Por Mariana Mata / @mariaaannnaaa

Ilustraciones: Iurhi Peña

Los primeros hombres de la humanidad se caracterizaron por su nomadismo. Avanzar para sobrevivir; adentrarse en nuevos territorios para preservar la especie. Gracias a la recolección pudieron asentarse y comenzar a sembrar. La naturaleza era su hogar, su patío trasero eran ríos, lagos, montañas. El mundo era suyo. Cuatro millones de años después la migración es observada con cierto dejo de “antinaturalidad”; un fenómeno forzado o bien esporádico; vacacional.

Nuestra vida se resume al ciclo naces-creces-te-reproduces-y-mueres. Pero en esta explicación hay un par de zonas intermedias que se nos omiten: nacemos, crecemos, estudiamos más de 15 años para conseguir un trabajo que en el mejor de los casos será algo que “nos haga felices”; de lo contrario, será un empleo al que estaremos atados para intentar “vivir mejor”.

la pizca canada

Resumen: dinero, dinero, dinero. La vida se consume en dinero: para “progresar”, poseer objetos que nos hagan sentir “exitosos”, poder tener hijos… Para morir.

Esta nube ideológica de intentar “ser mejor” con un trabajo que no me agradaba, en una ciudad pérfida, gris, henchida de caos y violencia enquistada, me llevó a pensar que quizá debía soslayar esa norma de felicidad godín que me rodeaba. Porque pertenezco a ese grupo de personas al que alguien agrupó en esa definición posmoderna llamada “millennials”. Sí, esos que vivimos en una cosa llamada virtualidad, de culto a la imagen, atados a una pantalla. Y a veces pienso que, como generación, hemos perdido la capacidad de interacción con el exterior. Todo parece moverse en pos de llenar el Ego, en un paraje de autómatas.

Los recuerdos vienen a mí. Días de que ese “tú puedes ser lo que quieras” de la infancia taladraba mi cabeza. Días de que un empleo mal pagado consumía mi espíritu en falsa alegría de quincena. Días de ahogar ese salario en alcohol y drogas variopintas. Días de intuir que más allá, en la periferia de la normalidad, debía haber algo más y yo debía encontrarlo.

Porque quizá cuando nos movemos, el combustible que nos impulsa es la acumulación de mierda en la cabeza.

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La aventura de la pizca frutal llegó a mí en forma de relato. Tiempo atrás, uno de mis amigos había pasado un verano lleno de correrías, ganado dinero, fumado la mejor mariguana que había probado, vuelto victorioso y con un ánimo renovado.

De inmediato, la idea hizo inception en mi cerebro.

Tenía 22 años y figuraba como una graduada más en las listas de futuros desempleados de la Ciudad de México. Cinco años después los datos oficiales del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) indicarían que en el país, 48 de cada 100 desocupados tendrían completa su educación media superior o superior: un máximo nivel en casi dos décadas y, en el caso de las mujeres, la cifra ascendería a 55 de cada 100.

Entonces decidí dejar el turno de ocho horas frente a una computadora en la colonia Condesa, tomar mis 12 mil pesos de patrocinio universitario para pagar pasaporte, visa y el boleto de avión, e ir a trabajar en los campos de fruta a más de tres mil kilómetros al septentrión, en el lugar más caliente de todas las provincias de esa parte del hemisferio. Donde cientos de jóvenes se propagan por los diferentes pueblos del valle en busca de cerezas, manzanas y uvas.

Como dice la canción: “Pa´ una ciudad del norte, yo me fui a trabajar”.

Viajar con nada más que una mochila no es un viaje de comodidades, pero es una experiencia que se puede convertir en una decisión de vida. En la pizca la ropa limpia no conoce tiempo ni lugar; una cama cómoda y un baño decente son inasibles. (Actualmente, gracias a los datos celulares, internet no es algo alejado de la realidad como lo fue hace unos cinco años). Una vida simple apareció después de dormir por tres meses en un sleeping bag dentro de una casa de campaña, comer gracias a la protección de la imaginación, el Dollarama, la manos y muchos frutos.

 La ciudad se desvaneció por un tiempo. Vivir para trabajar y así poder viajar se convirtió en mi nueva idea de existencia. Los primeros hombres viajeros me llamaban desde el subconsciente de la historia y yo sentía una imperiosa necesidad de responderles desde aquellos bosques de coníferas, feroces osos y ríos prístinos.

la pizca canada

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Volver… ¿a casa? fue todo un reto. El ajetreo me era tan ajeno. La prisa con la que se caminamos, innecesaria. Con el tiempo entendí ese primer viaje como una rehabilitación: el movimiento funciona como un botón de reset.

El campo de trabajo al que pertenezco —periodismo, producción, edición de video, fotografía— está plagado de un puesto que hace algunos años comenzó a figurar en todos lados: el Community Manager, ese ser que pone los títulos para millennials, que incluyen la palabra millennial en cada línea que trata de nada.

O sea: millennial.

El salario mensual promedio de un periodista en México, de acuerdo con el Observatorio Laboral, oscila entre los 10 mil y 11 mil pesos, que deben servir para pagar renta, alimentación, transporte y —lo que sobra— ocio. Si corres con buena suerte no te tocará viajar cada día seis horas hasta el Mordor de las oficinas capitalinas: Santa Fe, donde el ánimo, la paciencia y todo el tiempo libre se queda embarrado en el asfalto de la avenida Constituyentes.

En la pizca mi oficina era un montón de árboles y montañas. Mi herramienta de trabajo no eran mis dedos tecleando como mono en una computadora. Allá solo requería una escalera, un bucket para las cerezas, tijeras para las uvas y otros días un saco para las manzanas.

El salario promedio mensual de un trabajador ligado a la comunicación en México, en la pizca equivale a recolectar unos dos días de cereza, cuatro de uva o una semana de manzana.

No lo sabía, pero la recolección se convertiría en el único empleo al que desearía volver.

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En la pizca he fumado la mejor marihuana en toda mi vida. He conocido personas de Corea, República Checa, Francia, España, México, Israel, Jamaica, Italia y un buen número de Quebec. He orinado en letrinas; en campos llanos he dejado todo rastro de mi ser enfermo. Después de una ardua jornada (en compañía de mi mente, audífonos y por momentos las voces de mis amigos) la vida se resume en nadar en ríos, lagos, caminar por montañas, ver venados, serpientes, arañas, nidos de pájaros…

He escuchado historias de vidas impresionantes, de culturas que ni siquiera pensaba que existían. Los dueños de los huertos son de una región en la india llamada Punyab. Su apariencia podría ser como la de cualquier mexicano de no ser por el hecho de que casi todos tienen ojos de color verde, algunos usan turbantes y las historias de su religión incluyen un gurú al que le cortaron la cabeza y aún así peleó contra musulmanes durante 15 kilómetros.

Otras historias tienen que ver con una realidad más cercana: la de los campesinos mexicanos, que en sus pueblos llegan a ganar de 50 a 100 pesos por kilo de limones y otros frutos recogidos. En los bosques del norte su vida se va en trabajar por 10 u 11 dólares la hora. Algunos de ellos fueron parte del ejército en algún momento, en Oaxaca o Chiapas, y sus relatos incluyen entrenamientos en Medio Oriente o en Estados Unidos, drogas, persecuciones y balazos. Son personas que trabajan para que sus familias tengan una mejor vida.

El último de los barrios que se pueden encontrar allí, y quizá el que integra a más personajes, es el de los pizcadores en movimiento. Jóvenes y veteranos que se reúnen, sin importar su apariencia, y comparten una idea: viajar y conocer el mundo como forma de vida. Ninguno de ellos quiere estar atado a una empresa multinacional.

Algunos no han vuelto a casa en algunos años, otros han pizcado durante más de dos décadas. Con el dinero viajan a Latinoamérica, donde los dólares se transforman en una pequeña fortuna. Otros pasan años de su vida dedicados a hacer trimming de marihuana. Me tope con años de viaje, continentes, aeropuertos recorridos e interrogatorios aduanales. Los límites del sistema son habitables, la utopía existe, aunque este permeada de hedonismo y paranoia fronteriza.

Después de la cereza, el valle muere por un par de semanas. Plumps, prunes y uvas de mesa se recogen hasta que llega la temporada de manzana. El clima comienza a cambiar y sabes que el verano termina cuando se amanece con cuatro grados centígrados y las manos se entumen al menor amague de ponerte a recolectar. Para este momento la paga es menor, pero la vida sigue siendo simple. Después llegan las uvas, que terminan al comenzar noviembre.

La planilla de empleos alrededor de la pizca también te puede llevar a plantar árboles por dinero, recolectar hongos comestibles en la montaña o pegarte a la montonera que marcha tierra abajo, a California, para continuar con la misión del hippy del siglo XXI.

la pizca canada

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Claro, allá no todo es dulce como sus frutos. En el casi un año que he acampado trabajando en esos jardines de hindúes, me han quitado impuestos; y la aventura no se cuenta sin descalabros: pruebas inesperadas que han puesto en tela de juicio mi inteligencia. Camionetas descompuestas a mitad del camino, tener que acampar de emergencia en medio de la noche, correr al hospital por una pierna rota, una picadura de viuda negra, o porque de pronto alguien enloquece.

La posibilidad de morir de cáncer después de respirar tanto pesticida ronda en mi mente desde el primer viaje.

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Cuatro años después solo viajo con una mochila de 10 kilos y sigo buscando la rehabilitación de mis condiciones mentales. Durante mi última jornada, encontré en las palabras de un joven punjabi lo que buscaba al escapar de la ciudad: somos parte del universo y debemos dejar de angustiarnos por el pasado, o preocuparnos, ansiosos, por el futuro. La vida se construye en el presente.

Todo es breve. Somos frágiles y las cosas cambian de un día a otro.

El sedentarismo es nuestra norma en este siglo XXI. Pero la realidad es que ser nómadas es algo inherente al hombre, así como el cambio constante. Entonces, ¿por qué vivir siempre en la ciudad, atrapado en una oficina? Opciones, existen opciones, lo único que nos aleja de ellas es la decisión de mandar todo al diablo y saltar al vacío.

La inteligencia es la capacidad de resolver problemas, no solo un montón de datos aprendidos desde la infancia. He visto que el dinero sí crece en los árboles, o en un montón de trabajos y programas de voluntariado alrededor del mundo.

Bien, soy intolerante a la frustración, a mi constante aburrimiento debido a la monotonía. Soy un caso de hiperactividad y ansiedad que encuentra la simpleza, la funcionalidad y la improvisación en el viaje al norte de la pizca frutal. Creo que, al final, mi vida se resumirá en el mayor número de experiencias que pueda recodar. Los primeros hombres de la humanidad se caracterizaron por su nomadismo, ya saben a qué me refiero.

Editor Yaconic

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