Por El Cinebar / @El_Cinebar

Llega una carta póstuma de un suicida citándote en el Valle de la Muerte, California. El suicida es tu hijo. ¿Qué haces?, ¿asistes?, ¿la ignoras?, ¿qué te motivaría a asistir? Ése es el planteamiento de El valle del amor (Valley of Love, 2015), del director francés Guillaume Nicloux (1966).

El filme es imperdible y se estrenará en México el 22 de julio; una joya que todo mundo te recomendará, pero que tú aplazarás y esperarás demasiado hasta que encontrarla se vuelva complicado. No lo hagas. No aplaces.

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La carta enviada por el hijo muerto pareciera un spoiler; pero no lo es, eso es solo la punta de la pirámide. Hay más hacia el fondo en la medida que se desentraña un encuentro casi anodino entre los padres del suicida.

Michael, el remitente,  es un veinteañero. Gérard Depardieu e Isabelle Huppert —quienes interpretan a sus padres— decidieron jugar con la realidad y transportaron sus nombres reales y sus oficios a la ficción. Ellos, una pareja con glorias del pasado, pero que ahora se encuentran divorciados, se reencuentran y conviven durante cinco días en el sofocante verano californiano. Ahí, probablemente , tengan un encuentro con el más allá.

Este tedio por el calor y el ambiente en los ojos de los franceses parece no llevar a ningún lado, pero los detalles aparecen de manera casi invisible. Nos enteramos de los más íntimos, los de una pareja que no se soporta y nunca se soportó. Pero que está ahí por amor.

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El valle del amor es una película europea que hace homenaje a los paisajes del cine norteamericano. Bien pudo haberse filmado en París, pero la estética californiana es única, sobre todo si hay camino y desierto de por medio. Evocaciones y postales de road movies clásicas.

En este tono desparpajado es que se muestran dos histriones dignos de su oficio, que dan la sensación de no actuar. Y lo logran. Con talento, tablas, oficio y trabajo duro. Parece que hay muchos momentos de improvisación. Un marco perfecto para burlarse de sí mismos.

Una especie de Esperando a Godot californiana, que en medio del hastío y la espera infinita encuentra la culpa y el arrepentimiento de unos padres olvidadizos de su hijo y viceversa. Hasta que el remordimiento aparece —post mortem— en los tres.

El valle del amor es un deleite cinematográfico. De tensión dramática, que sin ser estridente o predecible como nos acostumbró Hollywood— deja que la historia la cuenten sus protagonistas. Te invita a soltarte y dejarte ir. El resultado: un gozo y una lección de actuación sin aspavientos.

Editor Yaconic

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