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Por Héctor Fernandes
Fotos Pedro Zamacona

Hoy en día, los formatos digitales para tocar música se han apoderado de la industria. Y no es para menos porque podemos darle mil vueltas y defender muchísimos argumentos, pero son prácticos, inmediatos y virtuales. Para los consumidores el MP3 sonaba a una historia de fantasía hecha realidad: “Se escucha igual que el CD carnal” decían, mientras abrazaban al Y2K forjando colecciones que llegaban a los 2 mil archivos en una época donde te tomaba media hora de robarle el teléfono a tu familia para obtener una sola canción. Las disqueras por muchos años negaron el cambio e incluso persiguieron a su propio mercado. Apenas, y no en poca parte por un visionario apenas finado, entendieron que lo de hoy es bajar a lo salvaje… y medio oír la música.

Lo siguiente estaba en aprender a sacarle dinero a esos espacios digitales, que el consumidor ni se enterara que genera ganancias mientras baja y medio oye sus rolas preferidas (¿Youtube?). El negocio de la música existe para generar dinero y se maneja con los mismos modelos que se utilizan para comercializar en masa refrescos y hamburguesas. Dicho esto, hoy las disqueras van aprendiendo a vender en el siglo XXI. Como tal hoy en día nos acostumbramos al sonido digital comprimido, escuchamos canciones MP3 en la radio y hasta pagamos a precio de CD las canciones MP3 de iTunes.

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Hoy muchos melómanos necios, aparte de negarse a esta década de cantantes de bar glorificados o de Belindas acumulando 7 millones de views en Youtube, se niegan tajantemente a trivializar la música. Después de casi 15 años de botar al CD para escuchar MP3 en aparatos reproductores de baja fidelidad (como las bocinas de PC, laptops y los celulares). La primera vez que eché a andar en un viejo estéreo Sansui HI-FI un disco de vinilo después de más de 20 años de no hacerlo la impresión fue anonadante: discos impecablemente grabados y masterizados, sin ese horroroso nivel de compresión de la loudness war (donde todo se oye igual de fuerte y cansa a la segunda canción) discos donde un susurro es un susurro, por lo tanto le tienes que subir al aparato para escuchar las cosas como deben de ser. Por primera vez en mucho tiempo escuchaba los golpes de tarola sobresalir y marcar el ritmo de las canciones, el siseo de los platillos con suavidad y sin distorsiones o swooshes extraños tan comunes en las grabaciones digitales actuales, sobre todo cuando ya han pasado por el proceso de maximizar su nivel de salida y la codificación en MP3. Y lo mejor de todo: música nueva, nacional y fuereña, saliendo en vinilo.

Al principio es chocante porque sin duda los viniles son caros, delicados, pesados… y si nos ponemos muy exquisitos, hasta tienen menor rango dinámico que un CD, lo cual básicamente habla de que el ruido de fondo de un vinil es notable, mientras en un CD es casi imperceptible. Sin embargo, siguen teniendo ese “algo” que simplemente hace que te guste más, con toda la limpieza y pureza que el CD tiene a veces llegas a preguntarte si no es demasiado limpio y puro.

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Otro punto a favor para el formato es la experiencia en sí. Antropología musical al acudir a los lugares donde se compran, venden e intercambian viniles usados, desde lo más comercial hasta lo más bizarro. Y como sabemos, a veces se forma un arco donde estos extremos llegan a encontrarse: al poco tiempo de hurgar entre los huacales forjé una pequeña colección que me regresó a esa época de mi infancia donde hasta en la más fresa de las frecuencias payoleras oíamos canciones cuyas letras, aún dentro de lo cursi, nos deleitaban con historias de pactos sadomasoquistas, mujeres que en arranques de celos atropellaban a sus infieles parejas, denuncias en contra del acoso sexual ejercido por psiquiátricos, pliegos petitorios de esquizofrénicos paranoides con tendencias suicidas, duelos a muerte entre hijas de íconos del cine mexicano y hasta ideas teosóficas de Helena Blavatsky: la diosa Isis, viajes astrales, ritos paganos y el día de la bestia. Sí, todo eso se transmitió dentro de la radio Pop mexicana cuando dejaba un chingo y podías darte el lujo de arriesgarte en tus producciones.

Pero lo mejor de la experiencia está en la compañía. Invitar a la banda y escuchar, o llevar a esa otra persona con la que tenemos algún interés sentimental o carnal, con las luces apagadas inducirla al trance del vinilo. En algún momento de la fiesta podemos reproducir un MP3 para comprobar, con una sonrisa, cómo nuestros invitados rechazan al insípido comprimido digital, exigiendo de vuelta la riqueza análoga. El Evangelio continuará…

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