vio el concierto, sólo veía el display de su cámara. Gracias a gordos heroicos como ése, los fans pueden ver videos temblorosos y mal grabados acompañados de gritos de gente eufórica en Youtube. Como el mío con los estridentes gritos de Albertina y los balbuceos de su fiance.

“Nos volveremos a ver —me dijo Don Simpatías—, las personas siempre se ven por lo menos dos veces”. “This are the words to say goodbye”, ya lo dijo Beck, mein freunde. Yo me agarré el tren y volví a casa en paz mientras veía los videos en mi celular todo emocionado. La mañana siguiente me tocaba volar 14 horas. El viaje había por fin había terminado. Todavía en el avión, en mi momento de aburrimiento, volví a ver mis videos, beat beat beat, it’s beating me down. Beat beat beat beat, it’s beating me down. Day after day, it’s turning around ‘Til all my days are drowning out.

Editor Yaconic

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