Por Nazul Aramayo / @erosdiler

Huesos de San Lorenzo (ganadora del Certamen Internacional de Literatura “Sor Juana Inés de la Cruz” 2014) reconstruye un asesinato en un pequeño billar de Torreón, Coahuila. Es una novela negra cuyo inicio remite a una escena del cine italiano: una función circense en un pueblo polvoriento de Parras en el que un mago, una niña prestidigitadora y un escapista son el atractivo; un inicio de espectáculo y costumbres que aparentemente no tiene un vínculo con la historia principal.

Después de leer cincuenta páginas, te preguntas ¿cómo le va a hacer Vicente Alfonso (Torreón, 1977) para dar sentido a esta serie de anécdotas, cómo va a amarrar estos hilos narrativos? Es un inicio ambicioso del que surgen varias tramas: la vida y muerte de los gemelos Rómulo y Remo y el asesinato de Farid Sabag en primer lugar, el circo ambulante, un reportero que busca a una niña milagrosa, el internado de un colegio jesuita, la guerrilla de los setenta en Sinaloa.

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Huesos… se centra en la historia de uno de los gemelos: Remo. Quizá el nombre de los hermanos me genera un guiño de obviedad innecesario (el mito de los fundadores de Roma; el conflicto de la personalidad) para una novela en la que Vicente Alfonso sabe manejar con malicia los tiempos y los recursos narrativos. La reconstrucción del asesinato parte de la investigación del psicólogo Alberto Albores, terapista de Remo. Es así como nos topamos frente a un texto que el psicólogo va armando a partir de entrevistas, terapias, cartas y un artículo de una revista universitaria. Todos estos elementos para desentrañar la verdad sobre el homicidio. Y, por supuesto, nos encontramos con más interrogantes: ¿quién es la mamá de los gemelos?, ¿por qué trabajaban en un circo si su padre es un juez influyente en la región?, ¿qué vínculo tienen con la niña milagrosa, esa santa pagana a quien le ofrendan retablos y trenzas en la iglesia de Parras?

A partir de las sesiones conocemos la versión de Remo. Pero, como lo anticipa Alberto Albores, “La realidad es una; sus lecturas, infinitas. El mago y su público tienen distintas interpretaciones de los hechos. Para los espectadores el acto único e inexplicable: un instante de fe. Para quien ejecuta el truco, en cambio, la magia es precisión, ensayo. Fluidez conseguida a fuerza de repetir los movimientos. Conocer la técnica, ese trasfondo de resortes y poleas, tiene un altísimo precio para el mago: lo vuelve escéptico. Pero a cambio le permite hacer creer a los demás”. Es el primer párrafo de la novela. Y quizá una declaración de principios: el narrador debe hacer creer al lector. La lectura es un instante de fe.

En entrevista, Vicente Alfonso comenta: “Bien mirado, el párrafo es al mismo tiempo una reflexión sobre el arte de narrar. Para el lector, la historia se va armando a medida que avanzan las páginas, como si cada hecho y cada decisión de los personajes ocurrieran espontáneamente. Pero esa espontaneidad se consigue solo con muchos esfuerzos por parte del autor”. Así ocurre la magia.

El psicólogo entonces nos guía a través de la vida y muerte de los gemelos: uno es acusado de haber asesinado a Farid Sabag; el otro que huye después de defraudar por millones de pesos a una cooperativa de campesinos. Pero del asesinato no hay nada seguro salvo el cuerpo tirado en el baño de un billar. ¿Quién fue el asesino: Rómulo o Remo? A través de las sesiones de terapia, Remo defiende su inocencia y cuenta los rasgos de la personalidad extrovertida, decidida y violenta de Rómulo. Remo, por el contrario, es el hermano tímido, el artista y problemático.

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Vicente Alfonso / Foto: Ivan Stephens.

Huesos de San Lorenzo no se agota en la búsqueda del asesino. Hay un motor más fuerte. La búsqueda que tienen los hermanos, la niña desaparecida, el mago, el periodista, el papá de los gemelos; todos asumen nombresy máscaras a la hora del espectáculo o en algunas situaciones de su vida. “[La identidad] es EL tema de la novela: mi propuesta a los lectores es que no es necesario tener un gemelo, un sosia o estar metido en un complejo caso de impostura para tener un conflicto de identidad. Todos los tenemos, y muchas veces a lo largo de la vida. Romper con la pareja, cambiar de empleo, convertirse en padre o mudarse de ciudad son algunos ejemplos de hechos que nos obligan a replantear la idea que tenemos de nosotros mismos. Así que vivimos en cambio constante. Y si a eso sumamos el hecho de que la idea que tenemos de nosotros mismos no coincide del todo con la idea que los demás tienen de nosotros, resulta que, en materia de identidad, vivimos en la cuerda floja”, dice el autor.

Un detalle: el homicidio ocurrió durante la final del partido del Santos contra Pachuca en el Estadio Corona. La ciudad estaba paralizada. ¿Quién prestaría atención a una discusión de cantina y a un baño cerrado? Vicente Alfonso lo resuelve así: “Necesitaba sumergir a la ciudad en un ambiente de caos e insatisfacción para que el asesino pudiese actuar más fácilmente”. Aunque esto parece una nimiedad, el autor logra un acierto de grandes proporciones: retrata el carácter de la ciudad en la brevedad de un capítulo. La laguna, Torreón en específico, es la casa del Santos Laguna, la religión local.

Con detalles, con pocas palabras y escenas breves y contundentes, Vicente refleja ese comportamiento característico de la región Lagunera. Otro ejemplo, pero ubicado en Parras, la región Sureste de Coahuila, muestra el comportamiento de los habitantes de ejidos: cuando el periodista investiga sobre la niña milagrosa y encuentra a un campesino que le relata que se asomó a ver un carro nuevo que iba por un camino de terracería. ¿Quién circula por un pueblo polvoriento en un coche nuevo?

La intriga se mantiene hasta la última página. Aunque tampoco el final se revela mediante una explicación obvia. Cada capítulo podría ser una pieza del rompecabezas. Justo al colocar la última es necesario alejarse para contemplar la imagen que se forma

Huesos de San Lorenzo lucha contra el cliché del gemelo bueno y el gemelo malo, el introvertido y el extrovertido, lo que uno vive, el otro lo presiente. “Yo soy mi hermano” dice Remo a manera de broma en una sesión con el psicólogo. La construcción de la personalidad es un asunto que detona algunas anécdotas. Entonces como lectores nos preguntamos si lo que nos cuenta Remo es verdad, si solo conocemos fragmentos de la realidad que no terminan por aclararse, si los hermanos juegan una broma macabra como lo hacían en la infancia cuando uno se hacía pasar por el otro, si la búsqueda de la verdad lleva de manera irremediable a lo insensato.

¿La verdad nos hará libres como dicen los jesuitas?, le pregunto a Vicente: “Es delicado hablar de la verdad, porque la verdad jamás es una o en todo caso, la verdad absoluta es inaprensible. No es un juego de retórica: por algo se habla de verdad histórica, de verdad jurídica, de verdad científica. La premisa de la novela es ‘La realidad es una, sus interpretaciones infinitas’. De algún modo Huesos de San Lorenzo es la prolongación de un juego prohibido que yo jugaba en el juzgado donde trabajaba mi madre, que era juez: leer los expedientes que contenían versiones encontradas de los hechos. Creo que así cobré conciencia de las posibilidades de la palabra escrita. Como quienes leen el famoso cuento de Akutagawa (‘En el bosque’), me preguntaba qué había sucedido realmente en cada caso. Los hechos ocurren y se fugan. Imaginaba que muchos juicios se perdían o se ganaban dependiendo de qué tan buenos narradores eran los involucrados: quien daba la explicación más persuasiva (quien contaba mejor su historia) convencía al juez. Más que un así ocurrió, leía cada relato como un así pudo ocurrir, una reconstrucción de lo sucedido”.

La verdad es de quien mejor la cuente.


Vicente Alfonso, Huesos de San Lorenzo. Tusquets. México 2015.

Editor Yaconic

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